Lovely CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Colin mira a la mujer con frialdad mientras sujeta mi mano con demasiada fuerza. Yo acaricio su brazo con mi otra mano tratando de calmarlo, pero parece imposible.

—¿Qué haces aquí? —le pregunta él.

—Tu madre me invitó. No podía negarme.

En todo momento habla con altanería.

—Debiste —asegura la abuela—. Es mi cumpleaños y no te quiero aquí.

—Lo siento, “abuelita” —se burla—. No quería perderme tu último cumpleaños.

—¡No te pases de la raya, muñeca de silicona! —le grita Dara, llamando la atención de todos.

—¡Qué está pasando aquí! —exclama Simone acercándose.

—Mamá, ¿por qué invitaste a esta bruja al cumpleaños de la abuela? —le pregunta Dara, molesta.

Simone me mira con intención y después aparta la mirada.

—Es amiga de la familia. Sus padres también están aquí y quieren platicar contigo, Colin.

La rubia se acerca a Colin y lo sujeta del brazo con posesión.

—Sí, Colin.

Restriega sus enormes pechos contra su brazo.

—Mis padres aún sueñan con que nos casemos.

—Suéltame, Shannon —le ordena Colin con frialdad—. No quiero hablar con tus padres y mucho menos contigo.

—Esto te convierte en la nuera más despreciable del universo, Simone —le dice la abuela.

Colin se suelta del agarre de Shannon y me lleva lejos de la gente.

Se detiene en un solitario pasillo y me mira.

—Lo siento, Emma. Nunca pensé que mi madre…

—Yo estoy bien, Colin. No me importa. El que me preocupa eres tú. ¿Estarás bien con ella aquí?

—No lo sé, Emma.

—Podemos irnos si quieres.

Él niega.

—No puedo hacerle eso a la abuela. Debo quedarme, pero… si tú quieres irte…

—No quiero irme, Colin. Quiero estar contigo y apoyarte en lo que pueda.

Me abraza con fuerza, como si yo fuera su salvavidas. Eso me rompe el corazón.

—Gracias, Emma. Te necesito a mi lado más que nunca.

Le acaricio la espalda y asiento.

—Aquí me tienes, Colin. No iré a ninguna parte.

Se aleja un poco y me besa suavemente en los labios. Yo correspondo su beso y, cuando nos separamos, acaricio su pecho y sonrío.

—Deberíamos regresar. Tu abuela y tu hermana deben de estar preocupadas por ti.

Colin asiente y regresamos al salón. Este ya está vacío.

Una empleada nos dirige al comedor y nos sentamos cerca de la abuela y de Dara.

—Buenas tardes —dice Theodore, entrando al comedor con una gran sonrisa.

En cuanto ve a Shannon a mitad de la mesa, mira a Colin, luego a mí y por último a su esposa.

—Por Dios, Simone, ¿qué has hecho?

Ella simplemente carraspea.

—Terminarás quedándote sola con las acciones que realizas, esposa.

—Siempre te tendré a ti —asegura ella con altanería.

—Sabes que eso no es cierto, querida.

La mirada de Simone se llena de tristeza y finge que acomoda su elegante vestido para que nadie lo note.

—Olvídalo, hijo —dice la abuela—. Es mi cumpleaños. Quiero que este fin de semana sea todo sobre mí y no sobre Simone o el parásito de Shannon.

—Brindo por eso —dice Dara con una copa de vino.

—¡Te dije que no puedes tomar alcohol! —exclama Simone.

—Claro que puede —asegura la abuela—. Esta es mi casa y las reglas las pongo yo. Tómate el vino, Dara, Dios sabe lo mucho que lo necesitas al soportar a tu madre todos los días.

Dara oculta una sonrisa y le da un sorbito a la copa.

—No abuses —le dice Colin a su hermana.

—Te prometo que solo será esta copa, hermanito.

—Bueno, bueno —dice la abuela en voz alta mientras se pone de pie—. Todos saben que el domingo cumpliré mis ochenta años y quise celebrarlo en grande con mi familia y amigos. Nunca falta uno que otro indeseable, claro está.

Observa fijamente a Shannon y a los que seguramente son sus padres.

—Pero no nos vamos a amargar por eso. Esta noche vamos a disfrutar de un delicioso banquete, mañana durante el día todos están invitados a disfrutar de las piscinas y aguas termales con las que cuenta mi propiedad.

En la noche, habrá fiesta en la playa y el domingo celebraremos mi cumpleaños con pastel y mariachi, porque me lo merezco.

¡Así que un aplauso para mí y a disfrutar de este fin de semana!

Todos aplaudimos mientras algunos silban y otros vitorean.

Inmediatamente, varios meseros y meseras entran al comedor y abren montones de botellas de champán, vino, whisky y demás bebidas mientras se sirve el banquete a lo largo de la noche. Como primer plato, nos sirven una crema de mariscos que me parece deliciosa.

—¿Qué te ha parecido la abuela? —pregunta Theodore a mi lado.

Yo sonrío.

—Es muy agradable. Defiende a los suyos y es muy segura de sí misma. Es increíble.

—Vas a hacerme llorar, muchacha —dice la abuela limpiándose una lágrima.

Colin acaricia la mano de su abuela y sonríe.

—Ha dicho toda la verdad, abuela.

Ella sonríe ante las palabras de Colin mientras seguimos platicando.

Como plato fuerte, nos sirven una cremosa y picante pasta con camarones.

—Con esta comida, no voy a querer irme, abuela —le dice Dara.

—Pues eres bienvenida a quedarte todo lo que quieras, nietita.

—Todo está delicioso —dice un hombre de mediana edad sentado junto a Shannon.

—Así es, papá —responde ella.

La abuela les hace mala cara, pero Simone les sonríe.

—Nos alegra que disfruten de la comida.

—Ojalá se atraganten con un camarón —murmura Dara.

La abuela comienza a reírse a carcajadas y rápidamente Dara y yo nos contagiamos y nos reímos también. Colin sonríe mientras Theodore niega con la cabeza.

—Este postre se llama Churchill —dice la abuela explicando el postre compuesto por hielo picado, sirope, leche condensada, leche en polvo y helado—.

Es un postre de Costa Rica. Mi chef es de ese encantador país; sabrán que no miento por el sabor de la comida.

Es muy tropical y refrescante. Este postre es muy tradicional en su país.

—Es delicioso —asegura Theodore.

—Más que delicioso —dice Dara—. Comeré esto todos los días.

Terminada la cena, la abuela les indica a sus empleados que nos lleven a nuestros dormitorios.

Yo sigo a Colin sin saber si me darán un dormitorio para mí o si compartiré uno con él.

Él se detiene frente a una puerta y me mira.

—Este es el nuestro.

—¿Compartiremos?

No puedo evitar sonreír.

—No pienso dormir solo.

Abre la puerta, me toma de la mano y me lleva adentro. Cierra la puerta y me recuesta a ella.

—¿Te gustó la cena?

Yo asiento.

—Todo estaba delicioso. Ahora quiero un poco de ti.

Nos besamos con pasión y caminamos hasta chocar contra la cama. Cuando estamos a punto de acostarnos, unos golpes en la puerta nos interrumpen. Colin gruñe y se acerca a abrir.

—No pueden dormir sin esto —dice la abuela entrando al dormitorio y dejando sobre la cama una gruesa colcha roja con un estampado que, de lejos, parece un corazón gigante.

—¿Por qué? —pregunto—. Ya hay colcha en la cama.

—Oh, esta es especial, queridita.

—Abuela, no la vamos a usar —asegura Colin.

—Esta colcha es una máquina de hacer bebés, deben usarla.

Colin se lleva las manos al cabello con exasperación.

—De acuerdo —le digo—. Gracias.

—¡Espléndido! —asegura la abuela, marchándose de la habitación con gran alegría.

Colin cierra la puerta y le pone seguro.

—No la usaremos, Emma.

Yo sonrío y dejo la colcha sobre el sofá.

—De acuerdo, pero la abuela no tiene que saberlo. Ahora ven aquí, tienes demasiada ropa.

Con una sonrisa, Colin se acerca a mí y comenzamos a besarnos de nuevo. Nos desvestimos poco a poco hasta quedar completamente desnudos y excitados.

—Móntame —susurra Colin contra mis labios—. Quiero ver de nuevo ese movimiento de caderas.

Yo sonrío y lo empujo para que caiga en la cama. Él se acomoda, quedando sentado y recostado al respaldar, mientras yo subo a la cama. Gateo hasta donde está y me siento a horcajadas sobre él.

Comienzo a mover mis caderas de adelante hacia atrás, haciendo fricción entre mi clítoris y su duro pene, humedeciéndome y mojándolo a la vez.

—Eres tan sexy.

Acaricia mis pechos mientras yo me llevo las manos al cabello.

—Móntame, Emma. No me hagas sufrir…

Tomo su pene con una mano, lo acaricio un par de veces y luego lo acomodo en mi entrada. Me dejo caer lentamente hasta tenerlo completamente dentro de mí. Gimo extasiada mientras Colin gruñe.

Comienzo a subir y a bajar mientras muevo mis caderas. Colin araña mi espalda y mis caderas, erizando mi piel. Mis pezones están tan duros y necesitados que duelen. Colin lo sabe y se apiada de mí chupándolos y lamiéndolos.

Gimo sonoramente.

—Oh, Colin… Vas a hacer que me venga.

—Hazlo, mi amor.

Me ayuda a subir y a bajar sujetándome con fuerza de las caderas.

—Quiero que te vengas duro, Emma.

Jadeo y gimo sujetándome con fuerza del respaldar de la cama mientras siento su pene entrando con fuerza y rapidez.

Me vengo con un sonoro gemido que espero que nadie haya escuchado. Continúo moviéndome, alargando mi orgasmo y llevando a Colin al suyo, quien se viene con fuerza en mi interior. Colin me mira y sonríe antes de besarme.

—Se siente tan bien estar dentro de ti —murmura contra mis labios, moviéndose un par de veces más y provocándome estremecimientos.

—Desearía estar así para siempre.

Él sonríe ante mi confesión.

—También yo, dulzura.

Nos quedamos así por un largo rato, disfrutando de los espasmos provocados por nuestros orgasmos mientras nos besamos suavemente.

En la mañana, unos golpecitos suenan en la puerta. Miro a mi lado y veo que Colin ya no está. Me levanto de la cama y, antes de que los golpecitos se escuchen otra vez, me acerco a mi maleta y saco una bata de dormir para cubrir mi desnudez. Después me acerco a la puerta y la abro despacio.

—¡Buenos días, cuñadita! —exclama Dara alegremente mientras entra al dormitorio.

—Veo que mi hermano se levantó temprano. Como siempre.

—¿Sabes dónde podrá estar?

Ella se encoge de hombros.

—Tal vez con la abuela. Le encanta la compañía de Colin.

Yo asiento con la cabeza.

—Ponte un traje de baño y salgamos. El desayuno es al aire libre cerca de las piscinas y aguas termales. Después de desayunar, podemos nadar un poco.

—Está bien. Deja que me arregle un poco, ni siquiera me quité el maquillaje anoche.

Dara sonríe maliciosa y yo me río mientras la saco del dormitorio para arreglarme.