CAPÍTULO 4 #2
Él le pellizca una mejilla, provocando que Sugar se queje. Desde que Cowboy y Sugar se conocieron, desarrollaron una gran amistad y ahora actúan como dos hermanos que disfrutan molestarse.
—También te gusta, bomboncito —le dice a Sugar—. No lo niegues.
Sugar pone los ojos en blanco mientras se acaricia la mejilla.
—Compórtense —ordena Babydoll.
Cowboy sonríe y le lanza un beso a Babydoll, provocando que esta se ría.
—Eres incorregible.
—Solo para ti, cariñito.
—Suficiente —ordena Candy—. No quiero que me despidan por culpa de ustedes y su alboroto.
—Sabes que cuentas con todo mi apoyo, caramelito —le dice Cowboy.
Candy sonríe agradecida y entonces nos callamos cuando Foxy baja del segundo piso con Darling para dar inicio a la reunión mensual.
Todos nos mantenemos en silencio mientras Foxy y su sobrina lejana hablan y hablan sobre los bailes, el comportamiento, el dinero y demás.
Después de esto, nos dan la oportunidad de hablar sobre las cosas que no nos gustan o lo que queremos hacer.
—Bueno —dice Sugar—. Nosotras cuatro habíamos solicitado que nos pasaran los ensayos para la tarde porque en la mañana estamos muy agotadas y no tenemos mucho tiempo para descansar. ¿Qué pasó con eso?
—Estamos reorganizando los horarios de todas —dice Darling—. Vamos a dejar los ensayos de las tardes para las bailarinas que tengan mucho trabajo. Las que no lo tengan, ensayarán en las mañanas.
Muchas se quejan y nos miran con desprecio. Sugar y Candy les sonríen a todas.
—No es nuestra culpa ser tan talentosas —les dice Candy.
—Nuestros bailes privados de cada mes se llenan de inmediato y bailamos en la tarima más noches que muchas de ustedes —comenta Sugar.
—Basta —les dice Babydoll en un susurro—. No las provoquen.
Candy y Sugar se encogen de hombros mientras sonríen con superioridad.
—Aunque a muchas les moleste, es la verdad —asiente Foxy—. Por algo son las joyas del Venus.
Con esto, todas se quedan calladas.
—Darling hará los cambios para que mis joyas puedan ensayar en la tarde.
Se habla un poco más y después se finaliza la reunión.
—Lovely, querida —me llama Foxy cuando todos comienzan a marcharse—. Me gustaría hablar contigo, acompáñame a mi oficina.
Me despido de las chicas, quienes se van cada una por su lado a atender sus asuntos personales, y sigo a Foxy hasta su oficina.
—El señor Larson solo vino a uno de tus bailes privados —comenta ella—. No volvió a aparecer por aquí y tampoco me ha llamado para que lo vayas a ver. ¿Algo lo habrá molestado?
Yo me encojo de hombros.
—No lo sé, Foxy. Hice todo lo que me pediste. Tal vez solo está muy ocupado.
Ni siquiera me ha enviado un mensaje. Lo llamé un par de veces, pero nunca contestó.
—He estado pensando…
Su sonrisa demuestra que lo que sea que haya estado pensando no es nada bueno.
—El señor Larson pagó por todos tus bailes, pero nunca viene. ¿Qué tal si dejamos que otros paguen por tus bailes?
La miro confundida.
—¿A qué te refieres, Foxy?
—Dejamos que el señor Larson pague por tus bailes, pero si no viene, bailarás para otros. ¡Dinero extra!
Me pongo de pie y miro a Foxy con enojo.
—No lo haré, Foxy. Mis bailes ya fueron pagados, no bailaré para nadie más.
Foxy sonríe.
—Solo piénsalo, querida.
—No tengo nada que pensar, Foxy. Nos vemos.
Salgo de su oficina con enojo y me marcho del Venus, caminando por más de una hora por las calles atiborradas de la ciudad, sin ningún rumbo fijo.
—Emma…
Abandono mis pensamientos sobre la conversación que tuve con Foxy al escuchar que me llaman. Detengo mis pasos y me doy la vuelta, encontrándome con Colin, quien está a la puerta de una tienda de vestidos elegantes.
—Colin… —digo acercándome—. Hola.
Él me acaricia un brazo y me mira preocupado.
—¿Qué pasa? Te ves molesta.
Me encojo de hombros.
—Tuve algunos malentendidos en el trabajo. Nada más.
Él me mira sin creerme.
—Por cierto, ¿dónde has estado? No he sabido nada de ti. Te llamé, pero nunca respondiste.
—Lo siento. He estado un poco estresado.
—¿Por el trabajo?
Él niega con la cabeza.
—Ojalá fuera por el trabajo. Es por mi…
—¡Colin! —grita una jovencita saliendo de la tienda con un elegante vestido rojo—. Te dije que tenías que ayudarme a elegir mi vestido.
Colin suspira y me mira.
—Este es el fruto de mi estrés.
La muchacha delgada y bonita, con el cabello castaño oscuro a la altura del cuello, me mira con curiosidad. Sus ojos son idénticos a los de Colin.
—¿Quién es ella, Colin?
Me mira de pies a cabeza con lo que parece ser adoración.
—¡Mira qué bonita, Colin! ¡Así quiero verme!
—Ni en tus sueños —bromea él.
La chica lo mira enojada mientras se cruza de brazos.
—Eso será porque me parezco a ti.
Colin la atraviesa con la mirada.
—Regresa adentro, Dara. Tú pagarás ese vestido si lo arruinas.
La chica suspira con enojo.
—Bien, pero ella viene conmigo.
Me toma de la mano y me arrastra adentro de la pomposa tienda llena de vestidos.
—Soy Dara, la hermosa y dulce hermanita de Colin.
—Soy Emma…
No sé qué más decir, así que me quedo en silencio.
—Siéntate aquí, Emma.
Me empuja suavemente hacia un elegante sofá beige.
—Necesito que, por favor, por favor, por favor, me ayudes a elegir un vestido.
—¿Y para qué es el vestido? —le pregunto.
Colin se sienta a mi lado, mirando a Dara con enojo. Ella lo ignora.
—Para el baile de graduación. ¡Al fin voy a dejar la estúpida secundaria y podré entrar a la universidad donde habrá hombres de verdad!
—Irás a la universidad a estudiar, no a buscar hombres —alega Colin.
Decido interrumpirlos para que no comiencen una discusión.
—Bueno… ve a probarte los vestidos. Te ayudaré.
—¡Gracias!
Dara aplaude emocionada y se marcha al vestidor.
—No tienes que hacer esto, Emma.
—No tengo nada más interesante por hacer. Pero si te molesta que esté aquí, me marcharé.
Él toma mi mano y la acaricia con suavidad.
—Nunca va a molestarme tu presencia, dulzura. Te extrañé.
Me cruzo de brazos con enojo.
—No parece. Ni siquiera me enviaste un mensaje.
Él sonríe.
—Lo siento, Emma. No tengo excusas.
Se acerca y deposita un beso en mi cuello. Yo me aparto y sujeto con fuerza los bordes de mi chaqueta de mezclilla azul.
—Está bien. No importa.
—Te recompensaré, Emma. Lo prometo.
En ese momento, Dara sale con un bonito y elegante vestido largo en color jade. El vestido tiene un escote muy pronunciado y deja a la vista una pierna.
—Jamás —espeta Colin—. Quítate esa aberración.
Dara suspira dejando caer los hombros.
—No te gusta ninguno, Colin…
—Te ves hermosa —le digo yo.
—¡Se ve espantosa! —asegura Colin.
—¡Eso no es verdad! —exclamo.
Él me mira arqueando una ceja.
—Jamás miento, Emma.
—Lo estás haciendo ahora, Colin.
—Bueno, bueno… no se peleen —pide Dara—. Me pondré otro.
Se marcha al vestidor y yo miro a Colin con enojo.
—¿Por qué le dijiste eso? Se veía espectacular.
—Es una niña. No dejaré que se vista provocativa para que los hombres la vean.
—Así que estás celoso de que te roben a tu hermanita.
—No, solo soy realista.
Dara sale con otro vestido. Este es corte sirena, en un bonito tono rojo vino, con un escote moderado, pero deja la espalda completamente al descubierto.
—¡Maravilloso! —le digo a Dara.
—Horrible —asegura Colin.
Dara y yo nos miramos con enojo y ella se marcha a probarse un par de vestidos más. Las respuestas de Colin siempre son las mismas: “horrible, feo, espantoso”.
Dara se marcha al vestidor cabizbaja y yo me levanto mirando a Colin con enojo.
—Deja de hacer eso, Colin. Tu hermana se ve cada vez más triste, desilusionada y estresada.
—No es mi culpa que los vestidos sean tan provocativos. Deberían ser más decorosos.
—No dijiste eso la noche que cenamos y me viste con aquel minivestido. Recuerdo que te gustó bastante.
Me marcho comenzando a buscar entre la enorme pila de vestidos.
—Tú eres tú y ella es mi hermanita. ¡Es una niña!
—Tiene diecisiete años, ya no es una niña, y los vestidos que se ha probado están muy en tendencia. Es lo que se utiliza hoy en día.
—No dejaré que se ponga ninguno de esos vestidos indecorosos.
—Debes dejarla tomar sus propias decisiones, Colin. ¡Y no son indecorosos!