CAPÍTULO 38
El precio del miedo
Las semanas siguientes sumieron a la colonia en una tensión permanente.
Los ataques contra los puestos franceses
continuaban a lo largo del Mississippi. Algunas noches, los disparos resonaban a lo lejos en los pantanos antes de ser engullidos por la niebla y las tormentas. Otras veces, plantaciones enteras despertaban en medio de las llamas.
Y cada nueva violencia alimentaba todavía más el miedo de los colonos.
Un miedo que se había vuelto incontrolable.
Porque en Luisiana los hombres empezaban ya a ver enemigos en todas partes:
❖ entre los juncos, ❖ en los pueblos del río, ❖ entre los esclavos, ❖ incluso en los niños nacidos entre dos mundos.
Jean sentía crecer aquel miedo cada día a su alrededor.
Los soldados bebían más. Los capataces se volvían más brutales. Los colonos hablaban ahora de «limpiar» ciertas zonas del sur.
Hasta el río parecía más oscuro bajo las lluvias continuas.
Aquella mañana, Jean trabajaba cerca de los muelles cuando se formó de pronto un grupo junto al mercado improvisado.
Gritos.
Una mujer lloraba.
Jean se acercó rápidamente.
Y la sangre se le heló de inmediato. Un joven esclavo negro estaba atado a un poste bajo la vigilancia de dos soldados. Tenía el rostro cubierto de sangre. Sus ropas empapadas se pegaban a su piel delgada bajo el calor húmedo.
A su alrededor, varios colonos observaban la escena en silencio.
Delaroche permanecía un poco apartado.
Impecable pese al barro.
Como siempre.
—Este hombre fue sorprendido cerca de las reservas incendiadas —anunció fríamente un oficial.
El muchacho alzó los ojos con dificultad.
Jean comprendió enseguida que lo habían golpeado.
Quizá torturado.
Y, sin embargo, apenas parecía mayor que un adolescente. —Sigue negándolo —continuó el oficial—. Pero vamos a enseñarle a hablar.
Jean sintió una rabia fría atravesarle todo el cuerpo.
Entonces vio el látigo colocado junto a los soldados.
Y algo cedió definitivamente dentro de él.
—Basta.
El silencio cayó inmediatamente.
Delaroche alzó lentamente los ojos hacia Jean.
Una sonrisa discreta apareció en su rostro.
Como si hubiera estado esperando precisamente aquel momento.
—Otra vez usted, Landry.
Jean avanzó pese a las miradas.
—Este hombre morirá antes de confesar nada. El oficial se encogió de hombros.
—Entonces morirá de forma útil.
A su alrededor, algunos colonos apartaron la mirada.
Otros contemplaban la escena con una fascinación malsana.
Porque la violencia se había convertido en un espectáculo dentro de aquella colonia.
Jean miró al joven atado bajo la lluvia fina.
Y de pronto comprendió algo terrible:
ya nadie buscaba realmente la verdad.
Los colonos necesitaban:
❖ un culpable, ❖ un miedo que aplastar, ❖ un ejemplo.
Delaroche se acercó suavemente. —¿Sabe qué es lo divertido, Landry?
Su voz era serena.
—Defiende a esa gente como si ya fuera uno de ellos.
Jean sostuvo su mirada.
—Quizá porque ellos todavía no han olvidado lo que significa ser humano.
El silencio se volvió brutal.
Entonces Delaroche murmuró casi con dulzura:
—Su hijo nacerá en el lado equivocado de esta colonia.
La frase golpeó a Jean como una cuchillada.
Porque por primera vez alguien hablaba abiertamente del niño.
A su alrededor, varios hombres intercambiaron inmediatamente miradas cargadas de significado. Jean sintió cómo el peligro cambiaba de forma.
Ya no era solo él quien estaba amenazado.
Era su familia.
Al caer la tarde, cuando encontró a Marie des Roseaux en la cabaña de los pantanos, todavía llevaba aquel miedo por todo el cuerpo.
Marie estaba sentada junto a la lámpara de aceite.
Sus manos descansaban instintivamente sobre el vientre redondeado mientras la lluvia caía suavemente alrededor de los juncos.
Alzó los ojos hacia él.
Y lo comprendió inmediatamente.
Jean se arrodilló delante de ella sin siquiera quitarse la camisa empapada.
Luego apoyó suavemente la frente contra su vientre. Como si aquel simple gesto pudiera proteger todavía algo.
Marie deslizó lentamente los dedos entre sus cabellos.
—¿Qué han dicho esta vez?
Jean permaneció en silencio unos segundos.
Luego murmuró:
—Ya empiezan a hablar de nuestro hijo como de un problema.
El silencio cayó pesadamente dentro de la cabaña.
Fuera, el Mississippi avanzaba lentamente en la oscuridad.
Marie cerró los ojos.
Y cuando por fin habló, su voz contenía una tristeza infinita:
—Entonces nuestro hijo nacerá en un mundo que le pedirá de inmediato elegir entre sus dos sangres.
Jean levantó bruscamente la cabeza.
—No.
Marie lo contempló durante mucho tiempo.
Y en sus ojos había aquella lucidez dolorosa de quienes ya comprenden la crueldad del mundo.
Jean tomó suavemente su rostro entre las manos.
Luego la besó con una ternura casi desesperada.
Porque en medio:
❖ de las plantaciones, ❖ del odio, ❖ de las guerras, ❖ y de los hombres que cada día aprendían a ser
más crueles, su amor seguía siendo lo único capaz de recordarles que quizá otro mundo habría podido existir.