Del odio al deseo solo hay un paso
E l sol apenas despuntaba sobre las copas de los árboles que rodeaban la finca cuando Ariadna salió de la casa en silencio.
Llevaba puestos unos leggins negros de cintura alta, y un top deportivo que dejaba ver su abdomen plano y marcado.
Su larga melena negra estaba recogida en una coleta alta, y sus guantes colgaban del antebrazo mientras caminaba descalza por el sendero de piedra que llevaba al gimnasio.
Era sábado y no tenía clases en la universidad. Le gustaba hacer deporte, era una mujer bastante activa, pero ese día además necesitaba liberar toda la mierda que tenía en la cabeza.
—Idiota… —murmuró para sí, pensando en Luca Moretti. El cabrón la sacaba de quicio cada vez que abría su puñetera boca.
Desde que había llegado, no había hecho más que provocarla, irritarla, ponerla a prueba.
Y lo peor de todo era que su cuerpo reaccionaba a él como si fuera un puto imán.Con un calor que le subía por él cuerpo, con los nervios instalándose en su estómago, con esa corriente eléctrica, que ella no quería llamar deseo, pero lo era, estaba segura de eso, y le daba asco reconocerlo.
Ariadna aspiró una fuerte bocanada de aire y exhaló intentando tranquilizarse. Se había propuesto entrenar, soltar toda la adrenalina, y prepararse para salir esa noche. Era sábado, los sábados todo era mejor. Llegó a la puerta del edificio, donde su padre tenía el gimnasio y la abrió para entrar.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que hasta que no dio varios pasos no se dio cuenta de nada de lo que pasaba a su alrededor.
Pero su cuerpo sí que lo notó. Era una sensación que ya se le hacía muy familiar.
Ese ligero escalofrío ya reconocible para ella la sacudió de pies a cabeza.
Levantó la mirada para encontrárselo justo allí.
El grandísimo grano en el culo.
Luca.
Estaba en la zona de pesas, sin camiseta, con el cuerpo cubierto de sudor y sus malditos, y sexys tatuajes a la vista.
Sus músculos se tensaban al levantar una barra que parecía pesar el doble que ella.
Su torso subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada, y su mandíbula estaba apretada por el esfuerzo, marcándose de una manera jodidamente sensual.
¡Borra eso! No era sensual. Para nada sensual
Pensó ella para sí misma, negándose esos pensamientos.
Luca dejó la barra en su apoyo, y se incorporó del banco, girando la cabeza para mirarla. A pesar de que estaba de espaldas, parecía que también había notado su presencia nada más entrar.
—¿Entrenando un sábado, princesa? —preguntó con esa voz rasposa y arrogante que le hervía la sangre—. Qué disciplinada.
—Vete al infierno —bufó, intentando ignorarlo, mientras se dirigía al área de boxeo.
Luca soltó una carcajada baja. De esas que hacían que le recorriera por la espalda un escalofrío.
Ariadna se vendó las muñecas, consciente de la mirada de Luca sobre ella, mientras se acercaba al saco.
Empezó con un par de golpes suaves, pero pronto dejó que la rabia le guiara los puños.
Los golpes retumbaban en la sala, rítmicos, y con decisión.
Su padre la había enseñado bien, antes pasaban muchas mañanas de sábado entrenando juntos, últimamente Romeo estaba más ocupado con su puto imperio que de costumbre.
—No está mal —dijo él, acercándose poco a poco, con paso lento, sus músculos tensándose a cada maldito movimiento de él.
Ariadna paró y observó como Luca se acercaba a ella, hasta quedar justo a su lado—.
Pero si me dejaras corregirte el giro de cadera, podrías romperle la mandíbula a quien se te acercara demasiado.
Ella lo miró con una ceja arqueada.
—¿Hablas por ti?
Luca sonrió con esos malditos hoyuelos que le daban ganas de estamparle un puño en la cara… o algo peor.
—Yo no me acercaría tanto si no me lo permitieras, princesa.
Ariadna tiró los guantes al suelo.
—¿Quieres comprobarlo? —dijo, directa, feroz. Una chispa de adrenalina encendida en sus pupilas.
Luca alzó las manos con una sonrisa torcida.
—¿Una pelea? No sabía que te gustaban los juegos rudos tan temprano.
—Cállate y sube al ring —lo retó ella, señalando con la cabeza, el cuadrilátero acolchado que presidía el gimnasio.
Luca compuso una mueca burlona y se encogió de hombros, obedeció, y se subió al ring con una agilidad felina.
Ariadna tampoco se quedó atrás, de un salto se subió en el ring y lo miró con suficiencia y desafío.
Ambos se acercaron al centro del cuadrilátero sin decir nada, sus cuerpos sin embargo tenían la misma tensión que sus ojos.
Desconfianza, provocación, desafío…deseo.
—No te contengas princesa—dijo él, en tono burlón—. Yo no pienso hacerlo.
—Ni falta que hace. —dijo ella poniéndose en posición de ataque.
Se lanzaron el uno contra el otro.
Los primeros movimientos fueron rápidos, bloqueos, giros, algún puñetazo que no llegó a su destino.
Ella sabía moverse y Luca lo notó enseguida.
Romeo le había enseñado bien, pero Luca tenía años de experiencia letal.
Ariadna lo golpeó en el costado y él jadeó.
No se lo esperaba para nada. Ariadna compuso una sonrisa malvada.
—Vaya, la princesa tiene uñas. —Dijo Luca dando unos cuantos saltitos moviéndose de izquierda a derecha para confundirla.
—Y dientes, si te acercas demasiado. —Contestó ella con una mirada cínica.
—Creo que eso me gusta. —añadió él, y Ariadna se lanzó de nuevo a por Luca.
El ritmo de los golpes subió, los cuerpos chocaban, ninguno se estaba conteniendo realmente, era una pelea real, y estaban muy igualados.
Luca la agarró por la cintura, ella giró y lo esquivó.
Él la empujó contra las cuerdas, ella se liberó de un codazo.
Hasta que, en un descuido, Luca aprovechó un giro y la derribó. Cayendo sobre ella.
El peso de su cuerpo la atrapó contra la lona, sus piernas enredadas, sus caderas presionadas… y su erección clavada contra la zona íntima de ella.
Ariadna contuvo el aliento, su respiración agitada, su pecho sudado subiendo y bajando de forma rápida, y su corazón latiendo a mil por hora.
Luca también estaba igual de agitado, ella podía notar el tambor que tenía por corazón, y como la respiración de él estaba igual de agitada que la suya.
Sus caras quedaron a centímetros la una de la otra.
Sus respiraciones mezclándose. Sus ojos se miraban sin pestañear, pero los de Luca eran intensos y ardientes.
La miraba como si la quisiera devorar.
Ninguno de los dos habló, el silencio era ensordecedor, pero ellos se quedaron así durante lo que parecieron horas. La respiración de él chocaba contra su boca entreabierta. Las pupilas de Ariadna estaban dilatadas. Él bajó la vista a sus labios. Solo un maldito movimiento y la besaría.
Ella lo sabía, lo notaba.
Pero no se apartó.
La voz de la razón la sacudió en el último segundo, devolviéndola a la realidad.
—Quítate de encima —susurró, sin fuerza. Como una orden que no quería dar.
Luca no se movió, pero sonrió despacio, mostrando los malditos hoyuelos.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres, princesa?
—Quítate —repitió ella, esta vez más firme.
Luca, sin borrar la sonrisa, se apartó, pero lo hizo despacio. Como si dejarla ir fuera un castigo para él mismo.
Ella rodó rápidamente hacia un lado y se levantó de golpe. El corazón le iba mil revoluciones. Recogió sus cosas sin mirarlo, por temor a que él pudiera leer como se sentía .
—Estás loco —dijo, sin saber si se refería a él o a sí misma.
—¿Sabes qué? Creo que sí, estoy volviéndome jodidamente loco. Pero tú eres la causante de mi puta locura, princesa —respondió él, aún agitado.
Ariadna no quiso ni mirarlo, estaba realmente aterrada y lo mejor era huir. Bajó del ring de un salto y se fue prácticamente corriendo, sin volver la vista atrás. Cruzó el gimnasio, con los puños cerrados, el rostro encendido y el deseo ardiendo en las entrañas.
Odiaba a Luca Moretti. Lo odiaba con cada fibra de su cuerpo.
¡Pero maldita sea…! Jamás había deseado tanto a nadie.