Princesa caprichosa
E l Maseratti negro esperaba frente a la escalinata de la mansión Bianchi como una bestia a la espera de rugir. El motor, aunque estaba apagado, parecía respirar debajo del brillante capó, como si compartiera la misma impaciencia que su dueño.
Luca llevaba más de diez minutos esperando a que saliera Ariadna, sentado dentro del coche, con el codo apoyado en la ventanilla bajada, y el otro brazo sobre el volante. El sol de la mañana arrancaba destellos metálicos del coche, y en el interior olía al café, que tenía Luca en el reposa vasos.
Desde su posición, podía ver las grandes puertas de la entrada, todo en esa casa era casi excesivo, mármol, grandes columnas, ventanales gigantes, guardias por todos lados, una calma falsa.
La calma de un imperio que se sostenía a base de sangre derramada.
A veces Luca pensaba que los Bianchi no vivían en una casa, si no en un altar erigido al poder
Justo en ese momento ella apareció en el umbral.
Se había cambiado de ropa. Ahora con unos jeans ajustados, dejando a la vista sus perfectas y largas piernas, camisa blanca con algunos botones superiores desabrochados, y su cabello negro como una maldita noche, cayéndole en suaves ondas por la espalda.
Ariadna caminaba con la cabeza alta, con una mezcla de orgullo y desafío que era imposible ignorar .
No lo miró al principio, ni siquiera cuando abrió la puerta del copiloto para sentarse delante junto a él, cerrando la puerta con un golpe seco.
El silencio dentro del coche se cargó de una energía densa, algo que Luca notaba siempre que estaba cerca de ella.
Giró la llave y el motor ronroneó como si despertara de un largo letargo.
Pero, nada. Ella seguía sin decir ni una sola palabra. El silencio solo se vio irrumpido por el sonido del cinturón de seguridad de Ariadna al abrocharse.
Perfecto, a él le gustaba empezar las mañanas con dinamita lista para encenderse y hacerla estallar.
Luca salió de la finca con el Maseratti.
El coche avanzó por el camino bordeado de cipreses, tragándose la distancia con el rugir del motor.
Aunque Luca tampoco había roto el silencio, la miraba de reojo cada poco, disfrutando de cómo fingía que no se daba cuenta de que estaba tragándose algo.
Pero su perfil se veía tan tenso como hermoso, y eso, lo irritaba tanto como le atraía.
Finalmente, Luca aburrido de que ella siguiera ignorándolo rompió el silencio.
—¿Te has quedado muda de repente, o es un nuevo método de torturarme? —La voz grave de él, sonó cargada de burla.
Ariadna se giró apenas, sus ojos azules fulminándolo.
—Pues depende… si te resulta doloroso el silencio será un placer seguir así todo el día.
Él sonrió, una sonrisa llena de hoyuelos, que ella fingía no mirar.
—Que generoso de tu parte princesa—Respondió él despacio, sin apartar la vista de la carretera—Pero no soy un hombre al que le gusten los juegos .
—¡Vaya! ¿Eso es una amenaza? ¿Debería temerte? —dijo ella imitando el tono burlón de él.
—Deberías princesa…—contestó él despacio.
—Qué suerte la mía entonces…—Ariadna lo miró desafiante—. No soy una mujer que se asuste fácil.
Luca sonrió de medio lado ante las palabras de ella, y pisó el acelerador del coche. El motor rugió aumentando la velocidad, con la presión del pie. El paisaje empezó a volverse una mancha sin forma.
El silencio en el coche volvió, solo interrumpido por el ruido del motor, y de las marchas al ser cambiadas, pero esta vez ese silencio estaba cargado de algo más, desafío, electricidad… una energía capaz de incendiar el puto aire.
Ariadna miraba por la ventana, se veía tranquila a pesar de la velocidad que estaba cogiendo el coche. Pero Luca sabía que era pura fachada. Podía verlo en la manera en que sus dedos se apretaban en sus rodillas, y en cómo el pecho subía y bajaba con el cambio de su respiración.
—¿Qué pasa princesa? —preguntó él con voz baja—¿No confías en mi forma de conducir? —Ella volvió la vista hacia él.
—No confío en ti, punto.
—Bien…—dijo Luca, pisando el acelerador a fondo.
El Maseratti se lanzó por la carretera devorando el asfalto.
Ariadna dio un ligero respingo, sujetándose al asiento, pero no gritó en ningún momento.
Luca sabía que ella no le daría ese gusto.
La miró de reojo divertido, viendo como la mandíbula de ella se tensaba.
La velocidad los envolvía. Los árboles apenas eran borrones verdes, el sonido del motor llenaba el habitáculo del coche, y aun así él solo veía una cosa… sus malditos ojos azules.
Fríos.
Desafiantes.
Y jodidamente hermosos.
—¿Pretendes matarnos? —preguntó ella rompiendo el silencio al fin, aunque su voz no tembló ni un ápice.
—Depende…—respondió él quitando la vista de la carretera para mirarla directamente, manteniendo el coche recto, sin desviar ni un solo segundo los ojos de los de ella. —¿Te asusta la idea?
El corazón de Luca latía con fuerza. No por la velocidad, si no por lo que veía en ella, no tenía miedo, tampoco había sumisión, había valor, y ese puto desafío que siempre tenía en la mirada. Pero había también algo más… ¿Fascinación?.
Ariadna le sostenía la mirada casi sin parpadear.
—Tendrás que esforzarte más Moretti, si quieres verme temblar.
—Sé cómo puedo hacerte temblar princesa… y no tiene nada que ver con la conducción temeraria.
Ariadna chasqueó la lengua volviendo la vista a la ventanilla. Luca soltó una sonora carcajada, y finalmente aflojó el pie del acelerador volviendo la vista a la carretera.
—Eres imposible…princesa.
—Y tu insoportable, soldato. —Ariadna abrió el espejito del coche para mirarse en él, como si nada hubiera pasado.
El coche volvió a la velocidad normal, se adentraron en el tráfico de la ciudad, y finalmente llegaron al campus donde Luca aparcó el coche.
Ella se desabrochó el cinturón con un gesto seco y abrió la puerta para salir. La luz del sol la bañó entera, sacando destellos de su pelo negro. Por un momento Luca se quedó mirándola embobado, sabiendo que su puto mundo se volvía cada vez más inestable estando ella cerca.
Ariadna se giró, inclinándose hacia la ventanilla. Luca la bajó a la espera de lo que ella fuese a hacer.
—Gracias por el paseo…—Dijo ella con una sonrisa venenosa —. Ha sido…encantador.
Y se giró para marcharse perdiéndose entre la multitud de estudiantes.
Él se quedó allí unos minutos más, con una estúpida sonrisa en los labios, y el pulso todavía acelerando por la adrenalina. Golpeó el volante con sus nudillos llenos de tinta y maldijo entre dientes.
No sabía que lo irritaba más, el deseo de romperla, o de besarla hasta que gritara su puto nombre.
Quizás las dos cosas.
Y tal vez, eso era exactamente lo que lo estaba destruyendo a él.
Se recostó en el asiento, la mirada perdida al frente. La universidad bullía de gente a su alrededor, pero él no miraba nada, solo tenía una imagen en mente, y era la de la jodida niñata.
Dios la odiaba…o al menos eso intentaba recordarse cada puto segundo.
Llevaba años alimentando ese odio. Había convertido la venganza en un propósito, en la única razón que lo mantenía respirando después de haberlo perdido todo.
Los jodidos Bianchi le habían arrebatado todo, hasta su maldito apellido, reduciéndolo solo a un puto fantasma.
Sin embargo…allí estaba, atrapado por unos malditos pero hermosos ojos azules, y una jodida sonrisa venenosa, que le parecía la más hermosa que había visto en su vida.
Luca exhaló pasándose una mano nerviosa por el pelo, golpeó el volante varias veces más maldiciendo. Finalmente arrancó el motor del coche, pero su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón.
Solo el nombre en la pantalla bastó para tensarlo más.
Romeo Bianchi.
Respondió la llamada, controlando su voz, interpretando el papel que tan bien se había aprendido.
—¿Si, señor Bianchi?
Al otro lado de la línea la voz de Romeo sonó firme y profunda, con esa autoridad que podía helar la sangre de cualquiera.
—Moretti, esta noche te necesito en el club, a las once, hay un asunto importante que atender… quiero que estés presente.
—Entendido, señor. —respondió Luca con seguridad.
—Bien Moretti, demuéstrame que puedo confiar en ti.
La línea se cortó. Así era Romeo, claro. Conciso, y esperaba que sus órdenes siempre fuesen acatadas.
Por un momento el sonido del motor en ralentí, fue lo único que Luca escuchaba.
Dejó el teléfono en el asiento del copiloto y apoyó la cabeza contra el volante. La ironía lo golpeó con fuerza. El hombre que quería su confianza era el mismo al que debía destruir.
Miró su reflejo en el espejo retrovisor y apenas se reconoció. Sus ojos negros, su pelo revuelto, su expresión cansada, era el mismo, pero no se veía igual. Un puto impostor con apellido falso.
—No olvides por qué estás aquí…—murmuró para sí mismo.
Finalmente salió del aparcamiento de la universidad.
El Maseratti se alejó entre el tráfico, devorando la distancia con la misma rabia que sentía él por dentro.
Estaba jodido, y tenía la certeza amarga que la persona que lo estaba jodiendo tenía ojos azules, y por su culpa estaba empezando a perder el puto control de su vida.
◆◆ ◆
El sol estaba en lo alto del cielo, abrasando el techo del coche negro donde Luca estaba apoyado. Sus brazos cruzados con la camiseta gris ceñida a sus músculos, las gafas oscuras puestas y una rabia que empezaba a hervir muy por debajo de la piel.
No sabía qué le molestaba más. Si la puta ropa de marca de los estudiantes, el bullicio de las voces jóvenes con cero conciencia del peligro que los rodeaba, o la jodida sonrisa de Ariadna Bianchi mientras caminaba entre ellos.
Pero no iba sola.
¿Cómo no?...
—Qué conveniente… —murmuró con un gruñido mientras entrecerraba los ojos.
Él otra vez.
El mismo idiota del día anterior, con su camisa ajustada, su pelo perfectamente desordenado como si no pasara dos horas frente al espejo. El tipo que creía que acercarse a la hija del mismo diablo, era buena idea.
El que ahora mismo, con una sonrisa de soy el maldito capitán del equipo , le estaba colocando un mechón de cabello a Ariadna detrás de la oreja.
Y ella… sonreía.
De verdad sonreía.
El cuerpo de Luca se tensó. No sabía exactamente por qué, pero hubo un clic interior, como un arma que se carga con rabia pura.
¿Qué coño estaba haciendo?
Ella podía tener veinte pretendientes si quería. Era hija de Romeo Bianchi. Intocable. Inaccesible, altiva, odiosa, y malditamente sexy.
Sin embargo…tonteaba con el gilipollas media neurona.
Cuando Ariadna se giró hacia el coche, sus ojos se encontraron por un segundo. Sus pasos se detuvieron. La sonrisa murió en sus labios. Durante un instante, solo uno, parecía que también lo había sentido.
Luca se bajó las gafas de sol un poco, solo lo justo para que ella viera sus ojos negros fijos en los suyos.
Vamos, princesa. Súbete al coche antes de que lo arranque y pase por encima de ese idiota. — pensó Luca.
Ella caminó hacia él con la barbilla en alto, el andar seguro, como si no acabara de flirtear con un imbécil de sonrisa fácil. Llegó hasta él y sin mediar palabra, se subió al coche sin mirarlo.
Luca sonrió, se dio la vuelta, y entró por el otro lado. Ella miraba por la ventanilla intentando ignorarlo, volviendo a su pose de princesa de hielo. Luca encendió el motor. El rugido del coche llenó el silencio como una bestia enfadada.
Apenas había salido del campus cuando Ariadna rompió el silencio con su típico tono de indiferencia forzada.
—¿Qué pasa, Moretti? ¿Estás celoso?
—¿Celoso? —repitió él, sin mirarla—. Por favor, princesa. Si quisiera algo complicado y ruidoso, me compraría una moto vieja. Me sería más útil, y menos propensa a morder.
—¿Te crees muy gracioso?
—No. Pero soy paciente. Y eso ya es bastante milagro contigo al lado todos los días.
Ella resopló y se cruzó de brazos, girando el rostro hacia la ventana.
—Me vas a llevar al centro comercial. Necesito comprar un vestido para la fiesta de una amiga. No tengo ganas de discutir, así que no pongas cara de perro rabioso.
Luca giró lentamente la cabeza hacia ella.
—Debería llevarte a casa… recibo órdenes de tu padre, no tuyas .
—Eres mi guardaespaldas, y necesito ir al centro comercial, así que o me llevas, o cojo un bus, me da igual.
No te pido que seas mi niñera, tampoco eres mi padre, y ni mucho menos mi novio.
Puedo hacer lo que me dé la puta gana, y no lo que un tipo armado con cara de haber echado un mal polvo, con problemas de actitud, me dé órdenes.
Él apretó el volante tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—Si tuviera que proteger a otra princesa caprichosa, te juro que me pegaba un tiro en la pierna para que me den baja por estrés.
—¿Quieres un pañuelo para llorar, Luca? —le respondió con esa maldita voz dulce que usaba cuando quería irritarlo—. O una galletita. De esas que comen los perros entrenados.
Él soltó una carcajada seca.
—No te tengo que seguir a todos lados, ¿sabes?
—Pero lo haces. Porque papá te lo ordenó. Y tú haces lo que él dice como buen perrito leal, ¿no?
El motor rugió cuando Luca cambió de marcha, más rápido de lo necesario. El coche aceleró por la autopista con un bramido peligroso.
Silencio.
Solo el sonido del motor y la tensión eléctrica que llenaba el espacio entre ellos como una amenaza latente.
Ella lo exasperaba.
Más de lo que se atrevía a admitir. Más de lo que era capaz de soportar sin querer arrancarle la ropa a mordiscos, o ponerla contra la pared solo para demostrarle que no tenía la última palabra.
No. Ese no era el plan.
Tenía un objetivo.
Venganza, sí .
Y Sangre. Necesitaba derramar sangre ya.
Necesitaba justicia para su familia.
Y no iba a dejar que una princesa de piernas largas, por muy guapa que fuera, y que tenía la boca llena de veneno, lo desviara.
Pero entonces ella lo miró de reojo. Y sonrió. Dibujó en su hermoso rostro una sonrisa ladina.
Como si supiera exactamente qué tipo de infierno le hervía a él por dentro.
Luca se dio cuenta de algo muy jodido.
Estaba malditamente condenado por la puta princesa de la mafia.
Pero él no era de perder batallas. Y esta no la iba a perder, por mucho que ella se empeñara en destrozarlo.