Luca (Sangre Bianchi 2) Sin retorno
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Sin retorno

S alió de la ducha, algo más relajada. Su cabeza seguía siendo un hervidero de pensamientos confusos con respecto a Luca. Estaba furiosa, pero sobre todo confundida .

No lograba decidir si quería besar a Luca o gritarle hasta quedarse sin voz.  Se sentó en su tocador a desenredarse el pelo húmedo, cuando escuchó varios coches llegar a la entrada de la casa.

Había visto a Luca irse con Max. Seguramente su padre lo había hecho llamar para cualquier mierda mafiosa. Estaba tan acostumbrada al traqueteo de soldados de su padre en su casa, que ni tan siquiera se molestaba en ver que estaba pasando. Pero esta vez había algo distinto.

Escuchó varias voces procedentes de abajo. No distinguía muy bien lo que decían, pero el tono de voz de su padre era el que más resaltaba.

Finalmente, la curiosidad la venció y se fue hasta la puerta para asomarse y poder escuchar mejor qué es lo que estaba pasando ahí abajo.

—¡Es mi hijo, maldita sea!— Era la voz de su madre, y parecía alterada.

—Duende…—en la voz de su padre se notaba la impaciencia. Algo malo estaba pasando.

—¡No Rom!¡Míralo! —Samantha parecía a punto de llorar.

Ariadna decidió bajar a ver qué es lo que había pasado.

Su corazón iba a mil revoluciones por segundo.

Sabía que algo malo había sucedido. Sus padres no discutían a voz en grito por nada.

Sus pasos apenas se escuchaban en el mármol del suelo.

Bajó las escaleras casi con miedo. Las voces se hacían cada vez más claras a medida que se acercaba a la sala de estar.

Cruzó el vestíbulo y se asomó por la puerta. Pero sus pies se volvieron de plomo cuando la escena la golpeó.

Sandro estaba sentado en el sofá. Su cabeza hacia abajo, ocultando su mirada. Sus manos están manchadas de sangre, al igual que su sudadera. Los nudillos de sus manos estaban reventados. Estaba totalmente quieto. Como sí, aunque su cuerpo estuviera ahí, su mente no.

Su padre, Romeo está de pie, delante de él, orgulloso como un rey en su trono.

Tenía una copa de whisky en la mano, y esa media sonrisa que nunca había sabido contener cuando uno de sus hijos hacía lo que debe hacer .

—Mamá… — La voz de Ariadna salió casi como un susurro. Sam la miró, con los ojos vidriosos de las lágrimas contenidas.

—Ariadna, sube a tu habitación por favor. —Su madre le hizo un gesto con la mano para que saliera de allí. Pero ella no se movió.

Su padre, sin embargo, dió un lento sorbo a su whisky y centró su atención en Sandro.

—Lo hiciste bien, hijo.

—Papá… —Sandro levantó la mirada. Por un instante parecía perdido. Como un niño pequeño que no encuentra a su familia. Pero después tragó saliva, apretó la mandíbula y asintió—. Lo merecía, ¿verdad?

Romeo se agachó un poco para quedar a su altura y puso una mano firme sobre su hombro .

—Merecía morir. Y tú lo ejecutaste. No hay vuelta atrás en eso. Hoy, diste un paso hacia lo que eres. Hiciste lo que un Bianchi debe hacer. Eres mi heredero. Estoy orgulloso de ti.

Ariadna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente, con voz contenida. Mirando a su padre.

Sandro levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con algo que no estaba allí antes.

Un vacío. Una jodida sombra en sus ojos azules tan idénticos a los de ella.

—Era uno de los nuestros… o eso creímos —murmuró—. Vendió información, nos robó dinero. Los hombres de papá lo pillaron. —Sandro desvío la mirada a su padre, y luego volvió a mirarla a ella — .Papá me dijo que era hora de mancharme las manos, de ser un auténtico Bianchi. Y lo hice.

Samantha estaba de pie, frente a su hijo. Pero se mantenía callada, sin decir nada. Su rostro convertido en piedra.

Ariadna conocía bien esa expresión. Su madre estaba destrozada por dentro, aunque no podía decirlo en voz alta.

En esta familia, el silencio era una forma de lealtad. Cuando el deber de la mafia te llama, debes acatarlo.

Romeo dio una palmada en la espalda a su hijo.

—Ve a ducharte, Sandro. Te la has ganado. Y recuerda esa sensación. La primera vez nunca se olvida.

Sandro asintió poniéndose en pie. No miró a su madre. No era capaz. Cruzó la sala pasando por su lado. Pero tampoco la miró a ella.

Ariadna siguió a su hermano pequeño con la mirada. Sus hombros estaban rectos, firmes. Pero algo en su andar había cambiado.

No era su hermano el que subía las escaleras. Era otro. Un hombre. Uno de ellos. Como el resto de soldados de su padre.

Romeo se giró hacia ella, tranquilo.

—Tú también deberías estar orgullosa, pequeña —dijo, como si acabaran de celebrar una victoria de su equipo de fútbol favorito—. Tu hermano dio un gran paso hoy. Ya no es un niño.

Ariadna no respondió. No sabía qué decir. Estaba completamente en shock.

Lo que sentía en ese momento no era orgullo. Era... algo más frío, más profundo.

Un vacío que le trepaba por el estómago, revolviéndole las tripas y que le hacía apretar los puños.

Max apareció en la puerta en ese momento. Estaba sereno. Como su padre. Dos almas gemelas.

Su madre miró a Romeo con rabia y miles de cosas no dichas. Ariadna sabía que su madre no se iba a quedar callada, pero lo haría en la intimidad de su dormitorio. Por un fugaz momento algo en la expresión de su padre cambió al ver marcharse a su madre. Pero desapareció rápidamente.

—¿Jefe podemos hablar?— Max miró en la dirección de Ariadna y Romeo le hizo una señal para que los dejara solos.

Ella no lo pensó dos veces. Giró sobre sus talones y salió del salón en dirección a su dormitorio.

En su garganta tenía un nudo que le impedía tragar. Las ganas de llorar eran tan grandes que sentía una presión en el pecho. Pero tenía que ser fuerte. Por su hermano. Ahora más que nunca la necesitaba. Y pensaba ayudarlo.

No quería que la mierda de su padre se tragara a Sandr o

Porque la mafia es poder, sí. Pero también es sombra, es dolor, y es perderte dentro de ti mismo hasta convertirte en un jodido monstruo. Se estaban llevando a su hermano..

Y algo dentro de ella sabía que ya no lo volvería a recuperar del todo.