Luca (Sangre Bianchi 2) Algo roto
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Algo roto

E l pasillo que conducía a los dormitorios principales estaba en penumbra, pero no por falta de luz. Era como si la atmósfera se hubiera vuelto más densa, más espesa… más sucia.

Las palabras de su padre seguían resonando en su mente:

Ya no es un niño.

Ariadna sabía muy bien lo que eso significaba.

Lo había visto reflejado en la mirada de otros hombres que alguna vez conoció siendo humanos y que luego se convirtieron en instrumentos de muerte al servicio del poder de su padre.

Pero Sandro… él era distinto. Era suyo. Su hermanito pequeño. Ese niño sonriente y picaflor que siempre alegraba la casa.

Pero el rugido de la mafia una vez más se había cargado algo bonito y puro.

Casi de forma inconsciente, sus pies la llevaron hasta la puerta del dormitorio de su hermano. Su cuerpo estaba rígido. Si se era sincera, tenía miedo de lo que podía encontrarse tras esa puerta. Pero necesitaba verlo. Necesitaba hablar con él.

Golpeó suavemente la puerta de su hermano. Una vez... Dos...

Silencio.

Sabía que su hermano estaba en su habitación. Pero no le contestaba la llamada. Su mano tembló al acercarse al pomo de la puerta. Algo, como entrar en la habitación de su hermano sin pedir permiso que le era tan natural, ahora le parecía que estaba entrando en un territorio prohibido .

Empujó con cuidado la puerta y entró. La habitación estaba ligeramente en penumbra.

Pero la figura de su hermano era fácilmente reconocible.

Sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo, el pelo húmedo por la ducha, la cabeza gacha, mirando al suelo.

En sus manos ya no había rastros de sangre, pero él las mantenía hacia arriba, como sí temiera ensuciar algo con ellas.

Ariadna sabía que la mancha no estaba en sus manos. Estaba más profunda. Muchísimo más.

—Sandro…—Su voz fue apenas un susurro. Casi tenía miedo de alzar la voz.

Su hermano alzó la cabeza para clavar sus ojos fríos en ella.

Su rostro, era una máscara inexpresiva. Aunque al verla a ella el gesto se suavizó un poco, casi imperceptible.

—No esperaba que vinieras. —Su voz sonó rota. Como si hubiese estado llorando. Aunque su cara demostraba que no había soltado una sola lágrima.

Cerró la puerta detrás de sí despacio, y se acercó a la cama de su hermano casi de puntillas. Algo casi ridículo, porque dudaba que Sandro le hiciera daño de alguna forma.

No quería que se sintiera invadido en un momento tan vulnerable. Pero necesitaba entender qué es lo que había pasado.

—No podía quedarme sin hablar contigo —respondió ella—. No después de… lo de hoy.

Sandro asintió, volviendo su mirada a sus manos.

—Papá está orgulloso. —contestó después de unos segundos de silencio.

—¿Y tú?

Se encogió de hombros. Un gesto muy suyo que aún seguía ahí.

—¿Qué importa lo que yo sienta ?

Lo miró sin tener muy claro qué decir. Su corazón estaba en ese momento apretado. Como si alguien estuviera estrujándolo con su mano.

—Claro que importa, Sandro. A mí me importa. Eres mi hermano. Quiero saber cómo estás, qué pasa por tu cabeza. Qué… qué sentiste.

Las últimas palabras las soltó casi en susurros. No quería que su hermano se cerrará en banda con ella.

Sandro, guardó silencio por un momento. Sus ojos, azules como los de ella, se habían vuelto ligeramente oscuros, como si tuviera una sombra sobre ellos.

—Fue… — empezó diciendo con la voz baja —. Casi ni lo recuerdo en realidad. Era uno de los nuestros, alguien que me saludó muchas veces con una sonrisa. Pero también era un traidor. Y traicionar a papá, a la familia… tú sabes cómo va eso.

—Sí, lo sé —murmuró Ariadna.

Sandro respiró hondo, como si intentara limpiar el aire que le quedaba dentro.

—Pensé que temblaría. Que me paralizaría. Pero cuando lo miré a los ojos, no vi miedo. Vi lástima. Como si supiera que era mi primera vez y me compadeciera. Y eso… me dio más rabia que el hecho de tener que matarle.

—¿Y lo hiciste?

—Sí —asintió sin pestañear—. Pero primero lo torturé.

Le hice barbaridades. ¿Sabes que pensaba?

— Miró a su hermana a los ojos. Ahí estaba esa chispa rara que le había parecido ver en el salón antes —.

Pensé en todas las veces que tú y yo jugábamos aquí, en este cuarto, sin saber la mitad de lo que papá hacía.

Y luego pensé en lo que pasaría si alguien le hiciera daño a mamá… o a ti. Me volví loco.

Ariadna se cubrió la boca con una mano. No lloraba. Pero estaba al borde de las lágrimas. Sandro la mira con una expresión que la desarmó.

—¿Me odias ahora?

—¡No seas idiota! —le soltó ella—. Claro que no. Pero sí tengo miedo. Miedo de lo que esto pueda hacerte.

Sandro suspiró. Se puso de pie, y caminó hacia la ventana . La luz de la luna recortaba su desgarbada silueta de adolescente. Aunque Ariadna se había fijado que algo había cambiado también en su forma de caminar.

—Yo también tengo miedo, Ari. Pero no de lo que hice. No de la sangre que he derramado. Lo que me asusta es que… no me siento mal.

Esas palabras la golpearon como una bofetada directa a la cara.

Sandro se giró para enfrentarla. Los ojos de su hermano ya no eran los de un chico de diecisiete años que se saltaba las clases o se metía en líos con las chicas.

—No sentí culpa. Ni tampoco horror. Sentí… poder. Incluso satisfacción.

Ariadna se quedó en silencio varios segundos antes de atreverse a volver a hablar.

—¿Y eso… te gusta?

Sandro se volvió a mirar las manos, como si viese algo que ella no. Una lenta sonrisa se dibujó en su hermosa cara. Una sonrisa que a ella le dió escalofríos.

—No debería, lo sé. Pero sí, me gustó. Es más...sentí algo que no podría explicar con palabras. Sé que algo dentro de mí se ha roto, pero no tengo miedo. Me siento…bien.

Ariadna cruzó los brazos, como si así pudiera contener el temblor interno que la recorría .

—No quiero perderte, Sandro. No a ti. Sé que Luca, papá, todos en esta jodida casa… Están hechos de piedra. Pero tú siempre fuiste diferente.

—Tal vez ya no lo soy.

—¡No digas eso!

—¿Por qué no? —La voz de Sandro había subido un tono. No era rabia lo que escuchaba ella en su voz, sino desafío—. ¿Porque quieres seguir creyendo que uno de nosotros puede mantenerse limpio? ¿Crees que tú lo estás?

Ariadna se levantó de un salto de la cama de su hermano, dolida.

—Yo no he matado a nadie, Sandro.

—No. Pero te acuestas con el guardaespaldas de papá, el tipo con más secretos que ha pisado esta finca desde hace años. ¿Qué crees que va a pasar con eso?

Ariadna se quedó helada. Su corazón dolía. Miraba a su hermano sin creer lo que estaba viendo. Sandro la miraba con compasión.

—Lo sé, Ari. No soy tonto. Y no te juzgo. Pero no me pidas que yo no cruce una línea cuando tú ya cruzaste otra. Todos lo hacemos, tarde o temprano.

Ariadna se dejó caer en la cama nuevamente, derrotada.

—No quiero que esto te cambie —Ella miraba a su hermano casi suplicante. Su mocoso, su enano. No había rastro de él.

—Ya ha cambiado. —Sentenció él.— Pero eso no significa que deje de ser tu hermano.

Sandro dio varios pasos para acercarse a ella, y tomó asiento a su lado. Ariadna se dejó caer hacía él, apoyando la cabeza en su hombro. En otras ocasiones, Sandro la habría abrazado, o le habría rodeado los hombros con afecto. Ahora se mantenía estático, casi rígido, ante el contacto de ella.

—La sangre Bianchi no se lava, Ariadna —dijo él en voz baja—. Solo se acepta.

Ella cerró los ojos intentando contener las lágrimas. No quería llorar.

Estaba harta de derramar lágrimas por esa familia. Pero por dentro, algo en su mundo acaba de fracturarse.

Y sabía que, aunque aún tenía a su lado a su hermano, Sandro había dejado de ser solo Sandro, para convertirse en algo que no quería, ni se atrevía a nombrar.

Algo roto.

Ya no había vuelta atrás.