Luca (Sangre Bianchi 2) ¡A la mierda el control!
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¡A la mierda el control!

L a noche estaba en silencio.

Demasiado silencio.

El tipo de calma que precede a una tormenta. La misma que él sentía arrastrándose por debajo de su piel desde hacía horas.

El agua de la ducha aún se deslizaba por su espalda mientras se apoyaba frente al espejo. Los nudillos vendados, la mandíbula marcada por el roce de sus propios dientes apretados. Se había duchado, sí. Pero el sudor y la sangre no se iban tan fácil cuando el verdadero veneno era ella.

Ariadna Bianchi.

Había intentado todo.

Ignorarla. Despreciarla. Provocarla. Burlarse.

Aun así, la deseaba más con cada minuto que pasaba.

Esa tarde lo había dejado al borde de sucumbir al deseo que ella le provocaba. Su cuerpo había estado a segundos de hacer justo lo que no debía. Tocar lo que no era suyo.

Tomar lo que no podía tener.

Su fuerza de voluntad estaba prácticamente resquebrajada. Estar cerca de ella, era casi insoportable. Su cabeza se mantenía racional. No debía tocarla, no debía desearla. Pero su jodido cuerpo no respondía ante lo racional .

Sabía a ciencia cierta, qué si ella seguía provocándolo, él no iba a poder seguir resistiéndose, acabaría follándose a la princesita, y no le importaría una mierda donde fuera. En la tumbona de la piscina, o en un árbol en el jodido jardín. Su autocontrol no aguantaba más.

Pero ese no era el jodido plan.

Venganza, Luca. No deseo.

Sin embargo, lo único que ocupaba su mente era el cuerpo de Ariadna envuelto en ese jodido bikini. El movimiento de sus caderas. El brillo desafiante en sus ojos. La maldita forma en la que se mordía el labio sin ser consciente del gesto.

Pero, sobre todo, cómo lo miraba.

Como si supiera que no podía más.

Como si estuviera esperando que él perdiera el control.

¿Lo peor? Estaba muy cerca de perderlo…

Salió del baño, y se puso un pantalón de chándal negro y una camiseta fina de manga corta.

Se sirvió un whisky, y se dejó caer en el sofá dando un sorbo lento al vaso, dejando que el líquido ámbar le quemara la garganta a su paso, arrastrando la bola que se le había formado ahí, por culpa de sus pensamientos.

Pero cuando el hielo chocó contra el cristal, escuchó un golpe en la puerta.

Se quedó congelado en el sitio, pensando que había sido fruto de su imaginación. Pero volvió a sonar, esta vez con más insistencia.

Sabía que era ella. Su corazón dio una voltereta, provocando que el nudo en su garganta volviera a subir. Dejó el vaso sobre la mesa de centro y se levantó del sofá.

Su cuerpo se había tensado como la cuerda de una guitarra. Pero aun así fue a abrir. En ese momento la voz de la razón no era la que actuaba.

Con toda la tranquilidad que fue capaz de fingir, abrió la puerta .

Ahí estaba ella.

Iba descalza. Llevaba un pantalón de pijama blanco, y obscenamente corto.

La camiseta, de color blanco también de tirantes, dejando ver sus pezones firmes contra la tela, haciendo que a Luca se le secara la garganta.

La mirada que tenía era firme y decidida.

Su precioso rostro envuelto en la nube de pelo negro, suelto.

El primer pensamiento de Luca fue que necesitaba enroscar esa mata de pelo en su puño, y tirar de ella para pegar la boca de Ariadna a la suya. Pero en vez de eso, alejó esos pensamientos y se obligó a hablar con la voz más neutra que pudo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz baja, aunque le salió ligeramente ronca.

Ella clavó sus ojos azules en los de él. Por primera vez, parecía vulnerable. Algo qué a él lo pilló totalmente por sorpresa.

—No me podía dormir.

Él arqueó una ceja, pero no dijo nada.

Ariadna se cruzó de brazos. El movimiento hizo que su camiseta se levantara apenas unos centímetros mostrando más piel de la que debería.

El demonio dentro de Luca rugió solo con esa imagen.

—¿Puedo pasar, o vas a quedarte ahí parado como un idiota? —escupió ella, volviendo a su pose de fría indiferencia.

Él apretó los dientes, intentando no soltar un gruñido de frustración. Pero finalmente se hizo a un lado para dejarla pasar.

Ella pasó por su lado, y se quedó parada en medio del salón. Él cerró la puerta, y se giró para mirarla.

El silencio volvió. Solo que ahora era peor. Más espeso. Más denso. Como si el aire estuviera a punto de incendiarse.

—No vine a discutir —dijo ella, rompiendo el silencio la primera .

—Entonces, ¿a qué has venido?

Ella lo miró durante varios segundos antes de contestar.

—Sinceramente no lo sé.

Luca asintió despacio, dando varios pasos hacia ella.

Ariadna, por puro instinto, retrocedió. Pero se vio atrapada por el sofá, que estaba justo tras ella.

—No deberías estar aquí. He intentado alejarme de ti. Pero eres tan tonta que insistes una y otra vez, te metes en la puta boca del lobo tú solita.

Luca se había ido acercando poco a poco a ella, y ahora estaba a escasos centímetros de ella.

—Necesitaba estar con alguien ajeno a mi familia. Me da igual meterme en la boca del lobo. No te tengo miedo.

Él sonrió, y ladeó la cabeza, sin dejar de mirarla. Dio un par de pasos más. Ya no tenía escapatoria. Sus caras estaban muy cerca, casi podía oír el latido de su corazón.

—Vete…—Gruñó Luca casi rozando su boca.

—No quiero…

—No voy a resistirme esta vez, princesa. Vete.

Ella alzó el mentón desafiándolo como siempre hacía.

—Alejate entonces… soldato .

Luca soltó una carcajada siniestra. Estaba muy excitado. Casi podía oler el miedo en ella, aunque la muy cabezota se empeñara en volverlo loco. En ese momento decidió jugar. Ya estaba cansado de huir.

—¿Y si ahora no quiero? —Su voz fue más un gruñido bajo. Vio perfectamente como ella tragaba saliva nerviosa. Sus labios ligeramente entreabiertos, y sus mejillas se estaban sonrosando.

—Apartate Luca, por favor…

La voz de ella no fue una orden, fue más bien un susurro.

—Repítelo, princesa.

—Por favor…—repitió ella. Pero su voz seguía si endo apenas un susurro.

—¿Por favor que, princesa? ¿Por favor bésame? O ¿Por favor follame?

Ariadna abrió mucho los ojos y con todo el coraje del que fue capaz intentó apartar a Luca de un empujón.

—Ninguna, maldito gilipollas, aparta.

¡Vaya, vaya! La gatita volvía a sacar las uñas…

Luca atrapó sus manos dejando su nariz casi rozando la de ella.

—¿Estás segura de que eso es lo que quieres?

—Si…— contestó ella, pero lo dijo sin convicción. Luca no la creía en absoluto.

—No te lo crees ni tú. —rozó su nariz con la de ella.

Sus labios a milímetros, pero sin llegar a tocarse, las manos de Ariadna, atrapadas por él —.

Tu corazón está acelerado. Estás apretando las piernas, por que me deseas entre ellas.

Tu respiración ha cambiado, porque estás excitada.

La sangre corre ahora mismo por tus venas a una velocidad vertiginosa.

Así que dime, princesa, por que no lo pienso preguntar ni una sola vez más. ¿Qué quieres?

—¡Joder Luca! Besame….

Luca soltó un gruñido de satisfacción.

—Encantado de complacerte, princesa.

Estrelló su boca con la de ella.

Prácticamente la atrapó con sus labios.

La sujetó por la cintura, y girándola la empujó contra la pared. La besó como si su vida dependiera de ello. Como si ese beso fuera lo único real en su mundo roto. Como si llevase semanas esperando poder saborearla .

Ariadna gimió contra su boca, rodeándolo con las piernas, sin pensar, sin contenerse. Luca la levantó, agarrándola por su redondo culo y la sostuvo contra la pared, devorándola.

Las manos de ella rodeaban su cuello. Las suyas ya serpenteaban por debajo de su camiseta buscando sus pechos.

Las bocas chocando, rozándose, abriéndose una a la otra como puertas selladas durante demasiado tiempo.

No había espacio para el odio. Ni tampoco para el orgullo.

Solo para el hambre. Un hambre voraz y desesperada por ella.

De su piel. De su voz. De su condenada forma de temblar, y desafiarlo al mismo tiempo.

La llevó al sofá sin dejar de besarla. Ariadna gemía, y se retorcía encima de él con la misma ansia desesperada que él sentía.

Se sentó con ella encima y cumpliendo uno de sus deseos, enroscó su puño en su pelo, hasta llegar a la nuca y tirar de su cabeza, lo justo para mirarla.

Estaba sonrojada. Los labios hinchados por sus besos, la respiración agitada.

Pero lo mejor eran sus ojos. Cargados de una pasión cegadora.

Luca le mordió el labio, tirando suavemente.

Ariadna le correspondió al mordisco haciendo lo mismo, pero la muy cabrona apretó, haciendo estallar el sabor de la sangre en la boca de Luca.

Él sonrió con malicia y gruño volviendo a reclamar la boca de ella. Sus lenguas luchando la una con la otra. Los gemidos que Ariadna soltaba eran música celestial a los oídos de Luca.

Ella tiró de la camiseta de él, separándose de su boca, solo unos segundos para poder sacársela por la cabeza.

Sus largas uñas se arrastraron por su espalda y Luca estaba seguro de que lo había hecho sangrar.

Pero le importaba una mierda en ese momento.

Se apartó de su boca para besar y morder su cuello, arrastrando sus dientes por su perfecta piel, hasta llegar a sus redondos pechos.

Pero él no fue tan benevolente. Agarró la fina camiseta del pijama de ella, y de un fuerte tirón la desgarró entera.

Y ahí estaban.

Sus jodidas y perfectas tetas con sus pezones apuntando hacia él.

Con un gruñido casi animal, bajó su boca hacia ellos, y se apoderó de su pezón, torturándolo con sus dientes.

Ariadna, se restregaba contra él, gimiendo desesperada. La estaba volviendo jodidamente loca. Pero apenas acababa de empezar.

Casi sin esfuerzo, y con ella enroscada en su cintura, se levantó del sofá y caminó hasta la cama. Besando a Ariadna por todas partes.

La soltó con cuidado en la cama, y empezó a besarla, bajando poco a poco por su cuerpo, pasando la lengua por su ombligo, hasta llegar a la cintura de sus pantalones cortos.

—Luca ....—Gimió ella.

—¿Qué quieres, mia bella ?

—A ti… todo tú.

Luca sonrió satisfecho. De un tirón le quitó el pantalón y las bragas e hizo lo mismo con los suyos.

Se arrodilló entre las piernas de ella, y tomó posesión de su coño. Devorándolo con ansias.

Porque sí.

El sabor de Ariadna era un jodido afrodisiaco. Podía morir entre sus piernas, y moriría feliz.

Lamió y mordisqueó su centro de placer, succionando con fuerza solo por el placer de ver como Ariadna se retorcía, gimiendo cada vez más alto.

Las piernas le temblaban, y sus manos habían volado a la cabeza de Luca, agarrándolo por el pelo de forma brusca.

Pero no le hacía daño. Al contrario, lo ponía más cachondo si eso era posible .

Ariadna gritó, su cuerpo convulsionando, dejándose arrastrar por el orgasmo que la lengua de Luca le había provocado.

Ya no podía más. La necesitaba. Trepó por el cuerpo de ella capturando su boca una vez más.

Dándole a probar de su propio sabor, directamente de sus labios.

Ariadna le correspondió al beso sin importarle en absoluto nada.

La muy cabrona sacó la lengua y la paso por todo su labio inferior arrastrando su propio jugo y relamiéndose como una gata satisfecha.

La madre que la parió... Lo volvía loco.

—Dame un segundo, princesa.

Se incorporó levemente, tirando del cajón de la mesilla, para sacar un condón, que tardó dos segundos en ponerse.

Se colocó entre las piernas de ella y la miró a los ojos, esperando que ella decidiera si quería seguir adelante con aquello o no.

Pero Ariadna enroscó las piernas en las caderas de él, y de un tirón lo empujó hacia ella.

Luca se enterró por completo en ella, dejando escapar un gemido de puro placer. Estaba realmente apretada y húmeda. Aquello se sentía jodidamente bien.

Empezó a moverse, de forma rápida y bastante fuerte. Ariadna gemía, y le clavaba las uñas por la espalda, arqueando su cuerpo bajo el suyo. Ambos tenían la misma necesidad. Duro, salvaje. Sin miramientos.

Bajó la cabeza, y le mordió un pecho. No lo suficientemente fuerte para hacerle daño. Pero si lo justo para dejarle la marca de sus dientes. Una manera de reclamarla como suya.

Porque en ese momento lo era.

Jodidamente suya.

—Te tengo, princesa. Cada suspiro es mío. Cada gemido que sale de tu boca es mío. Te haré gritar mi nombre. Tocarás las putas estrellas con los dedos, pero luego te dejarás arrastrar por mis sombras.

Ariadna gimió más fuerte, a la vez que las embestidas de Luca se hacían más rápidas e intensas.

—Volarás tan cerca del sol, que cuando te quemes y caigas será donde querrás estar. Ardiendo, pero junto a mí. Porque pienso romperte de tantas maneras que no sabrás ni respirar si no es conmigo.

Ariadna, se rompió en un orgasmo brutal. Temblando. Sus cuerpos colisionaron en una espiral de sudor, gemidos, respiraciones rotas y piel contra piel.

Cuando finalmente Luca se dejó ir. Gruño, devorando la boca de ella, sintiéndose morir. Pero calmado a la vez.

Las respiraciones de ambos estaban agitadas. Sus cuerpos sudados, pegados. Pero no estaba preparado para separarse aún. Se incorporó levemente sobre sus brazos, aún unido a ella. Sus miradas se encontraron.

Los de él, negros como la noche. Los de ella azul hielo, pero inundados de deseo.

—Luca… —susurró Ariadna llevando la palma de su mano a su cara.

Y por primera vez, Luca se permitió ser solo eso.

No aquel niño rabioso de catorce años. Tampoco el niño asustado, escondido en el cuarto de jardinería.

Y mucho menos, el enemigo de los Bianchi.

En ese momento era solo Luca. Un hombre que la deseaba más que a su propia venganza.

Y que estaba perdiendo la batalla contra la razón .

Salió de ella, quitándose el condón y se dejó caer hacía el lado. Ariadna giró y se subió a horcajadas encima de él.

—¿Pretendes matarme?

—Hoy no me apetece matarte… Soldato .

Ariadna agarró el miembro de él, que volvió a ponerse duro en segundos.

—Princesa…—Susurró él con un gemido entrecortado.

—Shuuuu…. No digas nada Luca.

Se enterró en ella de forma lenta. Sentirla así, sin nada de por medio, era el jodido paraíso.

Se movieron juntos. Despacio al principio. Después, como si el mundo fuera a acabarse. Y cuando ella se arqueó encima de él, gritando su nombre, Luca supo que nunca volvería a ser el mismo.

Porque ya era jodidamente suyo.

Aunque el infierno se los llevara después.