Luca (Sangre Bianchi 2) A la caza del ratón
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A la caza del ratón

L a finca de los Bianchi era un espectáculo de opulencia y riqueza.

Las hectáreas de tierra se perdían a la vista.

Unos impresionantes jardines se extendían alrededor de la villa principal, y por lo poco que había podido ver, una gran piscina estaba en la parte lateral, rodeada de tumbonas y un jacuzzi.

Lujo y dinero por donde miraras. Aquel lugar, aunque gigante, era una maldita fortaleza.

Cada esquina estaba vigilada. Había hombres de los Bianchi y cámaras de seguridad por donde miraras.

Un lugar donde no podías entrar a no ser que estuvieras invitado.

Para su maldita suerte, ahora él tenía el acceso ilimitado a aquel lugar.

Tenía que tener cuidado, no era imbécil, debía ganarse la confianza de Romeo y de su mano derecha.

Pero al menos ya estaba dentro, que era uno de los procesos más difíciles.

Los gemelos, Milo y Marco, lo estaban prácticamente escoltando a la casa.

Franquearon las puertas de entrada y luego recorrieron un largo pasillo hasta llegar a una puerta maciza de roble.

Luca miró a los gemelos, que le indicaron con un solo gesto que entrara, aún así, llamó a la puerta, esperando que la voz que sabía que oiría dentro diera la orden de entrada.

El despacho de Romeo Bianchi olía a cuero caro, whisky y a control absoluto.

Luca, permanecía erguido, las manos detrás de la espalda, sin mover ni un solo músculo.

No porque tuviera miedo, él no le tenía miedo a la muerte y mucho menos a un simple hombre como Romeo Bianchi, pero tenía que ser prudente.

Le había costado lo suyo llegar hasta ahí. Todo era fachada, pura estrategia.

El viejo Bianchi era un depredador. El tipo de hombre que olía la debilidad y la devoraba solo con una puta mirada. Luca no era estúpido.

Estaba en su terreno. En su maldita casa, y tenía que jugar bajo sus putas reglas, aunque le jodiera muchísimo. Él tenía que ser más listo, y más rápido. Y por supuesto, tenía que seguir interpretando su papel a la perfección.

Romeo lo observaba desde el otro lado del escritorio, con sus ojos verdes punzantes. Esa mirada no había perdido ni un ápice de ferocidad a pesar de los años. Si acaso, se había vuelto más peligrosa.

—Bien chico, como ya sabes tu trabajo será principalmente el de proteger a mi hija, Ariadna.

Eventualmente te necesitaré para otro tipo de cosas, para las que creo que estás preparado.

Espero no equivocarme contigo —dijo finalmente, con voz baja y densa—.

Se que cuidar de mi hija no es una misión gloriosa.

No te dará méritos. Pero si algo le pasa y tú estás a menos de cien metros, te juro que no habrá lugar en la Tierra donde puedas esconderte.

Luca asintió una sola vez.

—Entendido, señor Bianchi.

Max, apoyado en la pared con el típico aire de saberse el más inteligente en la sala, bufó por lo bajo. Luca, no lo miró, le mantenía la mirada a Romeo.

—Y si crees que esto es como tus trabajos anteriores —añadió con una media sonrisa torcida—, te aviso que cuidar de Ariadna es como intentar domar a un huracán con explosivos. Ya has visto el carácter del demonio que tiene mi hija.

Romeo se reclinó en su silla.

—La mayoría de los idiotas que se le acercan tienen la capacidad intelectual de un saco de piedras. —continuó— Estoy seguro de que tú no. Por eso te contraté.

Luca se mantenía estoico, mientras Romeo hablaba.

Romeo hizo una pequeña pausa y se pasó los dedos por su barba perfectamente recortada.

—Pedí a mis hombres que te investigaran.

Obviamente no dejo entrar a cualquiera en mi casa, pero quería saber, sí había alguna posibilidad de que pertenecieras a la Cosa Nostra , o a la ’Ndrangheta   .

No quería arriesgarme a meter a un topo en mi casa.

Pero me han confirmado que no tienes historia, al menos ninguna que mis hombres hayan encontrado.

Tampoco hay vínculos con otras mafias. Sí han averiguado, que perteneciste a una academia militar bastante importante y que has trabajado protegiendo a altos cargos del estado.

Por lo tanto, en lo que respecta a ti, he visto que no hay nada, o al menos, no lo suficientemente importante para afectarme.

Mentira— Pensó Luca.

Había de todo.

Mil y una razones para estar ahí, en esa jodida casa y para hacerle de niñera a la princesa malcriada de Romeo.

Luca había aprendido muchas cosas a lo largo de los años.

Era un puto Hacker informático, sabía cómo borrar a una persona como si no hubiese existido y crearle una nueva identidad.

Y eso es justo lo que había hecho consigo mismo.

Romeo Bianchi aún no lo sabía y Luca esperaba que no llegara a enterarse mientras el plan estuviera en marcha.

—Tendrás un teléfono cifrado. Todo lo que necesitas estará en la cabaña de huéspedes, ese será tu nuevo hogar mientras estés bajo mi mando. Max te mostrará el camino.

Luca inclinó levemente la cabeza en señal de afirmación.

—Gracias por la confianza, señor.

Romeo se puso en pie. El muy cabrón a pesar de los años estaba en forma, era alto, no tanto como él, pero aún así, desprendía  un aura imponente.

—No es confianza, Moretti. —Romeo rodeó la mesa y se apoyó en ella cruzando las piernas, con las manos en el filo del escritorio —.

No doy segundas oportunidades, ni pregunto antes de disparar, tenlo en cuenta cada vez que vayas a dar un paso…

Sea el camino que sea… Ahora estás en mi casa.

—desvió los ojos de Luca a Max. Luca sabía que se habían dicho muchas cosas, en esa simple mirada.

Sin decir nada más, le hizo un leve gesto, antes de rodearlo y salir por la puerta del despacho, dejando el aire cargado de una tensión palpable tras de sí.

Max lo miró arqueando una ceja.

—¿Listo para ser niñera? —preguntó Max con un deje de humor en la voz.

—Siempre me gustaron los retos —respondió Luca con calma.

◆◆◆

El trayecto a la pequeña cabaña de huéspedes fue silencioso.

Max caminaba un par de pasos por delante, mientras hablaba por el móvil con alguien del club.

Luca observaba el camino, intentando memorizar cada mínimo detalle que pudiese serle de ayuda en un futuro.

Había árboles frondosos, el césped estaba cortado con precisión militar.

Estaba seguro que había cámaras ocultas, aunque no las viera en ese momento, tendría que averiguar dónde estaban.

Estaba muy acostumbrado a ser observador, a fijarse en el más mínimo detalle de cada cosa.

Era meticuloso y rara vez se le escapaba algo.

Debía admitir que la seguridad de la finca, era jodidamente admirable.

El imperio Bianchi. Hermoso, limpio, y malditamente letal.

A pocos metros de la casa de huéspedes, Max colgó la llamada y lo miró de reojo. Luca se puso a su altura.

—Escucha, novato. —Su voz era algo tensa al hablar.

—. No sé quién eres exactamente, pero Romeo tiene el presentimiento de que puedes manejar a su hija, sin acabar muerto en el intento.

Te diré esto: no la subestimes. Ni por un segundo.

Esa mujer es indomable, altanera, y que me lleven al infierno por decir esto, pero es la puta versión de Romeo en mujer, así que te lo repito… no la subestimes.

—¿Por qué cree que lo haría? — Luca lo miró serio cruzándose de brazos.

—Porque todos lo hacen—Max le lanzó una mirada criptica— Es una maldita mujer, sabe cómo manipular a los hombres — Alzó un dedo para dar más énfasis a sus palabras— Hasta que los rompe, los destroza, y los deja para el puto psiquiátrico.

Luca sonrió, fue una sonrisa de verdad, aquello lo iba a disfrutar muchísimo.

—Me gustan las mujeres que saben manejarse solas— Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto— Una mujer con carácter, me parece…fascinante.

Max bufó. Luca, alzó ambas cejas de forma curiosa.

—Créeme chico, Ariadna no te va a gustar. Te va a pisotear, si tiene la oportunidad de matarte, lo hará y luego escupirá sobre tu tumba. —Max sonrió de medio lado, como si todo aquello que le estaba diciendo fuese lo más gracioso del mundo —.Si tienes suerte, sobrevivirás con el ego intacto.

—Quizás me gusta que me pisoteen…—dijo en broma Luca.  Max lo miró como si se hubiera vuelto loco. De pronto soltó una carcajada oscura mientras se giraba para seguir el camino hacia la casa de huéspedes.

—Entonces, estás más jodido de lo que pensaba. —Contestó Max, por encima de su hombro, sin mirarlo, caminando de nuevo en dirección al porche de la cabaña.

Luca sacudió la cabeza de manera burlona y ando los pocos metros que quedaban para llegar a la casa de invitados.

Al llegar a el porche de la cabaña sé rió al pensar que lo que llamaban cabaña era una casa bastante grande, pintoresca incluso.

Techos bajos, una pequeña terraza trasera, un precioso porche de madera lleno de flores y macetas, tenía una sola planta. Pero…

Luca sabía que detrás de esa falsa sencillez, había sistemas de seguridad, vigilancia remota, sensores de movimiento y probablemente un par de armas escondidas en puntos estratégicos.

—Aquí estarás bien —Max lo miró mientras le lanzaba una carpeta, que Luca cogió al vuelo y una llave—. Rutinas, horarios, protocolos. Si Ariadna se mueve, tú te mueves. Si ella respira, tú respiras. Si ella pestañea, tú parpadeas. ¿Lo entiendes?

—¿Así de dramático? —Se burló Luca.

—Así de real. —puntualizó Max.

—Tomo nota, jefe.

Max asintió. Le echó un último vistazo a Luca y con un suspiro de resignación se fue por donde habían venido, dejándolo allí .

Estaba solo por primera vez, en territorio enemigo.

Pero estaba sonriendo como un niño en la mañana de navidad. Abrió la puerta con la llave que le había dado. Cerró tras de sí y observó la casa. Todo estaba impecable y en silencio absoluto.

Por primera vez desde que había llegado a la finca Bianchi, se permitió dejar caer su máscara.

Se relamió los labios sonriendo cual idiota.

Estaba dentro. Lo había conseguido.

Dio varios pasos, se dejó caer en el elegante sillón de cuero. Apoyó las piernas sobre la mesa de centro y dejó caer la cabeza hacia atrás soltando una carcajada oscura.

—Tan jodidamente fácil. —dijo para sí, relamiéndose por dentro.

Romeo Bianchi, el hombre que había asesinado a su padre, que había barrido a su familia del mapa, lo había recibido con los brazos abiertos en su jodida casa. Y ahora le daba la llave para estar cerca de su tesoro más valioso.

—Ariadna. —susurró su nombre como una amenaza. Aunque, había algo más al pensar en la morena de ojos azules y carácter del demonio que había visto en el despacho de Romeo.

Solo decir su maldito nombre lo calentaba de una manera desconcertante, que no sabía explicar. Lo había mirado con tal desprecio, que sabía que lo hubiese matado allí mismo. Lo más gracioso, es que le había encantado ese desafío, esa jodida mirada de hielo y desprecio.

¡Joder!

Era condenadamente hermosa, demasiado. Eso, la hacía demasiado peligrosa.

Luca se permitió cerrar los ojos y visualizarla.

El cabello negro como el carbón.

Los ojos azules como puñales de hielo.

Ese cuerpo diseñado para el pecado.

Esa boca que parecía hecha para insultar… y gemir.

La había visto encenderse en segundos, furiosa,  tremendamente feroz.

Y lo único que pudo pensar fue:

Voy a destruirte, princesa, y lo mejor, es que me vas a rogar que lo haga, por qué cuando te tenga a mi completa merced, te voy a romper de todas las jodidas maneras posibles.

Su sonrisa se amplió. Abrió los ojos y se quedó mirando el techo blanco. Sabía que tenía que hacer con Ariadna, las mujeres no se le resistían. Una sonrisa de él, mostrando sus hoyuelos, esos que sabía que podían ser un arma letal con las mujeres y que esperaba que también funcionarán con Ariadna.

La cabrona era fuego puro.

Pero Luca era la maldita gasolina.

Y no había nada más divertido que ver arder algo.

Sobre todo, si ese algo, era un puto Bianchi.