Luca (Sangre Bianchi 2) Un puto error
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Un puto error

E staba ardiendo.

Se quedó solo en el ring, viendo cómo Ariadna salía del gimnasio sin mirar atrás. Como si no le importara lo que acababa de pasar. Como si ese roce de cuerpos, esa mirada entrecortada, esa erección presionada entre sus piernas no hubiera sido nada.

Como si él no estuviera ahora mismo al borde de perder el puto control, y su cuerpo parecía estar ardiendo en una puñetera hoguera.

—¡Mierda! —Luca gritó pateando uno de los postes del ring.

Se pasó varias veces las dos manos por su pelo desordenándolo más de lo acostumbrado.

Finalmente se bajó del ring despacio, con el pulso acelerado, la respiración algo acelerada todavía, pero lo peor era que aún podía sentirla debajo de él.

El olor de su puto perfume seguía impregnado en su nariz.

Ese jodido olor dulce, con toques afrutados…

Era pura provocación envuelta en una dulzura peligrosa.

—Jódete, Moretti… —se murmuró a sí mismo, frotándose la cara con ambas manos mientras cruzaba el gimnasio con pasos acelerados.

Había cometido un error.

Un puto error.

Había cruzado una línea al dejar que el juego se volviera físico.

Sí, la quería provocar.

Sí, la quería arrinconar.

Pero no esperaba que su cuerpo reaccionara así al de ella. Que tenerla bajo él, fuera una jodida tortura deliciosa .

Y eso no formaba parte del plan. El plan era destruir a Romeo Bianchi.

No dejarse atrapar por la hija.

Salió del gimnasio directo hacia la casa de invitados. Necesitaba una ducha, un puñetazo a la pared, o un puto tiro en la cabeza.

Algo que apagara esa tensión que le quemaba el abdomen.

Pero no había llegado a la casa cuando su móvil vibró en el bolsillo.

Lo sacó y miró el nombre en la pantalla.

Luca frunció el ceño al ver el nombre de Max. Era muy raro que lo llamara, estaba en su día libre. Descolgó la llamada e intentó sonar lo más sereno posible.

—¿Max?

—Romeo quiere verte en el despacho. Ahora. —dijo Max, con su voz neutra como siempre.

—¿Algo urgente? —Quiso saber Luca.

—Siempre lo es cuando se trata de su hija —respondió Max, cortando la llamada sin más.

Resopló y cambió de dirección, cruzando el jardín con las manos aún cerradas en puños.

La finca parecía tranquila. Khaos estaba tumbado en la entrada de la casa principal.

Lo miró desde las sombras, vigilante como si supiera algo que él no.

Aquel perro era más inteligente de lo que aparentaba.

Y lo jodidamente leal que era a Ariadna lo irritaba mucho.

¿Por qué todo lo relacionado con ella le hervía la sangre?

Entró en la casa principal cruzándose con algunos de los guardas de Romeo, a los que saludó con un simple movimiento de su cabeza, atravesando los pasillos hasta llegar a la puerta del despacho de Romeo, qué estaba entreabierta. Golpeó dos veces, por educación, y entró sin esperar respuesta .

Romeo Bianchi estaba sentado tras su gran escritorio de madera negra, como una sombra dominante. Vestía como siempre, completamente de negro. Su camisa remangada hasta los antebrazos revelaba sus tatuajes. Los ojos verdes, afilados como cuchillos, lo escrutaron de arriba abajo.

Max estaba de pie a su lado, con los brazos cruzados. Luca se puso en tensión. Nunca sabía por dónde podían salir esos dos. Quizás habían averiguado algo de él, o quizás Ariadna le había montado un drama a su papi después de lo del gimnasio.

—Cierra la puerta, Moretti —ordenó Romeo, con la frialdad que siempre lo caracterizaba.

Luca obedeció sin decir palabra. No quería arriesgarse a meter la pata bajo ningún concepto.

—Te tengo en esta casa por una única razón —empezó el jefe con voz calmada, aunque cada palabra era una amenaza implícita—. Proteger a mi hija. ¿Lo entiendes?

Luca asintió. Estaba acostumbrado a ese tipo de advertencias. Pero cuando venían de Bianchi, sabían distinto. Como si la muerte acechara en cada palabra.

—Hoy es sábado. Esta noche Ariadna asistirá al cumpleaños de una de sus amigas. Un baile de máscaras en una de las mansiones propiedad de la familia Sinclair. Sé que es tu día de descanso. Pero quiero que vayas con ella.

Luca no cambió su expresión, aunque por dentro maldijo su puta suerte.

—Entendido jefe, pero, ¿sabe su hija que la acompañaré? Ya sabe cómo se pone cuando algo no le hace gracia. —Luca intentaba sonar lo más neutral posible. Max carraspeó, Romeo apenas varió su expresión .

Miró a Luca con atención.

— Lo que ella piense respecto a esto me importa bien poco.

Lo más importante es que esté vigilada, y sé que pondrá el grito en el cielo, pero mis órdenes son las que son, puede chillar y patalear lo que quiera, pero te quiero pegado a ella, que seas su maldita sombra.

Quiero que estés con ella en todo momento.

Nada de distracciones. La gente que se mueve en esos eventos no siempre es limpia…

y Ariadna tiene un talento especial para atraer al tipo equivocado.

Incluyéndome a mí  —pensó Luca sin decirlo.

—Le darás espacio, pero no le quitarás los ojos de encima —continuó Romeo—. Y si alguien intenta algo más allá de lo permitido, quiero que lo detengas antes de que yo tenga que intervenir de la peor de las maneras.

Romeo abrió el cajón y sacó un sobre grueso. Lo dejó caer sobre el escritorio.

—Para tu traje y la máscara. Quiero que estés presentable, y pases lo más desapercibido posible.

Luca se acercó al escritorio y lo cogió sin rechistar.

—Entendido, señor Bianchi.

Romeo se levantó del escritorio sin apartar los ojos de Luca.

—Si alguien… cualquiera… intenta tocar a mi hija sin su consentimiento, no quiero que me traigas excusas. Quiero que me traigas su maldita sangre.

Luca sintió una punzada extraña en el estómago. No de miedo. Más bien una… satisfacción retorcida, por qué pensar en cortarle un dedo a cualquier imbécil que le pusiera la mano encima a la princesa de la mafia le producía un placer enorme.

—Eso haré —dijo con una voz más baja, componiendo una ligera sonrisa de satisfacción.

Max no dijo nada, pero lo observaba desde su rincón con esa mirada afilada. Como si supiera que Luca no era simplemente un empleado. Como si pudiera oler el veneno detrás de su fachada.

Romeo rodeó el escritorio y se acercó al mueble bar para servirse un whisky.

—Haz lo que tengas que hacer Moretti. Piensa que es mi hija la que está bajo tu cuidado.

Luca apretó la mandíbula y cerró los puños. Porqué, aunque Romeo no había dicho nada referente a él, la última advertencia iba cargada de amenaza, como si le hubiera dicho claramente, no toques lo que no es tuyo.

Porque si lo haces…

No te va a salvar ni Dios.

El silencio que siguió fue espeso, y estaba cargado de tensión.

Luca asintió y aflojó los puños, intentando serenarse. Max lo estaba evaluando con la mirada, y no quería que apreciara su tensión. Se había convertido en un jodido experto en ocultar sus emociones.

—Lo tengo claro Señor. —Respondió de forma tranquila.

Romeo asintió y lo despidió con un gesto. Luca se giró y salió del despacho con los nudillos blancos por la tensión.

Cruzó los pasillos, casi sin mirar a su alrededor, y salió de la casa principal sin detenerse en ningún momento.

Cuando llegó al jardín, el sol golpeó su rostro.

El sobre que le había dado Romeo seguía en su mano.

Lo abrió y vio varios billetes perfectamente doblados. Más que suficiente para el traje.

Un puto baile de máscaras.

Qué jodida ironía.

Toda su vida era una puta máscara.

Su otro yo estaba muerto. Solo quedaba Luca Moretti .

El tipo que iba a meterse en el corazón de la familia Bianchi para arrancárselo desde dentro.

Pero como siempre que pensaba en la venganza, la imagen de ella volvió a él como un golpe seco en el estómago.

Ariadna. En el ring. Bajo su cuerpo.

Respirando agitada.

Mirándolo como si no supiera si quería matarlo o besarlo.

Y maldita sea… él tampoco tenía nada claro.

—Vamos a ver qué tal bailas, princesa —murmuró, con una sonrisa oscura—. Esta noche puede ser realmente divertida.

Luca camino de regreso a la casa de invitados.

Se ducharía, e iría a por el maldito traje y el antifaz.

Una parte de él sentía cierto fastidio por acudir a una fiesta de jóvenes ricos e hipócritas.

Pero otra parte de él, la que estaba cada vez más jodida de la cabeza, estaba deseando fastidiarle la noche a la princesa.

Sabía que el simple hecho de estar ahí en la fiesta la iba a molestar lo suficiente como para estar pendiente de él, y pensaba darle motivos para molestarla… claro que sí.

¿Una fiesta llena de chicas guapas y ricas? Eso iba a ser lo mejorcito de la noche.

Luca sonrió maliciosamente, después de todo, ya no le parecía tan mal el plan.