Luca (Sangre Bianchi 2) Fantasmas del pasado
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Fantasmas del pasado

E l aire nocturno le quemaba la piel del torso desnudo como si de fuego se tratase. No era el sudor del ejercicio, ni tampoco el calor por el esfuerzo físico. Era por ella. Esa niñata, con su pijama de ositos. Ese puto pijama que, a pesar de ridículo, era malditamente sexy puesto en ella.

El frío de la noche, debería calmar el fuego que sentía, pero, por el contrario, notaba su cuerpo arder con cada zancada que daba para alejarse del campo de entrenamiento. Siguió corriendo. Sus zapatillas de deporte hacían crujir la grava bajo sus pies.

El silencio solo era interrumpido por su respiración ligeramente agitada, pero su cabeza era un hervidero de emociones y pensamientos.

—¡Maldita sea! —gruñó mientras seguía corriendo en dirección a la cabaña de invitados, apretando el paso. Como si ir más rápido, le sirviera para alejar a Ariadna de sus pensamientos.

¿Cómo era posible que una niñata mimada, con una sonrisa cínica y un perro asesino lo hiciera sentir así ?

Aminoró la marcha y se pasó la mano por el pelo húmedo y revuelto por el ejercicio.

El recuerdo del momento aún bailaba en su cabeza.

Ella frente a él, desafiándolo con esos jodidos ojos azules como el maldito hielo, esos labios de color rosado que definitivamente estaban hechos para el puto pecado.

Ella estaba temblando, lo había notado. Podía ser de la rabia contenida, pero había algo más, los ojos no mentían, y había visto algo en ellos .

Además el cuerpo de ella había reaccionado a él. Se había dado cuenta, en la forma en que su respiración había cambiado, y luego había intentado azuzar al perro.

¡Joder! eso solo lo había puesto más cachondo.

Él la había provocado para ver hasta dónde era ella capaz de llegar. Para verla cruzar esa línea, solo para que le demostrara que realmente no le tenía miedo.

Luca sacudió la cabeza en un intento de borrar todas las malditas imágenes que lo estaban volviendo loco.

Llegó a la entrada de la casa, y empujó la puerta con fuerza, casi con rabia.

La madera crujió en protesta al golpear la pared.

No se molestó en encender las luces, había memorizado cada rincón de su nuevo hogar.

El sofá de cuero negro, la botella de whisky que había dejado en la mesa de centro, junto a la botella uno de sus revolver descargado, todo exactamente como él lo había dejado.

Se sirvió un vaso del whisky y alzó el vaso dejando que la luz de la luna que entraba por la ventana reflejara el líquido ambarino de la bebida, y luego se lo llevó a los labios para bebérselo de un solo trago, dejando que el alcohol le abrasara la garganta a su paso.

Quería olvidar la sensación de su respiración golpeándole el rostro.

El dulce aroma que ella desprendía. La maldita imagen de ella con ese puto pijama de ositos, que no encajaba con la manera en que su cuerpo se amoldaba a la tela, haciendo que algo que debería verse inocente fuese una maldita arma para manipular a cualquier hombre que tuviese ojos en la cara.

Ella era puro veneno disfrazado de inocencia.

Soltó el vaso en la encimera de la cocina, y apoyó las palmas de las manos en el frío mármol cerrando los ojos, frustrado. Las imágenes de su pasado lo azotaron con fuerza .

El apellido Bianchi seguía siendo una herida abierta para él.

Su padre, su familia, su sangre... Todos estaban muertos por culpa del bastardo de Romeo.

Las imágenes de su infancia acudieron a él como un maldito huracán. Recordaba el olor de la sangre. Aún podía sentir los escalofríos, el miedo. Podía escuchar los gritos. Sus ojos se quedaron mirando a la nada, pero su mente estaba allí de nuevo...

Habían pasado veintitrés malditos años, pero el recuerdo estaba muy vivo en su memoria.

Los flashes acudieron a su cabeza, como de costumbre.

Era un día como otro cualquiera. Un día bonito de sol.

Vivían en una casita a las afueras, aunque no era muy grande, era acomodada.

Su padre se había encargado de que no les faltara de nada, aunque no vivieran bajo el mismo techo.

Su madre siempre le había asegurado que estaban protegidas por él.

Era un niño feliz. Solo tenía siete años cuando todo su mundo se vino abajo.

Estaba jugando en el jardín.

Hacía calor. Esa mañana se había bañado con su madre en la piscina, le estaba enseñando a nadar.

Su Nana, estaba con él. La niñera que junto a su madre lo había criado y educado.

Estaban riendo, cuando unos hombres armados entraron en las tierras de su madre, lanzando tiros a todos los empleados que se cruzaban en su camino.

Su Nana lo había agarrado de la mano, y se lo había llevado a una de las casetas de herramientas de jardinería y le había ordenado que se escondiera allí, y que no saliera bajo ningún concepto.

Él siempre había sido un niño obediente.

Su madre estaba orgullosa, siempre se lo decía.

Recordaba perfectamente el raspón en el codo al esconderse en la caja, y como aquel lugar olía a tierra húmeda y productos para el jardín.

También recordaba, como se tuvo que tapar los oídos para apagar el ruido de los disparos, y de los gritos, hasta que todo se quedó en silencio absoluto.

El raspón del codo le escocía, y las lágrimas empujaban por salir, pero quería que su madre lo felicitara por ser un niño mayor, y se tragó las lágrimas negándose a dejarlas salir.

Quería salir de allí, pero tenía mucho miedo y no se atrevió.

El miedo le salvó la vida, porque minutos después, los hombres malos entraron a la cabaña a mirar si había alguien, pero Luca era pequeño y estaba bien escondido dentro de una vieja caja de madera apilada al fondo, rodeada de trastos viejos.

Aunque no podía verlos, si los escucho. Y un nombre se le quedó grabado en su mente infantil.

—Nos dará una buena recompensa por esto—dijo uno de los hombres malos—Romeo Bianchi tiene lo que quería. Nosotros lo hemos logrado. El jefe estará orgulloso de que lo sirvamos.

Romeo Bianchi.

Luca no sabía quién era ese hombre, ni por qué los estaba atacando. Su mente infantil no era capaz de procesar ese tipo de crueldad.

Estuvo escondido durante horas, hasta que el cansancio y el hambre lo hicieron salir de su escondite.

La casa estaba en silencio, y él temblaba de miedo y frío.

Cuando entró, la escena más terrorífica que había visto en su vida se grabó en la retina de sus ojos, como un puto tatuaje a fuego en la piel.

Toda la gente que conocía y amaba estaban muertos. ; Criados, amigos, su adorada Nana…

Subió los escalones, en dirección a la habitación de su madre, necesitaba saber si estaba viva.

Si como él, había podido esconderse. Pero lo que encontró allí solo hizo que su pequeño corazón se terminara de romper por completo.

Su madre, su preciosa y cariñosa madre, yacía en la cama, la ropa desgarrada, la cara desencajada por el horror, y un agujero de bala en medio de la frente.

La sangre ya coagulada, manchaba las sábanas blancas de su cama y parte de su hermoso rostro.

Luca se subió a la cama, le rozó el rostro, con su pequeña mano.

La llamó varias veces, le decía que los hombres malos se habían ido, que ya podía despertarse, pero su madre también se había ido, y cuando fue consciente de eso se acurrucó con ella, dejando que las lágrimas que aún no había soltado, cayesen libres por fin, aunque el nudo del pecho no se le quitó.

Recordaba perfectamente el frío de su cuerpo.

Pero no le importó, estaba con su madre, era donde quería estar.

No recordaba mucho más de los días siguientes, solo pasar por algunas casas de acogida, la policía le informó, que su padre y el resto de sus parientes también habían muerto…

al parecer había sido un accidente doméstico.

Una desgracia para un niño tan pequeño, en ese momento él no preguntó más. Años después descubrió que su padre también había muerto a manos de Romeo Bianchi. Ese nombre, en un adolescente enfadado con la vida, era una jodida sentencia de muerte.

El recuerdo se desvaneció de la misma manera que había aparecido.

De forma brusca.

Luca sacudió la cabeza, volviendo al presente. Se pinzó el puente de la nariz, frustrado. Le pasaba a menudo. Volver a estar en su casa, en ese maldito día.

Las sensaciones volvían a él como si las estuviera viviendo de nuevo.

Pero no, ya no era un niño de siete años.

Ahora era un hombre dispuesto a cobrar el precio de la vida de sus seres queridos.

Pensó en su madre, en lo que pensaría de él si lo viera ahora.

Seguramente, esta vez no estaría orgullosa.

Su madre no era una mujer violenta. Ni siquiera le puso una mano encima cuando de niño se portaba mal.

Ahora él se había convertido en un monstruo vengativo y le daba igual cobrarse la vida de alguien, si así aliviaba el peso de su conciencia.

Si así, vengaba el recuerdo de su dulce madre .

Ahora él estaba infiltrado, en la casa de su peor enemigo, fingiendo una lealtad que no sentía, mientras planeaba la caída de su puto imperio.

Todo lo hacía con ese propósito, lo tenía todo planeado… Pero la pieza que pensaba destruir primero era la que lo estaba descolocando por completo.

Ariadna Bianchi.

Un punto débil que no debía existir.

Esta maldita atracción que sentía por ella no estaba en sus planes, y lo estaba desarmando sin tan siquiera intentarlo. Lo peor es que la condenada niñata, sabía que en cierta manera le afectaba.

Por eso lo miraba así, con esa mezcla de desprecio y curiosidad, como si quisiera entenderlo y odiarlo al mismo tiempo. Como si quisiera volverlo malditamente loco.

¡Y vaya si lo estaba consiguiendo!

Luca gruñó entre dientes, y cogió de nuevo el vaso para lanzarlo contra la pared. El cristal se rompió en miles de pedazos. Seguidamente dio un puñetazo a la encimera. Quizás si sintiera dolor, se recordaría mejor para que cojones, se había metido en la boca del lobo.

Así con las manos en la encimera, la cabeza gacha, los músculos de su cuerpo en tensión, y el puto corazón latiéndole con violencia, se regañó a sí mismo una y otra vez.

No podía permitirse eso.

No podía desearla.

No podía mirar a la hija del hombre que destruyó su vida y no pensar en ello constantemente.

Hasta el maldito perro de ella parecía saber lo que era él.

Alguien capaz de destruir a todos los Bianchi, incluso si él mismo, era arrastrado en el proceso .

Respiró hondo varias veces, intentando recuperar el control.

Era algo que siempre lo había definido.

Frialdad.  Precisión. Tener el puto control de todo.

Hasta que la princesa de la mafia se había cruzado en su camino. Con esos ojos azules como el frío hielo que le había robado el poco equilibrio mental que aún conservaba.

Se giró y fue hasta el sofá, dejándose caer pesadamente. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente no paraba.

El temblor del cuerpo de ella. Su jodido olor, todo seguía grabado a fuego en su mente.

—No es deseo... es odio…tiene que ser odio, necesito la venganza…—se repitió como un mantra. Pero mientras se lo decía, sabía que se estaba engañando a sí mismo.

Aquello no era una simple atracción. Había follado con muchas mujeres, más de las que podía recordar, pero aquello era diferente.

Una especie de obsesión retorcida. La clase de atracción que se siente hacía algo que sabes que está prohibido, pero que a pesar de que sabes que puede destruirte, eso solo te hace desearlo aún más.

Se pasó ambas manos por la cara frustrado. Debía interpretar su papel. Mantenerse al margen con ella. Recordar quién era, y por qué estaba allí.

Luca soltó una risa amarga.

—Ella es la hija del enemigo… Y tu imbécil, cayendo en su puto juego. —Murmuró con voz ronca.

Pero aquello no era un juego, no. Era una maldita guerra. Una guerra que había empezado mucho antes del nacimiento de Ariadna. Aun así… sabía que si la volvía a tener tan cerca… No estaba seguro de poder recordar de qué bando estaba .

Apretó los puños y miró los cristales rotos brillando con el reflejo de la luna.

Cada trozo de cristal era como un pedazo de su control; Roto y disperso, sabía que debía recomponerse.

Sabía que no debía flaquear, no ahora que estaba tan cerca.

Pero lo único en lo que podía pensar era en esos ojos, y en el desafío impreso en ellos, en la próxima vez que lo volviera a desafiar.

Solo imaginarlo su cuerpo vibraba con algo totalmente desconocido para él.

¿Lo peor?

Lo peor era lo mucho que deseaba que lo volviera a hacer. Porque su mente se relamía cada vez que la princesita alzaba su mentón con orgullo, o le sostenía la mirada sin apartarla de la suya.

Luca lo tenía cada vez más claro.

Pensaba atraerla a la madriguera del conejo, para luego enterrarla viva, y bailar sobre su puta tumba, mientras Romeo Bianchi sufría, como sufrió él, siendo solo un niño.

Por su madre, por su Nana… Y por todos aquellos, que murieron bajo el cuchillo de un Bianchi.