En la guarida del demonio
L a luz del monitor iluminaba tenuemente el salón en penumbra, proyectándose levemente en la cara de Luca.
El aire olía a el cigarro que se estaba fumando, y a madera.
La pequeña casa de invitados al borde de la finca era lujosa por dentro, pero apenas tenía muebles, solo lo justo y necesario.
Un colchón en una cama King size muy cómoda, una cocina pequeña bien equipada, un baño con ducha e hidromasaje, un armario medio vacío, ya que Luca apenas había llevado pertenencias. No necesitaba más. No quería más.
Tenía todo lo que necesitaba en el ordenador portátil.
Las carpetas estaban bien ordenadas: Romeo. Samantha. Ariadna. Alessandro. Inferno. Rutas. Testigos. Traiciones.
El cursor se movía con su dedo como una caricia letal, casi reverencial.
Llevaba horas repasando nombres, imágenes, transcripciones de conversaciones interceptadas en años anteriores.
Toda una vida de su enemigo reunida en su disco duro.
Romeo Bianchi.
El hombre que lo había condenado siendo solo un niño.
Luca hizo clic en la carpeta de Ariadna. Su rostro llenó la pantalla del portátil.
Tenía una foto de ella a los dieciséis años.
Luego otra más reciente, con el cabello largo y suelto, caminando por un parque con su perro, Khaos, y riendo con la cabeza hacia atrás.
Tenía los ojos de su madre, sí… pero la forma en que se movía, la forma en que dominaba una habitación sin hablar, eso era puro Romeo.
Y eso lo enfurecía más.
Estaba prácticamente rechinando los dientes, cuando las imágenes le azotaron la mente, como un huracán. Y entonces recordó lo qué había pasado en el probador.
El modo en que ella le había dado la espalda. El tanga de hilo que apenas cubría nada. La curva de su espalda. Su puta piel perfecta, y el pequeño tatuaje en el hombro.
La muy cabrona no se había apartado. Más bien lo había incitado. Luca se relamió pensando en cómo lo había retado con ese silencio cargado de electricidad, la princesa sabía que le afectaba y estaba jugando con él.
Se frotó el rostro con ambas manos con cansancio.
—Jódete —murmuró al aire, como si pudiera expulsarla de su cabeza.
Pero no podía.
No con esa imagen grabada en la puta retina. No con el recuerdo de su perfume, suave pero persistente. Ni con la maldita forma en que lo desafiaba… como si no supiera el infierno que él podía desatar.
Se levantó bruscamente del sillón y cruzó la habitación en dos zancadas.
Se quitó la camiseta lanzándola a un rincón. Las botas, el cinturón, los pantalones. Todo al suelo.
Se fue al baño y entró en la ducha con el cuerpo tenso, cargado de rabia y deseo. Un deseo visceral que no había cojones de aplacar, porqué Ariadna se había adueñado de su puta cabeza. El agua caliente le abrasó la piel. Luca quería castigarse por esos malditos pensamientos. Pero no fue suficiente.
Apoyó ambas manos en los azulejos fríos, cerrando los ojos.
Y la vio, siempre que cerraba los ojos la veía.
De espaldas a él, la curva de su perfecto cuello listo para ser besado o mordido, con el vestido abierto por detrás. Su piel suave, su maldito aroma flotando hasta él, su voz temblando ligeramente…pero no de miedo, sino de algo más oscuro. Deseo disfrazado de odio. Luca estaba segurísimo de eso.
Maldita seas, princesa…
Era una puñetera tortura.
Se había convertido en una maldita obsesión. Aun así, su cuerpo ya no le obedecía en lo más mínimo cuando se trataba de ella. La necesitaba como el cuerpo necesita la sangre para funcionar, o los pulmones el puto oxígeno para respirar.
Abrió los ojos lentamente y golpeó con el puño la pared, frustrado.
No podía permitirse esto.
No ahora que estaba tan cerca.
Ariadna era un medio para lograr su venganza, no el fin.
Ella era un simple peón.
Una grieta en el imperio Bianchi, por la que podía colarse con facilidad.
Sin embargo… cada vez que la miraba, no pensaba en venganza. No, ni mucho menos. Pensaba en quitarle cada maldita prenda de ropa que llevase puesta .
En marcar su piel con sus dientes, viendo cómo se ponía roja a su paso, y la huella de sus dientes se quedaba impresa en su tierna piel.
Pensaba en follársela fuerte y duro, hasta hacerla olvidar su puto apellido, y que solo fuese capaz de pensar en él.
Luca respiró hondo, el corazón le latía desbocado por culpa de sus pensamientos. La cabeza la mantenía gacha entre sus brazos, el agua resbalando por su cara y goteando en el suelo a sus pies.
El vapor llenó la ducha, envolviendolo en una nube que lo asfixiaba como si fuese puro veneno.
Estaba duro, como una jodida piedra. Llevaba así prácticamente desde que estuvieron en el centro comercial. Quería engañarse a sí mismo diciéndose que hacía mucho que no follaba con nadie, pero sabía que ese no era el motivo.
Su manó voló a su polla y la agarró apretando fuerte, necesitaba aliviar la tensión de su cuerpo, necesitaba olvidar la puta escena del probador.
Pero en vez de eso, empezó a acariciarse, primero despacio.
Cerró los ojos y apoyó la otra mano en los azulejos, la cabeza gacha, mientras el chorro de agua hirviendo le caía por todo el cuerpo.
Pero su mente ya no era consciente del calor del agua, su mano iba cogiendo velocidad a la vez que sus pensamientos.
Ahora solo veía una boca rosada y perfecta, unos ojos azules como el hielo, un pelo negro y sedoso, olor a frutas…
, un culo perfecto con un tanga de hilo negro.
Luca gruño sin dejar de masturbarse cada vez más rápido y más fuerte, la mirada de ella grabada a fuego en su mente, y con un gruñido de liberación se corrió. Se quedó unos segundos, mirando el suelo de la ducha llevándose los restos de su semen, maldiciendo en silencio. Estaba realmente jodido.
Salió de la ducha veinte minutos después. Seguía tenso a pesar de todo. La mandíbula apretada y los pensamientos más oscuros que nunca .
Se secó y se vistió sin mirarse ni una sola vez al espejo. Porque si lo hacía, vería algo que no quería admitir.
El deseo estaba ganando terreno, más que el mismísimo odio. Y eso era peligroso.
Más que cualquier pistola en la puta cabeza.
Una hora más tarde Luca estaba en el club de Romeo, Inferno, su santuario de poder, lleno de lujo, personas influyentes y mucha droga y alcohol.
En ese lugar Romeo movía todos los hilos de la puta ciudad.
La fachada era sencilla, el nombre del club brillaba con neones rojos y el resto pintado de negro, pero había guardas en la puerta y una larga cola que casi daba la vuelta a la manzana.
Todos deseando entrar al mismísimo infierno.
Luca entró con un ligero saludo de cabeza a los guardias que ya sabían que trabajaba para Romeo, saltándose la cola kilométrica. El olor a humo del tabaco, a perfume caro y sudor lo envolvió nada más entrar.
El ambiente estaba cargado. Había hombres ricos, mujeres desesperadas, todos bailando pegados, restregándose entre ellos, bebiendo.
Algunos se besaban en las esquinas que pillaban libres, era casi una puñetera orgía sexual.
Luca vio a Max, el hombre de mayor confianza de Romeo.
Estaba cerca de la escalera que subía a los reservados, tenía el móvil en la mano, la cara ligeramente iluminada por la pantalla.
Casi como si sintiera su presencia, Max levantó la mirada para encontrarse con los ojos de Luca.
Le hizo un gesto con la cabeza, en un claro signo de que lo siguiera.
Subió las escaleras detrás de Max, rumbo al despacho privado de Romeo, no era la primera vez que estaba allí, pero siempre bajo invitación.
Al entrar vio a los gemelos, Milo y Marco, ambos sobre el escritorio de Romeo, revisando papeles y datos en el ordenador. Los dos hermanos discutían sobre cuáles eran las mejores rutas, intentando ponerse de acuerdo entre ellos.
—El nuevo cargamento llegará a Palermo en tres días—decía Milo, señalando en el mapa con un dedo una de las rutas. —. Podemos moverlo sin levantar sospechas, como dijimos, pero hay que ajustar un poco la logística.
—Es bastante obvio que necesitaremos refuerzos para cubrir toda esta zona sin poner en peligro la carga. Romeo no querrá sorpresas.
Luca se mantuvo quieto a un lado, observando a los gemelos. Cada palabra, cada gesto o mirada entre ellos era información valiosa para él.
—Max…—dijo Milo bajando la voz. —Hay un nuevo negocio que Romeo quiere que manejemos, es bastante gordo. Riesgo alto, pero más beneficios.
Max levantó la mirada de su móvil y asintió.
—Romeo me tiene informado, es bastante delicado, pero confía en nosotros.
Seguía callado, a la espera de que le dijeran algo a él, al fin y al cabo, Romeo lo había hecho llamar por algo. Pero no quería inmiscuirse sin que lo incluyeran por qué no quería levantar la más mínima sospecha de nada.
En ese momento la puerta del despacho se abrió, y Luca notó como el aire de la habitación cambió en menos de un segundo.
Romeo Bianchi, entró al despacho, vestido de negro de pies a cabeza como siempre.
Sus tatuajes visibles en sus brazos por las mangas remangadas de la camisa, Luca llegó a ver los nombres de Ariadna y Sandro tatuados en su brazo.
Su sola presencia, había llenado la habitación, imponiendo respeto sin necesidad de decir ni una sola palabra.
—Rom, te estábamos esperando— dijo Max guardando el teléfono en su bolsillo.
Romeo inclinó ligeramente la cabeza hacía Max y luego dirigió la mirada a Luca, sus ojos verdes brillantes se detuvieron un instante más de la cuenta en él.
—Luca…—Romeo dijo su nombre con firmeza —Te he hecho llamar por un motivo importante.
Luca se cruzó de brazos y le prestó atención a Romeo, sin apartarle la mirada ni un solo segundo, Romeo, compuso una mueca satisfecha en su rostro.
—Estás haciendo un buen trabajo con mi hija, al menos estás aguantando en el puesto de trabajo, lo cual ya es un puto milagro.
—Uno de los gemelos río. —Pero quiero que seas algo más que un simple guardaespaldas.
Necesito hombres como tú, capaces, que no se caguen a la más mínima. Quiero que seas un soldado mío.
Luca sonrió ante la ironía de aquello, Romeo quería que fuera su soldado, y Ariadna lo llamaba así constantemente, la muy bruja.
—Eso está hecho jefe. —Contestó Luca con convicción, se estaba ganando la confianza de Romeo y eso era primordial para su cometido. Estar dentro del todo, conocer los secretos, las rutas, los tratos, todo eso era una ventaja para hacerlo caer.
Pero mientras pensaba eso, una extraña sensación lo invadió por dentro. Intentó componer una expresión neutra, dejando sus pensamientos encerrados en lo más profundo, no debía importarle. No tenía que importarle una mierda.
Romeo lo miró asintiendo, sin saber la batalla interna que Luca estaba librando en ese momento.
—Me gustaría entender bien todos los detalles antes de lanzarme de cabeza a cualquier agujero jefe. —Luca miró a Romeo con tranquilidad. Los gemelos gruñeron, Max sonrió de medio lado, Romeo lo observó unos segundo más antes de asentir.
—Max, enséñale todo lo que tenga que saber. —Romeo se giró y salió del despacho dejando a Luca otra vez a solas con Max y los gemelos.
—Bien chico, espero que seas rápido aprendiendo, no te voy a repetir las cosas dos veces. —le dijo Max acercándose al escritorio donde estaban los gemelos, y haciéndole un gesto para que Luca se acercara también.
Él se acercó e intentó prestar atención a todos los detalles. No podía permitirse distracciones, Romeo le estaba dando su confianza, y eso era clave. Pero dentro de él, seguía esa chispa prohibida, y aunque lo intentaba negar con cada fibra de su ser no desaparecía.
Ariadna Bianchi, no solo era una joven cabezona, y endiabladamente hermosa. Era un problema. Un puto peligro, alguien que empezaba a ocupar su mente, un lugar donde no debería estar.
Y allí, con el sonido de la música zumbando de fondo, en aquel despacho con los tres hombres de mayor confianza de Romeo, Luca supo con toda certeza que su venganza tendría que esperar, porque Ariadna Bianchi había dejado una marca en su puta cabeza, una marca que ni el odio, ni el propósito de la venganza podían borrar.
Y… ¡Joder!
Esa era su mayor distracción en ese momento.