Luca (Sangre Bianchi 2) Un maldito perro guardián
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Un maldito perro guardián

N o había sonido alguno en la habitación.

El silencio, sólo perturbado por el suave crujir de la cremallera del vestido que se deslizaba por su espalda.

Frente al espejo de cuerpo entero, Ariadna se giró un poco para asegurarse de que le sentaba bien.

El vestido azul claro caía sobre su figura con delicadeza.

Uno de los tirantes resbalaba apenas sobre su hombro derecho y se lo acomodó sin pensar.

El cabello negro, largo hasta la cintura, aún húmedo por la ducha, caía como una cortina de seda sobre su espalda.

Sus ojos, de un azul casi transparente como el hielo del Ártico, igual a los de su madre, Samantha, se clavaron en su reflejo con una expresión indecisa.

Llevaba un delineado sutil. Las pestañas perfectamente rizadas, los labios apenas pintados de color coral, se veían ligeros y suaves.

Perfecta, sencilla y natural. Tal como le gustaba a ella.

Justo cuando estaba por aplicarse su perfume favorito, la puerta se abrió lentamente, sin una llamada antes.

—¿Podrías aprender a llamar, mamá? —gruñó mirando a su madre a través del espejo.

Samantha entró como una ráfaga de color.

Su vestido amarillo canario moviéndose al compás de su energía.

Seguía siendo hermosa.Su pelo pelirrojo había perdido algo de su color, pero no tenía ni una sola cana.

Lo llevaba perfectamente recogido en un moño flojo.

Muy propio del estilo de su madre ir siempre informal.

No llevaba maquillaje, más que un poco de máscara de pestañas, y sus pecas, a pesar de los años, seguían siendo perfectamente visibles por sus brazos y cara, dándole un aire más juvenil del que correspondía a su edad.

—No en mi casa, cielo—contestó con su habitual descaro suave y una sonrisa que no podía disimular su preocupación—. Tu padre te está esperando en el despacho. —Se puso tras Ariadna y le acomodó el vestido azul desde atrás. Un gesto muy común que hacía la mayoría de las veces de forma automática.

—¿Qué? ¿Ahora? —Ariadna frunció el ceño—. ¡Pero he quedado con Julia para ir al centro comercial! Vamos a comprar ropa, y después íbamos a…

—No te hagas la sorprendida —la interrumpió su madre, cruzándose de brazos—. Sabes que cuando tu padre te llama, es mejor no hacerlo esperar. Por lo que vi, Max también está allí, no sé de qué se trata, pero tu padre no pierde el tiempo en tonterías.

Eso no era buena señal. Si Max estaba, era un asunto serio…ella no recordaba haber hecho nada malo. No había iniciado ningún escándalo, ni había salido en la prensa recientemente.

— Pues dile que no estoy —masculló mientras giraba hacia el tocador y buscaba sus pendientes—. Dile que cuando viniste a buscarme ya me había ido… o que me caí en la ducha… o que me desmayé… lo que sea…pero no quiero bajar.

Samantha solo la miró, con esa calma que solo las madres que han vivido la guerra con adolescentes pueden tener.

—Ariadna. No hagas enfadar a tu padre. Por favor.

Su tono, fue más de súplica que de regaño. Echó un último vistazo a Ariadna a través del espejo y después, salió de la habitación.

La dejó sola con el vestido azul y su orgullo desafiándola frente al espejo de su habitación.

Cinco minutos después, bajó las escaleras de mármol, rumbo al despacho de su padre. Cada paso que daba, lo hacía con una mezcla de rabia y resignación. Se detuvo frente a la puerta de roble oscuro que marcaba el límite entre el pasillo y el despacho de su padre.

Respiró hondo y golpeó dos veces, solo por mera cortesía, en realidad quería entrar chillando y pataleando por haberle interrumpido sus planes por vete a saber qué tontería —Pasa —dijo la voz grave Romeo desde dentro.

Abrió la puerta con resignación.Lo primero que notó fue que el aire cambió, dentro del despacho parecía más pesado y denso.

Una sensación extraña se acomodó en la boca de su estómago. Como si hubiera entrado a un campo de batalla y una bomba estuviese a punto de estallar en sus narices.

Romeo Bianchi estaba sentado tras su escritorio, impecable, vestido de negro.

Su camisa remangada dejaba ver los tatuajes de sus antebrazos.

A su derecha, como una extensión de su voluntad, Max, que permanecía de pie, móvil en mano, ignorando la escena que se estaba desarrollando frente a él, y al otro lado…

Un hombre.

Un desconocido para Ariadna.

Era alto. Condenadamente alto. Más que cualquier otro hombre que hubiese visto, teniendo en cuenta que su padre y su hermano eran muy altos.

Llevaba una camiseta negra de manga corta básica, ceñida a un pecho fuerte.

Tenía tatuajes asomando por el cuello y por sus brazos, que le bajaban por las muñecas hasta los dedos.

La mandíbula perfectamente definida, en un gesto serio, casi apretado.

El pelo negro, ligeramente desordenado como si acabara de levantarse de la cama o de salir de una pelea, pero terriblemente sexy y unos malditos hoyuelos que aparecieron justo cuando sonrió al verla entrar.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

¡ Joder… !—Pensó— ¿Quién demonios es este?

—Ariadna —la voz de su padre rompió el momento de evaluación — Siéntate.

Ella se quedó de pie, con los brazos cruzados, desviando la mirada a su padre.

—Estoy bien de pie. Gracias. —Contestó ella, desafiando la paciencia de su padre.

—No te lo estaba preguntando —replicó Romeo sin alzar la voz.

Ella bufó, dio varios pasos hacia la silla frente al escritorio y se sentó frente a Romeo, cruzando las piernas, y también los brazos en una clara postura de que no quería estar ahí.

—¿De qué va esto papá? —Ariadna frunció sus perfectas cejas negras mirando a su padre.

Romeo giró un poco la silla y la observó con intensidad. Su hija era de las pocas personas que podían enfrentarse a él y no morir en el intento.

—Tú eres mi hija. Mi sangre. Lo más valioso que tengo, junto con tu madre y tu hermano.

Ella alzó una ceja, de manera burlona.

—¿Estás escribiendo tu testamento? —Ariadna sonrió con malicia—. Creía que era a Sandro a quien le ibas a dejar todo tu legado.

Romeo gruñó y respiro hondo, armándose de paciencia ante Ariadna.

—Estoy reforzando tu seguridad, cielo.

Cielo … la forma cariñosa que tenía su padre de llamarla. Una manera silenciosa de decirle te quiero y lo hago por tu bien aunque a ella le fastidiara .

Hubo una pausa cargada de un silencio ensordecedor.

Max se removió inquieto, como si supiera lo que se avecinaba.

El hombre desconocido mantuvo su mirada fija en ella.

Sus ojos negros, parecían estar atravesándola.

Su boca, torcida en una leve sonrisa. Estudiándola sin disimulo.

Ariadna, aunque muy consciente de esa mirada sobre ella, no desvió la vista de los ojos de su padre ni un solo segundo.

—A partir de ahora, tendrás un guardaespaldas —dijo Romeo finalmente.

—¿Perdona? —Ariadna se incorporó de golpe de la silla, incrédula ante las palabras de su padre. —¡¿Un puto guardaespaldas papá?! ¡¿estás hablando en serio?!

—Él, es Luca Moretti. —continuó su padre ignorando la reacción de ella. — Empezará mañana mismo. Su trabajo será protegerte. Será tu sombra.

Ariadna se quedó en blanco durante unos segundos, pero cuando logró reaccionar, explotó.

—¡¿Pero tú estás loco?! ¡¿Un guardaespaldas?! ¡¿Ahora me vas a escoltar como si fuera una maldita rehén??

Romeo se mantuvo sereno. Su rostro, totalmente inmutable. Luca giró la cabeza en dirección a Romeo esperando ver como reaccionaba con su hija, pero este seguía tranquilamente sentado mirándola con calma fría.

—Eres preciosa, hija, e inteligente. Eres una Bianchi. Vivimos en un mundo donde esas tres cosas hacen que seas un objetivo. No es una opción Ariadna. Es una maldita orden.

—¡No necesito a nadie siguiéndome como un perro faldero! ¡Joder papá voy a ser el puto hazmerreír de la Universidad!

—No es negociable. —Romeo se levantó y se acercó a su hija.

Ariadna alzó la mirada desafiante ante la proximidad de Romeo.

—Papá, por favor, No lo hagas… ¡Esto es ridículo! ¡Tú no puedes…

—Puedo, y lo haré —interrumpió Romeo, con esa frialdad con la que era capaz de asesinar a cualquiera que le llevara la contraria.

Ella se quedó helada. Mirando a su padre a los ojos. Verde contra azul. Un duelo de poder entre los dos, aunque Ariadna sabía que había perdido antes de empezar.

Luca habló por primera vez y su voz, sonó como un puñal envuelto en terciopelo.

—Tranquila, princesa. No muerdo… a menos que me lo pidan.

El silencio que siguió fue apoteósico.

Ariadna desvió la mirada hacia Luca. El odio brillando en sus ojos azules. Si las miradas mataran, Luca habría caído muerto en ese mismo instante

—No me llames así, Soldato . —contraatacó ella marcando el apodo en italiano con bastante acento y con un deje de desprecio en su voz.

Luca sonrió. Claramente estaba disfrutando de su reacción.

—Lo anotaré mentalmente… princesa. —Repitió él sacándola de sus casillas.

—¡Te juro que como no te calles, te arranco la lengua con mis propias manos!

Romeo se interpuso entre ambos. Max ya había retrocedido un paso, estaba en una esquina intentando pasar desapercibido.

—Esto es lo que hay, Ariadna. Acéptalo, o te encerraré en esta casa y juro por mi sangre que no verás la maldita luz del sol hasta que yo lo decida.

Ariadna volvió a mirar a su padre, dolida. Odiaba todo aquello. Odiaba ser una jodida princesa de la mafia y odiaba al maldito gilipollas que le habían puesto como guardaespaldas. Pero, aunque odiaba todo eso, sabía que cuando Romeo hablaba así, no había vuelta atrás.

Apretó la mandíbula, manteniéndole la mirada unos segundos más a su padre.

Sus manos, cerradas en puños. Las uñas clavándose en sus palmas.

Con la rabia corriendo por sus venas, dio media vuelta, abrió la puerta del despacho para salir, pero antes de irse, se giró lentamente y le clavó la mirada a Luca.

—Espero que te aburras rápido, Soldato , porque voy a hacerte la vida imposible.

Él le devolvió la mirada sonriendo.

Esa maldita sonrisa con hoyuelos que iba a perseguirla en sus putos sueños, porque el desgraciado era un jodido Adonis lleno de músculos y tatuajes.

—Me gustan los desafíos, princesa. Y tú… prometes ser uno muy entretenido.

Salió del despacho, cerrando de un portazo.

Ariadna se quedó en el pasillo aspirando e inspirando aire para tranquilizarse. Le iba a borrar esa sonrisa de suficiencia al maldito Moretti. La guerra acababa de comenzar. Ella era una puñetera Bianchi, y los Bianchi nunca sé rendían, y nunca, jamás dejaban cabos sueltos.

Ese Soldato , acababa de entrar al puto infierno.

Y ella era la princesa de ese maldito lugar.