Luca (Sangre Bianchi 2) ¡Ni hablar guaperas!
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¡Ni hablar guaperas!

E l sol empezó a caer, cuando Luca vio salir a Ariadna por las escaleras del campus.

Se había recogido el pelo en una cola de caballo.

La chaqueta se la había quitado dejando a la vista su camiseta de color rosa ajustada a su cuerpo, y sus gafas de sol de marca tapaban sus hermosos ojos.

Pero la energía que desprendía era imposible de obviar.

Caminaba como una puñetera diva, sin ser consciente de ser el centro de atención.

Porque sí, lo era. La mitad de los tíos del jodido campus estaban pendientes de ella.

Luca crujió sus nudillos.

¿Le molestaba?

¡Pues claro que sí!

Sabía que por acostarse con ella no le daba derecho a nada más. Pero no podía evitarlo. Su cuerpo reaccionaba a ella de una manera que le era imposible de ignorar.

Ariadna sonrió despidiéndose de su amiga la pelirroja. Luca no podía apartar los ojos de su persona.

¡Joder, es que no había nadie como Ariadna!

Lo exasperaba, sí. Le crispaba los nervios, sí. Le jodía la puta cabeza. También. Lo hacía querer meterle la lengua hasta el alma, y al mismo tiempo ponerle grilletes para que no se acercara a ningún imbécil con testosterona en el cerebro.

¡Pues sí !

Pero es que su maldita cabeza ya no respondía a la razón cuando se trataba de Ariadna. Todo lo que estaba sucediendo entre ellos dos era una maldita alarma en color rojo para Luca.

¿Y qué hacía él? Pues en vez de correr en dirección contraria, se quedaba a ver por donde explotaba.

Ariadna llegó hasta él, con su expresión sonriente. Luca se incorporó del capó para abrirle la puerta del coche. Su humor se había vuelto negro. Como un nubarrón antes de desatar la tormenta.

Ella borró la sonrisa consciente de su cambio de actitud, pero se subió en el coche sin decir palabra.

Luca rodeó el coche para tomar asiento en el lado del conductor. Ariadna se estaba poniendo brillo de labios en el espejo del copiloto.

—Necesito pasar por el centro comercial —Soltó ella, guardando el brillo en su bolso, para abrocharse el cinturón de seguridad—. Tengo que comprarle algo a Julia. Es su cumpleaños esta semana.

Luca asintió, maniobrando para salir del campus. La observó de reojo. Estaba tranquila. Normal. No había ni rastro de incomodidad en su lenguaje corporal. Lo de la noche anterior parecía no haberla sacado de su eje… o al menos, no tenía esa sensación.

Él, por el contrario, seguía con el cuerpo en tensión. El solo hecho de recordarla jadeando en su cama, debajo de él… encima de él…

¡Mierda!

Apretó las manos en el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Vas a decir algo o vas a seguir en modo estatua de cemento armado? —Ariadna se había subido las gafas de sol a la cabeza, y ahora lo estaba mirando con sus ojos azules, brillando con desafío .

—¿Estatua de cemento? Estoy pendiente del tráfico, soy el que conduce—contestó Luca con sequedad —. Bastante bien, por cierto.

Ella bufó. Alargó la mano para encender la radio del coche y se cruzó de brazos.

Por suerte, la canción que sonaba no era nada de Britney Spears ni ese tipo de música.

La odiaba. Ariadna, miraba por la ventana del coche con su típica actitud de “me importa una mierda” que a Luca tanto le irritaba.

Pero decidió no decir nada, y dejarla a su aire.

Ahora mismo la relación entre los dos estaba en un punto raro.

Y él no estaba muy seguro de cómo quería seguir con aquello.

El resto del camino transcurrió en un silencio tenso. Cuando llegaron al centro comercial, ella no esperó que él le abriera la puerta. Simplemente se bajó, de forma apresurada.

Luca la siguió. Como una puñetera sombra. No quería volver al punto de partida. Pero la culpa de lo que estaba pasando era totalmente suya.

No quería estar con ella así. Tampoco era la forma que quería pasar el día. En su mente lo único que hacía era devorarla. Quería llevarla contra una de esas paredes de cristal y recordarle por qué no podía mirarla sin quedarse sin aire.

La siguió por varias tiendas, dejándola hacer mientras se mantenía cerca, pero en silencio. Alerta. Conteniendo las ganas de matarla —o besarla— cada vez que giraba la cara para mirarlo por encima del hombro, con esa jodida sonrisa suya y el brillo de malicia en sus ojos.

Estaba coqueteando con el filo de la puta navaja, y la muy condenada lo sabía.

Lo hacía a propósito. Solo para verlo hervir de ira.

Iban caminando, ella dos pasos por delante de él, bamboleando sus preciosas caderas.

Luca estaba seguro de que notaba su mirada ardiente puesta en su cuerpo.

Pero no pensaba cortarse un pelo. Ella lo estaba provocando, y él no se iba a quedar quieto.

Finalmente se decidió por una tienda de lencería femenina. Ver a Ariadna rodeada de esas diminutas prendas de ropa ya lo estaba poniendo de mal humor. Aquello era su puto infierno personal.

—Espera aquí si quieres, no tardaré demasiado— Le dijo ella, volviéndose justo a mirarlo.

Luca desvío la vista al joven dependiente, y frunció el ceño.

Ni de puta coña.

—No. Te acompaño.

El inútil uniformado, un chico joven, y guapo, de esos que saben que las chicas caen rendidas a sus pies, y quiere que le besen los zapatos.

Gruñó cuando vio que el guaperas se acercaba a toda velocidad a Ariadna.

—¿Puedo ayudarte en algo, preciosa?

Preciosa.

Él tenía una pistola que también era preciosa, si quería verla.

Apretó la mandíbula, casi a la misma vez que los puños. Las ganas de partirle la cara al guaperas eran inmensas.

Ariadna le sonrió al dependiente. Con esa sonrisa jodidamente encantadora que usaba con los tíos. —Estoy buscando algo para el cumpleaños de mi mejor amiga —respondió, tocando una blusa transparente de forma casual—. ¿Qué te parece esta?

¿Estaba coqueteando con el jodido guaperas? ¿Enserio?

El imbécil se le acercó más de la cuenta, con una sonrisa bobalicona en su inútil rostro.

—Si tu amiga es la mitad de guapa que tú, seguro le va bien cualquier cosa.  A ti si sabría a la perfección que recomendarte para que te compres. O regalarte alguna cosita.

No.

Ni. De. Puta. Coña.

A pesar de estar hirviendo de rabia, notó como el aire a su alrededor comenzó a enfriarse.

Dio un paso adelante, lento, como un lobo saliendo de la sombra, que acecha a su presa. —No te lo recomiendo —gruñó, sin alzar la voz, pero con una firmeza que cortaba el aire—. Ni regalarle nada, ni recomendarle nada.

El imbécil se le quedó mirando con una cara, que para Luca era más que patética. Había reparado en su aspecto, y seguro se estaba cagando en los pantalones.

—Yo… lo siento… no quería…

—No tienes de disculparte —Lo cortó Luca con una sonrisa afilada—. Solo te estoy avisando. Creeme, no quieres malgastar el tiempo de ella, ni el tuyo.

Ariadna se giró, furiosa. Fulminando a Luca con sus ojos azules brillantes.

Ahí estaba, la fierecilla sacando las garras. Ella quería hacerlo rabiar, pues bien. Él también sabía jugar a eso.

Luca miró al dependiente, con sus ojos negros en una clara indicación de que se largara de allí, y los dejara solos. El chico, que finalmente parecía algo listo, lo hizo rápidamente.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa?—escupió ella nada más quedarse a solas con Luca.

—¿A mí? —respondió él con voz neutra—. Nada. Solo hago mi trabajo.

—¿Tu trabajo incluye ahuyentar a todo aquel que me dirige la palabra?

Apretó los puños. La rabia bullía bajo su piel abrasándolo por completo. No entendía a esta mujer. No entendía qué pretendía ni que se supone que quería ahora. Después de lo que había pasado la noche anterior.

—¿A todo el mundo o solo a los idiotas que babean contigo delante de mí? —Soltó él casi gruñendo. Estaba realmente harto de la situación.

El silencio que siguió se podía cortar con un maldito cuchillo.

Ariadna, apretó sus labios. Estaba claro que se estaba tragando sus palabras. Lo cual ya era raro en ella. La vio tomar aire y soltándolo despacio volvió a hablar, pero su voz fue fría.

—Me largo. Te veo en el coche, “ guardaespaldas ”. —La última palabra la dijo con desdén. Intentando fastidiarlo. No lo iba a conseguir.

Luca la vió alejarse con el corazón golpeándole las costillas como un maldito martillo.

Caminaba con pasos apresurados. Él no tardó más de dos segundos en seguirla. No pensaba dejarla escapar.

Esto no se va a quedar así princesa.

Cuándo la alcanzó en el coche, ella ya estaba sentada con los brazos cruzados, y la música a todo volumen. Su pose de niña enfurruñada casi lo hace reír.

Rodeó el coche y se subió en el asiento del conductor, cerrando la puerta despacio, pero no arrancó el coche. Ahora ella no tenía escapatoria, y lo iba a escuchar. Pero Ariadna fue la primera en romper el silencio.

—¿Te importa explicarme qué ha sido eso? —le espetó sin mirarlo a la cara.

—¿Qué ha sido qué?

—La escena de macho cavernícola allí dentro. El chico solo me estaba ayudando.

—Te estaba desnudando con la mirada princesa. Solo es un puto guaperas que quiere un polvo rápido con una chica guapa.

—Aaah claro y como tú me has follado ¿ahora qué? ¿Ya soy de tu propiedad?

Luca abrió los ojos desmesuradamente. El golpe de sus palabras lo había dejado sin aire.

Él no quería que ella se sintiese así, pero tenía derecho a estar celoso ¿No?

—No juegues conmigo, Ariadna. — contestó él, con toda la calma que pudo reunir.

—¿Y tú qué estás haciendo? ¿Tú sí puedes babear sobre cada mujer que se te cruza? ¿Coquetear con la rubia del ascensor o la camarera del bar, pero yo no puedo recibir un cumplido sin que se te revienten las venas del cuello?

—¡No he coqueteado con nadie hoy! ¡Joder, anoche estábamos bien! ¿Se puede saber que te pasa? ¿Por qué este jodido cambio de actitud?

Estaba empezando a estar harto, y muy frustrado.

—¡Tú!... ¡Tú eres lo que me pasa! Cuando salí de la universidad, estabas raro. ¡Si te arrepientes, solo dilo y punto! Yo sigo con mi vida y aquí paz y después gloria!

Luca giró el rostro hacía ella de forma rápida. Los ojos de ella destilaban furia, pero había algo más. Había dolor.

¡Joder! ¡No quería ser el causante de su dolor !

—Lo que pasa entre tú y yo no es un juego. Y lo que hicimos no fue un error, al menos no para mí. No quiero que sientas que fue una declaración de propiedad. ¿Entiendes?

—Entonces deja de actuar como si lo fuera —la voz de ella había bajado una octava.

Ya no parecía tan enfadada, pero seguía dolida —.

Porque si te molesta que alguien me mire…

más te vale salir del país, Luca. Porque me van a mirar.

Siempre lo hacen. Es algo a lo que ya estoy más que acostumbrada. Mi vida siempre ha sido así…

Y como no hacerlo, princesa. Si hasta con los ojos llorosos estás jodidamente hermosa.

—Lo sé. —contestó él de forma seca. Realmente no sabía qué decirle. No era nadie para ella. Ariadna era una mujer libre, y él, solo un tipo más que había ocupado su cama.

El silencio que se instaló en el coche fue brutal.

Un silencio solo roto por las respiraciones de ambos.

La música ya no parecía tener sentido alguno.

Ariadna apagó la radio y volvió la mirada a la ventana.

Dando por zanjado el tema. Luca sabía que debía decir algo, pero no estaba seguro de que.

Todos esos sentimientos eran totalmente nuevos para él, y no sabía cómo coño gestionarlos.

Finalmente, y con un suspiro cansado arrancó el coche, y salió del parking del centro comercial en completo silencio.

Sujetaba el volante con las manos tan tensas que casi podría partirlo.

Notó como Ariadna lo miraba de reojo, pero sin decir nada. Suspiro y volvió la vista a la ventanilla.

Mejor, necesitaba organizar sus pensamientos.

Pero a pesar de que ninguno de los dos hablaba.

Todo lo que estaba flotando entre ellos era mucho más peligroso.

Porque al cruzar la línea todo se había complicado.

Ahora les tocaba sufrir las consecuencias.

Luca estaba en una tesitura complicada. Su propio cuerpo estaba dividido entre el deber, o el maldito corazón, que parecía haber decidido ir por su cuenta, ignorando la voz de la razón.

Porque sí, sabía que estaba perdiendo la batalla contra él.

Y estaba realmente acojonado.