CAPÍTULO 68
El padre del río
Las semanas que siguieron al incendio
transformaron a Jean Landry más profundamente que todos los años anteriores juntos.
El dolor no desapareció.
Simplemente cambió de lugar.
Al principio ardía como las llamas que habían devorado los cipreses negros. Luego se convirtió en algo más silencioso:
una presencia constante,
fría,
enterrada profundamente bajo cada pensamiento.
Jean hablaba poco ahora. Incluso Kinta parecía observarlo a veces con inquietud.
Porque su padre ya no era realmente el mismo hombre desde la muerte de Marie.
La risa había desaparecido.
A veces también la dulzura.
Pero otra cosa crecía en su lugar:
una determinación casi aterradora.
Y, sin embargo, Jean reconstruyó.
Otra vez.
No la vieja casa.
Jamás.
Las ruinas ennegrecidas de los cipreses negros permanecieron en pie como una tumba abierta frente al Mississippi.
En su lugar, construyó más lejos, dentro de los pantanos:
❖ una casa más sólida, ❖ mejor escondida, ❖ protegida por el agua y los juncos.
Y esta vez Jean pensaba de otra manera.
Ya no construía solo un refugio.
Construía una fortaleza.
A veces aquella idea le daba miedo incluso a él.
Porque todavía oía la voz de Marie:
«Los hombres que quieren proteger a su familia a veces se convierten en los más peligrosos de todos».
Y ahora comprendía perfectamente lo que ella había querido decir.
Kinta crecía dentro de aquel nuevo silencio.
El hijo del río ya no era realmente un niño. No desde la noche del incendio.
Con doce años ya sabía:
❖ cargar un fusil, ❖ reconocer huellas en el barro, ❖ leer las corrientes del Mississippi, ❖ y, sobre todo, esconder su rabia.
Pero Jean la veía de todos modos.
En:
❖ sus miradas,
❖ su manera de escuchar cuando alguien hablaba de los Delaroche,
❖ su silencio cuando pasaba junto a las ruinas quemadas de la antigua casa.
Una tarde, mientras una tormenta retumbaba a lo lejos sobre el río, Jean encontró a Kinta sentado solo frente a la tumba de Marie.
El niño contemplaba el Mississippi sin moverse. Como ella en otro tiempo.
Jean se acercó lentamente.
Y se sentó a su lado sobre la hierba húmeda.
El silencio se prolongó entre los dos.
Entonces Kinta preguntó de pronto:
—¿Algún día los va a matar?
Jean sintió que el corazón se le encogía de inmediato.
Porque aquella pregunta…
se la hacía a sí mismo cada noche desde el incendio.
El viento cálido movía suavemente los juncos alrededor de la tumba.
Jean contempló durante mucho tiempo:
❖ la tierra reciente, ❖ los cipreses negros, ❖ el río inmenso detrás de ellos. Y por fin respondió:
—Si no pienso en otra cosa que en el odio… entonces ellos habrán ganado todavía más.
Kinta bajó ligeramente los ojos.
Pero Jean veía claramente que eso no bastaba.
Porque el niño había visto morir a su madre entre las llamas.
Y algunas heridas crecían con los niños en lugar de curarse.
El trueno retumbó con más violencia sobre el Mississippi.
Entonces Kinta murmuró:
—Yo nunca olvidaré sus nombres.
La frase atravesó a Jean como una profecía.
Porque comprendió de pronto que los rencores habían cambiado realmente de generación. Jean apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.
Y murmuró con suavidad:
—Escúchame bien, Kinta. Los hombres del río sobreviven porque aprenden a ser más inteligentes que su rabia.
El niño levantó lentamente los ojos hacia él.
Y en aquella mirada oscura Jean vio ya al hombre en el que algún día se convertiría:
❖ orgulloso, ❖ herido, ❖ quizá peligroso, ❖ profundamente marcado por Luisiana.
Entonces Kinta preguntó en voz baja:
—¿Mamá habría querido que los perdonáramos?
El silencio se hizo inmenso alrededor de la tumba de Marie des Roseaux.
Jean sintió que la garganta se le cerraba con violencia.
Luego respondió con un dolor sereno:
—No. Pero habría querido que nunca nos convirtiéramos en ellos.
La tormenta estalló por fin sobre los pantanos.
La lluvia cálida comenzó a caer alrededor:
❖ de la tumba, ❖ de los juncos, ❖ del Mississippi.
Y mientras padre e hijo permanecían sentados en la oscuridad de Luisiana, Jean comprendió que la verdadera historia de los Landry del Bayou no había hecho más que comenzar.