Luca (Sangre Bianchi 2) Un nuevo día
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Un nuevo día

L a luz entraba por la ventana de la habitación dándole una cálida sensación a Ariadna.

Se desperezó en la cama, como una gata satisfecha, antes de ser realmente consciente de donde se encontraba.

Una sensación de calor le recorrió el cuerpo.

El tipo de calor que no tiene que ver con la temperatura.

El tipo de calor que nace en la piel. En los músculos aún adormecidos.

En los recuerdos de cuerpos enredados durante la noche.

Se giró lentamente, pasando las manos por las suaves sábanas blancas. Estaba en la cama de Luca. Enterró la cabeza en la almohada, aspirando el aroma aún impregnado en ella. Era su olor. Menta, humo, y ese toque oscuro y salvaje que le pertenecía solo a él.

Había pasado la noche en la cama de su guardaespaldas.

Y lo había hecho por voluntad propia. Por deseo. Por pura necesidad. Sabía que eso debería hacerla sentir remordimientos. Pero para nada.

Una sonrisa se escapó de sus labios.

Había conseguido lo que estaba buscando. Que Luca fuese suyo. Al menos por esa noche.

Miró hacia la puerta del baño, que estaba cerrada. Se escuchaba el sonido del agua de la ducha. Se incorporó en la cama buscando algo que ponerse. Pero no encontró absolutamente nada a su alcance .

El sonido del agua cesó, y un minuto después la puerta del baño se abrió con suavidad. Como si Luca temiera despertarla.

Ariadna tuvo que contenerse para que la mandíbula no cayera al suelo. Luca era un jodido espectáculo. Cubierto solo por una toalla blanca atada de forma descuidada a las caderas.

El cabello mojado, las gotas corriendo por sus abdominales marcados, los tatuajes negros sobre su piel dorada.

Un puto pecado personificado. Y para ella, era casi imposible apartar la mirada de dicha tentación.

—¿Disfrutando las vistas, princesa? —La voz de Luca sonó grave, aún ronca por el sueño, y las cosas que hicieron en esa cama horas antes.

Ariadna, para nada avergonzada, se acomodó entre las almohadas con los ojos entrecerrados.

—Solo estoy analizando el desastre que hice anoche. Llámalo arrepentimiento postcoital.

Él, alzó una ceja, mientras se secaba el pelo con una toalla más pequeña que llevaba en la mano. Su melena, ya de por sí rebelde, se veía aún más salvaje, dándole un aspecto más aniñado, sin quitarle un ápice de atractivo.

—¿Arrepentimiento? —Escupió la palabra casi con resentimiento —. ¿Eso fue lo que as sentido cuando me rogaste que no me detuviera?

Ariadna le lanzó una almohada, con todas sus ganas, pero el malnacido la atrapó en el aire, con una sonrisa satisfecha.

¡Putos hoyuelos!

Ese par de malditos hoyuelos que la volvían loca.

—No me hagas arrepentirme ahora, Luca Moretti —gruñó mientras se volvía a sentar en la cama, envuelta en la sábana—. O te juro que...

—¿Qué? ¿Me lanzarás a Khaos ? ¿Me harás otra llave en el ring?

—No te burles Moretti…

Luca caminó hacia el armario. Abrió una puerta, y sacó una camiseta negra de manga corta y unos jeans oscuros. Muy estilo Moretti. Parecía que todo su armario se componía de la misma ropa.

—No me burlo...Me parece… excitante.

Ariadna rodó los ojos, pero no pudo evitar que se le escapara una sonrisa.

—¿Siempre tienes una respuesta para todo?

—Siempre que se trate de ti, sí.

Lo dijo en un tono más bajo. Casi como un gruñido. Por un momento, la habitación se llenó de esa tensión eléctrica que ya le era tan familiar. Ariadna tragó saliva. Se obligó a no dejarse arrastrar por la intensidad de su mirada negra.

—Por cierto—dijo él, ahora con la camiseta ya puesta, cubriendo ese maldito cuerpo que la hacía olvidarse hasta de como respirar. —, vístete. Te llevo a la universidad en veinte minutos.

Ariadna arqueó una ceja.

—¿Así sin más? ¿Después de lo de anoche vas a comportarte como si nada?

—Como si nada no. —Luca se cruzó de brazos. Ella notó que se había puesto ligeramente tenso, aunque intentara ocultarlo—. Pero si tu padre se entera de que pasaste la noche aquí, me va a meter una bala entre ceja y ceja.

—¿Y no valdría la pena? —Soltó una carcajada al ver la cara que había puesto él.

La miró serio. Ariadna dejó de reír. No sabía si lo que había dicho le había molestado.

—No, si eso implica que no podré volver a tocarte nunca más.

El corazón de Ariadna empezó a latir tan fuerte que casi la ensordece.

Se mordió el labio. Bajó la mirada, como si eso pudiera frenar el deseo que amenazaba con arrastrarla de nuevo a esa cama.

—Entonces date prisa, soldato . No querrás que el jefe de la mafia descubra que su hija pasó la noche gritando tu nombre.

Esta vez, fue Luca el que soltó una carcajada. Con esa voz grave que le recorría la columna como una jodida caricia prohibida.

—Diez minutos, Bianchi. Ni uno más. O te meto desnuda en el maletero.

Ella se levantó de la cama sin vergüenza, desnuda, y caminó hacia el baño con paso lento y provocador, sintiendo sus ojos negros pegados a cada centímetro de su piel.

—Tranquilo, Moretti… —le lanzó una mirada por encima de su hombro. —Si sigues mirándome así, mi padre si te meterá una bala en esa cabezota tuya.

Cerró la puerta del baño con una sonrisa maliciosa.

La guerra continuaba entre ellos.

Pero ahora… las armas eran diferentes. Se había convertido en algo muy peligroso. Pero era jodidamente delicioso y adictivo.