Luca (Sangre Bianchi 2) ¡Ni en tus mejores sueños! #2
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¡Ni en tus mejores sueños! #2

La chica, como si recién advirtiera que sobraba, les lanzó una mirada a ambas, pero fue Julia quien sonrió como una arpía en dirección a ella.

—Hola. —dijo la rubia de segundo año con dulzura venenosa.

—Hola y adiós— Soltó Ariadna, dirigiéndole una mirada, qué si hubiesen sido balas, la chica habría caído muerta al momento.

La rubia miró a Luca esperando que este dijera algo, pero él seguía con la mirada fija en Ariadna, con una expresión de prepotencia grabada en su rostro.

Finalmente, la chica sin decir nada más se giró y se fue.

Ariadna aspiró aire por la nariz de forma sonora, y compuso una mueca de disgusto mirando a la chica que desaparecía entre la gente. Luego volvió la mirada a Luca, que tenía una sonrisa estúpida en la cara, aunque ella  intentó ignorarla, fingiendo calma y tranquilidad.

—Luca, esta es mi amiga Julia —dijo con desgana, como si la presentación fuera un trámite molesto.

Él desvió por fin la mirada de Ariadna a Julia, y le sonrió a su amiga de forma amable.

—Un placer, Julia. — otra vez esa voz. Grave y lenta. Y los jodidos hoyuelos…

Julia, encantada con la situación, soltó una risita nerviosa, mientras Ariadna apretaba los dientes.

—Créeme, el placer es sin duda mío. —Ariadna soltó un bufido, que solo hizo que Luca sonriera más ampliamente, aunque su amiga seguía sin quitar su expresión de bobalicona mirándolo.

—Genial, ya está —interrumpió Ariadna con tono cortante, interponiéndose entre los dos—¿Te veo mañana, Juls?

Su amiga la miró confundida. Borrando su sonrisa tonta de la cara. Ariadna le hizo un gesto con los ojos intentando que su amiga captara el mensaje, pero parecía reacia a irse de allí.

— Pero… pero… ¿No vamos a pasar por la cafetería? Dijiste que querías…

—Cambio de planes —la cortó Ariadna —. Tengo prisa. —Le hizo una señal con los ojos de nuevo, que esta vez su amiga sí pareció captar.

—Vale, nos vemos mañana —dijo Julia mirando por encima del hombro de Ariadna para dedicarle una nueva sonrisa a Luca—. Lo dicho, un placer.

Luca asintió levemente, devolviéndole la sonrisa. Ariadna esperó a que su amiga se alejara un poco, y finalmente se giró hacia él. Este seguía con una sonrisa de suficiencia en su condenado rostro. Ariadna frunció el ceño, fastidiada y con voz helada le habló:

—Sube al coche. Ahora.

Luca, sin dejar de sonreír, alzó las cejas de forma burlona.

—¿Vas a estar dando órdenes todo el día, princesa? —murmuró él con mofa en la voz, y esa postura de me importa una mierda todo que a ella le provocaba ganas de romperle la nariz…

O besarle la maldita boca…

¡No! ¡Borra eso!

Tenía que quitarse esos pensamientos de la cabeza.

Ariadna no respondió. Giró sobre sus talones y abrió la puerta del copiloto de un tirón para meterse dentro del coche. Luca la miró durante unos segundos, y finalmente rodeó el coche con paso relajado, como si no acabara de tirar gasolina sobre un fuego que ya estaba ardiendo.

Cuando él se subió y cerró la puerta, el silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que parecía capaz de matar a cualquiera de los dos de un calambrazo. Pero ella explotó primero.

—¿Das tu número a cualquiera que te lo pida? ¿Ese es el nivel de profesionalidad que manejas? —gruñó, claramente disgustada.

Luca giró rápidamente la cabeza en su dirección, y la miró con una ceja en alto mientras arrancaba el motor.

—¿Estás celosa, princesa? —en su voz había un deje burlón.

—¡Já! Ni en tus mejores sueños  soldato … ¡Y deja de llamarme así!

—¿Por qué no? Es lo que eres, ¿no? Una princesita de la mafia. Intocable, intensa… Impertinente.

—Imbécil. —bufó ella.

—Gracias. —contestó de vuelta él.

Ella lo miró, con las mejillas encendidas y los ojos lanzando chispas.

—No estoy celosa. Me da igual lo que hagas, con quién lo hagas o dónde lo hagas.

Pero si vas a estar dándome la chapa todo el día con tu deber, tu trabajo y tus malditas normas, al menos ten la decencia de actuar como si fueses algo más que un adorno con músculos, por lo menos en tu maldito horario laboral.

Luca soltó una carcajada ronca. Ariadna notó como un calambrazo le recorría la columna vertebral con el jodido sonido.

—¿Qué es lo que realmente te molesta, princesa? —Luca había bajado el tono de voz, y ahora, las palabras le salieron con una cadencia aterciopelada, casi amenazantes. —¿Te molesta mi profesionalidad, o mi atractivo?

—Tú te lo tienes muy creído, ¿no?, eres un machito prepotente.

—Sólo lo justo. —respondió él encogiéndose de hombros.

Ella lo fulminó con la mirada. Discutir con Luca era como chocar contra un muro de piedra una y otra vez. No servía de nada, y era frustrante.

—Escúchame bien,  soldato . No me gustas.

Nada. Ni tu cara, ni tu actitud, ni tu aire de me la suda todo.

Estás aquí porque mi padre está paranoico, no porque yo te quiera cerca.

Así que haz tu jodido trabajo, y mantente a raya, y procura ser profesional durante tus horas de trabajo.

Y lo más importante, si puedes hacerlo de lejos mejor.

Él inclinó levemente la cabeza, su mirada negra posándose sobre ella, fija e intensa.

—¿Segura de que quieres que me mantenga lejos?

Ahí estaba otra vez, ese maldito tono, ronco y suave, que le provocaba mil sensaciones en el cuerpo.

Ariadna tragó saliva. Por un segundo, solo un maldito segundo, sintió ese cosquilleo en la piel. Esa maldita atracción animal que le apretaba las entrañas. Pero se obligó a sostenerle la mirada, y fingir total indiferencia.

—Segurísima. —le mantuvo la mirada de manera firme, aunque por dentro estaba temblando, y no precisamente de miedo.

Luca sonrió. Era una maldita sonrisa lenta, y peligrosa, llena de dientes perfectos, acompañada de sus putos y sexys hoyuelos. Luego volvió a mirar al frente.

—Entonces, me temo que no será nada divertido— Contestó él.

Ariadna aspiró una honda bocanada de aire y cerró los ojos contando hasta tres, intentando serenarse un poco. Luca sacaba lo peor de ella, sus batallas verbales eran agotadoras. Luca arrancó el coche, saliendo del aparcamiento de la universidad, dirigiendo su atención al tráfico.

Ariadna, por más que quisiera negarlo, no podía evitar notar cómo el pulso le latía en las muñecas, y el maldito iba muy rápido.

Ese hombre, le hacía sentir cosas. Cosas que aún no sabía definir. Intentaba con todo su ser odiarlo, pero su cuerpo la traicionaba una y otra vez, solo con una puta mirada de él.

No podía permitir que eso pasara.

¡Ella era una Bianchi, joder! Siempre tenía el control.

Tenía que centrarse en lo importante: Sus estudios, su vida social, e intentar fingir que Luca no existía.

Y lo iba a conseguir.

Al menos, mientras el hijo de puta no sonriera mostrando los puñeteros hoyuelos.