¡Maldito Bocazas!
L a mañana amaneció gris, casi tanto como el humor de Ariadna.
Estaba agotada. Su maldita cabeza no había parado en toda la noche, y no había pegado ojo.
Se vistió de manera informal, como siempre, y bajó las escaleras para ir a desayunar, pero sus pasos se volvieron más lentos al escuchar la voz de su padre.
Bajó los últimos escalones casi de puntillas y se asomó al pasillo principal.
Se quedó semi escondida detrás de una de las columnas de mármol, observando la escena que se desarrollaba ante ella.
Sus padres estaban ahí, en perfecta armonía.
Romeo como siempre impecablemente vestido de negro, camisa ajustada que acentuaba sus músculos.
Los tatuajes que le recorrían el cuello y brazos eran un poco visibles por encima de la camisa.
Su padre, estaba inclinado hacía su madre Samantha, con una expresión que Ariadna rara vez veía.
Sus ojos verdes brillaban con amor, puro y devoto por su madre.
Samantha, se veía diminuta y delicada junto a Romeo, con su piel blanca salpicada de pecas, y el cabello rojo recogido en una coleta.
Miraba a su marido con una sonrisa que bien podía cegar al mismísimo sol.
Los ojos azul hielo de su madre, eran idénticos a los de Ariadna y Sandro, pero mirando a su padre desprendían un brillo particular.
Ariadna que observaba todo desde su escondite sintió un pellizco en el pecho.
—Duendecillo…—Susurró Romeo, con una voz grave pero cálida. — ¿Me esperarás para cenar hoy?... o te volverás a quedar dormida…—La mano de Romeo subió para acariciar la mejilla de su esposa, que por puro instinto inclinó la cabeza hacia su mano.
—Lo intentaré… pero no me hagas esperar demasiado. —contestó Sam, mientras le colocaba la camisa bien a su esposo, como si Romeo no fuese ya demasiado excéntrico en su perfección como para llevar algo fuera de lugar. Pero era un gesto cariñoso y Romeo le sonrió a su esposa.
—Bueno, aunque debo admitir que llegar a casa y verte babeando la almohada con una de mis camisetas es también una visión encantadora— Samantha lo miró con fingida indignación.
—Serás tonto…—Sam le dio un manotazo a Romeo en el hombro y este sonrió aún más.
Ariadna no quería moverse del sitio, no quería interrumpirlos. Ella anhelaba eso que sus padres tenían. Quería un amor de verdad como el de ellos. Ver a su padre, el hombre frío y duro. El capo más temido de Roma, hablarle así a su madre…. Ella soñaba con que alguien la amara de esa forma.
—Debo irme duende, tengo varias reuniones hoy y el viejo de Max está cada día más insoportable. Un día de estos él y los gemelos van a hacer un complot para quitarme de en medio. —Aunque Samantha sabía que Romeo estaba bromeando, se puso seria.
—Si alguno de esos tres gruñones te ponen un solo dedo encima, seré yo misma la que los entierre. —Romeo sonrió y acercó su frente a la de su mujer.
—Nada más me importa, salvo que tú y los niños estéis bien.
Cada riesgo, cada pelea, todo vale la pena porque sé, que al llegar a casa estás tú.
Te amo más de lo que una simple palabra puede contener, más de lo que nadie podría llegar a entender nunca…
Eres tan, jodidamente mía, Sam—Romeo bajó la cabeza y besó a su esposa.
Fue un beso cargado de am or y promesas.
Samantha le respondió al beso con la misma necesidad.
Ariadna soltó un leve suspiro al verlos.
—Vuelve a casa pronto…Te amo Rom.
Romeo le acarició la mejilla a Sam una vez más y le sonrío antes de darse media vuelta y desaparecer por la puerta.
Sam se quedó unos segundos más mirando la puerta y finalmente se dirigió a la cocina, solo entonces Ariadna salió de su escondite.
Ver a sus padres así era algo que rara vez pasaba.
Sus padres mantenían su intimidad muy en privado, y aunque su padre trataba a su madre con cariño y amor, no era lo normal verlos actuar así en público, pero Ariadna era consciente del amor que se tenían.
Y era lo que ella soñaba con llegar a tener algún día.
Se recompuso rápidamente y se dirigió a la cocina para desayunar, su mente seguía siendo un revoltijo de emociones, pero quería seguir con su vida, ir a la universidad e intentar volver a la normalidad.
El aroma del café recién hecho invadía la cocina de la finca con una calidez que no combinaba en lo más mínimo con el humor de Ariadna esa mañana. Samantha sonrió a su hija cuando la vio entrar y le puso una taza de café delante.
Se dejó caer en una de las sillas de la enorme isla central, con el ceño fruncido, y cogió la taza entre las manos como si contuviera veneno en lugar de café. No había dormido bien. No después del encuentro con él.
Maldito Moretti.
Malditos sus músculos.
Y sus tatuajes.
Y sus hoyuelos de demonio encantador.
—Buenos días, princesa dormilona —canturreó su hermano Sandro entrando a la cocina, recién salido de la ducha, con el pelo negro aún mojado, y ese pendiente con forma de cruz brillando en su oreja derecha.
—Vete al infierno, Sandro. —gruñó Ariadna. No tenía ganas de las gilipolleces de su hermano adolescente.
—Ya estuve anoche, gracias. —Se dejó caer a su lado y le dio un beso sonoro en la sien, sabiendo que la enfadaría aún más—. ¿No dormiste bien? ¿Pesadillas? ¿o llevas mucho tiempo sin echar un polvo hermana? Ese guardaespaldas tuyo está bastante bien ¿no crees?
Ariadna giró su cabeza tan rápido que por poco se le cae la taza de café de las manos.
—¿Perdona?
Sandro sonrió como el diablillo que era.
—Vamos, Ari. No soy tonto. Te vi anoche con Khaos . Él estaba sin camiseta. Tú estabas... con tus ositos asesinos. Si la tensión entre vosotros fuera más densa, la podríamos cortar con un cuchillo de mantequilla.
—¿Cómo me viste? ¿Acaso ahora me espías hermanito? —Ariadna lo miró con el ceño fruncido.
—Nah… tu vida no me parece nada interesante, pero el campo de entrenamiento se ve desde la ventana de mi habitación…hermanita. — Sandro le contestó, imitando el tono de ella.
—Estaba entrenando al perro. Él apareció de repente. Como siempre. —Bufó—. No sé qué le pasa por la cabeza a papá contratando a ese gilipollas arrogante tatuado, con aires de macho alfa.
—Sí que está bueno, ¿eh? —Sandro soltó una carcajada—. Admítelo… he visto a las criadas babear por él.
—¡Cállate! —gruñó ella, tirándole una servilleta.
Fue en ese momento que Samantha se interpuso, había estado callada todo el rato, pero Ariadna está cada vez más furiosa y su madre notaba cuando era el momento de intervenir.
Vestida con un conjunto color salmón, sus rizos pelirrojos recogidos en una cola y un brillo natural en la piel que siempre la hacía parecer más joven.
Llevaba su taza de té y un plato con tortitas.
—Cómo no dejéis de discutir, os dejo sin tortitas. —Sam, fulminó con la mirada a sus dos hijos, alternando de uno a otro, con un gesto serio.
—Sandro está diciendo estupideces —protestó Ariadna.
—¿Y tú cuándo no? —resopló su madre clavando la mirada en Sandro.
—¡Ey! —Sandro se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido—. Mamá, ¿me estás diciendo que no valoras mis observaciones profundas sobre la vida amorosa de Ariadna?
—¿Vida amorosa? —Samantha dejó el plato de tortitas sobre la encimera con un golpe seco —.
Sandro, por favor, no me hables de vida amorosa tú.
—Samantha cruzó los brazos y frunció sus perfectas cejas pelirrojas.
—Tú tienes demasiada vida amorosa. La última vez que paseé por el jardín, había una chica llorando al lado de la fuente. ¿Quieres explicarme eso?
Sandro frunció los labios, fingiendo pensar.
—¿Era rubia o pelirroja?
—¡Sandro! —Le reprendió Samantha con cara de horror.
—Vale, vale, mamá. Creo que era pelirroja. Pero fue un malentendido, de verdad. Creyó que no busco nada serio era una metáfora romántica.
Samantha apretó los labios, claramente frustrada con su hijo, conteniéndose de no decirle más de cuatro cosas .
Ariadna bufó, arrastró la silla de forma sonora y se levantó para ir a por más café. Aunque lo que necesitaba en ese momento eran unos chupitos de tequila.
—Me voy a volver loca en esta casa —murmuró Ariadna, sirviéndose otra taza—. ¿Y a qué hora planea aparecer mi sombra hoy?
—¿Luca? —preguntó Sandro con una sonrisa burlona—. ¿Por qué, hermanita? ¿Tantas ganas tienes de verlo?
Ariadna clavó sus ojos azules, fríos como el hielo en su hermano, justo cuando una voz grave rompió la tensión que había entre los dos hermanos.
—¿Interrumpo algo?
La taza tembló levemente en la mano a Ariadna
Ahí estaba. Su pesadilla en persona.
Luca. Como si lo hubiera invocado como a una jodida maldición.
Estaba en la puerta, apoyado contra el marco, con un pantalón negro perfectamente ajustado, una camiseta gris que se aferraba a sus brazos tatuados, y esa maldita mirada oscura que hacía que cada célula en el cuerpo de Ariadna entrara en combustión.
—No —respondió Samantha con amabilidad—. Pasa, Luca. ¿Quieres un café?
—Gracias, señora Bianchi, ya he desayunado —su voz era baja, educada, pero sus ojos se clavaron en Ariadna con una chispa de diversión.
Lo sabía. Lo hacía a propósito.
Ariadna lo ignoró. O, al menos, lo intentó.
—¿Nos vamos? No quiero llegar tarde —dijo ella apresuradamente, evitando su mirada, y agarrando su mochila.
—¿No me esperas para llevarme al instituto? —preguntó Sandro con tono inocente.
—No —Ariadna caminó hasta la puerta sin mirar a nadie—. Vamos, Luca.
—¿Estás segura? no me importa llevarlo. Me cae bien tu hermano —dijo él detrás de ella con un deje de burla.
—¡Vamos o llegaré tarde! —Contestó ella a modo de respuesta.
Sandro alzó los pulgares, con una sonrisa de imbécil tatuada en la cara.
Samantha suspiró cansinamente.
—Me van a matar de un ataque al corazón, lo juro por Dios. — Replicó Samantha volviendo la atención a su taza de té.
Luca alcanzó a Ariadna con pasos largos, y al pasar junto a Sandro, le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Nos vemos, campeón.
—Hasta luego tío. —Se despidió este.
Sandro lo observó irse con una sonrisa de oreja a oreja.
—Este va a romperle el corazón a mi hermana, o a hacerla matar a alguien. Y no estoy seguro de cuál pasará primero —murmuró entre dientes.
Samantha se llevó la taza a los labios antes de contestar.
—Conociendo a tu hermana… probablemente las dos.
Sandro soltó una sonora carcajada que Ariadna escuchó desde el pasillo y le hizo rechinar los dientes.
— Soldato, tengo que coger algo de mi habitación, espérame fuera en el coche, no tardaré demasiado. —Sin dejarle lugar a réplica, Ariadna subió las escaleras rumbo a su dormitorio, respirando hondo, para enfrentarse a un nuevo día con Luca.