El principio del fin
L a luz de la mañana se colaba tímidamente por los huecos de la cortina.
El calor de las sábanas aún abrazaba su piel, al igual que el perfume inconfundible que lo cubría todo: canela, especias, y un leve toque a algo más salvaje. Algo que solo podía ser Luca Moretti.
Ariadna parpadeó lentamente, saboreando esa quietud que se sentía antinatural.
Estaba desnuda.
Envuelta en el cuerpo de él, en su cama, en su mundo. Y por primera vez en días no sentía rabia ni miedo. Solo ese vacío extraño de saber que, quizás, estaba cruzando una línea sin retorno.
Luca se movió a su lado, aún medio dormido, acercándose a ella y depositando un suave beso en su hombro. Murmuró algo que ella no llegó a entender y se levantó de la cama, bajo la atenta mirada de ella.
—Voy a ducharme. No te muevas de ahí —dijo Luca, con voz ronca por él sueño, haciendo que miles de escalofríos recorrieran el cuerpo de ella.
Ariadna asintió con los ojos entrecerrados, pero sonriendo.
Pero cuando la puerta del baño se cerró tras él, y el sonido de la ducha empezó a llenar el silencio, una nueva inquietud la sacudió .
No debería sentirse tan cómoda allí.
No debería desear quedarse .
Se sentó lentamente, cubriéndose con la sábana, y escaneó la habitación con la mirada buscando su camiseta.
Pero su mirada se detuvo en un ordenador portátil que la noche de antes no había visto. Estaba abierto sobre el escritorio, y estaba encendido con el fondo de pantalla de cuando está suspendido, bailando de un lado al otro.
Miró hacia la puerta del baño y volvió a dirigir la mirada al portátil.
No lo pensó.
Se levantó en silencio, acercándose con paso lento. Solo por curiosidad. No pensaba nada malo. Era una chica curiosa y ya está.
—Solo una mirada rápida. —Murmuró para sí misma.
El escritorio estaba ordenado. Demasiado. Luca era meticuloso. Todo en esa casa estaba en orden.
Ariadna deslizó los dedos por el ratón táctil, y la pantalla se desbloqueó mostrando una carpeta abierta.
Se acercó más a la pantalla para leer mejor.
Había carpetas que no conocía con nombres codificados, como si todo estuviera clasificado con precisión quirúrgica.
Pero había una que no necesitaba interpretación.
“BIANCHI”
El corazón se le aceleró, como un jodido coche de carreras, pasando de cero a cien en un segundo.
Sabía que no debía mirar. Pero algo dentro de ella le decía que tenía que saber que había ahí.
Finalmente hizo click en la carpeta.
Su corazón se paralizó por completo. Dentro, había decenas de archivos:
Fotos, videos, informes.
Sobre su padre. Su madre. Ella misma. También sobre Sandro. Max. Incluso los gemelos Milo y Marco.
Cada uno con carpetas individuales, detalladas .
Deslizó el ratón hacia la suya y con las manos sudando por los nervios hizo doble click para abrirla.
"ARIADNA BIANCHI / OBJETIVO PRIORITARIO"
El estómago se le hundió. El aire dejó de entrar en sus pulmones.
Las manos comenzaron a temblarle.
Dentro de la carpeta con su nombre había documentos. Fechas. Rutinas. Fotografías de ella, incluso de cuando estaba sola, en lugares donde creía que nadie la veía.
Hasta conversaciones privadas de whatsapp.
La cabeza le da vueltas.
El zumbido del agua seguía detrás de la puerta del baño, pero se había vuelto lejano. Los oídos le pitaban, y estaba segura de que se estaba mareando.
Volvió hacia atrás en la carpeta y clicó en otra que decía:
"PLAN DE INFILTRACIÓN - FAMILIA BIANCHI"
Y entonces la verdad la golpeó como un ladrillo tirado desde un quinto piso.
Luca Moretti no existía. Todo era una puta mentira.
Una jodida trampa.
Y ella había caído en lo más hondo.
Su cuerpo se había quedado paralizado por completo. El suelo había desaparecido bajo sus pies. La sangre le retumbaba en los oídos y una oleada de náuseas se había apoderado de ella, creándole una presión en el pecho que le dificultaba respirar.
Cuando escuchó la puerta del baño abrirse, se dio la vuelta con el rostro desencajado, los ojos llenos de una mezcla de furia y de saberse traicionada.
Y ahí estaba él.
Luca, con el torso desnudo, la toalla colgando de su cadera, el pelo húmedo y los ojos clavados en ella. Estaba sonriendo, pero su rostro cambió a la confusión cuando la miró.
Sus ojos volaron al portátil y su expresión se descompuso al instante.
Se detuvo en seco. El aire se volvió más denso que nunca. Oscuro. Casi letal.
—Ariadna… —murmuró con la voz rota.
Pero ya era demasiado tarde.
Ella lo miró como si fuera un desconocido. Como si acabara de ver al mismísimo demonio en persona.
Y realmente lo había hecho.
Parado frente a ella. Con una expresión que lo decía todo.
Y fue en ese momento exacto, cuando el corazón de Ariadna Bianchi se rompió en mil pedazos.
Con toda la fuerza de la que era capaz, alzó el mentón, mirándolo con desafío, volviendo a su pose de fría indiferencia. Componiendo una sonrisa cínica, en su pálido rostro. Señaló el portátil sin quitar los ojos de Luca.
Él la miró con los ojos muy abiertos, las manos apretadas en puños a ambos lados de su cuerpo. Su sonrisa había desaparecido por completo.
—¿Qué mierda… es todo esto, Luca?