Luca (Sangre Bianchi 2) El sabor del pecado
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El sabor del pecado

S us labios sabían a puto pecado.

Ese fue el primer pensamiento que tuvo Luca nada más probar los labios de Ariadna.

La besó como si no existiera el mañana, como si necesitara de la boca de ella para seguir respirando.

La necesidad acumulada de todo ese tiempo transcurrido deseando ese jodido beso, le había explotado en la cara como una puñetera bomba atómica.

Tenía que parar, pero, aunque su cabeza le decía que debía hacerlo, su cuerpo no reaccionaba como él quería.

Cuando la sintió responder al beso, con la misma intensidad, con la misma maldita hambre que tenía él, supo que estaba muy jodido.

Más que jodido en realidad, estaba malditamente condenado.

La soltó de golpe, casi como si se hubiera quemado con un hierro candente. Dio un paso atrás y se llevó ambas manos al pelo en un gesto nervioso.

—¡Mierda! —murmuró Luca, jadeando.

Ariadna lo miró con los ojos abiertos como platos, los labios entreabiertos y algo rojos e hinchados. La respiración igual de errática que la suya. Había una confusión palpable en su mirada. Una pregunta no formulada… la expresión de ella en ese momento lo estaba destrozando.

Pero no. No podía. No debía…tenía que ceñirse al plan. Lo que había pasado estaba mal, muy mal, no podía repetirse.

La miró una vez más, ella estaba callada aún. Luca supuso que estaría en un remolino de pensamientos confusos igual que estaba él en ese momento.

—Vete a la cama —gruñó él con los dientes apretados, viendo como el rostro de ella cambiaba de color. Luca giró el rostro para no verla.

—¿Qué? —preguntó Ariadna. La voz temblando de rabia, confusión, y un deje de incredulidad.

—Ya me has oído, princesa. Vete a la puta cama. Desaparece de mi vista— Luca la miró intentando componer la expresión más fiera que podía. —¡Ahora! —Gritó él. Ariadna dio un brinco con el grito de Luca, y tardó menos de medio segundo en reaccionar y responder.

—Eres un maldito hijo de puta —escupió con la voz cargada de veneno y odio. Era bastante obvio que estaba dolida, herida y muy  furiosa—. Vete tú Luca, pero al puto infierno, cabrón de mierda.

Ariadna se dio la vuelta con paso firme, perdiéndose entre las sombras que separaban la casa de invitados de la mansión principal.

Luca se quedó quieto unos segundos, sin moverse, casi sin respirar, sabía que le había hecho daño, pero era lo mejor, él no estaba allí para juegos amorosos.

Pero algo en su estómago se sentía horriblemente mal.

Verla con esa expresión de odio hacia él no le había gustado en lo más mínimo.

Una parte de él quería abrazarla. Volver a probar el sabor de sus putos labios, que tan bien le habían sabido.

Pero la parte racional, le decía que tenía que mantenerla lo más alejada.

Entonces… ¿Por qué la rabia estaba empezando a invadirlo de esa manera?

Apretó los puños notando como su cuerpo comenzaba a temblar.

Estaba jodido, muy jodido, y muy cabreado.

Finalmente, y sin poder controlarse más estalló de furia .

Abrió la puerta de un manotazo y entró en la casa como un puto destructor. El interior estaba en silencio, solo iluminado por la tenue luz que entraba por las ventanas.

Dio varios pasos hacia el interior. Seguía con los puños apretados.

Su respiración se estaba acelerando por segundos, su nariz aleteaba con cada expiración que daba para intentar tranquilizarse.

Dio varias zancadas, hasta quedar en medio del salón, y sin poder resistirse más empezó a golpear cosas a su paso.

Su puño cerrado primero se estrelló contra la pared de cemento del salón con un golpe sordo y brutal. El dolor fue inmediato, estallando desde sus nudillos, e irradiándose al resto de la mano. Pero no le importó en lo más mínimo. Casi era satisfactorio, incluso necesario.

La sangre brotó entre sus nudillos abiertos y de la piel desgarrada, pero hizo caso omiso.

Apoyó la frente contra la pared y cerró los ojos.

—Mierda, mierda, ¡MIERDA!

Su respiración era irregular. Todo su cuerpo estaba temblando. Luca nunca perdía el control, y ahora mismo su cuerpo y mente estaban totalmente descontrolados, y no sabía cómo gestionar aquello.

Había besado a Ariadna. La hija de quien había jurado destruir.

No debía desearla. No podía permitirse desearla. No estaba aquí para eso. Él no era su salvación. Era el puto verdugo de su padre. El hijo bastardo de su gran rival. La serpiente que había logrado colarse entre los muros de los Bianchi para hacerlos caer desde dentro.

Sin embargo…

Cada vez que la miraba a esos malditos ojos azul claro, con esa mirada burlona y desafiante que siempre le dedicaba, todo se iba a la mierda.

El plan .

La venganza.

Hasta su puto verdadero apellido, ese que no podía decir en voz alta, pero tenía ganas de gritarlo de una maldita vez.

Todo. A. La. Mierda.

Si cerraba los ojos podía verla otra vez con claridad en su mente.

La forma que ella lo había mirado justo antes del beso.

Con su pecho agitado, sus malditos labios pintados de rojo entreabiertos, y esa mierda de actitud, que solo lograba provocarlo sin tan siquiera darse cuenta… Lo estaba volviendo jodidamente loco.

Estaba muy perjudicado por ella. Había logrado que perdiera el control como nunca en la vida le había pasado. Ni cuando se quedó huérfano había sentido tantas emociones contradictorias como en ese momento.

Luca no era un hombre de sentir emociones, o al menos no hasta ahora.

Se alejó de la pared con un gruñido frustrado y se miró la mano con sangre.

Fue hasta la cocina, y abrió uno de los cajones donde recordaba haber visto paños de cocina.

Sacó uno, y se lo envolvió alrededor del puño.

La mano le ardía por él golpe. Las pulsaciones de su traicionero corazón le golpeaba el cráneo provocándole un dolor horrible de cabeza.

Se dijo para sí mismo que todo eso no era suficiente castigo por lo que estaba haciendo con todo el trabajo conseguido hasta ese momento.

Se dejó caer en la silla de madera frente a la mesa de la cocina, apoyó los codos en ella, y hundió el rostro entre las manos.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Cada vez que Ariadna estaba cerca, sentía que caminaba por una cuerda floja sobre un mar de cuchillas .

Y lo peor de todo era que quería saltar, quería dejarse caer, quería sentir lo que era ser atrapado por ella.

Pero no podía.

No.

No hasta que Romeo Bianchi pagara por todo el daño que le había causado.

No hasta que su mundo perfecto se derrumbara como habían derrumbado el suyo.

Golpeó el puño en la mesa de madera, y ésta crujió a modo de protesta. Tenía que mantener la mente fría. Casi había logrado lo que quería… pero la maldita forma en que su cuerpo encajaba con el de ella lo estaba enloqueciendo.

El sabor de su boca. Su forma de corresponder al beso, con la misma necesidad que él. Su maldito olor…

¡Joder!

—Esto no es parte del plan —murmuró, como si diciéndolo en voz alta pudiera detener lo que ya era imparable.

Pero la verdad era cruel.

Por primera vez desde que entró a la finca…El plan estaba empezando a importarle cada vez menos.

Y a la misma vez sentía que estaba traicionando a los suyos.

¿Por qué tenía que ser todo tan jodidamente difícil?