Luca (Sangre Bianchi 2) Maldito Moretti
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Maldito Moretti

La ducha caliente había hecho poco para apaciguar el huracán que tenía en la cabeza. Cada gota que resbalaba por su piel no lograba borrar la sensación de aquellos malditos dedos sobre su espalda, la voz ronca al oído, el calor de un cuerpo que no tenía derecho a desear.

¡Maldito Luca Moretti!

Y más maldita ella por haberse quedado quieta. Por haber dejado que él se metiera en el probador y haberlo provocado de esa manera.

Se puso un pantalón corto de algodón gris y una camiseta vieja de Guns N' Roses con un agujero en el hombro.

No tenía ganas de arreglarse para nadie.

Se ató el pelo mojado en un moño desordenado, agarró una lata de Coca-Cola de la pequeña nevera rosa de su cuarto y salió a la terraza trasera, la que compartía con su hermano, para tomar un poco de aire.

El atardecer se posaba sobre la finca con una calma casi teatral. Colores naranjas, violetas, todo idílico... como si no vivieran en el corazón de una fortaleza de criminales.

Ariadna se apoyó en la barandilla de hierro forjado, con los pies descalzos sobre el suelo de piedra. Respiró hondo. Cerró los ojos. Y entonces escuchó pasos.

—Vas a coger frío con el pelo mojado —dijo una voz masculina y burlona detrás de ella.

Abrió los ojos y giró la cabeza.

Allí estaba Sandro.

Su hermano menor. Tenía diecisiete años y ya tenía más cara de diablo que muchos capos de los que su padre mandaba al mismísimo infierno.

Alessandro Bianchi. Sandro para todo el mundo. Tenía el cabello mojado también, aunque no tenía pinta de haber salido de la ducha. La camiseta le colgaba del hombro y la sonrisa de idiota satisfecho lo delataba por completo.

—¿Otra vez con la rubia? —preguntó Ariadna arqueando una ceja.

Él hizo una mueca.

—No. Esta era pelirroja. Creo que se llamaba... ¿Irene? ¿Ivana? Bah, no importa.

Ella puso los ojos en blanco.

—Eres un desastre hermanito.

—Soy un adolescente funcional —respondió él mientras se sentaba en el borde de la barandilla como si no existiera el peligro—. Y tú últimamente estás de un humor de mierda, así que no me vengas a dar lecciones de moral.

Ella sorbió su lata de Coca-Cola con fuerza, sin responder.

Sandro la observó en silencio un segundo. Luego sonrió.

—¿Tiene nombre ese mal humor?

Ella giró el rostro hacia el jardín, pero no respondió. Él chasqueó la lengua.

—Mierda. Es por Moretti, ¿no?

—No tengo idea de qué hablas. —repuso ella rápidamente.

—Oh, claro —dijo él bajando de la baranda de un salto —. Solo te saca de tus casillas, discutes con él a cada puto segundo que tienes, y cuando se da la vuelta las piernas se te convierten en gelatina ¿No es así?

Ella se giró de golpe hacia su hermano.

—¿Me estás espiando, Sandro?

Sandro alzó las manos con una sonrisa inocente. —No, hermanita. Solo tengo ojos, y soy un tío que adora el sexo femenino, no soy idiota.

—No me llames así —espetó ella. — Soy tu hermana mayor…me debes un mínimo de respeto.

—¡Ja! —Sandro empezó a reírse.

—No le veo la gracia... Lo digo totalmente en serio. —Intentaba mantenerse seria, lo cual con Sandro a veces era misión imposible.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Mandar a Khaos a por mí también? —Sandro seguía sonriendo.

Ella sonrió apenas, aunque no quería. Su hermano la conocía demasiado bien, era su persona favorita en el mundo.

Se acercó a ella y apoyó la barbilla en su hombro. —Mira... papá no hubiera contratado a cualquier gilipollas para cuidarte. Si ese tipo está en la finca, es porque es bueno. Aunque sea un capullo arrogante.

—Es un engreído.

—Sí. Pero está bueno.

—¡Sandro!

Él se encogió de hombros.

—¿Qué quieres qué te diga? Hasta yo me he fijado. Tiene pinta de tipo que te arruina la vida... y te gusta que lo haga.

Ella lo empujó con el codo, pero no con fuerza.

—Eres un puñetero desastre —murmuró.

—Y tú estás jodida, hermana. Pero tranquila. Si el tipo se pasa, ya sabes que tengo buena puntería.

Ella rodó los ojos.

—No seas flipado Sandro, solo tienes diecisiete años, cálmate, campeón.

Él sonrió con picardía.

—Tengo más experiencia que muchos de veinticinco, ya lo sabes. —Sandro le guiñó un ojo.

Ella no quiso saber a qué se refería con eso. Lo abrazó por los hombros un segundo.

—Anda enano—Le dijo Ariadna como cuando eran pequeños, aunque Sandro ya le sacaba una cabeza a ella. — Vuelve por donde has venido a revolcarte con... ¿Ivana?

—¿O era Isabela? —río él alejándose por el pasillo.

Cuando desapareció por la puerta, Ariadna sacudió la cabeza riéndose. Su hermano era un puñetero desastre. Pero era su desastre favorito en el mundo, aunque la sacara de sus casillas la mayor parte del tiempo.

Volvió a quedarse sola, y se reclinó en la baranda, mirando a lo lejos.

El jardín estaba en silencio. Solo el canto de los grillos y la brisa cálida de la noche rozando su piel húmeda por la ducha.

Se sentía muy confundida. Su padre la había enseñado desde pequeña a tener carácter, a no dejarse dominar por nada.

Pero en ese momento se sentía débil. Sus emociones estaban ganando la batalla contra su cabeza, y se sentía muy frustrada .

Suspiró de puro agotamiento y se mordió el labio cuando pensó en Luca.

En sus manos grandes, llenas de tatuajes.

En su jodida voz aterciopelada, esa que le provocaba escalofríos hasta en rincones de su cuerpo que no quería ni nombrar.

Pensó en esos malditos hoyuelos.

Los. Putos. Hoyuelos.

Nunca se imaginó que algo tan normal como una sonrisa de hoyuelos la podía volver tan loca.

Si  pensaba en cómo la miraba... como si supiera cosas de ella que ni siquiera ella conocía. Sus ovarios se volvían lava. Un retortijón ya conocido se le instaló en el bajo vientre. Y gruñó fastidiada.

Apretó la lata ya vacía con los dedos, hasta dejarla completamente espachurrada en su mano.

No le gustaba perder el control.

Y con él... todo era un puto caos.

Pero algo dentro de ella no quería huir del fuego. Quería caminar directa a las llamas y  ver qué quedaba cuando todo ardiera. Porque ella era una maldita Bianchi.

Y estaba segura de que resurgiría de las malditas cenizas como un Fénix triunfante.