Luca (Sangre Bianchi 2) ¡Ni en tus mejores sueños!
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¡Ni en tus mejores sueños!

A riadna caminaba junto a su mejor amiga Julia, estaban en la hora del almuerzo, habían salido a tomar un poco el aire.

Las habían acompañado Tiziano y Dante.  Dante había intentado coquetear con ella.

En otras circunstancias, Ariadna no le habría hecho caso, pero desde el momento que habían salido, su mirada había volado a Luca, apoyado en el capó del coche, comiéndose un bocadillo, con unas gafas de sol de color negro y una camiseta de manga corta que se le ceñía al puto torso como si fuese una segunda piel; el hijo de puta la había estado observando desde su posición, y ella le había seguido el rollo a Dante, solo para ver la reacción de Luca.

Luego lo había mirado y le había hecho una peineta, quedando de super diva delante de él, aunque lo que le había jodido, era ver que Luca parecía divertido ante la situación, y no molesto como ella quería.

—¿Vale, me puedes explicar por qué le hiciste una peineta al macizorro del coche negro?

—preguntó Julia, con una sonrisa traviesa distrayendo a Ariadna de sus pensamientos, mientras daba un sorbo largo a su batido de vainilla.

Ariadna no detuvo el paso, y siguió caminando por el paseo central del campus.

Luego resopló, quitándose de un manotazo un mechón que el viento le había pegado a los labios.

—Porque es un imbécil. —se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

—¿Y eso te lo dijo su aura mafiosa, o simplemente lo sabes porque…, no sé, siempre estás rodeada de tíos buenos, soldados de tu padre? Siendo sinceras, el tío está IM-PRE-SI-O-NAN-TE amiga.

—¡¿Qué?! —Ariadna se giró en seco, frunciendo el ceño, mirando a su amiga como si acabara de hablar en arameo.

Julia, con su melena corta de color rojo intenso y ese estilo medio heavy y sexy que siempre lograba lucir sin parecer una cualquiera, se carcajeó.

—Vamos, Ari. Tú, con esa cara de odio intenso… y él, ahí apoyado en el coche, todo tatuajes y mirada de asesino sexy, comiéndose un bocadillo como si fuera el dueño del maldito mundo. Era como ver una escena de peli de mafia en tiempo real. Y tú, tan tú, ¡zas! toma peineta.

—¿Me estás diciendo que hice una peineta de película? —preguntó con fingido orgullo mientras sonreía con los labios, pero no con los ojos.

—Te salió muy natural, nena. Muy me importa una mierda que estés buenísimo, te odio igual .

Ariadna bufó y volvió a caminar, rápida, como si pudiera alejarse del tema con solo mover las piernas más deprisa.

—No es solo un tío bueno, Julia. Es... mi nuevo guardaespaldas. —escupió las palabras como si le dolieran en la garganta.

—¡¿Qué?! —Julia se detuvo—. ¿Ese tío tatuado, y salvajemente sexy es tu guardaespaldas? ¿Desde cuándo? —su amiga abrió tanto la boca que Ariadna soltó un suspiro de fastidio.

—Desde ayer. —rodó los ojos—. Sorpresa de papá. —dijo como toda respuesta, volviendo a caminar.

—Vale, para ahí— Julia agarró del brazo a Ariadna para que se volviera a detener.

— ¿Me estás diciendo que Romeo Bianchi, el jefe de la mafia más temido de Italia, ha contratado a un jodido dios griego, lleno de tatuajes, con esa cara de si te follo seguro que te dejo inválida , para que te siga a todas partes?

Ariadna puso cara de asco y frunció el ceño en una mueca de desprecio absoluto.

—¿Te estás escuchando Julia? Es mi puto guardaespaldas…

—Sí nena. Y solo puedo decir una cosa. —Julia le puso una mano dramática en el brazo—¡Por Dios, preséntamelo!

Ariadna compuso una mueca de disgusto.

—¿Enserio? ¡Hace un momento te comías la boca con Tiziano!

—¡Bah! Tiziano es solo un rollete para cuando me aburro—contestó Julia haciendo un aspaviento con la mano.

—. Pero ese tío de ahí— miró a Luca, haciendo que Ariadna desviara la mirada unos segundos hacía él, que seguía allí plantado, mirándola.

—. ¿No me digas, que no lo has notado? ¡Está tremendo, chica!

Tiene ese rollo de te voy a partir el corazón y probablemente una costilla en el proceso y lo peor es que a mí me apetece que lo haga.

Si ese tío me mirara como te ha mirado a ti, yo me quedaba embarazada solo de las vibras.

—¡Juls! —espetó Ariadna, con un escalofrío que le recorrió la espalda. Un escalofrío que no quería ni pensar por qué le daba.

—¿Qué? ¡Soy sincera! ¿Y tú? Porque, con esa reacción, diría que no te hace ni un poco de gracia imaginarme babeando por él.

—No seas idiota, no es eso — mentira cochina — pensó.

—Es que es mi jodido guardaespaldas. Todo lo que haga se lo va a decir a mi padre. No quiero tenerlo pegado a mi culo las veinticuatro horas del día. No quiero que me controle, ni que me mire como si fuera una cría que necesita protección. Es un puto grano en el trasero.

—No te mira como si fueras una cría, Ari. Se le nota que está a nada de comerte con los ojos y fingir que fue un accidente.

Ariadna tragó saliva, la boca se le había secado de repente. Ese recuerdo de la mirada de Luca, fría, oscura, con ese matiz indescifrable que la volvía loca, se colaba una y otra vez en su cabeza sin pedir permiso.

Y la sonrisa de medio lado que le dedicó cuando ella le sacó el dedo.

Ese hijo de puta había sonreído. Y tenía una sonrisa que podía bajarle las bragas a cualquiera, tenía que admitirlo.

—No sé de qué hablas. —Se cruzó de brazos, estaba en modo negación total, encogiéndose en su chaqueta como si eso pudiera protegerla de la conversación.

—¿De verdad no lo ves? Hoy en la cafetería había al menos cuatro chicas hablando de él. Dos de económicas, una de derecho y la pesada de tercer año que siempre se pone escote aunque nieve. Todas babeando. Literalmente. Una dijo que parecía un bombón con tatuajes.

—Perfecto —gruñó Ariadna—. Lo que faltaba. Un guaperas con un harén universitario a su disposición.

Julia levantó una ceja de forma interrogatoria, con una mueca divertida en la cara.

—¿Celosa, amiga?

—Ni de puta coña — prácticamente gruñó Ariadna. Pero el tono no fue tan firme como le habría gustado.

Porque lo cierto era que algo le escocía por dentro. Algo feo. Como una punzada aguda y absurda en el estómago.

—Claro, claro… —canturreó Julia, encantada de tocarle las narices—. ¿Me lo presentas entonces? Sólo para admirar el arte de sus tatuajes, ¿vale? Nada serio. Prometo no quedarme embarazada cuando me mire.

Ariadna rodó los ojos, pero no dijo nada. Su amiga era una idiota adorable .

Se quedó pensativa, y uno de esos pensamientos la molestaba porqué tenía ganas de matar a todas las zorras del campus. Sobre todo, si alguna se acercaba demasiado a Luca. Y eso no tenía ningún sentido. Porque ella lo odiaba, ¿no?

¿Verdad?

¿Entonces que mierda de pensamientos eran los que le estaban fundiendo el puto cerebro en ese momento?

◆◆◆

El sol de la tarde calentaba el asfalto del campus cuando Ariadna salió por la puerta principal. Sus gafas de sol de marca encima de su cabeza recogiendo su pelo hacía atrás, y el móvil en la mano como excusa para no mirar hacia el lugar donde sabía que estaría él esperándola.

Julia caminaba a su lado, como siempre, saltando los escalones con una sonrisa tonta en la cara, mirando hacia él coche negro y reluciente que esperaba a  Ariadna.

—¿Tú crees qué si le sonrío y le lanzo una mirada sexy, me dará su número? —bromeó Julia, intentando que su amiga dejara de fingir mirar el teléfono.

Ariadna bufó sin responder. Pero alzó la mirada, y sus ojos volaron por inercia hacía el maldito coche negro.

Allí estaba Luca, apoyado contra el lateral del coche, uno de sus brazos tatuados cruzado sobre el pecho, el otro con un móvil en la mano, pero sin mirar la pantalla.

Sonreía mostrando sus putos hoyuelos. Pero no sonreía en dirección a ellas, no.

Estaba sonriéndole a una chica de segundo año.

No recordaba su nombre, pero sabía que estudiaba ciencias políticas.

La susodicha estaba plantada frente a él, muy cerca, con el pelo suelto y una faldita que parecía diseñada para subir la tensión arterial.

Lo peor de todo era la risa tonta que le salía con lo que él le estuviera diciendo.

Esa que las chicas soltaban cuando coqueteaban… casi la misma que soltó ella con Dante solo por provocarlo. Una sonrisa destinada a conseguir algo.

Y ese algo, esta vez, era él.

Ariadna no detuvo sus pasos, pero su mandíbula sí se tensó. Apretó tanto los dientes que por un momento pensó que hasta Julia podía escuchar el sonido de ellos al crujir.

—No puede ser tan idiota… —murmuró entre dientes, claramente fastidiada de ver ese intercambio entre los dos imbéciles.

Julia chasqueó la lengua divertida.

—¡Dios, míralo! ¿Por qué sonríe así? ¿Eso es legal? Es, como si le encantara saberse deseado.

—Porque es un ególatra con un complejo de Dios griego tatuado —gruñó Ariadna.

Entonces, algo que le jodió aún más, si es que eso era posible… pasó. Le estaba dando su maldito número de teléfono.

La chica sacó el móvil, él lo tomó entre sus dedos, tecleó algo y se lo devolvió con una sonrisa ladeada mostrando sus hoyuelos.

Los malditos y puñeteros hoyuelos.

—Estoy a punto de vomitar —masculló Ariadna.

—Estás a punto de hacerle una escena, lo cual sería aún mejor —rió Julia por lo bajo—. Vamos, no seas cruel, quiero ver esa tensión sexual en vivo y en directo.

—No hay tensión sexual —mintió Ariadna—. Solo odio. Denso y concentrado…  y venenoso también.

—Claro, claro…

Cuando llegaron a su altura, Luca levantó la mirada. Su sonrisa se volvió más oscura, más contenida. Pero no apartó la mirada de Ariadna, como si supiera exactamente que ella lo había visto todo y estuviera esperando para ver qué haría ahora.

—Hola— canturreó Julia con naturalidad— ¿Quién es tu amiga? —preguntó, elevando las cejas en dirección a la chica que aún no se había apartado de él.

—Nadie que importe. —La voz de Ariadna era gélida. Sus ojos clavados en los de Luca en una guerra de miradas, en la que ninguno de los dos iba a ceder.