La sombra de ojos negros
El portazo de la puerta de su habitación resonó en el pasillo como el eco de un disparo.
Ariadna se apoyó contra la puerta cerrada, y dejó caer la cabeza hacía atrás dándose un golpe con ella.
Exhaló con fuerza, tratando de controlar su respiración, que aún estaba agitada.
Khaos , a su lado, se tumbó sin hacer ruido, pero sin apartarle la mirada a su dueña.
Como si supiera que ella estaba a punto de explotar.
La habitación estaba en penumbra. Solo iluminada por la luz de la luna al colarse a través de las cortinas. Todo parecía en calma, pero dentro de ella había una puñetera tormenta luchando por salir.
Se pasó las manos por la cara varias veces, intentando borrar la imagen de Luca.
El muy hijo de puta era una obra de arte.
Incluso sudado. Al verlo, con su piel brillando bajo la luz de la luna, y con esos malditos hoyuelos que le salían al sonreír, algo se le había removido por dentro.
Algo que no quería ni nombrar. Pero él, con esa jodida arrogancia, que a ella le sacaba tanto de quicio, parecía tan tranquilo, tan pagado de sí mismo.
La volvía loca, y no en el buen sentido de la palabra.
Luca Moretti.
Su maldita sombra.
Un perro guardián impuesto por su padre. Un puto soldado más, que encima, se creía con derecho a provocarla, a invadir su espacio, y mirarla como si conociera todos sus malditos secretos.
—Maldito gilipollas —gruñó ella .
Se apartó de la puerta, y cruzó la habitación con pasos rápidos.
Se quitó las zapatillas de estar por casa, ahora sus pies apenas hacían ruido sobre el suelo de mármol.
La rabia aún le ardía en el cuerpo. Pero en la boca de su estómago se había quedado alojado algo en forma de bola.
Un nudo indescifrable que la crispaba más.
No podía ser deseo…No. Estaba segura que era el calor del momento. El orgullo herido. El maldito desafío continuo al que se veía sometida por él. Esa mirada burlona, y su puñetera cercanía. Porque sí, Luca se había acercado tanto que había podido olerlo…
Un aroma que ahora tampoco se podía quitar de la cabeza. Una mezcla de sudor y menta, que le había parecido jodidamente sexy.
—No, borra eso, no es sexy…—se repitió a sí misma, sacudiendo la cabeza, como si así pudiera eliminar los pensamientos de forma más efectiva.
Ariadna se miró en el espejo del tocador de su dormitorio.
Su pijama de ositos de pantalón corto, el más ridículo y cómodo que tenía, ahora le parecía horrible, y él la había visto así.
Más bien, la había recorrido con la mirada de arriba abajo, lenta y descaradamente, y ella se había quedado inmóvil, no se había movido ni un centímetro, era demasiado orgullosa para ceder ante él.
Y claro, Luca como no, había notado el desafío impreso en su postura y su mirada.
—Es solo un capullo arrogante. —refunfuñó ella, frente al espejo.
La imagen de Luca le azotaba la mente una y otra vez.
Su pecho lleno de tatuajes, el brillo del sudor, su pelo revuelto, su mirada oscura cargada de tantas cosas.
El aire se había vuelto denso entre ellos, y encima cuando él le había dicho que le diera la orden a Khaos para atacar, ella no había sido capaz, y eso la estaba atormentando.
Era una Bianchi, y los Bianchi nunca, jamás, retrocedían .
Con un gruñido frustrado se dirigió al baño. Necesitaba calmarse. Enfriarse. Alejar esos malditos pensamientos.
El vapor empezó a llenar el aire. Dejó el agua correr hasta que estuvo a la temperatura que quería.
Se quitó el pijama de ositos lanzándolo al cesto de la ropa sucia, como si lavando el pijama pudiera borrar esa noche de su cabeza, y se metió en la ducha dejando que el agua recorriera su cuerpo, pegando su pelo negro a su espalda hasta casi rozar el culo.
Pero el contacto del agua no logró calmar nada dentro de ella. Porque seguía viéndolo en su cabeza.
Ojos oscuros .
Sonrisa de hoyuelos
Músculos tensos llenos de tatuajes.
Apretó los ojos con fuerza.
No. No podía permitirse pensar en él así. Era su puto carcelero disfrazado de tío bueno.
El hombre al que debía quitarse de encima. Aburrirlo hasta que renunciara. Pero su cuerpo cada vez que se cruzaban, la traicionaba un poco más. Como si el odio que sentía se fundiera en sus venas convirtiéndose en algo más espeso, más peligroso. Un deseo que la quemaba por dentro.
Quiso centrarse en cualquier otra cosa. En sus amigos. En sus padres y su hermano. En la universidad. Pero no. Luca volvía a su puta cabeza una y otra vez…
Cerró los ojos, y dejó sus manos recorrer su cuerpo.
A pesar de la ducha se sentía arder. Se mordió el labio cuando sus manos rozaron sus pezones que estaban duros como piedras, aún excitados, pero en su mente no eran sus manos, no, eran unas manos robustas, grandes, llenas de tatuajes.
Tras esas manos un cuerpo musculoso lleno de tatuajes también, olor a menta, y unos ojos negros burlones...
Y una palabra… Princesa Ariadna soltó un leve gemido, y una de sus manos se mantuvo en su pecho, mientras la otra mano, bajó por su vientre hasta encontrar la humedad entre sus piernas.
Estaba muy, muy cachonda. Llevaba cachonda desde el puto encuentro con Luca…
¡Y joder, ya no podía más, necesitaba liberación!
Se pasó los dedos por la abertura resbaladiza y frotó su punto sensible, sin dejar de torturar sus pechos con la otra mano.En su mente la estaba tocando él.
Lo podía ver claramente, su sonrisa de hoyuelos, sus respiraciones mezclándose, la mirada oscura de Luca clavada en los ojos de ella, mirándola intensamente mientras ella se derretía de placer por su culpa, y así, casi sin darse cuenta un orgasmo la sacudió, dejándola temblando y con la respiración agitada.
Abrió los ojos lentamente volviendo a la realidad de golpe.
Se había masturbado pensando en Luca, y lo peor, es que había sido el mejor puto orgasmo de su vida.
Ariadna apoyó la frente en la pared de la ducha intentando controlar su mente y su cuerpo que aún temblaba por el orgasmo.
Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, parecía querer escapar de su pecho.
Luca Moretti era su puta perdición.
—Te odio…te odio…te odio…—dijo con la frente aun pegada a los azulejos, no teniendo muy claro si se lo decía a él, o a ella misma.
Pero el eco de esa frase se deshizo ante ella. En la ducha con solo el ruido del agua cayendo, supo que era una mentira, porque odiarlo no la hacía sentir así.
El odio no abrasaba de esa manera, no hacía que el pecho se apretara con anhelo, no dejaba un sabor dulce y amargo al mismo tiempo.
El odio no hacía querer enfrentarlo de nuevo, solo para tenerlo tan cerca como la última vez.
Apretó los ojos avergonzada de sí misma, del caos que él provocaba en su interior.
El agua seguía cayendo, implacable, pero ya nada borraba los sentimientos y sensaciones que parecían haberse tatuado en la piel de ella.
Cuando por fin fue capaz de cerrar el grifo, el baño estaba cubierto de una nube de vapor que no dejaba ver nada.
Ariadna se quedó quieta, con el corazón aún acelerado.
Sabía que debía odiarlo.
Sabía que debía mantenerse firme, y mantener la distancia.
Pero en el fondo deseaba volver a verlo, volver a desafiarlo, ver si ambos podían soportar la tensión sin perder el control.
Se envolvió en una toalla y se miró en el espejo empañado, restregó con la mano, quitando el agua para verse mejor. Sus ojos azules le devolvieron la mirada. Ella solía transmitir frialdad, pero en ese momento tenían un brillo distinto.
Había rabia, sí, pero también algo más. Algo que aún no estaba muy segura de que era, ni de si estaría dispuesta a admitir alguna vez.
—Maldito Moretti. —Gruñó ella. —Te juro que no vas a poder conmigo.
Pero mientras decía eso mirando su reflejo en el espejo, no estaba tan segura de quien acabaría venciendo a quién.