Recuperar el control
La finca estaba silenciosa.
Demasiado.
Romeo y Samantha habían salido hacía una hora, escoltados por los gemelos.
Max le había dicho que él también tenía algo pendiente en la ciudad, y que no volvería hasta la noche.
La seguridad habitual de la propiedad se mantenía, claro.
Códigos, cámaras, sensores de movimiento. Todo estaba en su sitio.
Todo… menos la princesita.
Luca había pasado la última media hora caminando como un puto león enjaulado dentro de su casa de invitados. Había intentado leer. Ver algo. Ducharse. Nada funcionaba. La imagen de Ariadna sacando a patadas a la rubia esa en el campus, seguía repitiéndose como un eco venenoso en su mente.
¿Le había gustado verla celosa?
Sí. Demasiado.
Por eso tenía que parar todo ya. Tenía que recuperar el jodido control.
Se acercó a la ventana para abrirla. De repente la pequeña casa se le antojaba asfixiante.
Pero entonces lo escuchó.
Un chapoteo suave. Un gemido de placer bajo. Luca sintió un escalofrío por todo el cuerpo con ese sonido. Con cierta duda, volvió a la ventana y se asomó. Pero no estaba malditamente preparado para lo que iba a ver.
Ariadna.
Estaba en la piscina. Con el maldito bikini rojo más pequeño y jodidamente provocativo que había visto en su vida.
Un triángulo apenas cubriéndole los pechos. Una braguita tan pequeña, que era un insulto llamarlo bikini.
Estaba tumbada boca abajo en una de las tumbonas. Las piernas cruzadas por los tobillos, una bebida con pajita en la mano. Y sus gafas de sol.
Era una puñetera visión exquisita. Y aunque desde allí Luca no la veía con claridad, el perfil de su perfecto y redondeado trasero, era suficiente para que el casi echara espuma por la boca, con solo mirarla.
Parecía totalmente ajena a lo que la rodeaba. Pero Luca era muy consciente de cómo dos de los hombres de Romeo que estaban vigilando el perímetro de la casa, estaban babeando por ella.
Luca gruñó, y apretó los puños hasta hacer crujir los nudillos.
La princesita era una provocadora. Porque él estaba seguro, que ella sabía muy bien que la estaban mirando.
Como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo. Intentaba llamar de nuevo su atención. Quería hacerlo estallar. Pero su sola visión ya le encendía la sangre como una mecha cerca de la maldita pólvora.
Ella bebió de forma lenta de la pajita de su bebida, soltando el vaso en el suelo y relamiéndose los labios de forma lenta.
Luca se quedó quieto. Parpadeó una vez.
Luego otra.
Se estaba empalmando. Era inevitable no hacerlo.
¡Mierda !
Había sudado menos en un tiroteo con dos Kalashnikov apuntándole a la cabeza que ahora, mirando esa espalda dorada, esa cintura estrecha, y ese trasero que podía llevar a un hombre directo al infierno.
—Control—se dijo en voz baja. Como si eso le sirviera de algo.
Pero con la puñetera niñata así vestida, no había control posible.
Se cambió de camiseta —por hacer algo, por sentir que tomaba decisiones que podía controlar— y salió al exterior. El sol comenzaba a bajar, dando a todo un tono dorado que parecía dibujado para resaltar la maldita piel de Ariadna.
Ella no se giró cuando lo oyó acercarse. Solo alzó un poco la cabeza. Y fue la primera en hablar.
—Oh, pensaba que estarías ligando con otra Barbie sin neuronas —dijo con desdén, sin mirarlo.
Luca no respondió al principio. Solo caminó hasta la mesa cercana, cogió una botella de agua fría, la abrió, y bebió un trago largo, sin dejar de observarla por el rabillo del ojo.
Ella se sentó despacio, dejando que su cuerpo se deslizara por la tumbona. El bikini era aún peor visto de cerca.
¡Maldita sea !
—¿Y tú? —preguntó él con tono bajo casi gruñón— ¿No tenías nada mejor que hacer que provocar un infarto a los hombres de tu padre?
Ella sonrió, de forma lenta y perezosa. El tipo de sonrisa que podía acuchillar, y hacer que desearas besar al mismo tiempo.
—¿Provocar? Qué palabra tan fea. Solo estoy disfrutando del sol. ¿Acaso no tengo derecho?
Luca se cruzó de brazos. No le pasó desapercibida la mirada de Ariadna a sus brazos. No le era para nada indiferente.
—Estás jugando a algo muy peligroso.
Ella se quitó las gafas, clavándole los ojos azul cielo. Una mirada que cortaba como millones de cuchillas. —¿Y si lo estoy?
Silencio.
Un silencio pesado. Lleno de todo lo que no podían decirse.
Él se acercó un paso a la tumbona, mirándola desde su altura.
—No tienes idea de dónde te estás metiendo, Ariadna. Podría romperte en mil pedazos, y ni siquiera me importaría.
Ella se puso de pie, lentamente, sosteniéndole la mirada. Apenas le llegaba al hombro, pero en ese momento parecía mirarlo desde arriba.
—Claro que lo sé, Moretti. Estamos en el mismo tablero, jugamos el mismo. Puto. Juego.
Jaque Mate.
Se lo dijo con la voz dulce. Tranquila. Como quien comenta el clima. Y lo desarmó por completo.
La miró, repasándola de arriba abajo lentamente. Esa boca. Ese cuerpo. Esa jodida actitud.
Esa maldita mezcla de rabia, orgullo y deseo.
Su mandíbula se tensó. Sus dientes estaban tan apretados, que casi se podían oír crujir.
Ariadna, dio un paso más hacia él, sus cuerpos casi se rozaban. El aroma de su crema solar, invadió las fosas nasales de Luca, que apretó los puños a sus costados. Olía a frutas tropicales.
—Ten cuidado, princesa —gruñó él con voz ronca—. Porque si sigues jugando así… un día no voy a frenar.
Ella alzó una ceja, de forma lenta.
—¿Y quién te ha pedido que frenes soldato ?
Silencio. Otra vez. Pero esta vez lleno de electricidad pura.
Él miró sus labios .
Ella también bajó la mirada a su boca.
Entonces, Luca se giró con violencia y se marchó, sin mirar atrás, sin decir una sola palabra más.
Pero por dentro, estaba ardiendo.
La puta princesa estaba al filo de quemarse. Había estado a punto de estamparle un beso en esos malditos labios carnosos, delante de los hombres de Romeo. Pero había logrado huir. Porque sí. Estaba huyendo. Si se hubiese quedado con ella, la habría follado allí mismo en la tumbona de la piscina.
¡Joder!
Necesitaba e char un polvo rápido. Parecía un puto adolescente hormonal.
Pero el jodido problema, es que no quería a cualquiera. La quería a ella. A la puta princesita de la Mafia.
Ariadna. Su jodida maldición en persona.