Luca (Sangre Bianchi 2) Traiciones
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Traiciones

E l sol no había terminado de subir del todo, sin embargo, la ira ya ardía dentro de él.

Luca se pasó una mano por la mandíbula, sentándose al borde de la cama de aquella casa de invitados que ya le resultaba demasiado pequeña, demasiado tranquila… demasiado cerca de ella. Sentía las sienes tensas, la nuca caliente, el pecho demasiado lleno de una ira que no lograba entender del todo.

La noche anterior no había dormido más de dos horas. Su cuerpo aún estaba tenso de rabia y deseo.

Ese maldito beso.

Ariadna, su puto maldito veneno.

Había sido él quien lo había iniciado. Quien la había empujado contra la puerta devorándola con sus ojos oscuros, y la sangre hirviendo. Quien había sentido la necesidad de probarla, de morderle la boca como si necesitara marcarla.

Y justo cuando ella empezó a corresponderle… la había soltado.

¡Maldito cobarde!

La imagen de ella, con los ojos abiertos por la confusión, con el pecho subiendo y bajando y la rabia pintándole las mejillas, lo perseguía. Esa forma en la que le gritó “cabrón de mierda”, con los labios hinchados aún por su beso, le había dejado un agujero en el estómago que no conseguía llenar .

Se levantó de golpe, caminando hacia la cocina. Se sirvió un café doble muy negro, y sin azúcar. Casi tan agresivo como el nudo que tenía en la garganta.

Justo cuando estaba por encenderse un cigarro, el teléfono vibró sobre la encimera.

Max lo estaba llamando.

Contestó con la voz lo más neutra que pudo poner.

—Moretti.

—El Jefe quiere verte en el despacho. Ya. —Le dijo Max al otro lado de la línea.

Luca apretó la mandíbula. El café le estaba empezando a saber más a amenaza que a cafeína.

—¿Ha dicho por qué?

—No. Pero ya sabes cómo es. Si lo haces esperar, te dispara en la pierna para que aprendas a llegar puntual.

Luca colgó sin responder.

El corazón le golpeaba el pecho como un puto tambor.

¿Y si lo sabía? ¿Y si había visto algo? ¿Y si Ariadna había dicho algo?

No. No, ella no era de esas.

Ariadna Bianchi no se iba a delatar, era una mujer demasiado orgullosa.

Eso, precisamente eso, era lo que lo volvía jodidamente loco.

Se puso una camiseta negra y una chaqueta de cuero. Salió de la casa con el ceño fruncido, y todos sus sentidos alertas. Caminó hacia la casa principal como si fuera a una ejecución.

Los perros ni siquiera ladraron al verlo pasar. Khaos lo miró, tranquilo, con la lengua fuera y los ojos vigilantes. Parecía que el chucho estaba empezando a tolerarlo .

Luca subió por la entrada lateral de la casa hacia el despacho. Las puertas dobles de madera estaban entreabiertas,  cuando entró, Max lo estaba esperando adentro, de pie junto a la ventana.

Max le echó una ojeada rápida, tanteando su estado de ánimo.

—¿Has dormido algo chico?

—Lo suficiente. —dijo Luca intentando parecer sereno.

—Pareces un toro al que le han quitado la hembra —respondió con una media sonrisa, sin mirarlo—. A ver si esto te ayuda a canalizar esa mala leche que desprendes.

Antes de que Luca pudiera replicar, Romeo Bianchi apareció por la puerta del despacho, imponente, como siempre vestido de negro, con su camisa abierta en los botones superiores dejando ver sus tatuajes, y su complexión musculosa a pesar de su edad.

Era un hombre que irradiaba peligro, con esa mirada que parecía ver hasta el alma.

Esa mirada que Luca tanto temía que viera algo más.

—Luca. —Su voz sonó grave, serena. Demasiado serena.

—Jefe —respondió, firme, sin moverse del sitio.

Romeo caminó hasta la barra de licores que tenía en el despacho, se sirvió un vaso de whisky y lo giró en el vaso antes de hablar.

—¿Sabes qué es lo que más me jode en este mundo? —Dijo Romeo sin volverse, ni apartar la mirada del vaso que tenía en su mano.

Luca no respondió.

—La traición. —Continuó Romeo girándose para mirarlo con sus ojos verdes.

Ese término hizo que todo el cuerpo de Luca se pusiera tenso.

El silencio fue tan denso que incluso Max parecía haber dejado de respirar .

¡Mierda…! ¿Lo sabía?

—Uno puede esperar que un enemigo te apunte a la cabeza —siguió Romeo, dándole la espalda otra vez, mientras miraba por la ventana—. Pero que alguien que has criado, alimentado y hecho crecer… te clave el puto cuchillo por la espalda, es otra cosa.

Giró sobre sus talones una vez más, y su mirada se encontró con la de Luca. No parecía estar enfadado. Más bien estaba muy sereno.

—Hoy por la noche vamos a saldar cuentas. Uno de los nuestros vendió información a la camorra. Y vamos a ver qué tanto valor tiene su lengua cuando se la arranquemos.

Luca sintió un alivio doloroso y violento. Su cuerpo se aflojó, dando paso a la adrenalina de la expectación.

Romeo no lo había hecho llamar por Ariadna, así que tampoco sabía nada de el beso.

Se limitó a asentir, sin quitar la mirada de Bianchi.

—Entendido, jefe.

Romeo se bebió de un solo trago el contenido del vaso, y luego lo dejó sobre el escritorio de madera con un golpe seco.

—Tú vas a venir conmigo chico, quiero ver de qué pasta estás hecho.

Luca volvió a asentir.

—No me voy a cagar encima, si es lo que esperas…

—Eso espero —Romeo sonrió con esa frialdad que ponía los pelos de punta—. Porque esta noche va a ser... intensa.

Max le echó una mirada lateral mientras caminaban hacia la puerta.

—Prepárate, Moretti. Vamos a sangrar un poco.

Luca no dijo nada. Pero por dentro… por dentro algo se encendió.

Rabia. Dolor. Deseo. Frustración.

Todo hervía bajo su piel, bajo sus tatuajes, en la palma cerrada de sus puños. Esa noche… podría dejarlo salir todo .

Ariadna. Tu maldito sabor aún me quema

Esa noche, dejaría salir todos sus demonios, para apaciguar a la puta bestia que rugía rebelándose contra él.

Esa noche alguien pagaría toda su mierda con sangre.

Y ¡Joder! Qué ganas tenía de ello.