Luca (Sangre Bianchi 2) Refugio de tormentas
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Refugio de tormentas

L a casa estaba en silencio, pero no era el tipo de silencio que daba tranquilidad.

Es ese tipo de silencio cargado, que huele a pólvora aún, cuando ya no queda humo en el aire.

Las palabras de Sandro seguían latiendo en su cabeza como un metrónomo siniestro.

Sentí poder.

No me sentí mal.

No me pidas que no cruce una línea cuando tú ya cruzaste otra.

Se abrazó a sí misma mientras recorría el pasillo a oscuras. No quería pensar. No quería sentir. Y, al mismo tiempo, lo sentía jodidamente  todo.

El suelo de piedra estaba helado bajo sus pies descalzos. Solo llevaba una camiseta, de esas grandes, con el cuello tan ancho que le caía hacia un lado del hombro, y le llegaba a mitad de muslo. No pensó en vestirse mejor. Realmente no pensó en nada.

Solo necesitaba a alguien.

Y sabía exactamente a quién.

Abrió la puerta trasera con cuidado. El frío de la madrugada la sacudió, pero no se detuvo. Caminaba por el sendero hasta la casita de invitados, casi por inercia.

Cada paso que daba hacia la casa donde estaba Luca la llenaba de una adrenalina inexplicable. De ansiedad. De furia. De deseo .

Se detuvo frente a la puerta de madera. Su corazón empezó a aletear apresurado. Sus manos a sudar de los nervios.

Tocó a la puerta una sola vez, pero no esperó a recibir respuesta y abrió sin pedir permiso. Porque así era ella. Porque ya no podía esperar más.

Él estaba ahí, sentado en el sofá con un vaso de whisky en la mano, sin camiseta, el pelo aún mojado por la ducha, los ojos oscuros mirándola desconcertado. Después de la pelea que habían tenido entendía perfectamente su cara de sorpresa. Pero ahora mismo la única persona capaz de calmarla era él.

En el aire flotaba un aroma masculino, a canela y especias que erizó el bello de Ariadna.

Era tan jodidamente él.

Luca se había quedado inmóvil por unos segundos. Como si su sola presencia le robara el aliento. Ella tampoco decía nada. Ahora que lo tenía delante se había bloqueado. Aspiró una honda bocanada de aire y comenzó a caminar hacia él con paso lento.

—No necesito que hables —susurró mirándolo, con un ligero temblor de voz—. No digas nada, Luca.

Él dejó el vaso en la mesa con lentitud, sin apartar la mirada de ella. Sus ojos eran como dos cuchillas afiladas clavándose en los más hondo de su corazón. Su rostro, una máscara de emociones  contenidas.

Ariadna se detuvo un segundo frente a Luca, y de un solo movimiento se coló entre sus piernas sentándose sobre él a horcajadas. Las manos de Luca volaron a su cintura y la sujetaron con fuerza, como si fuera a romperse.

—¿Qué te pasa? —preguntó al fin, con la voz ronca. Como si hubiese estado durmiendo, o demasiado tiempo en silencio.

—Nada. —contestó ella, pero soltando un suspiro cansado.

—. En realidad, todo. —Cerró los ojos por un momento, dejándose envolver por el calor de él.

—. Sandro… mató a un hombre. Y lo peor es que asegura que no le importa.

— Abrió los ojos para clavarlos en los oscuros de Luca.

Este se mantenía callado, mirándola —. Ya no es él.

Mi hermano ha desaparecido. Y yo... no sé qué estoy haciendo…

Luca la atrajo más hacia él, y la apretó más fuerte contra su cuerpo.

—Estás sobreviviendo. Como todos los que nacimos con apellidos manchados de sangre pegada a los huesos.

Ariadna dejó caer la cabeza pegando su frente a la de él. Volvió a cerrar los ojos. Sintiendo su olor, su calidez. Pero también sentía la oscuridad dentro de él… y la de ella misma respondiendo.

—Solo… necesito dejar de pensar. Solo por esta noche —susurró contra su cuello—. Haz que lo olvide Luca, por favor.

Luca no le preguntó nada más. No buscó explicaciones. Porque también la necesitaba.

La tomó por la cintura y se levantó con ella en brazos, llevándola a la cama sin esfuerzo.

Dejándola sobre las sábanas con cuidado, como si temiera romperla, mirándola como si fuera una hermosa visión.

Como si la deseara tanto que le doliera en el alma.

Ariadna lo veía en su mirada. La necesitaba tanto como ella a él.

Y en parte, así era.

—No eres una princesa rota, Ariadna —dijo Luca, mientras le subía lentamente la camiseta, dejando a la vista su piel desnuda—. Eres una jodida bomba a punto de explotar.

Ella no sonrió. Se apartó  lo justo de él para volver a mirarlo a los ojos.

—Entonces, hazme estallar.

Y Luca lo hizo .

Estrelló su boca con la de ella como si fuera una sentencia. Como si en sus labios estuviera la guerra y la salvación al mismo tiempo.

La desnudó con las manos ardiendo, pero sin urgencia. Despacio. Como queriendo memorizar cada curva, cada jadeo, cada maldito suspiro de ella.

La llevó al límite. Y más allá.

Las manos de Ariadna se enredaron en su pelo, sin soltar los labios de Luca. Los mordió con fuerza, y lo escuchó soltar un gruñido de satisfacción que la encendió aún más.

Él le devolvió cada provocación con el mismo fuego, hasta que ya no había espacio entre sus cuerpos, ni entre sus culpas.

Luca prácticamente le arrancó la camiseta por la cabeza y le bajó las bragas con la misma fuerza. Sin miramientos. Los dedos de Ariadna, lucharon con la cintura del pantalón de chándal de Luca. Él la ayudó empujando con sus pies para terminar de bajarlo y liberar su erección.

Ariadna acarició su cara, memorizando la expresión de Luca en ese momento. Su mirada de adoración hacia ella. El deseo impreso en sus ojos negros. Sus labios hinchados por sus besos.

En ese momento una certeza la golpeó como un puto puñetazo en el estómago.

Estaba enamorada de Luca Moretti. Y no sentía miedo. Por primera vez en años tenía claro lo que quería, y era a él.

Rozó sus labios con sus dedos antes de llevar las manos a su nuca y volverlo a atraer hacia ella para seguir besándolo. Se sentía bien. Luca la hacía olvidar. Lo quería…

No.

¡Joder, lo amaba!

Luca abandonó su boca para pasar su lengua por su cuello y bajar hasta sus pechos, para torturarlos con sus dientes. Ella dejó escapar un gemido de puro placer, buscando con su mano el miembro duro de él. Lo necesitaba dentro ya. Era una puta necesidad.

Luca alzó la cabeza de su pecho, y sonriendo con lascivia mostrando sus putos hoyuelos que tanto la volvían loca, y de una sola estocada la penetró, haciendo que ella se arqueara de puro placer.

—Joder, princesa…—Gruñó él junto a su cuello, procediendo a morderla con fuerza. Tanto que Ariadna estaba segura que le iba a dejar marca. Pero no le importó. Hizo fuerza y consiguió girar para acabar a horcajadas sobre él.

Estaba realmente guapo. El pelo negro revuelto. Los ojos brillantes.

Luca se mordió el labio de una manera jodidamente sexy para Ariadna.

—Luca…—Susurró ella queriéndole decir muchas cosas, pero su lengua no se dignaba a colaborar.

—No me gusta que me mires así. —dijo de repente él desconcertándola por completo. Con sus cuerpos aún unidos.

— ¿Así como?

—Cómo si confiaras en mi…no deberías.

—¿Por qué no debería, Luca? —Ariadna apoyó sus manos en el pecho de él. Notando como su corazón latía desbocado bajo sus palmas.

—No deberías por que soy un lobo con piel de cordero escondiendo un hambre feroz, princesa. Y cada día que pasa tengo más miedo de hacerte daño.

—¿Qué soy para ti entonces? —dijo casi en susurros ella.

—Un error…—Ariadna fue a retirar las manos de su pecho, pero Luca se las sujetó con fuerza manteniéndoselas ahí. — El único error que no pienso corregir.

Luca se incorporó para volver a capturar la boca de ella. Ariadna comenzó a moverse encima de él, al principio de forma lenta, pero las manos de Luca bajaron a sus caderas clavándole los dedos y haciendo que ella cogiera velocidad. La habitación llenándose de jadeos y gruñidos.

En ese momento todo lo que ella sentía era demasiado intenso. Demasiado oscuro.

No había promesas, ni caricias dulces. Solo pura necesidad. Necesidad de olvidar. De sentir. De pertenecer a alguien, aunque fuese solo por un momento.

Luca la agarró por la cintura, y haciéndola girar de nuevo la miró a los ojos.

La tenía debajo de él, temblando, con las piernas rodeándole la cintura y el cuello rojo por las mordidas.

Él bajó la cabeza hacia su oreja y depositó un suave beso en su cuello antes de susurrarle algo en su oído que la desarmó:

—Joder, Ariadna… eres lo único que me mantiene cuerdo…Y lo que más me está volviendo loco.

Ella no le respondió. Porque lo entendía. Porque sentía exactamente lo mismo.

Cuando Luca comenzó a moverse de nuevo, entrando en ella con un gemido grave y ahogado, con esa fuerza brutal y entregada que sólo él tenía, la oscuridad se volvió hogar.

Ese es su lenguaje.

Ese es su refugio.

El único sitio donde ambos pueden ser ellos mismos:

Jodidos, rotos y peligrosos.

Pero juntos.

Una noche de vulnerabilidad que daría paso al principio de una traición descubierta.

La calma antes de la tormenta.