Un capullo perfecto
E l portazo de la puerta de su habitación resonó como un disparo seco en el silencio de la madrugada.
Ariadna entró a su dormitorio con las mejillas encendidas, el pulso martilleándole las sienes, los labios hinchados por ese maldito beso, y el corazón golpeando contra su pecho como si quisiera salirse de su caja torácica.
No sabía si gritar, llorar, o prender fuego a toda la finca. Cualquier opción era válida en ese momento para el hervidero de emociones que la estaba sacudiendo en ese momento.
—¡Maldito imbécil! —masculló entre dientes mientras abría de un golpe la puerta del armario buscando su pijama, y la cerraba con el mismo ímpetu al no encontrarlo—. ¡Guardaespaldas de mierda!
Caminó como una leona enjaulada de un lado a otro del dormitorio.
Su pijama favorito, negro de tela suave voló por los aires, mientras lo sacaba del cajón como si fuera el pobre responsable de sus problemas.
Se quitó los tacones y los lanzó contra la pared.
Tiró como pudo de la cremallera del vestido rojo sangre, y este quedó arrugado en el suelo como si no hubiera sido testigo de una de las noches más caóticas de su vida.
Se miró al espejo mientras se desmaquillaba, con rabia.
El delineador negro manchaba sus mejillas, los ojos azules se le veían más claros, más enrojecidos, más…
Jodidamente vulnerables.
—¿Qué te pasa, Ari? —se susurró, tragando saliva—. No es más que un tío guapo. Solo un capullo más. Como todos. O incluso peor que todos.
Pero su maldito corazón no se lo creía.
Ese beso no había sido como el de cualquier tío.
Sus labios aún ardían. Su cuerpo aún temblaba. La forma en la que Luca la había mirado justo antes de decirle que se fuera a la cama… como si estuviera a punto de arrastrarla al infierno con él. Ella lo hubiera acompañado de buena gana si Luca no lo hubiese parado todo.
—Hijo de la grandísima…—No llegó a terminar la frase.
¡BOOM!
La puerta de su habitación se abrió de golpe.
Ariadna pegó un salto, medio desnuda, solo con el top del pijama puesto y el pantalón en la mano, su cabello negro cayéndole por la espalda.
—¡Sandro! —gritó ella—. ¿Qué coño haces? ¡Llama antes, imbécil!
—Relájate, drama queen —dijo Alessandro con una sonrisa de idiota colgándole del rostro, mientras se apoyaba en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Te vi llegar como un maldito huracán… ¿te tiraste al guardaespaldas y te dejó con las ganas o qué?
—¡Eres asqueroso! —le lanzó el cojín más cercano.
Él lo esquivó sin esfuerzo, como si ya estuviera acostumbrado a sus ataques violentos.
—Dime que al menos lo besaste. Vamos, Ari… soy tu hermano, no un cura. No voy a confesarte. Pero tu cara ahora mismo grita: "Me besó, me gustó, y luego me mandó a la mierda".
Ella bufó, se metió el pantalón de un tirón y le dio la espalda.
—No quiero hablar de eso.
—Oh, entonces sí te besó.
—¡Sandro! —rugió girándose hacia él con las manos en la cadera, el cabello despeinado, los ojos brillando con esa furia tan… Bianchi.
—Hermanita… relájate —se rio, entrando finalmente en la habitación y dejándose caer sobre la cama como si fuese su dormitorio—. ¿Vas a negar que está bueno? Hasta mamá le dio una mirada de niño, lástima que soy casada la primera vez que lo vio.
Ariadna no pudo evitar reír, pero le duró poco.
—No es solo eso. Me mira como si… como si le molestara respirar el mismo aire que yo, y al segundo siguiente, me besa como si su vida dependiera de ello. ¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que está tan jodido como tú.
—¡Yo no estoy jodida!
Sandro la miró con una ceja arqueada.
—Venga ya… tienes las mejillas rojas, el pelo hecho un puto desastre, y tus pupilas están tan dilatadas que pareces una drogadicta.
—¡Idiota! —le dio con otro cojín en la cara.
—¡Ay! —se quejó dramáticamente Sandro—. ¡Qué agresiva te pones cuando se trata del perro guardián! ¿Así lo trataste también a él? ¿Por eso salió como si fuera a matar a alguien?
Ariadna se quedó quieta.
—¿Lo viste salir?
—Obvio. Lo vi cruzar el jardín como si buscase a alguien a quien torturar. El tío parecía un lobo a punto de morder la luna. Si papá lo hubiera visto con esa cara, le hubiese hecho un interrogatorio seguro, y probablemente después le hubiese sacado el hígado con uno de sus cuchillos.
Ariadna bajó la mirada .
Una parte de ella quería creer que Luca estaba tan afectado como ella. Que ese beso no le había sido indiferente. Que tal vez se arrepintió porque… pues porque sentía algo.
Pero eso sería peligroso.
Luca Moretti era un enigma lleno de sombras. No sabía absolutamente nada de él.
Y Ariadna Bianchi ya tenía suficientes fantasmas encima.
—No digas nada de esto a nadie —le dijo con voz más baja.
Su hermano hizo el gesto de cerrar la boca con una cremallera.
—A nadie —prometió Sandro con una sonrisa más suave, mirándola con cariño esta vez—. Pero ten cuidado, Ari. Ese tío no es como cualquiera. Tiene esa mirada de los que han matado… y no se arrepienten de nada.
—¿No la tienen todos los hombres de esta casa? ¿papá incluido? Algún día seguro que tú la tendrás también.
—Es posible, pero tú eres mi hermana. A ti siempre te voy a proteger.
Ariadna sonrió, y se acercó para sentarse a su lado en la cama. Apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.
—Estoy tan cabreada Sandro.
—Lo sé. —Sandro apoyó su cabeza en la de ella.
—Y también… —hizo una pausa—. Estoy tan confundida.
—Bienvenida al mundo del amor, princesa de hielo —Sandro se incorporó y le revolvió el pelo a Ariadna—. Es jodido, confuso y a veces te rompe por dentro. Pero vale la pena… cuando encuentras al capullo correcto.
—¿Y tú? ¿Has encontrado a tu Capullo perfecto ?
Sandro sonrió de lado.
—Yo solo estoy jugando, todavía soy joven para atarme a una sola flor. Pero tú… tú estás metida hasta el cuello, hermana. Y ni siquiera eres consciente.
Ariadna cerró los ojos unos segundos.
Y sintió cómo, dentro de su pecho, una tormenta crecía. No sabía si era odio, deseo, necesidad… o todo al mismo tiempo.
Pero algo le decía que Luca Moretti iba a ser su mayor guerra.
Y probablemente… su peor perdición.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan mayor? Antes era yo la que te aconsejaba a ti…
Sandro se levantó de la cama y miró a Ariadna antes de guiñarle un ojo pícaro.
—Pase lo que pase hermanita, yo estaré aquí para ti siempre, eres mi hermana preferida ¿Lo sabes no?
—Soy tu única hermana imbécil. —Sandro río.
—¡Pues por eso! La preferida. —Ariadna resopló burlonamente mirando a su hermano. Sandro fue hasta la puerta y miró a su hermana antes de salir. —Te quiero hermanita.
Ariadna le sonrió a su hermano y le lanzó un beso.
—Te quiero enano.
Sandro fingió coger el beso y guardárselo en el bolsillo, y luego salió de la habitación dejando a Ariadna sola de nuevo.
Se dejó caer hacía atrás en la cama, y se quedó varios minutos mirando al techo, pensando en todo lo ocurrido desde que Luca había llegado a su vida para ponerla patas arriba.
Ariadna siempre había tenido muy claro todo lo que le afectaba en su vida.
Sus estudios, sus amigas, sus ¨rollos¨ con algunos chicos.
Nada serio realmente hasta ahora. Pero el maldito soldato , había entrado a su vida, la había desafiado con su mirada negra y su sonrisa marcada por los malditos, y perfectos hoyuelos. Le sacaba de quicio.
No, borra eso…
La ponía jodidamente histérica.
Pero también, la hacía sentir cosas que nunca había sentido. Y estaba realmente acojonada. Porque todo aquello era nuevo para ella.
Ella, la jodida reina del hielo, derritiéndose como un maldito cubito al sol.
Y el culpable de ese calor que le subía por el cuerpo, era muy consciente de lo que provocaba en ella.
Pero el jodido cabrón no se iba a ir de rositas no.
A ese juego, ella sabía jugar muy bien.
Ariadna Bianchi era la puta reina, si se trataba de jugar sucio.
Y con una sonrisa maliciosa se quedó mirando al techo de su habitación imaginando distintas formas de sacar a Luca de sus casillas.
—Que empiece la fiesta, Soldato .