Puto capitán del equipo
E l sol del mediodía caía a plomo sobre el campus universitario. Los coches aparcados, alineados perfectamente, el bullicio de los estudiantes llenaba el aire y jardines como una bandada de pájaros inquietos.
Luca estaba apoyado en el capó del coche negro, que Romeo le había adjudicado para su trabajo.
El sol estaba apretando fuerte a esa hora, y se había quitado la chaqueta de cuero, quedándose con la camiseta de manga corta negra que llevaba debajo.
Las mangas se le ceñían a sus abultados bíceps, dejando al descubierto todos sus tatuajes de los brazos, que le llegaban hasta los dedos y también los que le subían por el cuello.
Llevaba unas gafas de sol tipo aviador negras y unos vaqueros oscuros ajustados.
La cartuchera de la pistola se la había quitado para no llevarla a la vista, pero la pistola la mantenía oculta en la cintura de atrás del pantalón.
No era tan estúpido para no llevar el arma encima.
Mordía un bocadillo de pan rústico mientras escaneaba el entorno sin parecer que lo estuviera haciendo.
Tenía una pose bastante relajada, casi natural, pero no estaba para nada relajado.
Porque la estaba buscando con la mirada.
Tardó unos minutos en verla. Minutos que se le antojaron eternos, pero entonces un destello de pelo negro le llamo la atención. Y allí estaba, la maldita princesa de la mafia .
Ariadna.
Ese jodido cabello negro cayendo liso y perfecto hasta la cintura, pantalones vaqueros marcando un culo impresionante, camiseta blanca ajustada, ciñéndose a su diminuta cintura y ese andar suyo entre felino y arrogante que parecía decirle al mundo: No me toques los ovarios .
Tenía que admitir que la condenada era increíblemente hermosa y que su cuerpo…
ese maldito cuerpo estaba hecho para el pecado.
Luca gruñó para sí mismo. No podía permitirse pensar en ella de ninguna forma que no fuese el odio visceral que lo llevó a ese jodido trabajo de niñera. Él tenía una misión. Un cuerpo y una cara bonita no podían distraerlo, pero su mirada, inevitablemente, regresaba una y otra vez a Ariadna.
Caminaba contoneando sus caderas, de forma inconsciente, entre risas con una amiga pelirroja, totalmente irrelevante para Luca y junto a ellas, había dos tíos más. Uno normalito, flacucho y desgarbado que hablaba con la pelirroja, pero el otro…
El otro era el típico idiota rubio, musculitos, con chaqueta deportiva, y sonrisa de sé que puedo tenerla si quiero , porque soy el más popular de aquí.
Un capitán de equipo de fútbol en potencia y capullo por excelencia.
¡Maldita sea!
Le molestaba qué estuviera tan cerca de ella. Pero sé negó a apartar la mirada de la maldita escena. Los observó, como un francotirador que mide el viento antes de apretar el gatillo.
El deportista idiota se inclinó hacia Ariadna, le susurró algo al oído, apartándole un mechón de su pelo negro del cuello.
Estaba jodidamente cerca de ella. Ariadna soltó una carcajada por lo que el capullo le estaba diciendo.
Abrió esos malditos labios perfectos, y rió a carcajadas.
Luego, lo empujó juguetona sin dejar de sonreír, y el imbécil, acercó su cara a la de ella, sonriendo también.
Sus caras, demasiado cerca, diciéndole algo que desde allí no llegaba a oír.
Su cuerpo se tensó como un cable eléctrico llevado al límite.
Apretó el pan entre los dedos. Sentía cómo el bocadillo se destrozaba en su mano. Un gruñido le vibró en la garganta.
No sabía por qué aquello le molestaba tanto, pero joder lo hacía.
— ¿Qué mierda te pasa, Luca? —Se dijo a sí mismo, entre dientes.
Tenía que centrarse. Era parte de su trabajo. Observarla, controlarla para que no se metiera en líos. Protegerla, al menos hasta que él decidiera que era el momento de hacer caer a los Bianchi.
Tenía que aguantar, metido en su estúpido papel de niñera, hasta que pudiera devolverle a Romeo todo lo que le quitó.
Entonces... ¿por qué cojones le molestaba tanto ver a ese idiota tocándole el brazo?
¿Por qué, su mirada la seguía como si necesitara saber cuántas veces parpadea por minuto?
Odio. Eso es. Solo odio .—se repitió, mentalmente como un mantra.
Estaba claro que la detestaba. Era una niñata arrogante y consentida.
Era obvio que se creía de lo mejorcito, como si cualquiera al lado de ella fuese solo una mierda en sus carísimos zapatos de diseñador.
Una jodida, y mimada princesa, acostumbrada a conseguir siempre lo que quería.
Luca conocía muy bien a las de su tipo. Sus maneras de hablarle, sus miradas altivas, su desafío constante.
¡Dios, como la odiaba !
Pero lo peor…
Es que se estaba empezando a odiar el mismo.
Porque, la cabrona le arrancaba sonrisas cuando no debía… Porque, se quedaba embobado mirando cómo caminaba, como si supiera que él, era incapaz de apartar la puta vista del vaivén de sus caderas.
¡Joder!
—A la mierda—murmuró entre dientes, arrojando el resto del bocadillo aplastado a la papelera más cercana.
Estaba jodidamente cabreado. Y él, no era de perder los papeles con facilidad, pero la puñetera princesita se lo estaba poniendo realmente difícil.
Se cruzó de brazos, manteniendo la mirada en Ariadna.
Ella seguía riendo, con el media neurona, que ahora parecía más empalagoso, al ver que ella respondía a sus comentarios y bromas.
Ella parecía totalmente ajena a su presencia, como si no se hubiese percatado de que la observaba.
Luca apretó la mandíbula, cuando sus ojos se posaron en la mano descarada del capullo, que ahora estaba en la espalda baja de ella. Casi rechinó los dientes y todo.
Como si Ariadna hubiera notado el cambio en el aire, en ese momento giró la cabeza, y se fijó en él.
Lo miró desafiante, con sus preciosísimos ojos de color azul, y entornó la mirada, componiendo una mueca burlona.
Luca alzó el mentón, haciéndola ver que sí, la estaba mirando a ella.
Ariadna se pasó la lengua despacio por el labio inferior, como si estuviera disfrutando de algún pensamiento retorcido.
Luca frunció el ceño, aunque ella a través de sus gafas negras no podía verlo.
Le dijo algo al capullo media neurona, pero sin desviar la vista de Luca y sonriendo con malicia alzó su mano y le sacó el dedo corazón .
Le estaba haciendo una jodida peineta perfecta, descarada, y burlona, acompañada de una sonrisa de suficiencia en su bonito rostro.
No pudo evitarlo, se le escapó una sonrisa.
La muy sinvergüenza lo irritaba, lo fastidiaba, pero, sobre todo, le estaba jodiendo la paciencia, pero también lo hacía reír.
Porque sí, aquel gesto, a la mente retorcida de Luca le había parecido el inicio de un juego excitante, y si ella quería jugar, Luca estaba dispuesto a darlo todo.
Ariadna era una chica inteligente, sabía muy bien lo que hacía, y sabía que provocarlo, era como despertar a un puto cazador que no iba a parar hasta devolvérsela. Aun así, había decidido jugar.
Ella se giró, y siguió hablando con el tocapelotas, mientras su amiga la pelirroja, se estaba comiendo la boca con el insulso del otro chico.
Luca siguió allí, varios minutos más, viéndola interactuar, tan pagada de sí misma, quitándose un mechón de pelo que se le había cruzado por la cara debido al viento.
Las chicas se despidieron de los dos chicos, y empezaron a hablar con sus cabezas muy juntas.
La pelirroja miró en la dirección de Luca y luego le dijo algo a Ariadna.
Esta lo miró por encima de su hombro con una mirada asesina, que hizo que Luca volviera a sonreír.
Ambas chicas comenzaron a caminar, charlando entre sí.
—Vamos princesa…una más, solo una más, para saber que te afecto tanto como tú a mí…— dijo para sí.
Ariadna, volvió a mirar por encima del hombro en dirección a él, y retiró rápidamente la mirada.
Luca sonrió abiertamente esta vez. Porque esa cabrona de ojos azules le acababa de alegrar el jodido día, y ni siquiera sabía muy bien por qué .
Volvió a apoyarse contra el coche, cruzó los brazos y se quitó las gafas de sol, permitiéndose mirarla directamente mientras ella se alejaba entre risas con su amiga pelirroja.
—Disfrútalo, princesa —murmuró con voz baja, ronca—. Porque no tienes ni idea de en qué infierno te estás metiendo. ¿Quieres jugar con el Diablo? Pues bien… vamos a jugar.
Porque si algo estaba claro para Luca en ese instante, no era su plan de venganza.
Ni el jodido pasado, que lo perseguía continuamente, ni el imbécil de Romeo Bianchi. Y por supuesto, mucho menos su apellido falso.
Lo único claro, era que Ariadna Bianchi era un maldito huracán.
Y que él estaba empezando a desear meterse en el ojo del huracán, y dejar que lo destrozara vivo, solo para ver qué se siente, al ser arrasado por una mujer como ella.
Sacudió su cabeza y se pasó las manos por el pelo de forma nerviosa, despeinándoselo más de lo que normalmente lo llevaba.
Sus pensamientos confusos le estaban destrozando la maldita razón. Se incorporó y se metió dentro del coche furioso.Golpeó varias veces el volante y maldijo de todas las formas posibles.
Necesitaba volver a recuperar el maldito control.
Como si la vida decidiera recordarle quién era él, y por qué estaba ahí, el móvil vibró en el bolsillo trasero de su pantalón. Luca suspiró cansinamente y sacó el teléfono del bolsillo, pero no miró la pantalla al instante. Sabía muy bien quién era.
Romeo no era de hacer una llamada amistosa. Más bien marcaba territorio, hablaba con las palabras justas, dejando claro quién manda y por qué. Apretó la mandíbula y desbloqueó la pantalla:
Escueto, como siempre, y directo al grano.
Luca, alzó la mirada, Ariadna había desaparecido por una de las puertas de la universidad. Se pinzó el puente de la nariz de forma cansada y volvió la atención al móvil.
Tecleó la respuesta rápido, sin pensar demasiado.
La respuesta de Romeo le llegó en menos de diez segundos.
Sus ojos se oscurecieron al instante. Soltó un gruñido y se pasó la lengua por la cara interna de la boca intentando controlar la rabia que estaba empezando a subirle por el cuerpo.
No olvides quién es…
Como si pudiera olvidarlo. Como si no llevara ese maldito rostro grabado en la cabeza cada vez que cerraba los ojos, y su puto apellido no fuese una bola de hierro alojada en el pecho.
Bianchi.
El apellido que lo dejó sin nada. Que convirtió su infancia feliz, en una vida de miseria, sufrimiento y dolor.
El apellido, que portaba con orgullo la princesa de la mafia, que ahora caminaba frente a él con vaqueros ajustados y sonrisa arrogante.
Apretó el volante del coche hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
No te acerques demasiado…
Demasiado tarde. Romeo no tenía ni puta idea de lo cerca que iba a estar de Ariadna.
De cómo la iba a tentar hasta tenerla sumisa entre sus jodidos dedos.
Porque, aunque lo hiciera dudar, el apellido de ella estaba ahí, como un recordatorio constante de por qué estaba él en esa situación.
Tenía que mantenerse frío, o ella empezaría a joderle la estabilidad.
La muy cabrona era capaz de eso y mucho más.
Ariadna no era consciente del monstruo al que estaba provocando.
O peor…
Sí lo sabía, pero le daba exactamente igual.
Y eso…, eso la hacía casi tan peligrosa como él mismo.