Rojo, el color del puto pecado
L uca terminó de ajustarse los gemelos del puño izquierdo.
Vestía un traje negro de líneas limpias, perfectamente entallado a su cuerpo ancho y musculoso.
Bajo la chaqueta, una camisa de seda gris oscuro y sin corbata, dejando el primer botón abierto, mostrando los tatuajes que ascendían por su pecho hasta su cuello.
La máscara que Romeo le había hecho comprar era de terciopelo negro, cubría parte de su rostro, pero dejaba visible la mandíbula fuerte y la boca…
esa que Ariadna parecía mirar con desdén cada vez que lo desafiaba.
Su pelo ligeramente revuelto como siempre lo llevaba, pero ahora con algo de gomina para que se mantuviera en su sitio.
Bajo la chaqueta del traje, tenía la cartuchera de la pistola con su arma perfectamente cargada, pero con el seguro puesto.
Se miró una última vez en el espejo, y salió de la casa para dirigirse a la mansión y recoger a Ariadna.
Cuando llegó, saludó a los dos guardas apostados en la puerta y entró hasta el recibidor donde se abría camino la gran escalera de mármol que daba a la planta de arriba.
Samantha apareció por el pasillo. Era una mujer hermosa, bajita, pero con un aura casi etérea.
Su pelo pelirrojo, lo llevaba suelto en ondas dándole un aire juvenil.
Vestía de manera informal: Pantalones vaqueros y camiseta de color amarillo limón de manga larga, sencilla, normal, no era una persona ostentosa para ser la mujer de un capo.
A Luca le caía bien, aunque le pesara admitirlo, era una mujer amable, muy fuera de lugar de aquel mundo de ruina y sangre.
Tenía los ojos iguales que los de Ariadna.
Estaba claro de quien los había heredado la princesa.
Samantha se acercó a Luca dedicándole una sonrisa amable.
—Buenas noches Luca, ¿Esperando a mi hija? —Luca asintió devolviéndole la sonrisa.
—Así es, señora Bianchi. — Samantha puso un gesto de disculpa.
—Uff, sé que Ariadna puede ser…. Complicada a veces, pero es buena chica. Un poco caprichosa… pero, aunque quiera parecer de hielo, tiene buen corazón.
Luca miró a Samantha con una ligera confusión, no sabía muy bien por qué Samantha le decía eso a él, al fin y al cabo, solo era un empleado más.
—Por cierto, estás muy guapo. —Le guiñó un ojo de forma cómplice y se despidió de Luca dejándolo solo de nuevo, realmente confundido.
Miró el reloj. Estaba empezando a impacientarse. Llevaba como quince minutos esperando y la princesa aún no se dignaba a aparecer.
Se paseo por el recibidor. Contempló los cuadros que decoraban el lugar. Se ajustó la chaqueta varias veces, y comprobó que su pistola estuviera bien cargada. La volvió a poner en la cartuchera de forma casi perezosa, pero Ariadna seguía sin aparecer, y Luca estaba cada vez más impaciente.
Apoyado contra la base de la escalera, revisó el reloj por tercera vez.
Treinta y cinco minutos más tarde Luca estaba ya desesperado.
Gruñó y se pasó las manos de forma nerviosa por él pelo. Se acabó, no iba a esperar más, pensaba subir a buscarla.
Si la princesa no baja, ya me encargo yo de que baje, aunque sea a rastras .
Justo cuando tomó esa decisión, escuchó un sonido que se aproximaba, y hubo un cambió en el aire.
Tac. Tac. Tac.
Tacones.
El mármol de los escalones vibró bajo su ritmo. Alzó la vista, sin ningún tipo de preparación para lo que iba a ver.
Su cara se congeló, por qué aquello no era normal.
Ariadna.
Cada paso que daba parecía ensayado, medido, como si bajara a cámara lenta solo para joderle la existencia.
Llevaba un vestido de color rojo sangre. El color del puto pecado.
Rojo condenación.
Por qué sí. Ariadna era una puta diosa mandada para hacerlo pecar, y acabar condenado por ello.
El vestido del probador… el puto vestido al que él le había subido la cremallera, de satén, se ceñía a su figura como si lo hubieran pintado directamente sobre su maldita piel.
Con cada movimiento, el tejido brillaba bajo las luces cálidas del hall, abrazando su cintura, su pecho, el maldito contorno de su perfecto cuerpo, y luego tenía esa abertura lateral…
¡Dios!
Llevaba toda una pierna al descubierto, entera, hasta casi la ingle.
Luca tragó saliva, pero su garganta estaba seca.
Su pelo negro, recogido en un moño perfecto, dejaba su cuello completamente expuesto. Sin adornos de ninguna clase, sencilla, perfecta. Una provocación en forma de tela.
Una blasfemia hecha mujer .
Su máscara era negra, elegante, dejando libres esos ojos azulísimos que con el maquillaje se veían… jodidamente peligrosos.
Y los labios los llevaba pintados también. Rojo sangre. Como el puto Infierno convertido en mujer. —Pensó Luca.
Contuvo el aliento.
Ariadna bajó el último escalón, ignorándolo completamente al principio, como si no se percatara de su presencia.
Como si no supiera que él la estaba devorando con los ojos.
Pero claro que lo sabía.
Ella lo sabía perfectamente, y lo provocaba.
Caminó hasta él como si el mundo le perteneciera, y justo cuando pasó a su lado dirigiéndose a la puerta, Luca vio la maldita espalda del vestido…
o mejor dicho la falta de vestido en su espalda, ya que era abierto hasta casi el inicio de la curva de su trasero, dejando libre toda su espalda , y pegado a su perfecto culo, como si lo llevase pintando al cuerpo.
Ariadna, sin mirarlo aún, soltó con su voz dulce como el veneno:
—¿Te vas a quedar ahí plantado toda la noche, o nos vamos ya?
Luca tardó unos segundos en reaccionar.
Literalmente. Segundos.
Su mente se había quedado en blanco, por culpa de ese maldito vestido. Su mirada se había perdido en la curva de su espalda. En el lunar que apenas había vislumbrado donde empezaba su muslo.
Cuando finalmente habló, su voz salió más grave de lo normal.
—Bonito disfraz, princesa. Pero deberías haber avisado que ibas vestida de tortura.
Ella se giró con una ceja arqueada, y una sonrisa torcida .
—¿Tortura? Creí que solo eras mi guardaespaldas, Moretti. No mi crítico de moda.
—Hoy soy ambas cosas —gruñó él. Bajó la mirada con descaro desde su rostro hasta el dobladillo del vestido—. Aunque te adelanto algo. Si alguien intenta tocarte, hoy no voy a contenerme.
—Tranquilo, soldato. —respondió, dando una vuelta teatral sobre sus propios tacones—. No soy tan fácil de alcanzar. Pregúntales a todos los idiotas que han acabado con la nariz rota por intentarlo.
—No me preocupa lo que tú hagas —espetó él, ahora caminando junto a ella hacia la puerta principal—. Me preocupan ellos. Y más si te presentas como una puta visión del mismísimo pecado.
Ella se detuvo.
Lo miró fijamente.
—¿Insinúas que parezco una puta? —Ariadna sonó claramente ofendida.
—Estoy diciendo qué, si el infierno tiene una reina, probablemente se vista así. La mitad de los idiotas de la fiesta van a querer condenarse esta noche solo por probar el sabor del puto pecado.
Ariadna sonrió, una sonrisa satisfecha, sus ojos brillando, con malicia y placer. Era lo que la muy condenada quería oír.
—Qué suerte que tengo guardaespaldas nuevo entonces. Aunque deberías relajarte un poco. Me han dicho que los hombres tensos terminan… explotando.
—¿Y tú, princesa? —le dijo él, dando un paso hacia ella, tan cerca que la fragancia de su piel se coló por todos los resquicios de su autocontrol—. ¿No te cansas de tentar al lobo?
—Solo me divierto. —susurró, y sin más, giró sobre sus tacones y caminó hacia el coche .
Luca la siguió sin decir palabra, pero su mandíbula estaba tensa. El volante, más adelante, sufriría las consecuencias.
Cuando se subieron al coche, él la miró de reojo.
Ariadna se acomodó como si nada, cruzando una pierna sobre la otra sin pudor alguno, dejando la abertura del vestido abierta hasta límites indecentes. Y claro que lo hacía a propósito.
Por supuesto que él la deseaba. Era imposible no hacerlo, con ese vestido diseñado para torturar a cualquier hombre que tuviera ojos en la cara.
Pero en su vida, desearla era veneno mortal. Una traición a toda su familia.
Una distracción del plan que llevaba años construyendo.
Sin embargo…
Cada vez le costaba más recordarlo.
Arrancó el coche en silencio. Los dedos apretados en el volante, la mandíbula rígida, el cuerpo en llamas.
La fiesta ya había empezado hace rato. Habría cientos de jóvenes bebiendo y bailando, dejándose llevar por las drogas y el alcohol.
Pero Luca solo pensaba en una maldita cosa esa noche.
Que quizás esta vez, el que iba a perder el control… Podía ser él.