Loto rojo Capítulo 29
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Capítulo 29

C uando nos atacaron, los gritos de las mujeres a bordo inundaron mis oídos.

No esperaba que su artillería tuviera tanto alcance.

No todos los proyectiles llegaban tan lejos, pero los que sí lo hacían e impactaban contra nosotros causaban serios desperfectos en el Dragón Celestial .

Caí de rodillas en una de las explosiones.

Un proyectil encadenado pasó silbando sobre mí y le dio de lleno al timonel, que se desplomó muerto en el acto.

Miré al cielo agradecida: perder el equilibrio me había salvado la vida.

Entre la confusión, las carreras y el humo intenté llegar al puente de mando.

Nuestros barcos trataron de aprovechar el ataque para alcanzar a los portugueses, pero el capitán no era tonto.

Los repelió con facilidad y siguió disparando hacia nosotros.

Yo no huiría dejándolos abandonados a su suerte, pero sabía que si conseguían hundir el Dragón la flota quedaría tan desmoralizada que la derrota sería segura.

Sentía rabia e impotencia, y la imperiosa necesidad de golpear cosas.

No era justo que con solo seis naves estuvieran haciéndonos tanto daño.

La diferencia entre nosotros y ellos era abrumadora.

Me preguntaba si el emperador sería consciente de que, si querían, los occidentales podrían ser dueños y señores de nuestras tierras y nosotros no seríamos capaces de impedirlo.

Nosotros, con nuestros barcos preparados para el combate cercano y nuestra artillería escasa y deficiente.

Nosotros, con nuestros sables y nuestro valor y nuestro honor, enfrentándonos en una proporción de doscientos a uno y siendo derrotados.

Hubo una nueva explosión y un trozo de borda salió despedido y me golpeó. Me quedé atrapada debajo, abrumada por el dolor, y tuvieron que ayudarme a salir. No parecía tener nada roto y seguí en pie, aunque cojeando.

—Debería verte el médico —me dijo Fang con el pelo alborotado y la cara cubierta de lágrimas. El cuerpo de su marido estaba tirado en cubierta sobre un charco de sangre, con una esquirla del tamaño de mi brazo clavada en el estómago.

—Lo siento —le susurré.

Ella negó con la cabeza y señaló mi pierna.

—El médico.

—No hay tiempo —le dije, y subí por la escalera buscando una mejor visión de lo que ocurría—. Marchaos de allí —susurré entre dientes cuando observé el desastre. Supliqué por que Pao Tsai se diera cuenta de la situación y huyera.

Como si me hubiera escuchado, sonó el gong a lo lejos y por el catalejo vi las banderas señalar la retirada. Me giré.

—¡Retirada! —grité—. ¡Hacia el río Perla!

Nos alejamos de allí tratando de salir del alcance de la artillería lusa.

Subimos por la que ellos llamaban la Boca del Tigre, nuestro estrecho de Humen.

El río era poco profundo, impracticable para las naves portuguesas.

Si conseguíamos llegar allí estaríamos a salvo.

Marcamos la dirección con las banderas. Íbamos más despacio que otras naves, pues habíamos sufrido daños en el velamen y no podíamos coger más viento.

Entramos en el río y lo remontamos, ayudados por la marea, tras muchos de nuestros juncos.

Nos agrupamos allí. No nos perseguirían río arriba, pero no respiré tranquila hasta que no vi entrar al último de los nuestros en las dulces aguas del Perla.

Los portugueses llegaron detrás. Se detuvieron a la entrada del estrecho: sabían que no podían seguir.

Esperaba que se retiraran, pero en vez de ello se desplegaron para cubrir el delta y taparon nuestra única vía de escape. Estábamos atrapados.

El Estrella Plateada se abrió paso entre el hervidero de barcos que era en ese momento el río y pronto Chang Pao Tsai estuvo a bordo de nuevo. Esta vez nos abrazamos sin recato.

—Pensé que te perdía —me dijo él, y besó mis cabellos.

El corazón me palpitaba fuerte en el pecho y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no traicionarme a mí misma y besarle.

Me contenté con abrazarle tan fuerte como pude, esconder la cara en el hueco de su cuello y disfrutar de la sensación de sus labios en mi pelo.

Un nudo subió por mi garganta y, por primera vez en años, lloré.

Él lo notó, me tomó por la barbilla y me alzó la cara.

Me secó las lágrimas, con los dedos primero y luego con los labios.

Besó mis lágrimas, una por una. Yo le dejé hacer, inmóvil, hasta que la imagen de Cheng Yi volvió a aparecer en mi mente y di un paso atrás.

Saben los dioses cuánto me costó dar ese paso.

Él me tomó la mano y me miró con pena infinita.

—¿Ni siquiera ahora? —preguntó con voz estrangulada.

—Ni siquiera ahora —susurré mirando al suelo.

—Lo entiendo —dijo él, y me soltó la mano.

Me la agarré con la otra mano, pues notaba la pérdida de su contacto como una herida.

—Lo siento —volví a susurrar sin atreverme a levantar la vista.

Él me cogió de nuevo la barbilla y me hizo mirarle a los ojos.

—No he conocido a nadie tan honorable como tú —dijo. Sus ojos negros brillaban con intensidad—. Esa misma fuerza que nos separa es lo que hace que te ame.

Una pequeña sacudida me atravesó la espalda al oír sus palabras.

Nunca habíamos hablado de amor, siempre creí que era otra cosa…

Deseo, cariño, tal vez algo de admiración.

Pero entonces me di cuenta de muchas cosas.

Aquella mujer a la que Pao amaba cuando aún Cheng Yi vivía, la que le impedía tomar esposa… Él leyó la pregunta en mis ojos.

—Siempre fuiste tú —confirmó.

Me llevé las manos a la boca. No podía creerlo.

¿Tanto tiempo? Cuando aún me llamaba madre, ¿ya me amaba?

Di otro paso atrás y me giré para que no viera las lágrimas asomar de nuevo a mis ojos.

Sequé mi cara con las manos y cogí aire tratando de deshacer el nudo de mi garganta.

Lo oí suspirar. Sabía que no hablaríamos más del tema.

—¿Qué hacemos con los portugueses? —pregunté cambiando el tono de voz.

Él respondió como si todo lo anterior no hubiese sucedido.

—Estamos atrapados. Nadie puede entrar ni salir del delta sin pasar por delante de ellos. Intentarlo sería un suicidio.

—Así que no podemos hacer nada, de momento.

Él negó con la cabeza.

Pasaron los días. Una semana. Luego pronto fueron dos.

El abastecimiento nos daba problemas pues, aunque los pueblos que bordeaban el río nos suministraban víveres, no podían hacerlo para semejante cantidad de hombres, mujeres y niños al mismo tiempo.

El día que se cumplieron dos semanas del bloqueo, cuando ya estaba valorando desembarcar, abandonar los barcos y que todo nuestro ejército pasara a tierra firme, Chang Pao Tsai vino a mí.

—Déjame el Dragón Celestial y cambia de nave.

Lo miré como si no hubiera oído bien.

—¿Cómo dices?

—Voy a salir al delta —explicó él—. No podemos vencer, pero procuraré despistarlos y que otras naves puedan escapar para atacarlos desde el otro lado y tratar de romper el bloqueo.

—¿Y por qué el Dragón ?

—Saben que es nuestro buque insignia. Querrán capturarlo y se centrarán en mí. Tal vez eso le dé una oportunidad al resto.

—Es muy peligroso.

—Lo sé —admitió—. Pero es nuestra única esperanza.

Sabía que tenía razón. Lo sabía, pero aun así no quería aceptarlo.

—Es la única posibilidad que tenemos —insistió.

Dejé que la razón se impusiera a los sentimientos. Asentí.

—De acuerdo. Las mujeres y los niños vendrán conmigo a otro junco.

Así lo hicimos. Antes de cambiar de nave me giré hacia él.

—Ten cuidado —le pedí.

Él asintió y me sonrió tratando de transmitirme esperanza, aunque yo sabía que no había demasiada.

—¿Qué va a hacer? —me preguntó Fang cuando ya estuvimos a bordo de otra nave.

Seguí al Dragón Celestial con la mirada en su lento avance entre los cientos de juncos que atestaban el caudal del río.

—Conseguirnos tiempo.

Desde nuestra embarcación, mucho más pequeña que la nave insignia que había sido mi hogar durante tanto tiempo, no podía ver qué sucedía en el delta.

Caminé de un lado a otro sin parar, durante horas, temiendo lo peor, sobre todo cuando comencé a oír tronar los cañones.

Pronto dejaron de hacerlo. ¿Esa era buena o mala señal?

¿Habrían conseguido romper el cerco o los habrían hundido?

Sentía un nudo en el estómago que no me dejaba comer ni beber, y retorcía mis dedos tratando de calmarme.

Sabía que Pao Tsai habría enviado a alguna nave a contarme lo sucedido y me asomaba por la borda sacando más de medio cuerpo fuera como si así pudiera acceder antes a la información.

Por fin, a media tarde un pequeño junco a remos que maniobraba con agilidad entre las demás naves se acercó a nosotros.

—¡Madame Ching! —gritaba el mensajero—. ¡Madame Ching! ¡Noticias del Dragón Celestial !

Di orden de que aquel hombre subiera a bordo veloz como el rayo. Él se dio cuenta de lo alterada que estaba y no me hizo esperar. Cuando subió me tendió una carta y cayó de rodillas.

—Dime qué ha sucedido —exigí.

Aquel hombre se inclinó hasta que su frente tocó el suelo.

—El Dragón ha sido capturado, Madame Ching.

Me tambaleé y tuve que apoyarme en Fang. Respiré hondo. La carta que me había entregado estaba escrita con la letra torpe de Pao Tsai, similar a la de un niño que acaba de aprender a escribir. Abrí la misiva con las manos temblorosas.

Querida esposa:

Te escribo como rehén del capitán José Pinto Alcoforado. No te preocupes, pues me han tratado conforme a mi dignidad de almirante de la Armada de la Bandera Roja.

Intentamos romper el cerco para que otras naves pudieran escapar, pero fue imposible.

Los barcos portugueses comenzaron a disparar en cuanto nos vieron, pero el capitán dio orden de no apuntar hacia nosotros y no sufrimos daños.

Sin embargo, los demás caían uno tras otro.

Visto esto, no tuve más remedio que acercarme a parlamentar: si nuestras naves no pueden salir del río, no tenemos más opción que iniciar conversaciones, lo sabes tan bien como yo.

Me dejaron pasar al comprobar que no llevaba intenciones agresivas y, cuando llegué al lado de la fragata Inconquistável, el capitán en persona me invitó a subir. Me recibieron con honores, haciendo que me sintiera como un invitado sabiendo que, en realidad, soy un prisionero.

Así están ahora las cosas, mi dulce Ching Shih.

Decide tú qué debes hacer. Yo actué porque no podía dejar que más de nuestros hombres perdieran la vida.

Ahora está en tus manos escapar por tierra, dejar abandonadas las naves y ocultarte un tiempo.

De aquí a unos meses la situación se tranquilizará y podrás conseguir nuevas naves con las que hacerte de nuevo a la mar.

Tal vez no un ejército como hemos sido, pero sí algo con lo que ganarte la vida en libertad.

Por mí no te preocupes: si el emperador acepta mi sumisión, que no la de la armada, acataré sus órdenes.

Si no, asumiré mi condena. Lo que debes saber seguro, sin ningún género de duda, es que te amo.

Siempre te he amado y siempre te amaré, hasta que el último aliento abandone mi cuerpo.

Decide libremente lo que más te convenga, te libero de toda responsabilidad para conmigo.

Siempre tuyo.

Tu esposo

Yo mordí mis mejillas para no llorar delante de aquellos hombres al notar el sufrimiento y la impotencia en las palabras de Chang Pao Tsai.

Sin decir nada, me giré y entré en el camarote del capitán, que ahora era el mío.

Me senté en la cama y traté de recuperar el aliento y de ver más allá del dolor sordo que me estrujaba el alma.

Intenté poner orden en el torbellino de pensamientos y sentimientos que era mi mente.

Porque ahora que por fin me enfrentaba a la posibilidad real de no volver a ver nunca a Pao Tsai, arrebatado no por una batalla, sino por la voluntad del emperador, ahora que me daba cuenta de que tal vez acabara ejecutado si no tomaba las decisiones correctas, ahora, ahora era consciente de que lo amaba.

Lo amaba hasta el punto de no importarme ni el honor ni Cheng Yi ni toda mi vida anterior.

Me juré hacer todo lo posible por salvarle y me juré también que no volvería a rechazarle: merecíamos un poco de felicidad y sé que Cheng Yi me hubiera lanzado en sus brazos si hubiera podido conocer nuestra situación.

Así que pensé, me retorcí el cerebro tratando de dar con una solución y, finalmente, tomé una decisión. Me levanté y salí a cubierta para comenzar a dar órdenes.