Luca (Sangre Bianchi 2) Miedo
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Miedo

E l reloj sobre su escritorio marcaba las doce y cuarenta y siete. Y ella seguía allí, sentada en la alfombra, con una manta a medio cuerpo, el móvil apagado a un lado y la cabeza llena de un millón de cosas que no quería pensar.

La imagen de Luca la devoraba. Otra vez.

Apretó los dientes, se obligó a mirar el libro de psicología abierto sobre su regazo. No recordaba ni una palabra de las últimas tres páginas que había intentado estudiar. No podía concentrarse.

No después del acercamiento con Luca y su posterior rechazo.

—¡Solo fue un puto beso Ariadna! —Se volvió a repetir ella misma, había perdido la cuenta de las veces que se había repetido eso…solo un beso…

Pero ese maldito beso y la forma brutal en la que él lo había roto. Y luego se había atrevido a mandarla a la cama como si fuera una cría. Como si no hubiera sentido también ese temblor en las piernas. Esa tensión entre sus cuerpos. Esa locura que a ella le había reventado el pecho.

Había querido odiarlo. Maldecirlo. Pegarle. Besarlo de nuevo.

Y ahora no podía dejar de pensar en él. Aunque se jurara que no le importaba. Aunque se dijera que era solo un tipo guapo, atractivo y peligroso que le había tocado de mala suerte como guardaespaldas.

Mentira. Pura mentira.

Cerró el libro de un golpe seco apartándolo a un lado.

El silencio que había esa noche en la casa le estaba crispando los nervios.

Miró a Khaos que dormía hecho un ovillo en la esquina de su habitación.

Todo estaba extrañamente tranquilo, la noche parecía detenida…

hasta que oyó el motor de varios coches.

Primero escuchó el derrape en el asfalto de la entrada. Luego frenos y puertas cerrándose seguidas de varias voces.

Se puso en pie de un salto, haciendo que Khaos alzara la cabeza alerta.

Abrió la puerta de su habitación dándole una orden silenciosa al perro para que se quedara en su sitio, y bajó descalza sin hacer ruido, con un pantalón de algodón negro y una camiseta ajustada, pero a mitad de escalera se detuvo.

Su madre estaba en la entrada, vestida con su camisón de dormir, su pelo rojo revuelto en un moño desordenado.

—¡Romeo! ¡Santo Dios, ¿estás sangrando?! —la voz de Samantha rompió el silencio como un latigazo.

Ariadna descendió los últimos escalones.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, aunque intentó sonar indiferente, sus ojos ya lo escaneaban todo.

Su padre estaba de pie en medio del recibidor. El traje manchado de sangre, mucha sangre, pero por el movimiento de sus manos y su postura sabía que no era toda suya. Samantha le rodeaba el brazo con un pañuelo blanco que se manchaba por segundos.

Romeo ni siquiera se inmutó.

—Solo es un corte duende. Nada serio—Dijo su padre mirando a su madre para tranquilizarla.

Mentira. Ariadna lo conocía muy bien, su padre no daba explicaciones nunca. Pero alguien sí había sangrado de verdad esa noche. Y mucho .

—¿Dónde está Max? —preguntó Samantha mientras caminaban hacia el salón.

—Llevando el coche al garaje. Ya vendrá, está bien.

—¿Y… Luca? —Ariadna habló por fin desde su posición en la escalera, antes de que sus padres desaparecieran por el pasillo que daba al salón.

El nombre se le escapó más suave de lo que quería. Como un secreto. Como algo que no debía interesarle tanto. Pero no pudo evitarlo.

Romeo alzó la mirada hacia ella. Sus ojos verdes, mirándola intensamente.

—Está bien. Le rozó una bala, eso es todo. Está en la casa de invitados, le dije que se fuera a descansar. —Su padre no le sostuvo la mirada más de dos segundos, por qué su mirada voló de nuevo hacia su madre.

Pero poco le importó a Ariadna, que seguía petrificada en la escalera procesando las palabras de su padre.

Le rozó una bala.

Ariadna sintió cómo su corazón se detenía durante medio segundo. Se le secó la boca. Pero solo asintió, muy despacio, como si no fuera gran cosa. Como si le diera exactamente igual.

Mentira. Mentira. Mentira.

—Me voy a dormir —murmuró, girando sobre sus talones sin esperar respuesta.

Subió las escaleras sin correr, aunque su cuerpo se lo suplicaba.

Una vez dentro de su habitación cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.

¿Le rozó una bala? ¡Una maldita bala!

La imagen de Luca herido apareció en su mente como un huracán arrasando cualquier pensamiento coherente que pudiera tener en ese momento. Su cuerpo tatuado con sangre. Sus labios apretados. Sus ojos oscuros mirando al vacío.

Sintió algo estrangularle el pecho.

Esperó. Esperó hasta que la voz de su madre se apagó. Hasta que escuchó a sus padres subir a su habitación.

Esperó unos minutos más.

Entonces se cambió de ropa.

Se puso unos jeans oscuros, una camiseta negra de tirantes y una sudadera. Salió por el pasillo con Khaos siguiéndola en silencio como un fantasma entrenado.

Abrió la puerta de la finca.

El aire de la madrugada era frío, pero su corazón ardía tanto que ni siquiera lo notó.

La casa de invitados estaba al fondo, rodeada de árboles. Apenas había luz. Una tenue lámpara encendida en la sala.

Luca estaba allí. Herido y solo.

Y aunque se dijera a sí misma que solo iba a asegurarse de que estaba bien…

Sabía perfectamente que eso también era una maldita mentira.

◆◆◆

La puerta de la casa de invitados estaba entornada.

Como una puñetera invitación.

Ariadna contuvo el aliento mientras empujaba con cuidado, sin hacer ruido. Khaos se quedó fuera, obediente. Un susurro fue suficiente. Romeo lo había entrenado bien, solo respondía ante ella .

El interior de la casita estaba en penumbra, con apenas una lámpara encendida sobre una mesa de madera oscura. Todo era sobrio, masculino, ordenado hasta el extremo… como si él no viviera allí de verdad. Ni rastros de fotos, ni de pertenencias personales. Nada.

Excepto él.

Luca Moretti estaba de espaldas a ella, de pie, frente a la ventana. Sin camiseta. Solo un pantalón negro bajo, dejando al descubierto su espalda ancha, poderosa, marcada por el sudor y un corte vendado sobre el costado izquierdo.

Tenía un cigarro encendido en su mano, pero parecía haberlo olvidado.

El humo subía en espirales, haciendo dibujos siniestros en la penumbra de la habitación. Ariadna se había quedado allí, petrificada, sin saber muy bien qué decir. Pero Luca fue el primero en romper el silencio.

—¿Viniste a comprobar si seguía vivo? —preguntó sin volverse a mirarla.

Su voz. Grave, ronca, un poco más baja que de costumbre. Como si la herida lo forzara a hablar con los dientes apretados.

—Sí —respondió Ariadna, con el tono más cortante que encontró—. Aunque lamento desilusionarte, esperaba encontrarte más jodido.

Él rió bajo. Una sola carcajada, seca.

Y cuando se giró…

Su imagen, la golpeó como siempre.

Sus ojos negros, infinitamente más oscuros que otras veces, como una tormenta en la que una parte de ella quería perderse.

Estaba despeinado, la mandíbula tensa, y aun con el vendaje en su costado izquierdo. Se veía tan malditamente imponente que Ariadna sintió la estúpida necesidad de retroceder. Pero no lo hizo. Ella nunca retrocedía.

Luca dio una calada al cigarro. La llama de la punta le iluminó el rostro por unos segundos marcando su atractivo rostro compuesto con una mirada intensa hacía ella.

—¿Tu padre te envió a inspeccionarme como parte del control de calidad? ¿O solo no podías dormir sin saber si mi sangre sigue caliente?

—Vete a la mierda, Moretti —espetó ella, cruzando los brazos—. Si por mí fuera, estarías sangrando todavía en una zanja.

Él sonrió.

Y ahí estaban. Los jodidos hoyuelos.

Maldita sea, esos hoyuelos del demonio que la traían de cabeza.

—Y sin embargo estás aquí.

Ella no respondió. Porque no tenía una respuesta que no sonara a mentira. Se limitó a acercarse, muy lentamente, como si la tensión entre ellos fuera una línea de fuego que pudiera estallar si se movía demasiado rápido.

Luca apagó el cigarro con los dedos, como si ese gesto fuera lo más natural del mundo y no le quemara.

—¿Ya le rompiste la nariz a alguien más hoy? —preguntó, con ese tono cargado de burla oscura.

—Solo cuando me tocan sin permiso. Ya sabes, cosas básicas como el consentimiento —le espetó ella, manteniendo el tono firme—. Pero claro… tú no estás muy familiarizado con eso, ¿no?

Él se acercó. Despacio. Paso a paso. Y cada vez que acortaba la distancia, algo dentro de Ariadna se tensaba más. Estaban a solo unos pasos. Respiraban el mismo aire. El calor de su cuerpo la alcanzó antes que su sombra.

—¿Me estás acusando de algo, princesa? — murmuró él, inclinando apenas la cabeza.

—De muchas cosas. La lista es larga. Y empieza con arrogante.

—¿Y sigue con irresistible?

Ella puso los ojos en blanco, pero no se movió. No podía . Algo entre la rabia y el deseo la tenía clavada al suelo.

Sus ojos negros no parpadeaban. Sus labios, estaban entreabiertos. Su pecho subía y bajaba con dificultad por el dolor, pero él no se doblegó ni un milímetro.

—Podría pedirte que salgas —dijo él, bajo, muy bajo—. Podría recordarte que no deberías estar aquí. Que esto no es apropiado. Pero…

Luca se inclinó hacia ella.

Su rostro estaba a milímetros de Ariadna. Sus bocas casi rozándose.

La tensión sexual se volvió física. Pesada. Casi tangible.

—Pero si lo hago, sé que no me harías caso.

Ariadna lo miró sin pestañear. El corazón desbocado. El aire pesándole en los pulmones.

—Tienes razón —susurró ella.

Luca ladeó una sonrisa. Una puta, y peligrosa sonrisa. De esas que decían estás jugando con fuego y lo sabes.

Ella alzó una ceja, desafiante.

—¿Te vas a desmayar porque te rozó una bala, o vas a dejar de actuar como un niño y sentarte? Pareces un toro herido intentando marcar territorio.

—¿Te preocupa mi herida?

—Me preocupa que mueras y tenga que ir a buscar a otro guardaespaldas aún más idiota que tú.

Él dio otro paso, invadiendo su espacio personal, hasta que sus cuerpos quedaron separados por un soplo.

—¿Otro? —susurró él—. Interesante elección de palabra, princesa.

—No me llames así.

—¿Por qué? —bajó la mirada a su boca—. ¿Porque te acelera el pulso?

Ella no supo si fue la rabia, la vergüenza o el deseo lo que la hizo actuar, pero su mano se alzó para empujarle el pecho. Él la dejó hacerlo… pero no retrocedió ni un maldito paso.

El vendaje en su costado se tiñó apenas de rojo. Pero él no se quejó.

—Deja de provocarme, Luca.

—¿Y si no quiero?

Sus narices se rozaron. Fue un instante. Un suspiro de distancia. Los ojos de él bajaron a su boca. Y los de ella también.

Y por un segundo…

Por un jodido segundo, Ariadna sintió que iba a besarla.

Pero él se apartó.

Se apartó tan rápido que Ariadna sintió frío. La mirada de Luca era como si algo dentro de él se hubiera roto. Como si su autocontrol gritara más fuerte que todo lo demás.

Luca retrocedió un paso. Luego dos más.

—Lárgate a dormir, Ariadna —gruñó, girándose hacia la cocina sin mirarla—. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta de verdad.

—Pues hazlo—murmuró ella, apenas audible.

No sabía si él la había escuchado. Pero si lo hizo la ignoró por completo dándole la espalda.

Ariadna apretó los puños y bufó. Finalmente se dio la vuelta y salió de la casa sin mirar atrás.

Y en cuanto cruzó la puerta, solo pensó una cosa:

Tenía ganas de matarlo. O de besarlo. Ya no estaba nada segura de lo que quería en lo referente a Luca.

Y lo peor es que no sabía qué iba a pasar primero.