CAPÍTULO 4
Colin me mira expectante; es obvio que está acostumbrado a que le respondan con rapidez, pero me he quedado sorprendida por verlo aquí.
—¿Y bien? Estoy esperando tu respuesta. ¿Quién es Boris y por qué estaba en tu casa?
—Colin… yo…
—¿Lovely? —me llama Babydoll acercándose—. ¿Es Boris?
Yo me hago a un lado, dejándola ver a Colin.
—Oh… —murmura.
—¿Quién es? —pregunta Candy mientras ella y Sugar se acercan.
Las dos se quedan mudas al verlo.
—Buenos días, señoritas.
—Buenos días —responden ellas.
Obviamente lo reconocieron por la vez que estuvo en el camerino.
—Adelante, por favor —le dice Babydoll.
Él asiente con la cabeza y entra, observando todo a su alrededor. Sugar se acerca a mí mientras yo cierro la puerta.
—Está guapísimo —susurra.
Yo le hago señas para que se calle y ella sonríe mientras se esconde detrás de Candy.
—Toma asiento —le dice esta.
Él se sienta y nosotras nos sentamos con él.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
Él me mira y sonríe.
—Te extrañaba.
Mis mejillas se ponen rojas mientras las chicas me miran con una sonrisa discreta.
—¿Te gustaría algo de tomar? —le ofrece Sugar.
—No, gracias.
Mira a las chicas con curiosidad.
—Entonces ustedes son sus amigas y compañeras.
Ellas asienten y yo las presento.
—Colin, ellas son Babydoll, Candy y Sugar.
—Puedes decirle nuestros nombres reales —me dice Candy.
Yo sonrío y asiento.
—Margo, Eva y Madison.
—Y tú eres… —comienza Babydoll—. ¿El novio?
—¿El ligue? —dice Candy.
—¿El amante? —dice Sugar.
—Colin Larson —dice él, presentándose ante todas—. Pueden llamarme Colin.
—¿Cómo sabías que Lovely vive aquí? —pregunta Sugar.
—Foxy me había dado la dirección para que mi chofer la trajera aquí anoche.
No se ve nada nervioso o abrumado por tantas preguntas. Se nota que está acostumbrado.
—Si le haces daño… —comienza Candy.
—Prometo que intentaré no hacerlo —dice él.
—Eso no es suficiente —asegura Sugar.
—Soy realista. Es todo lo que puedo prometer. Por ahora no estoy interesado en algo serio; solo quiero algo casual.
—¿Qué hay de ti, Lovely? —me pregunta Babydoll—. ¿Tú qué quieres?
—Bueno… nunca se me ocurrió tener algo casual, pero… ni siquiera tenía en mente una relación. No me molesta, creo que es divertido.
—¿Y si te enamoras de él? —pregunta Sugar.
Mis mejillas se ponen rojas de nuevo. ¿Por qué me preguntan estas cosas frente a él?
—No lo sé…
—¿Qué pasa si tú te enamoras de ella? —le pregunta Candy a Colin.
Él se queda en silencio por mucho tiempo hasta que finalmente responde.
—No lo sé.
—Bueno —murmura Babydoll—. Por lo visto, están en la misma sintonía…
—No creo que valga la pena preocuparse por cosas que no han pasado.
Candy asiente ante mi comentario.
—Tienes razón.
—Respetaremos tus decisiones, Lovely —asegura Babydoll.
—Pero siempre nos preocuparemos por ti —finaliza Sugar.
Yo sonrío y las miro con cariño.
—Gracias.
—Bueno —dice Babydoll poniéndose de pie—. Los dejamos solos para que puedan platicar.
Candy y Sugar también se ponen de pie y las tres se marchan cada una a su habitación.
Colin y yo nos miramos a los ojos cuando nos quedamos solos y sonreímos.
—Lo siento. Te bombardearon.
—No te disculpes. Me alegra saber que te cuidan y te quieren.
Sonrío mientras me pongo de pie y le ofrezco una mano.
—Vamos a mi habitación.
Su mirada se oscurece mientras acepta mi mano. Yo sonrío guiándolo hacia el dormitorio.
Cuando entramos, Colin observa mi cama perfectamente arreglada con una gruesa colcha y cojines en tonos pasteles. Se acerca a una de las mesitas de noche y toma el portarretrato en el que estoy con las chicas acostada en el pasto.
—Ese día fuimos de pícnic.
—Es una foto muy bonita. Me gusta tu sonrisa.
—Y a mí la tuya.
Colin sonríe y se sienta en la cama.
—Entonces, Emma, ¿ahora sí vas a decirme quién es Boris y qué hacía aquí?
—¡Eres celoso!
—No me gusta que toquen lo que es mío.
—¿Soy tuya?
Suelto la pregunta mientras me acerco a mi enorme ventanal.
—Desde que aceptaste salir conmigo, sí.
Me giro para mirarlo.
—¿Y tú eres mío? ¿Somos exclusivos entonces?
Asiente. Eso me complace.
—Boris es chofer y guardaespaldas en el Venus. Es como un hermano mayor para nosotras. Vino a desayunar.
—¿Y por qué vino a desayunar?
—Yo lo invité.
—¿Tú lo invitaste?
Su pregunta suena entre burlona y molesta.
—¿Sí?
Mi respuesta suena nerviosa.
—Ven aquí, Emma.
Camino lentamente hasta ponerme frente a él. Colin me mira y luego toma mis manos.
—Acuéstate sobre mis piernas.
—¿Qué?
—Acuéstate sobre mis piernas. Voy a castigarte por invitar hombres a tu casa.
—¿Y cómo lo harás?
Lo miro desafiante. Él sonríe.
—Voy a azotarte.
Sorpresivamente, eso me excita. Colin lo nota en mi mirada.
—¿Te gusta que te azoten?
—Nunca me han azotado, pero supongo que sería una experiencia agradable.
—Eres una chica traviesa. Ven aquí.
Me acuesto boca abajo sobre sus piernas y él acaricia mis glúteos con una mano.
—¿Qué traes debajo de esta minúscula prenda?
—¿Tú qué crees, Colin?
Él mete la mano por la parte inferior del short, acariciando mis glúteos y dándose cuenta de que no traigo nada.
—Eres una chica muy mala, Emma —murmura sin dejar de acariciarme—. Invitas hombres a tu casa y dejas que te vean con esta ropa tan provocativa.
Saca la mano y me azota con fuerza. Yo suelto un jadeo de sorpresa mientras arrugo la colcha con las manos.
—¿Estás bien?
Asiento con la cabeza.
—Levanta las caderas. Déjame azotar ese lindo trasero sin ropa de por medio.
Lo obedezco, levantando un poco mis caderas. Colin se deshace de mi short, dejándome desnuda de la cintura para abajo. Coloca sus manos sobre mis glúteos y suelta una maldición.
—Eres una diosa, Emma…
Yo levanto mi trasero con necesidad y él ríe suavemente.
—¿Lo quieres?
—Sí… —gimoteo con necesidad.
—Dime si sientes que ya no puedes.
Yo asiento y entonces me da el primer azote. Me arqueo con un jadeo. Mis glúteos arden y mi clítoris comienza a hincharse dolorosamente.
—Santo Dios, Colin…
Él continúa con un segundo azote y luego lanza el tercero. En la habitación resuena cada golpe acompañado de mis jadeos y gemidos. Me siento completamente mojada y entonces comienzo a suplicar.
—Por favor, Colin… cógeme…
Él se detiene y acaricia mis glúteos suavemente.
—Oh, no…
Guía una mano hasta mi clítoris, lo acaricia en círculos y luego lleva un dedo a mi entrada. Me penetra duro, haciéndome gritar.
—Shhh… no querrás que las chicas te escuchen.
—Cógeme entonces…
—No lo haré, Emma. Ese es tu castigo por traer hombres a tu casa.
—Colin, por favor…
Introduce otro dedo en mi interior sin dejar de tocar mi clítoris. Mueve los dedos con gran precisión y, cuando siento que estoy por venirme, él aparta sus dedos de mí, dejándome muy mojada y caliente.
—Mierda… te lo suplico…
Levanto mi trasero en busca de su mano, pero él la aparta.
—Si quieres venirte, tendrás que hacerlo tú sola, dulzura.
Yo gimoteo mientras él me ayuda a levantarme.
—No es lo mismo.
Él sonríe.
—Me voy. Tengo una reunión de negocios en quince minutos.
Su pene sobresale del pantalón. Yo lo toco con una mano.
—Estás tan duro… tú también quieres cogerme.
—Por supuesto que quiero, pero entonces tú no aprenderías tu lección.
Me toma de la cintura y me besa en los labios con pasión.
—Piénsalo la próxima vez antes de invitar a alguien aquí y recuerda que eres mía.
Me besa de nuevo y entonces se marcha, dejándome medio desnuda y muy caliente. Podría masturbarme o utilizar mis juguetitos para venirme, pero no sería lo mismo. Así que me meto a la ducha y me doy un largo y frío baño.
Una semana después, me dirijo en taxi con las chicas al Venus Pole Dance.
—Señor —le dice Candy al taxista—, ¿podría apurarse?
—Tranquilízate —dice Sugar—. Llegaremos a tiempo.
Candy mira la hora en su reloj y resopla con enojo. Yo, desde el asiento del copiloto, la miro confundida.
—¿Qué pasa, Candy? —le pregunto.
Ella suspira.
— Me meto en problemas con frecuencia. No quiero llegar tarde y darles a Foxy o a Darling más motivos para despedirme.
—No seas tonta —le dice Babydoll—. Eso no pasará. Además, todavía faltan diez minutos para la una de la tarde y solo nos quedan dos cuadras más para llegar, si es que el señor taxista se apresura.
Este acelera el auto y yo sonrío.
—No entiendo por qué las reuniones tienen que ser a esta hora —comenta Sugar, molesta—. Está bien que sea los sábados, pero al menos debería ser cerca de nuestro horario de entrada. En ocasiones, las reuniones no tardan ni una hora. Venimos a nada.
—En eso te doy la razón —le digo—. Pero solo es un sábado al mes.
Sugar suspira con pesar. Candy se ríe.
—Tampoco seas dramática.
Sugar se ríe sin poder evitarlo, contagiándonos la risa a Babydoll y a mí.
El taxista sonríe y nosotras lo miramos.
—¡Podría apresurarse! —le pedimos las cuatro.
Él borra la sonrisa y vuelve a acelerar.
—Bueno, bueno —dice Cowboy cuando llegamos al Venus.
Él toma una silla, la gira y se sienta, colocando los brazos en el respaldo. Se ve muy sexy.
—Me pregunto si los ángeles bajaron del cielo o los demonios salieron del infierno.
—Probablemente la segunda opción —le dice Sugar, empujando un pesado asiento acolchonado hasta el lado de Cowboy.
Todos los presentes nos cubrimos los oídos por el chirrido que hacen las patas del asiento contra el piso.
—¡SUGAR! —la reprendemos al unísono.
Ella se sienta en su cómodo asiento y sonríe mientras sube los pies.
—Lo siento —dice ella—. Pero si voy a tener que soportar reclamos y regaños, al menos voy a estar cómoda.
Candy, Babydoll y yo tomamos unas sillas, las colocamos en fila junto a Sugar y nos sentamos a esperar a que lleguen Foxy, Darling y los empleados que faltan.
—¿Y bien, Cowboy? —le pregunta Candy—. ¿A cuántas chicas llevaste anoche a casa?
Cowboy sonríe mientras aparta la mirada.
—Tres.
Se nota el orgullo en su voz.
—Dios santo… —murmuro entre risas—. Tú no cambias, eres un casanova sin remedio.
—Qué te digo, muñequita…
Suspira como un enamorado.
—No es mi culpa que las mujeres caigan rendidas ante mí. Parece que mi apariencia de vaquero las excita demasiado.
—Quisieras… —murmura Sugar con burla.