Luca (Sangre Bianchi 2) Intentar olvidar
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Intentar olvidar

S e despertó con el pensamiento de que era Lunes.

Otra jodida semana comenzando con el mismo desastre emocional que intentaba controlar desde hacía días.

La noche del baile.

El beso.

La maldita sangre. Su boca. Su mal carácter.

La puta princesa de la mafia… Ariadna.

El nombre vibraba dentro de su cabeza como una maldición personal.

El fin de semana había sido una mezcla explosiva entre deseo contenido y violencia real.

Romeo lo había llevado a ajustar cuentas con un traidor, y aunque Luca se había desahogado, nada había servido para apagar la otra rabia .

La que tenía nombre, y ojos azul cristalino como un mar tropical.

Ahora conducía con ella sentada en el asiento del copiloto, de brazos cruzados, con las gafas de sol grandes tapándole media cara. Como si eso la hiciera menos molesta. Silenciosa. Fría. Altiva. Como si no lo hubiera dejado al borde del abismo dos noches antes.

—¿Tienes que mirar la carretera como si fueras a estamparnos contra un muro? —soltó ella, sin apartar la vista del cristal.

—Solo si prometes ir en el asiento delantero en ese caso —respondió él con una sonrisa torcida, sin mirarla.

—Idiota .

—Buenos días para ti también, princesa.

Ariadna bufó. Se acomodó el bolso en el regazo y sacó su labial, aplicándolo con precisión quirúrgica sin siquiera necesitar un espejo.

Por supuesto que sabía cómo provocar . Lo hacía sin querer. O peor, lo hacía sabiendo exactamente lo que causaba.

Cuando llegaron al campus, Luca aparcó frente a la entrada principal, justo donde sabía que todas las miradas caerían sobre el coche negro mate con cristales tintados. Un punto de atención. Y él lo usaba como escudo.

Antes de que Ariadna pudiera bajarse, Luca ya estaba afuera. Se apoyó despreocupadamente contra la puerta, cruzándose de brazos. Sonrió a un par de chicas que pasaban cerca. Y cuando una, pelirroja (¿o castaña clara? Da igual), se detuvo y le devolvió la sonrisa con interés, él fue directo.

—¿Eres de primer año?

—Segundo —dijo ella, mordiéndose el labio con coquetería.

Luca ladeó la cabeza. Disimuladamente miró de reojo hacia el coche. Sí, ahí estaba Ariadna mirándolo. Y por alguna razón que ni él comprendía del todo, quería hacerla reaccionar.

Quería que dejara de ignorarlo.

Quería castigarla por corresponder al beso como lo hizo y luego actuar como si él no existiera.

Así que sonrió más, bajó un poco el tono de voz y se inclinó hacia la chica.

—¿Cómo te llamas?

—Isabella —dijo ella, encantada.

—Bonito nombre .

Ella reía. Jugaba con su pelo. Luca no escuchaba nada. Solo la sentía. La mirada de Ariadna como un dardo caliente entre los omóplatos.

Y entonces…Ariadna reaccionó.

Habló con una voz helada y sarcástica.

—Isabella, ¿verdad? —dijo Ariadna, de pie junto a ellos, quitándose las gafas—. Deberías saber que él tiene clamidia. Y herpes. Las dos cosas. Y un gusto enfermizo por los pies.

Isabella palideció.

Luca abrió la boca, incrédulo.

—¿¡Qué demonios estás diciendo!? —escupió él, girándose hacia ella.

—Solo intento proteger a mi género —respondió Ariadna con una sonrisa angelical—. Buena suerte con el tratamiento, Moretti.

Isabella desapareció como si le hubieran disparado. Y Luca… apretó los puños para no estamparlos contra nada, aunque ganas no le faltaban.

Se giró hacia Ariadna, que ya estaba dirigiéndose al edificio, ignorándolo como si no acabara de destruir su dignidad pública.

Varias horas más tarde, Luca seguía enfadado.

Estaba esperando a que su víbora de la mafia asomara la cabeza por la puerta para tener una conversación con ella.

Ariadna salió por las puertas, esta vez iba sola, su amiga que siempre iba con ella, no estaba por ningún lado, se bajó las gafas de sol tapándose los ojos y se acercó al coche sin dirigirle la palabra a Luca en ningún momento

—¡Eh! ¡Tenemos una conversación pendiente! —gruñó, abriéndole la puerta del coche cuando salió a su encuentro—. ¡Al coche, ya!

Ella resopló, pero entró sin discutir. Mala señal. Las discusiones silenciosas eran las más peligrosas.

El silencio dentro del coche era tan espeso que casi podía cortarse.

Luca apretó el volante.

—¿Herpes? ¿Clamidia? ¿De verdad?

—Solo lo justo para alejar a una idiota. —Ella se encogió de hombros—. ¿O prefieres que te dé su número por WhatsApp?

—¿Y por qué demonios harías eso? —preguntó él, girándose hacia ella, furioso.

—¿Por qué no? —Ella se levantó las gafas de sol dejándolas sobre su cabeza y lo miró con esos malditos ojos que mezclaban hielo y fuego—. Tú estás ocupado ligando con todo lo que se mueve. Yo solo intento agilizar el proceso. Menos tiempo perdiendo el tiempo y más tiempo vigilando, ¿no?

—¿Te molesta que hable con otra mujer?

—No. Me molesta que lo hagas cuando estás trabajando para mi padre y se supone que deberías tener ojos solo para mí —respondió con veneno—. Como protector. Por supuesto.

Luca la miró frunciendo sus cejas negras. Por primera vez no respondió.

Porque no sabía cómo decirle que sí, que tenía los ojos solo para ella. Desde hacía semanas. Desde la primera vez que la escuchó maldecir con ese acento dulce y sucio al mismo tiempo.

Pero eso no podía decirlo.

—Solo hago mi trabajo —dijo finalmente, retomando el camino a la finca.

—Hazlo mejor entonces —le espetó ella.

Y no dijeron ni una sola palabra más.

Pero cuando llegaron a casa, y Ariadna salió del coche dando un portazo, Luca se quedó allí, quieto, con los nudillos blancos sobre el volante.

Había intentado olvidarla, odiarla, buscar una excusa para apartarla de su lado.

Sin embargo, solo había conseguido desearla más.