De vuelta al Infierno
Romeo
L a noche en Roma era fría y silenciosa. A esas horas las calles estaban prácticamente desiertas, pero dentro del club la vida rugía con la música a todo volumen y los cuerpos de más de cien personas moviéndose, unos contra otros, sudorosos, ajenos a todo lo demás.
Inferno, a pesar de los años, seguía siendo el club de moda, donde gánsteres, capos, políticos, y niños ricos pasaban las noches, entre alcohol, drogas, y sexo.
Un club donde todo estaba permitido, si tenías el dinero para pagarlo. Como todo infierno, este tenía un dueño:
Romeo Bianchi, el amo de la mafia italiana, señor de la mafia Magliana, de los pocos que quedaban.
Un heredero, como lo llamaban. A pesar de su edad, aún era un hombre temido y muy respetado.
Los carabinieri no interferían en sus asuntos, por ende, Romeo no se metía con ellos.
Todo funcionaba como un puto reloj bajo sus órdenes.
Era un hombre acostumbrado a disparar primero y preguntar después y nunca, jamás, dejaba cabos sueltos.
Un cabo suelto podía ser un error que pagar con el tiempo y eso jamás lo podía permitir.
El interior del club estaba iluminado por luces de neón rojas y lámparas de araña de cristal.
La música vibraba en las paredes cubiertas de cortinas de terciopelo rojo.
Había todo tipo de hombres y mujeres, algunos, hijos de multimillonarios que se gastan el dinero de su querido papi, en drogas y alcohol.
Muchos de ellos demasiado jóvenes, demasiado confiados.
Se arracimaban contra mesas VIP, ignorando que estaban en territorio peligroso, rodeados de algunos asesinos y narcotraficantes.
En el despacho privado que Romeo tenía en la segunda planta, el aire estaba tenso, casi se podía cortar con un cuchillo. Romeo caminaba con paso lento, sigiloso, como un depredador que saborea cada segundo, antes de atacar.
Su camisa negra, parcialmente desabrochada, se ajustaba a su torso tatuado. Las mangas remangadas revelaban los nombres de sus hijos y de su esposa marcados en la piel, como un recordatorio constante de lo más importante de su vida.
El cabello negro salpicado de canas, hacía más letal su presencia.
Cada persona que lo miraba retrocedía por instinto.
Seguía en buena forma. Sus músculos hacían que la camisa le quedara ceñida a los hombros y los bíceps, sus facciones seguían siendo terriblemente atractivas, pero su aura no había cambiado nada con los años.
Siniestra y peligrosa, aún hacía temblar a cualquiera que se atreviera a mirarlo, sobre todo al que osara traicionarlo o meterse con lo que más le importaba en la vida, sus hijos y su mujer.
Max, seguía a su lado, fiel después de todos los años transcurridos y una de las pocas personas en las que Romeo confiaba con su vida. Su mano derecha, su consigliere y mejor amigo.
Ambos estaban en el despacho. Esa noche tenían una misión.
Mientras Max revisaba la lista de los nombres que tenía bien apuntados, Romeo seguía caminando de un lado a otro del despacho.
Estaba de un humor de perros y Max sabía que, o acababan pronto con aquello, o su viejo amigo iba a estallar contra algún pobre inocente.
Milo y Marco, los gemelos que aún seguían trabajando para él, vigilaban el perímetro como puñeteras sombras, sus miradas resplandecían en la oscuridad, haciéndose cargo de dejar pasar a los candidatos que llegaban para enfrentarse a Romeo .
La puerta se abrió, dejando ver a Milo hablando con alguien fuera.
El siguiente inútil de la lista seguramente — Pensó Romeo.
—Aquí llega otro. —dijo Max levantando la mirada de la lista.
—Espero que no sea otro inepto… Necesito a alguien medianamente decente para el puesto de guardaespaldas…—replicó Romeo parándose detrás de su escritorio.
Max soltó una risa suave, cargada de ironía.
—Habría que ver primero si no sale corriendo al ver a tu hija.
Romeo frunció el ceño con la intensidad que siempre precedía a una tormenta.
—Mi hija tiene el carácter de un puto demonio, la eduqué bien, aunque ahora eso me cueste quebraderos de cabeza. —Romeo se sentó en su sillón— Max, quiero que entres tú también en esta entrevista. Que lo analices por si a mí se me escapa algo… a estas horas ya no pienso con claridad.
—Claro Rom, siempre lo hago.
Un instante después, los gemelos se colocaron a cada lado de la puerta del despacho. Ambos, altos, intimidantes, con sus caras de no me toques los cojones o te meto una bala entre ceja y ceja.
Bien, el siguiente es Raffaelo Carini.
—Perfecto —asintió Romeo— Que pase.
—Sí, jefe. —dijo Milo dejando pasar a un hombre de unos cincuenta años, fornido y con cara de pocos amigos. Romeo torció el gesto nada más verlo. Max, contuvo una risa. Estaba claro que nadie le parecería suficientemente bueno a su amigo. Iba a ser una noche muy larga.
Un par de horas después Romeo estaba insoportable y Max estaba empezando a perder la paciencia .
Miró la lista, había un último nombre, Moretti. Max frunció el ceño, no conocía a ningún Moretti por la zona, pero estaba harto y su jefe estaba deseando irse a casa con su mujer, así que tendrían que terminar rápido.
Milo le dio paso al hombre, era más joven que el resto de candidatos, muy alto, musculoso y tenía tatuajes por los brazos y el cuello.
Muy al estilo de Romeo. Pero vestía más informal, vaquero oscuro y camiseta negra de manga corta.
Tenía una mirada de color negro seria, penetrante y a pesar de no tener más de treinta años su mirada parecía haber vivido mil vidas.
Romeo también reconoció eso en sus ojos.
Solo un hombre criado bajo sangre y cenizas tenía esa mirada. Ese hombre, aunque joven, no era un inexperto en ese tipo de vida, todo en él gritaba peligro.
—El señor Moretti… supongo…—preguntó Romeo evaluándolo desde su sillón detrás del escritorio.
—Luca... Luca Moretti señor Bianchi—contestó el hombre acercándose con pasos decididos frente al escritorio.
Lo observó durante unos segundos en silencio. Luca se quedó quieto, devolviéndole la mirada, sin apartarla en ningún maldito momento.
Definitivamente tenía una presencia peligrosa. Era innegable: Ese muchacho tenía huevos, nadie le aguantaba la mirada más de dos segundos seguidos.
—Max, sírvele una copa—Romeo habló sin apartar los ojos ni un solo segundo de Luca.
Le hizo un gesto leve con la mano, indicándole que tomara asiento frente a él. Luca lo hizo sin decir nada, reclinándose hacía atrás, mostrando serenidad y seguridad. Romeo torció levemente la boca en un atisbo de sonrisa .
Luca solo desvió la mirada, cuando Max se acercó para entregarle el vaso con whisky. Le dio un sorbo lento a la bebida y volvió a centrar su atención en Romeo.
—Supongo que sabes para qué es el puesto de trabajo, ¿No? —preguntó inclinándose hacía adelante y apoyando los codos en el escritorio.
—Para ser guardaespaldas… señor. Estoy más que capacitado para ello. —añadió Luca, con voz firme.
—¿Eso crees? —preguntó Romeo con voz firme, sin brusquedad—. Dime por qué debería contratar a un hombre que jamás he visto, que no sé de dónde viene… solo por qué me diga que está más que capacitado para el puesto.
Luca, sin apartar la mirada de él se inclinó hacia adelante, con el vaso aún entre sus dedos y apoyando los codos sobre sus rodillas de manera relajada le contestó sin dudar ni un segundo.
—Porque mi especialidad no es protegerle, señor Bianchi, sino saber cuándo proteger a quien más importa. Sé que esta noche no vine a impresionar. Vine a sobrevivir.
Silencio absoluto.
La música sé escuchaba de fondo, como un eco lejano de todos los que estaban ajenos en aquel club, de lo que en ese despacho sé estaba cociendo.
Max inclinó la cabeza ligeramente y observó la cara de su amigo, esperando ver la reacción de este.
Romeo cogió aire de forma sonora y arrastró el sillón hacía atrás para levantarse.
Luca no se movió de la postura en la que estaba, aunque sus ojos lo estaban siguiendo.
Caminó rodeándolo, examinándolo. Las tenues luces del despacho reflejaban sus tatuajes, los nombres de sus hijos y su mujer visibles para todos.
El despacho estaba en silencio. Un silencio lleno de ruido, era ensordecedor. Todos a la espera de que el capo dijera algo.
—¿Qué aprendiste en tu último trabajo? —preguntó de pronto Romeo.
—Que el peligro más grande es ser predecible —contestó Luca con calma— Que un hombre que protege sin comprender lo protege… está muerto desde el primer día.
Romeo sonrió, apenas, un gesto leve.
—¿Y si tu cliente es…difícil de tratar?
Luca lo miró unos segundos antes de contestar. Sus ojos brillaron con algo parecido a la diversión.
—No me costaría ningún esfuerzo ponerlo en su lugar, si así lo protejo de cualquier peligro.
Max frunció el ceño y dio un paso al frente molesto por esa contestación, pero Romeo lo detuvo con un simple gesto de su mano.
La tensión cortaba el aire. Los gemelos permanecían impasibles. Max miraba a Luca como si le quisiera cortar la cabeza ahí mismo, pero Romeo estaba extrañamente tranquilo.
—La última persona que me miró a los ojos durante tanto tiempo y me habló tan francamente, está a unos cuantos metros bajo el agua pudriéndose entre peces.
—dijo volviéndose a poner frente a Luca tras el escritorio.
—Pero… de todos los inútiles que he visto hoy, —continuó —tú me has parecido el mejor…
Max se rió ante el insulto de Romeo, pero Luca pareció no inmutarse.
—Espero que estés preparado chico. —Max lo miró con una sonrisa burlona .
—Bienvenido al infierno personal de mi hija. Entre los que entran y los que logran sobrevivir hay una diferencia. No saben si van a hacer su trabajo o morirán intentándolo.
Luca se puso de pie, sin apartar su mirada desafiante de la de Romeo y sonrió de medio lado.
—El infierno nunca me ha asustado.
Romeo le tendió la mano en un gesto de tregua. El diablo había encontrado a alguien que se creía capaz de caminar entre sus llamas.