El nacimiento de un monstruo
N ada más llegar a la finca, Ariadna se bajó del coche y sin mirar atrás entró de forma apresurada en la casa principal.
Luca, la vio entrar sin bajarse. Estaba intentando que su corazón se calmase. En el trayecto había pensado en mil formas de romper el silencio y hablar con ella. Pero por una vez en su jodida vida, se sentía estúpido.
No había sabido qué decir. Y ella tampoco había roto el silencio en ningún momento. Con un suspiro cansado fue a bajarse del coche, pero justo en ese momento alguien llamó a la ventanilla del copiloto.
Luca giró la cabeza para ver a Max, que ya estaba abriendo la puerta y entrando al coche.
—Chico. —Llevaba un cigarro en la boca, y el móvil en la mano. Ese cacharro parecía una extensión de su brazo —. Arranca, nos vamos.
Luca asintió sin decir nada. Las órdenes eran órdenes. Le vendría bien soltar algo de adrenalina y ocupar su cabeza en otras cosas.
Condujo bajo las órdenes de Max. Ni siquiera sabía a dónde iban. Pero tampoco es que le importase mucho. Una parte de él pensó que quizás lo habían descubierto. Miró de reojo a Max. Estaba tranquilo, tecleando algo en el móvil. No parecía desconfiar de él. Intentó relajarse y siguió conduciendo.
Llegaron al barrio Magliano. Aunque esa zona desde que se disolvió casi por completo la banda de los originales, estaba en decadencia, parecía un lugar frecuentado por los hombres de Romeo.
Había alguno de sus soldados apostados en la puerta del viejo bar de Franco.
Max se bajó del coche haciéndole una señal a Luca para que lo siguiera.
El lugar estaba casi derrumbado. Olía a humedad y había moho por todos lados. Estaba claro para qué usaba Romeo aquel lugar.
Bien. Necesitaba algo de diversión.
Saludó a algunos de los hombres de Romeo que ya le eran conocidos y siguió a Max hasta una sala al final del bar.
De la sala salían varios ruidos diferentes. Uno de ellos era gemidos y lloriqueos de un hombre.
Estaban torturando a alguien.
Max entró primero. El olor a hierro oxidado y sangre golpeó a Luca antes de asomarse siquiera a la habitación.
Lo que no esperaba para nada, era lo que iba a ver a continuación. Por un momento se quedó en blanco. Max tuvo que darle un codazo para que reaccionara y entrara del todo en la habitación, pero su mirada seguía fija en él.
No en el hombre atado a una silla inconsciente lleno de sangre. No.
Su mirada estaba clavada en el chico, con la mirada perdida, lleno de sangre de pies a cabeza y una sonrisa siniestra en el rostro.
Sandro.
¿Pero qué cojones?
La escena parecía desarrollarse a cámara lenta ante sus ojos.
Romeo estaba cruzado de brazos, apoyado en la pared del fondo. Su mirada estaba puesta en su hijo y había cierta satisfacción en su mirada.
Los gemelos estaban junto a una mesa llena de diferentes armas de tortura, todas ellas ya manchadas de sangre.
Pero, lo más impactante era el chico .
Sandro andaba de un lado a otro, como un puto perro enjaulado. Tenía un cuchillo lleno de sangre en la mano, y su mirada estaba totalmente ida.
—El hijo de puta se ha vuelto a desmayar— Soltó con toda la tranquilidad del mundo mirando a su padre. Romeo se adelantó varios pasos mirando con desdén al hombre atado a la silla.
—Termina el trabajo, hijo— Sandro asintió y se acercó al hombre, como una pantera al acecho.
Luca no se movió del sitio. Sus pies parecían haberse anclado al suelo. No le cuadraba para nada aquello. Sandro no era así. Ese muchacho con cara de loco no era el hermano pequeño de Ariadna.
Max rió al ver como Sandro cogía del pelo al hombre y con toda la frialdad del mundo, miró la cara de su presa, y dibujando una sonrisa que a Luca le dio escalofríos, le cortó la garganta como quien destripa a un conejo para comérselo.
El hombre gorjeo, ahogándose con su propia sangre, los ojos abiertos de par en par de puro horror. Pero Sandro, tenía una mirada de satisfacción absoluta. Se limpió las manos en la ropa, ya manchada de sangre y miró a su padre con triunfo. Romeo asintió con la cabeza dándole el visto bueno.
—Así hay que tratar a los traidores hijo. Que no se te olvide esta lección nunca. Algún día tú serás el jefe de todos, y te tienen que respetar.
—Lo sé.— Contestó el muchacho jugando con el cuchillo entre sus dedos.
—Limpiad esto. —Rugió Romeo a sus hombres.— Y mandarle a su familia los dedos de este puto ladrón traidor en una bonita bolsa. Que sepan que a mi no se me roba, ni se me traiciona .
Luca sintió como la bilis le subía a la garganta. Así actuaba aquel hijo de puta. Mataba y asesinaba a todo aquel que le fuese un estorbo. Así había acabado con la vida de su madre. Un motivo más para alejarse de Ariadna. El había ido a destruir a los Bianchi.
Romeo le había vuelto a poner las cosas claras ante sus ojos.
Sandro se quedó mirando la víctima por unos segundos fugaces. Luca creyó que se estaba arrepintiendo, pero algo en su mirada cambió. Delante de Luca, vio como la vida desaparecía de ellos dando paso a algo siniestro e inexplicable.
El chico había muerto allí mismo. Ahora no sabía muy bien qué sería de Sandro, pero estaba seguro de que ya nada en él, sería lo mismo.