Me debes una disculpa
S i algo había aprendido de su padre, era que los hombres peligrosos eran como la pólvora. No importaba si el fuego lo encendías tú… al final, siempre podías acabar quemada.
Sin embargo ahí estaba ella, desafiando la puta mecha a cada paso que daba.
Llegaron al aparcamiento subterráneo del centro comercial, y Ariadna se quitó el cinturón de seguridad para bajarse, pero Luca echó los pestillos del coche antes de que ella abriera la puerta. Ariadna giró su cabeza rápido para mirarlo confundida.
—¿Qué coño haces? ¿Crees que voy a huir o algo?
—No me preocupa que escapes, princesa, me preocupa lo que hagas si no te vigilo.—Ariadna lo miró con la boca abierta lista para replicarle, pero Luca ya estaba quitando el pestillo a las puertas y bajándose del coche.
Ella lo siguió con los ojos, sin bajarse todavía del coche. Luca rodeó el coche y le abrió la puerta instándola a salir. Ariadna, soltó un gruñido muy poco femenino, y se bajó del coche lanzándole una mirada furiosa a Luca.
—Bien, soldato , si es lo que quieres…—Refunfuñó ella.
Ariadna caminaba un paso por delante de Luca, intentando ignorarlo, aunque era muy consciente de la presencia de él a su espalda. Ella aceleró el paso, como si con ello pudiera escapar de su mirada abrasadora, que la sentía perfectamente puesta en su cuerpo.
—¿Podrías ir más despacio princesa? No creo que las tiendas vayan a cerrar…
—¿Podrías dejarme en paz? No soy tu puto problema. —Replicó ella.
—En realidad sí que lo eres. —Ariadna se detuvo de golpe y se giró, Luca casi choca con ella.
—Yo no soy propiedad de nadie. — Escupió las palabras cargadas de veneno.
Durante unos instantes ninguno de los dos se movió, luchando con sus miradas, el aire se empezó a cargar de esa electricidad invisible que había cuando ambos estaban demasiado cerca el uno del otro. Era una sensación que ni el orgullo, ni el odio podían disimular. Hasta que una voz los interrumpió.
—¡Ariadna!
Esta giró la cabeza y vio a Dante, su compañero de la universidad.
Se acercaba a ellos. Tenía una sonrisa arrogante pintada en el rostro, y esa seguridad irritante que siempre lo acompañaba.
Llevaba varias bolsas de ropa en las manos…
seguramente se había gastado medio sueldo de la semana en ropa, era un pijo gilipollas, pero Ariadna lo había estado utilizando para molestar a Luca, y ahora delante de él no podía ignorar a Dante.
—¿Dante? ¡Vaya! Qué coincidencia…—Compuso una de sus mejores sonrisas falsas.
—Ya sabes preciosa, que el universo conspira a mi favor.
—la mirada de Dante bajó por su cuerpo de forma descarada y volvió a subir.
Ariadna quiso gritarle, o partirle la cara, pero estaba Luca, así que fingió no darse cuenta, pero si notó como Luca daba un paso hacia delante poniéndose a la altura de ella.
Su aura había cambiado, y la sombra de su cuerpo parecía envolverla por completo.
—¿Y tú eres…? —preguntó Dante mirando a Luca con gesto curioso.
—Nadie que te interese chico…—contestó Luca con un gr uñido. Dante retrocedió un paso, casi por instinto. Ariadna puso los ojos en blanco.
—Es mi guardaespaldas…no muerde…casi nunca. —Ariadna sonrió burlonamente.
—¡Vaya tío! intentaré no provocarte entonces. —Dante quiso hacerse el gracioso. Pero ella pudo apreciar que la postura de Luca no era nada relajada.
Luca tensó la mandíbula. En la mente de Ariadna algo terriblemente malvado se estaba cociendo, y una llamita en el interior de ella se encendió, decidiendo empujar a Luca un poco más a su límite.
—Estoy buscando un vestido para una fiesta… ¿me ayudas a elegir algo? Sé que tienes buen gusto. —Ariadna se acercó a Dante y le regaló una de sus sonrisas más encantadoras. Dante sonrió de forma fanfarrona, dando un paso hacia ella.
—Ni de puta coña—Rugió Luca. Dante lo miró sorprendido, Ariadna se giró hacia él fingiendo sorpresa.
—Eso no lo decides tú…
—¿Quieres ponerme a prueba Ariadna? —la cortó él, de forma brusca.
Era la primera vez que decía su nombre y joder había sonado malditamente bien en sus labios, aunque su mirada ahora mismo le decía que tenía ganas de matar a alguien. Dante también notó que Luca estaba al filo de explotar y carraspeó para llamar la atención de ellos dos.
—Quizás en otro momento mejor…—respondió Dante cuando las miradas de Luca y Ariadna se volvieron hacia él. —Nos vemos en clase ¿Vale? —Dante miró a Luca una última vez, con cierta preocupación, pero no dijo nada más, luego se giró y se fue.
Ariadna miró otra vez a Luca, con su mirada más letal.
¡Dios! Como la irritaba el capullo.
—¿Por qué eres tan gilipollas? Es un amigo y sólo estábamos charlando.
—Ya has charlado suficiente, vamos a por tu puto vestido antes de que te arrastre de nuevo al coche princesa.
—No me hables como si fuera una niña— Siseó ella.
—Pues deja de comportarte como una.
El golpe verbal le sentó como un puñetazo en el estómago, pero antes de que ella pudiera responder, Luca echó a andar de nuevo. Ariadna tuvo que apretar el paso para seguirlo, y ponerse a su altura.
El centro comercial rebosaba de gente, luces y escaparates brillantes, pero nada podía distraerla del hecho de que Lucca Moretti caminaba al lado suyo, como una sombra amenazante con mandíbula cincelada, camisetas negras ajustadas y unos bíceps que deberían ser ilegales.
Podía estar muy enfadada con el capullo, pero no podía negar que el cabrón estaba buenísimo, y que verlo enfadado solo hacía que ella se sintiera más atraída hacía él.
No hablaron durante bastante rato, Luca seguía enfurruñado y ella sinceramente había agotado un poco las ganas de torturarlo.
Así que se dedicó a su propósito de encontrar un buen vestido.
Ariadna llevaba una blusa blanca ceñida, vaqueros rotos de tiro alto y sus gafas de sol preferidas. Caminaba con paso decidido entre tienda y tienda, arrastrándolo con ella como si no fuera un hombre armado de treinta años, sino su malhumorado perro guía.
—¿Cuántas tiendas más? —gruñó él desde atrás, su voz ronca estaba cargada de fastidio.
—Hasta que encuentre el vestido perfecto —respondió con una sonrisa sarcástica sin mirarlo—. ¿O tu contrato también especifica opiniones sobre moda?
—Mi contrato dice que te proteja. No que me arrastre detrás de ti, mientras das vueltas como una puta peonza.
Ella se detuvo en seco, girando sobre los talones.
—¿Estás insinuando que no sé lo que quiero?
Él la miró desde arriba, esos ojos negros ardiendo con esa intensidad que la volvía loca de rabia... y algo más que se negaba a poner en palabras.
—Estoy diciendo que sabes exactamente lo que quieres. Jugar conmigo hasta que pierda la paciencia.
Ella sonrió con malicia.
—¿Y está funcionando?
—No, princesa, eso no va a funcionar conmigo. — Ella se encogió de hombros con indiferencia y siguió caminando, ignorando el leve gruñido de fastidio que soltó Luca tras ella.
Finalmente entraron en una boutique elegante.
Todo era de terciopelo, había espejos dorados y las dependientas se veían demasiado estiradas, pero a Ariadna le importaba una mierda eso, tenía dinero y quería gastarlo en un bonito vestido.
Eligió siete vestidos. Cada uno, más provocador que el otro.
Lo hizo sin disimulo, sabiendo que él observaba cada movimiento con esos malditos ojos de cazador.
—Puedes esperar ahí —le dijo, señalando un sofá junto a los probadores—. Pero trata de no babear mientras tanto.
Él se dejó caer en el sofá con una media sonrisa, y su postura relajada. A ella, no le pasó desapercibido como las dependientas no le quitaban el ojo a Luca.
—No te preocupes, estoy entrenado para situaciones extremas. —contestó él, ajeno a las babosas miradas de las chicas a su espalda.
Ella entró al probador con una carcajada ahogada. Aunque dentro del probador no lo veía ni escuchaba, podía sentirlo .
Ese hombre la desquiciaba.
Pero le encantaba verlo al borde del puto abismo.
Se cambió tres veces. Le mostró dos modelos solo para provocarlo. En uno tenía el escote tan bajo que juró haberlo oído rechinar los dientes.
Y entonces llegó el cuarto vestido. El más provocativo de todos los que había elegido.
De color rojo, muy entallado, con un escote en forma de corazón y una apertura lateral que dejaba ver todo el largo de su pierna, pero la joya de la corona estaba en la espalda del vestido, abierto hasta casi el trasero, dejaba poco a la imaginación y se ajustaba como una segunda piel.
Llevaba una pequeña cremallera en la zona del culo que Ariadna no conseguía subir sola.
Miró su reflejo en el espejo y sonrió como la bruja que sabía que estaba a punto de invocar el infierno.
—¡Moretti! —gritó desde el probador—. ¿Puedes llamar a alguna de las chicas? Este vestido me está dando problemas con la cremallera.
Se quedó en silencio observándose en él espejo, pero luego escuchó unos pasos acercándose al probador. Su piel se erizó al instante, reconocía esos pasos, no eran los de la dependienta, era el paso lento y firme de Luca.
Antes de que pudiera reaccionar, la cortina se corrió un poco y él entró en el reducido espacio del probador, llenándolo por completo con su olor, su presencia, y su puto calor corporal.
—¿Y si en lugar de llamar a la chica... te ayudo yo? —La voz de él sonó baja y ronca, provocando miles de sensaciones en ella.
Ella se giró con lentitud, dándole la espalda a Luca. Se quedó frente al espejo, dejando el vestido abierto por la espalda a la vista de él. Levantó los brazos recogiendo su largo pelo para pasárselo hacía adelante, con un gesto deliberadamente sensual.
—Si crees que voy a ponerme nerviosa por eso, estás más jodido de lo que crees.
Luca no respondió. La miró a través del espejo. Su mirada negra se encontró con la de ella, y Ariadna pudo advertir que ya no parecía enfadado, había algo más en esos pozos negros y profundos.
La espalda de Ariadna era perfecta, sin lunares, sin una marca o cicatriz.
Totalmente lisa, y ligeramente bronceada, adornada sólo con un tatuaje diminuto cerca del omóplato derecho. Un pequeño pájaro volando. El vestido se abría hasta la base de su espalda, dejando al descubierto un tanga de hilo negro que no dejaba nada a la imaginación.
Ella notó como Luca le recorrió la espalda con la mirada y tragaba saliva de forma lenta.
Era muy consciente de su cuerpo y de lo que provocaba en los hombres, pero ver a Luca afectado le estaba gustando demasiado.
Notó cómo el cuerpo de él se tensaba lentamente, pero ella se quedó allí esperando a que él le subiera la cremallera, aún sabiendo que le estaba viendo parte del culo y de su tanga.
Luca posó la mano en la cremallera y la levantó muy, muy despacio. Casi torturando a Ariadna con ese simple gesto.
Sus dedos rozaban apenas la piel de su espalda. Cada centímetro que cubría con tela era un suplicio para ella. Cuando llegó al final, los labios de Luca estaban demasiado cerca de su oído.
Se inclinó un poco más hacía ella, convoz grave, oscura y peligrosamente íntima, murmuró…
—Con ese vestido puedes romperle el cuello a más de uno. Pero vas a tener que disculparte conmigo.
Ella se tensó, por la cercanía de él, su aliento en el oído le había puesto la carne de gallina .
—¿Disculparme por qué?
—Por provocarme —susurró—. Porque un día, princesa, no voy a ser tan bueno.
Ella se giró tan bruscamente que él apenas tuvo tiempo de reaccionar. Le empujó el pecho con las dos manos.
—¡Sal del probador!
Él retrocedió un paso, sonriendo con esos malditos hoyuelos que hacían que medio campus se mojara con solo verlos.
—Como quieras princesa. —dijo alzando ambas manos de manera inocente.
Salió despacio, dejando la cortina correr tras él mientras su risa baja retumbaba en el pecho de Ariadna.
Ella se quedó inmóvil. Respirando hondo.
Estaba temblando. Se maldijo a sí misma.
Porque por un instante, solo uno… Había deseado que no saliera y que hubiera pasado algo más.
Eso le dejaba claro que estaba perdiendo la cordura por culpa del maldito soldado de su padre.