Luca (Sangre Bianchi 2) Caer en la trampa
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Caer en la trampa

L o vio marcharse con el cuerpo tenso. La postura rígida, y la mandíbula apretada hasta el extremo.

Sin embargo, el muy desgraciado no la había tocado.

Sabía que le afectaba. Estaba cabreado por el mini bikini que se había puesto. Le había faltado levantar la patita como un puto perro y mear alrededor de ella para marcar terreno. Tenía que admitir que Luca tenía una gran fuerza de voluntad. A pesar de haber mirado sus labios, no la había besado.

Ariadna había visto sus oscuros ojos negros centellear de deseo. No se lo había imaginado. Pero el cabrón no había caído en la trampa.

Soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo, y se dejó caer de nuevo en la tumbona, con una sonrisa que luchaba por salir… pero no lo consiguió del todo.

Estaba disfrutando mucho.

Más de lo que debería.

Había jugado con fuego.

Estaba bailando al borde del acantilado, pero no le daba miedo caerse.

Luca Moretti había estado a un segundo de lanzarse al vacío con ella, pero era un cabezón sin remedio.

—Maldito imbécil contenido —murmuró, sin poder evitar la sonrisa.

Pero también sin poder evitar… el calor que seguía corriéndole por las venas como lava ardiendo.

El recuerdo de su cuerpo tan cerca del suyo, de su voz ronca diciéndole un día no voy a frenar , se repetía en su cabeza una y otra vez.

Le ardía la piel. Los labios le cosquilleaban.

Y el calor del sol no tenía nada que ver con esas sensaciones.

Se incorporó, tirando la toalla a un lado, y caminó hacia la casa, dejando que el agua de la piscina se evaporara en su cuerpo.

El maldito bikini parecía más pequeño aún mojado, pegándose a su piel bronceada.

Sabía que los hombres de su padre la estaban mirando.

Pero estaba acostumbrada. Y tampoco es que le importase lo más mínimo.

La única persona a la que quería llamar la atención no estaba allí.

Cuando entró en la casa principal, subió las escaleras sin cruzarse con nadie. Ni su madre. Ni Sandro. Ni el servicio.

Mucho mejor. No le apetecía hablar con nadie.

Necesitaba…

Realmente no sabía muy bien que necesitaba. Su cabeza era un hervidero de emociones y pensamientos contradictorios.

Una ducha. Eso necesitaba.

Calmarse. Dejar de pensar en Luca, y en cómo la había mirado.

O cómo no la había mirado. Porque ese hijo de puta se había girado y se había ido.

Eso la encendía más.

—Estás enferma —se dijo frente al espejo del baño mientras se deshacía el recogido. Su pelo cayó como una cascada negra por su espalda.

Pero, era una enfermedad jodidamente deliciosa. Y él era la droga más peligrosa que había probado en su vida .

Se metió en la ducha para calmar el calor de su piel, dejando que el agua fría cayera por su cuerpo, destensando sus hombros, y haciéndola soltar un jadeo de alivio.

Nunca un hombre la había dejado tan trastocada en su vida.

Cuando salió de la ducha se vistió rápido y se desenredó su larga melena. Pasó el resto de la tarde en su habitación, intentando estudiar, pero su mente volvía una y otra vez a la maldita sonrisa de hoyuelos de Luca, y a sus preciosos ojos negros.

Esa noche, mientras cenaban —ella, su madre y Sandro— no podía dejar de pensar en la tensión de la tarde.

—¿Dónde está papá? —preguntó, intentando sonar casual mientras movía la ensalada en el plato sin comerla.

—Salió con Max —respondió Samantha, sin levantar la vista de su copa—. Asuntos de trabajo.

Asuntos de sangre — pensó Ariadna, pero no dijo nada.

Tampoco preguntó por Luca. Aunque no dejaba de pensar en él.

¿Seguiría tan furioso como cuando se fue?

¿Estaría aún, intentando convencerse de que la odiaba?

Porque ella no lo sabía.

Ya no.

Lo odiaba.

Sí.

Lo quería fuera de su vida.

Sí.

Pero también lo deseaba con cada parte maldita de su cuerpo. Por tanto, todo lo anterior era una puta mentira que se decía ella misma para autoconvencerse.

—Tienes cara de querer matar a alguien —dijo Sandro con una carcajada, sacándola de sus pensamientos.

Ariadna le lanzó una aceituna de su ensalada que le dio entre ceja y ceja a su hermano.

—Sigue molestándome y serás tú mi próxima víctima.

Sandro solo se rió muchísimo más.

Samantha los miró a los dos y negó con la cabeza, bebiendo de su copa de vino.

—Un día os vais a matar de verdad. Y yo voy a brindar con champán. — rió su madre sonriendo a sus hijos.

—Nah, en el fondo nos queremos. — Sandro le guiñó un ojo a Ariadna y esta resopló poniendo los ojos en blanco.

—Habla por ti, hermanito.

Sandro le lanzó un beso de manera teatral. Samantha se levantó de la mesa recogiendo su plato.

—No puedo con vosotros dos.

Sandro soltó una risotada sonora. Ariadna imitó a su madre y recogió su plato, lanzándole a Sandro su servilleta en el camino. Salió del salón dejando atrás las carcajadas de su hermano.

Nunca lo admitiría, pero adoraba a Sandro.

Horas más tarde, sola en su habitación, Ariadna seguía sin poder dormir.

Lo intentó de mil maneras. Se puso unos auriculares e intentó escuchar algo de música. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Pero el sueño se negaba a acudir.

Miró Instagram por aburrimiento, no usaba mucho las redes sociales, pero tampoco es que hubiera nada interesante y dejó el móvil a un lado.

¡Mierda! ¿Por qué coño solo podía pensar en Luca?

Solo podía pensar en cómo la había mirado. Como su mirada había resbalado hasta sus labios. Ella había deseado ese beso. La volvía jodidamente loca. Casi más aún, que si lo hubiera hecho.

Se levantó de la cama y tiró los auriculares a un lado. Se asomó a la ventana mirando a lo lejos.

La casita de invitados estaba allí, con una luz encendida.

Ni se te ocurra bajar —pensó.

Pero ni ella misma era capaz de controlar su cuerpo.

Porque el corazón era una cosa.

Y la mente otra totalmente diferente.

Y en ese momento el fuego que ardía por sus venas le calentaba el corazón solo de pensar en él. Y no podía evitarlo. Sus pies ya estaban dirigiéndose pasillo hacía abajo. Llevándola prácticamente por inercia. Por qué la razón estaba perdiendo la batalla frente al corazón.

Y dios, en ese momento le importaba una soberana mierda.