Luca (Sangre Bianchi 2) Capoccia
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Capoccia

L a noche había caído sobre Roma, como la sombra de un mal presagio.

En el barrio Marconi, la nave Ex Mira Lanza, escondida entre maleza y medio derrumbada se alzaba ahora ante ellos. La oscuridad era su mejor aliada. El sonido del tren, a lo lejos taparía el ruido de cualquier disparo.

Los ladrillos rojos desgastados y el olor a hierro oxidado, fue lo primero que advirtió Luca. Estaban en la zona Magliana, propiedad de Romeo.

Romeo encabezaba el pequeño grupo. Caminando con la calma de un rey que sabe que está en territorio que le pertenece.

A su derecha, como siempre Max, con su típico cigarro en los labios y la mirada de un sabueso acostumbrado a hacer ese recorrido más veces de las que puede contar.

Detrás de ellos, los gemelos, como dos jodidas sombras de poder, vigilando cada movimiento de su jefe,  pendientes de cualquier cosa que estuviera fuera de lugar.

Cerrando el grupo, a la cola, estaba Luca. La sangre corriéndole llena de adrenalina, el corazón aleteando por la expectación y las ganas.

Necesitaba cualquier excusa válida para meterle a alguien un tiro entre ceja y ceja. Toda la tensión acumulada de esos días la iba a dejar estallar dentro de aquella vieja nave abandonada .

Los Maglianesi, eran conocidos por su sed de venganza. Romeo no era el rey del maldito infierno solo porque un club llevara ese nombre.

Esa noche se derramaría sangre. Luca se estaba relamiendo del gusto solo de pensarlo.

Entraron en la nave con tranquilidad. Todo parecía tremendamente tranquilo. Un par de hombres de Romeo estaban ya esperándolo, con sus pistolas en la mano, pero con poses relajadas.

—¿Dónde está? —Romeo miró a sus hombres con sus ojos verdes fríos, desprovisto de toda emoción.

—El estúpido está escondido, pero sabe que no tiene escapatoria, tenemos todas las salidas cubiertas jefe. —Dijo uno de los hombres de Romeo. Luca lo miró varios segundos, no recordaba bien el nombre de aquel tipo… ¿Simone podía ser?, como fuera, no le gustaba ni un pelo. Ni él, ni el otro.

Romeo dio varios pasos más, hasta detenerse en el centro de la nave. Giró sobre sí mismo y ajustándose el puño de la camisa habló con tranquilidad.

—Sal de donde quiera que estés Damiano. Ya sabes que no me gusta perder el tiempo.

Silencio.

Luca, miró alrededor. Un escalofrío de anticipación se apoderó de su cuerpo.

—Esto no me gusta nada. —le dijo en voz baja a Max. Este lo miro, dándole una calada  a su cigarro, de forma lenta y tranquila.

—Chico, no será la primera, ni tampoco la última, ve acostumbrándote.

Luca vio como los gemelos se movían de forma casi imperceptible, preparándose para algo que aún no se había desatado .

—A más tiempo me hagas perder, más te va a doler lo que te haga después. —continuó Romeo, esta vez con la voz más alta.

Un segundo.

Dos…

Entonces apareció. Damiano, con paso tranquilo y una sonrisa de suficiencia en el rostro. No parecía el típico hombre que sabe que está rodeado y listo para morir.

Romeo no se movió ni un milímetro del sitio. Sus hombres ya estaban apuntando a Damiano con sus pistolas.

—Tenías que ser tú. Te trate como a alguien de mi familia. Te hice el jodido hombre que eres hoy. Y me vendes a la Camorra. Eres una puta vergüenza para la famiglia .

—Ser un Magliano es una vergüenza, vas a caer Bianchi, y yo seré la mano derecha del que te haga sangrar.

Luca vio como los otros dos hombres de Romeo cambiaban la trayectoria de sus pistolas para apuntar a Romeo.

Ni de coña, Romeo es mío.

Actuó por puro impulso empujando a Romeo justo cuando los cañones de las pistolas fueron disparados.

En cuestión de segundos, varios hombres más aparecieron, dejándolos cada vez más rodeados.

—Lo siento, jefe— Dijo Damiano, marcando la palabra jefe de forma despectiva. —Pero es hora de que Roma, cambie de manos.

—¡Y una mierda! —rugió Romeo sacando su pistola.

Los disparos empezaron a cortar el aire de forma violenta.

—¡A cubierto! —gritó Max desde algún punto tras de Luca.

Los gemelos parecían dos bestias de acero dispuestas a matar a cualquiera con sus propias manos. Luca corrió tras Romeo y se metieron tras una pila de bidones de metal. Romeo se miró el brazo por el que le chorreaba sangre.

Luca miró su brazo, y luego a él. Pero Romeo le hizo un gesto de que no era nada, y asomó la cabeza para seguir disparando.

Max tumbó una vieja mesa de hierro y usándola como barricada se escondió detrás.

Los gemelos, como dos putas ametralladoras, ya se habían cargado a unos cuantos de los napolitanos sin apenas esfuerzo.

Luca vio que Damiano estaba escondido unos metros más adelante, y escaneó su alrededor para ver la mejor manera de llegar hasta él, sin ser visto.

—¿A dónde coño vas?

Romeo lo sujetó por la muñeca al ver las claras intenciones de Luca de moverse de allí.

—Damiano. Sé cómo llegar a él. No pienso dejar a ese hijo de la gran puta con vida.

Romeo lo miro un par de segundos evaluándolo. Finalmente asintió y le soltó la muñeca.

—Te cubro chico. —Luca asintió, y empezó a moverse, sorteando balas en el proceso.

Sé paró detrás de unas cajas, justo cuando una bala se estampó en una de ellas haciendo volar miles de astillas por los aires.

Se cubrió la cabeza, aspirando fuertemente. Su jodido corazón iba a mil por hora, pero no pensaba dejarse ganar.

Por el rabillo del ojo, vio como Romeo salía de su escondite disparando sin ton ni son.

Habían caído casi todos, solo quedaban tres en pie.

Entre ellos Damiano. Uno de los gemelos disparaba a través de una columna de hierro oxidada.

El otro había llegado donde estaba Max, tras la mesa de hierro.

Romeo era un jodido blanco fácil, y parecía darle igual.

Miró a Damiano que avanzó hacia Romeo con el arma en alto, disfrutando de lo que parecía una clara victoria para él.

Romeo tranquilo, dejó caer su arma al suelo. Se había quedado sin balas. Pero estaba claro que, o aceptaba a la muerte de buena gana, o confiaba mucho en sus hombres, para salir de aquella situación. El traidor ya le estaba apuntando al pecho.

—Vaya, vaya. El rey del puto infierno va a caer de rodillas a mis pies.

Damiano dio dos pasos más hacía Romeo. Luca vio como Milo se acercaba por la izquierda, pero estaba demasiado lejos aún. Max y Marco no se atrevían a disparar porque Romeo estaba en medio del objetivo.

Luca notó cómo su respiración se aceleraba. Podía ser su venganza, dejarlo morir allí.

Pero unos ojos azules acudieron a su mente de golpe. Y algo en su interior hizo click.

Sin pensarlo siquiera, se lanzó hacia adelante interponiéndose entre Romeo y Damiano, justo cuando el cañón de la pistola del jodido traidor explotaba como una maldita bomba.

Romeo cayó al suelo, con el cuerpo de Luca como escudo.

Sintió el impacto, como si alguien le hubiese pegado una barra de acero hirviendo en la piel. Soltó un gruñido de dolor, y se cubrió la cabeza cuando escuchó varios disparos más silbar por encima de él.

Después se hizo el silencio.

Pasaron varios segundos, y se incorporó lentamente mirando a su alrededor. Max ya corría hacia ellos seguido de los gemelos.

—¿Estáis bien?

Luca miró a Romeo que parecía realmente confundido mirándolo a él. Le dio la mano y lo ayudó a levantarse .

—Estás sangrando. —Romeo le señaló la herida del costado, que no paraba de sangrar.

Luca se levantó la camiseta para comprobar cuán profunda era. Pero solo le había rozado la bala. Aunque le ardía como el maldito infierno.

—Solo es superficial.

—Me has salvado la vida, chico. No lo pienso olvidar.

Max miró a Luca, con una sonrisa triunfal en la cara. Los gemelos, seguían con sus expresiones hoscas de siempre, pero uno de ellos, le dio una fuerte palmada en la espalda, lanzándolo un poco hacia adelante.

Romeo miró a su alrededor. Se acercó al cadáver de Damiano, y lo remató pegándole un tiro en la frente. Hizo lo mismo con el resto de cuerpos. Mirando con asco, los cadáveres de los que habían sido sus hombres.

—Putos traidores —Siseó Max.

—Necesitamos poner en orden varios asuntos, jefe. —dijo Milo mirando a Romeo —. No podemos fiarnos de nadie, no después de lo de hoy.

Romeo asintió despacio.

—Max, quiero que vigiles a todos, durante un tiempo. Quiero saber con quién van, a donde, si salen de casa y hasta con quién follan. No quiero ni un jodido cabo suelto más.

—Entendido Rom. —Max miró el brazo de su jefe, y este le hizo una señal de que estaba bien.

—Vámonos a casa. Hoy solo quiero ducharme y que mi duende pelirrojo me destripe cuando me vea herido.

Max soltó una sonora carcajada. Romeo también sonrió.

Luca estaba atónito. Después de lo que había pasado tenía ganas de bromear. Él solo quería llegar a la puta cama y dormir diez horas seguidas como poco.

—A descansar chico. Te lo has ganado. —Max le dio varias palmadas amistosas en la espalda, haciéndolo sisear de dolor con el movimiento. Necesitaba curar y coser la herida ya.

Y si pudiera, beberse una botella entera de whisky mejor.