Luca (Sangre Bianchi 2) No me llames princesa
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No me llames princesa

E l primer rayo de sol se coló por la ventana de su habitación, levantando virutas de polvo que se veían flotando a través de la luz.

Ariadna suspiró cansinamente antes de abrir los ojos.

Se sentó en el borde de la cama, y se quedó varios segundos mirando las motitas flotando entre los rayos de sol.

Aunque su cuerpo estaba ahí, su mente estaba en otra cosa.

Ese día tendría una sombra pegada al culo constantemente.

Después de la discusión con su padre intentó razonar con su madre, pero no hubo manera de hacerla ceder tampoco.

Sus palabras fueron muy claras. Tu padre lo hace por tu bien, además nada de lo que yo le diga lo hará cambiar de opinión A esas horas de la mañana estaría sola en la casa, bueno tan sola como se estaba en una casa llena de criados y hombres de vigilancia.

Su padre salía temprano, su madre, aunque no necesitaba trabajar, (su padre le había insistido mucho en eso), trabajaba en una pequeña clínica de enfermera, era su pasión, ayudar a los demás…

algo bastante contradictorio, teniendo en cuenta que su padre mataba a cualquiera que se interpusiera en su camino y fuese una molestia para él.

Su hermano ya había salido para el instituto.

Ella no solía tardar mucho en estar lista por las mañanas, pero ese día, sabiendo que Luca estaría esperando a que bajase, una parte de ella quería dejarlo esperar durante horas.

La otra, su parte responsable, le decía que no debía darle más motivos para que pensara que era una niña malcriada, además las clases empezaban temprano, y no quería perderse nada.

Estudiaba psicología, le gustaba mucho, quería seguir sacando buenas notas,  tener su título, y no ser simplemente la heredera rica de un millonario mafioso.

Finalmente,  casi con resignación se levantó de la cama y fue a su armario.

Se puso una camiseta de tirantes blanca, unos jeans oscuros ceñidos y unas botas bajas negras.

Miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero, el cabello negro desordenado, la mirada un poco cansada, algo de maquillaje sencillo dejaba sus ojos azul hielo y su piel aceitunada realzados.

Respiró profundo. Tenía que ser un día sencillo, la misma rutina de siempre: Universidad, clases, amigas, comer algo, volver…

e intentar ignorar a su maldita sombra. Se cepilló su larga melena dejándola caer totalmente lisa hasta su cintura y se dio un último vistazo en el espejo antes de salir de su habitación para bajar a la planta de abajo.

Ariadna bajó las escaleras, y se giró hacia el perchero donde estaba su bolso de la universidad y su chaqueta, cuando escuchó la puerta de la entrada.

Era el claro sonido del zumbido metálico del cerrojo al girar y luego la puerta abrirse y cerrarse con un leve clic.

El vello de su nuca se erizó al instante, una reacción que nunca había sentido antes, pero aun así sabía perfectamente el motivo de esa reacción.

Aspiró el aire lentamente y apretó los ojos con fuerza, intentando calmar la voz rebelde de su mente.

Cogió su bolso y se giró para enfrentarlo, pero sus palabras murieron en la garganta al verlo.

Luca Moretti estaba apoyado en la puerta, con los musculosos brazos cruzados, en una postura relajada, con una chaqueta de cuero y camiseta ceñida negra debajo, donde se apreciaba sobresalir un poco una pistolera de hombro, con un arma en ella.

La expresión de él era totalmente neutra y tranquila.

Nada en su expresión delataba la más mínima emoción.

Solo el aura inquietante de alguien que ya esperaba verla.

—Buenos días, princesa —dijo él sin moverse—. Ya estoy aquí para hacerte de niñero. —soltó con toda la tranquilidad del mundo.

Ariadna tragó saliva, y apretó los puños. El puto apodo le escoció. Era como una bofetada para ella. Luca Moretti sacaba todos sus demonios a pasear.

—Buenos días a ti también Soldato —escupió con sarcasmo, buscando una maldita frase ingeniosa para joderlo—. Creí que el contrato decía no aparezcas en mi vida un lunes por la mañana pero veo que no leemos la letra pequeña, que resulta ser siempre la más importante.

Luca sonrió apenas, y ladeó la cabeza.

—Sinceramente, lo consulté con tu cláusula personal de ¨ods¨ —contestó con calma, siguiéndole el rollo.

El hijo de puta no se callaba, le acababa de dar una puñalada mortal.

Ariadna lo fulminó con la mirada.

—¿Por qué no te quitas de esa puerta, la abres, sales, cierras y te pierdes?

—Tengo que llevarte. —contestó él sin más, encogiéndose de hombros.

—¿A la universidad? —su voz se elevó un poco, mezcla del cabreo, e incredulidad—Tengo carné de coche y puedo disponer de un chofer si lo necesito, vete a hacer otra cosa para mi padre, seguro que te busca algo…

—Princesa—La cortó él—, tu padre es el que me da las órdenes, y me ha ordenado que sea tu puta sombra—su voz, sonó tranquila—Sé una chica lista, nadie se va a sorprender por verte con un guardaespaldas, hasta tus amiguitas son conscientes de que no es seguro que salgas sola.

Ella se acercó a él, aunque Ariadna era alta Luca le sacaba una cabeza. Él ni siquiera se movió de la misma postura relajada que tenía apoyado en la puerta.

—¿Piensas hacer todo lo que te dice mi padre? ¿Vas a ser su puto perrito faldero… Soldato ? —Ariadna prácticamente gruñó, intentando ofenderle.

—Mientras me pague bien, princesa… —recalcó el apodo de princesa— es lo que pienso hacer, sí. —Luca se incorporó de la puerta, acercándose un paso más a ella, midiéndola con la mirada negra de sus ojos.

Ariadna levantó la vista para encontrarse con sus ojos. Desafiándolo, su mirada azul hielo contra la negra como el carbón de él.

Pero Luca no cedió ni un solo segundo. Dio un paso más hacia ella, estaban demasiado cerca. Notaba el calor corporal de él y su ligero aroma, un perfume que olía delicioso junto con su olor personal. Era una puta locura.

—Intentemos empezar bien—dijo él calmado, con un tono de voz bajo. —Sal, camina hacia el coche… y deja que te lleve a la puta universidad con el resto de tus amigas pijas y ricas.

—No me intimidas ni un poquito…— Ariadna, apretó la mandíbula sin apartar sus ojos de los de Luca.

—Entra al puto coche, Ariadna. Y déjate de gilipolleces. —Gruñó él separándose rápidamente de ella y saliendo por la puerta, dejándola allí, temblando y no precisamente de ira.

Ariadna dejó de apretar los puños. Se había clavado las uñas en las palmas y ahora las tenía señaladas. Ese maldito hombre era un puto grano en el culo. Un grano sexy y que olía jodidamente bien. Sacudió la cabeza intentando alejar esos pensamientos.

Era un gilipollas.

Estaba bueno, sí, pero su actitud de macho alfa arrogante y su disposición a joderle la vida era motivo más que suficiente para odiarlo.

Respiró hondo varias veces, y con toda la dignidad del mundo salió para montarse en el puñetero coche con el imbécil de Luca.

Caminó por el suelo de graba de la entrada de la casa y se acercó al elegante coche negro propiedad de su padre. Se subió al coche, y cerró la puerta con fuerza, negándose a mirar a Luca que estaba al volante. El motor arrancó con un gruñido grave, saliendo de la finca Bianchi en un tenso silencio.

Roma todavía estaba adormecida a esa hora, pero el tráfico ya fluía por la ciudad.

—Sé que no es lo que quieres, pero tu padre solo se preocupa por ti—dijo Luca mientras ajustaba los espejos.

—Estoy harta de que todo el mundo me diga lo mismo. —respondió ella irritada.

—Eres afortunada por tener a gente que se preocupe por ti Ariadna, otros no tenemos esa suerte—contestó él, bajando la voz, casi con un gruñido.

Ariadna notó algo más en su tono de voz.

¿Reproche? ¿Una ligera acusación?

—Bien, más te vale que cuando lleguemos estés lo más alejado de mí que puedas…—soltó ella con frialdad cambiando de tema bruscamente.

No giró la cara para mirarla. Sus ojos miraban por la ventanilla hacía el espejo retrovisor, como si la estuviera ignorando.

—Eso no voy a permitirlo—respondió él firme, en un tono frío.

—Tampoco vas a impedirme vivir… Tengo amigos, fiestas a las que ir…, sitios a los que salir …

El silencio llenó el coche. Él no contestó.

Ariadna apretó los labios disgustada. En ese momento, estaba tan irritada, que le temblaban las manos, le temblaba hasta la jodida piel con la furia que amenazaba con desbordarse por todos los malditos poros.

—Está bien Luca, tú ganas. Acepto que seas mi guardaespaldas—gruñó ella mientras él avanzaba por el tráfico sin mirarla—. Pero no te acerques demasiado, ¿Vale? Digamos que me vigilas, pero dándome mí espacio. Haz tu trabajo. Sé invisible. Y yo toleraré que estés ahí.

—¿Es una tregua princesa? —preguntó el desviando sus ojos negros un segundo de la carretera para mirarla.

—Claro. —respondió ella, sin mucha convicción.

—Mientes fatal. Pero si tú lo intentas, yo también.

Ariadna soltó un leve gruñido de frustración, y Luca sonrió ligeramente, apenas imperceptible.

Aceleró con el coche y sé deslizó por el tráfico dejando imágenes borrosas a través de la ventanilla.

Ariadna seguía enfurruñada, pero no quería darle más motivos para romper la pequeña tregua que habían logrado.

Cuando llegaron, el campus estaba tranquilo; La hora punta apenas despuntaba. Luca aparcó el coche en el parking, apagó el motor, y se quitó el cinturón de seguridad. Luego, se giró y la miró.

—Baja, princesa, y no te olvides de respirar. —dijo burlándose de ella.

—Ja, ja, muy gracioso —soltó Ariadna quitándose el cinturón de seguridad con brusquedad.

— Anda, baja y lárgate a tu vida perfecta de niña rica, luego seguiremos con la batalla verbal .

Ariadna puso los ojos en blanco y se giró para abrir la puerta. Se bajó del coche y dió varios pasos, pero se detuvo y giró volviendo sobre ellos para tocar a la ventanilla, esperando que él la bajara.

Cuando lo hizo ella, se quedó mirando por unos segundos la chaqueta y el cinturón del arma visible bajo ella. Sintió un cosquilleo en él estomago que no supo definir, pero se recompuso rápidamente. Volvió a su pose de mujer segura.

—Prométeme que te mantendrás lo más alejado posible de mí —murmuró mirándolo a los ojos.

Él fijó sus ojos en los de ella.

En esos ojos negros había una chispa de diversión.

—Lo prometo… Princesa.

Se quedó ahí un segundo más. Mirando la diversión en los ojos de él. Luego sin decir nada más, giró sobre sí misma y echó a andar en dirección a la puerta principal, colocándose la chaqueta mientras caminaba. Inesperadamente le recorrió un escalofrío que le puso el vello de punta.

Podía sentir la mirada de Luca aún clavada en su espalda. Era como un leve hormigueo que le subía por la columna. Como si su cuerpo reaccionara instintivamente a él.

¡Joder!

¡Vaya si lo hacía!

Era insoportablemente capullo, pero también innegablemente sexy.

Ariadna podía sentir como un odio irracional la atrapaba.

No podía sentirse atraída por Luca, tenía que apartarlo lo máximo posible, él era un empleado de su padre, y encima aprovechaba toda oportunidad que tenía para sacarla de sus casillas.

También era mayor que ella, tendría unos treinta años, ella solo tenía veintidós, y era el puto perro faldero de su padre .

Intentó alejar todos esos pensamientos de su cabeza. Tenía que centrarse en lo importante: Estudiar, sacarse la carrera, e ignorar lo máximo posible al capullo arrogante.

Ariadna escuchó el rugido del motor al arrancar el coche, pero se negó a mirar hacia atrás. Atravesó las puertas y con eso dejó todo lo que tuviera que ver con Luca fuera del campus.