Luca (Sangre Bianchi 2) Mi mundo en llamas
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Mi mundo en llamas

L a noche ya había devorado todo rastro de luz y calor cuando Ariadna se plantó junto al coche negro, sus brazos cruzados y el ceño fruncido, esperando, los nervios alojados en el estómago, el pulso aún acelerado.

El aire olía a flores, y la música de la fiesta se oía a lo lejos junto con el ruido de la gente, pero Ariadna solo era capaz de sentir miedo y nervios.

¿Dónde coño estaba Luca?

Su corazón aún golpeaba con fuerza su pecho después del enfrentamiento con Dante.

La adrenalina seguía ahí, reptando bajo su piel como una serpiente.

Su puño estaba algo dolorido, pero ella prácticamente estaba ignorando el escozor, su mente solo podía pensar en Luca, en que estaría haciéndole a Dante.

Se quedó mirando sus zapatos de tacón, intentando serenarse, tomando pequeñas inspiraciones de aire. Ella no quería que la noche acabara así, había sido una completa idiota, todo por provocar a Luca. Pues bien, se tenía que dar la enhorabuena, se había llevado el premio a la imbécil del año.

Un ruido de pasos acercándose la puso de nuevo en alerta,subió rápidamente la mirada, y entonces lo vio.

Luca apareció caminando por el sendero lateral, la máscara había desaparecido, la mandíbula tensa y apretada, los ojos oscuros como destilaban veneno puro mirándola.

Llevaba la chaqueta del traje en la mano, y se veía claramente la cartuchera sobaquera de su pistola, su andar era casi felino, su presencia ya la estaba haciendo temblar.

El demonio con la camisa ligeramente desabrochada y unos ojos que podían condenar a cualquiera.

No dijo nada al acercarse al coche. Solo abrió la puerta del conductor y escupió la orden con la voz grave:

—Dentro, princesa.

Ella abrió la boca para replicar, pero algo en su mirada se lo impidió.

Había visto muchas emociones en Luca: burla, desprecio, deseo, arrogancia.

Pero esto era otra cosa . Su expresión podía matarla ahí mismo, era puro desprecio y furia, y algo más oscuro, que Ariadna no supo definir pero que le dio escalofríos.

Así que, sin decir nada, obedeció.

Se metió en elcoche cerrando la puerta de un golpe. Luca no le dirigió la mirada en ningún momento, sus manos agarradas al volante estaban casi blancas por la fuerza del agarre. Encendió el motor, y aceleró para salir del aparcamiento.

El coche estaba en absoluto silencio, solo roto por el rugido acelerado del motor, que parecía tan cabreado como él.

El trayecto estaba siendo tenso, la respiración de Ariadna cada vez más desacompasada por los nervios. Luca no desviaba la vista de la carretera, y el coche llevaba una velocidad vertiginosa.

Ariadna lo observaba de reojo. Los dedos enredados en el borde de su vestido, tratando de ignorar lo mucho que temblaban. Luca tenía las manos en el volante, los nudillos blancos de la tensión, la mirada fija en la carretera como si eso fuera lo único que impedía que estallara en llamas.

Hasta que ella no pudo más. Las palabras se le atragantaban en la garganta si no las dejaba salir. Necesitaba estallar, pasara lo que pasara, no se iba a mantener más callada .

—¿Qué le has hecho? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.

Él no giró la cabeza para mirarla, seguía pendiente de la carretera.

—¿A quién? —Contestó casi gruñendo.

—No juegues conmigo Luca, lo sabes muy bien, a Dante. ¿Qué le hiciste?

Él resopló, casi despectivamente sin rastro de culpa.

—Sigue vivo. Si es lo que te preocupa. —Su voz tenía un tinte letal, pero Ariadna no se iba a dejar asustar.

Frunció el ceño, arrugando su bonita frente.

—¡Claro que me preocupa! No necesitabas hacer nada. Lo tenía controlado.

Ahora sí la miró. Girando lentamente la cabeza. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios, pero no tenía rastro de humor en su mirada.

—¿Tú lo tenías controlado? —repitió, con una risa seca—. Claro. Lo tenías tan “controlado” que te tenía arrinconada y a punto de meterte la lengua a la fuerza.

—¡Lo detuve! ¡Le rompí la nariz!

—¿De verdad crees que eso lo habría detenido? — Rugió él.

—Sé pelear Luca, lo has comprobado por ti mismo—replicó ella con total convencimiento.

—¡Si no te hubieses ido del salón con ese gilipollas, nada de esto habría pasado, pero nooo, eres una princesa malcriada, que hace todo lo que le da la gana, sin pensar en las consecuencias en vez de escuchar a los demás! — Gritó Luca

—¡No soy una malcriada! ¡Y tú no eres mi dueño para decirme qué hacer o no!

El coche frenó en seco al llegar a la finca. Ella se balanceó hacia adelante por la brusquedad del frenazo, y lo fulminó con la mirada. Luca apagó el motor y salió sin decir ni una palabra dando un portazo al coche.

—¡Estoy hablando contigo! —exclamó Ariadna, bajando del coche, cerrando de un portazo también, corriendo detrás de él.

Luca echó a andar hacia su casa de invitados, sin girarse. Sus pasos eran zancadas rápidas que hacía que a Ariadna le costara seguirle el paso.

Pero ella no iba a dejarlo irse así. Luca estaba ya en el porche de la casa, a punto de entrar cuando ella gritó.

—¡Tu maldito trabajo era vigilarme! —gritó, siguiéndolo por el sendero de grava—. Pero estabas demasiado ocupado jugando al don perfecto con las otras putas del baile.

Luca se detuvo en seco, los puños apretados a sus costados. Su cuerpo se había tensado como la cuerda de una guitarra al límite.

Ariadna supo que había cruzado una línea.

Él se giró despacio. Su pecho subía y bajaba con la respiración algo acelerada, su mandíbula estaba tensa, y sus ojos… sus ojos ardían con puro veneno.

—¿Lo dices enserio? —dijo con voz baja, letal.

Ariadna sintió cómo se le erizaba la piel. Pero no retrocedió.

—Muy enserio—insistió, avanzando hasta quedar a centímetros de él—. Te importa una mierda mi seguridad. Solo estabas buscando lucirte. Solo querías verte bien. Ser deseado mientras esas zorras te babeaban encima. ¿Crees que no me he dado cuenta?

—¿Estás celosa, princesa? —preguntó él con una sonrisa cruel.

—¡Eres un imbécil! —Siseó ella escupiéndole las palabras.

Entonces, lo empujó con rabia.

O al menos, lo intentó.

Luca atrapó sus muñecas al vuelo, rápido como un rayo. Tiró de ella y girándola bruscamente la acorraló contra la puerta de la cabaña. Sus cuerpos quedaron pegados, sus respiraciones se mezclaban por la proximidad, el calor latiendo entre ellos como una tormenta eléctrica.

—¿Qué te pasa conmigo? —susurró ella, temblando de rabia y deseo—. ¿Por qué siempre estás jodiéndome la vida?

—Porque tú me jodes la cabeza —gruñó él, acercando su rostro al suyo—. Porque no hay un puto segundo en el que no te quiera callar la puta boca con un beso.

Ambos se quedaron mirándose, Ariadna tenía la respiración entrecortada. Su pecho subía y bajaba acelerado rozándose contra el pecho de él.

Ella no se movió.

Él tampoco.

Los labios de ambos a milímetros. El pulso de ella estaba desbocado. Notó como la erección dura de él se apretaba contra su vientre provocándole una ola de calor que le subía desde su parte más íntima. Las manos de él, sujetándola aún por las muñecas. Una lucha muda, intensa y brutal.

—Quiero que me sueltes —Ariadna dijo esas palabras, pero fue más un susurro carente de fuerza.

—Dímelo otra vez —susurró él, con los labios rozando los suyos—. Pero sin mentirme esta vez. — Bajó la mirada a los labios de ella.

Antes de que Ariadna pudiera decir nada…La besó.

No fue un beso tierno, para nada. Fue salvaje.

Desesperado. Luca parecía querer devorarla ahí mismo.

Cómo si llevara días, no, semanas, o toda su puta vida deseando ese momento.

Le soltó las muñecas solo para agarrarla por la cintura, y pegarla más a él.

Las manos en la espalda desnuda de Ariadna se sintieron tremendamente bien.

Ella le rodeó el cuello con los brazos, respondiendo al maldito beso con la misma intensidad que él.

Y el mundo, por fin, estalló.