Capítulo 28 #2
—Pero —terció Chang Pao Tsai— si conseguimos vencer a los portugueses, regresarán a Macao y aceptarán nuestra propuesta.
No los molestaremos más. Nos olvidaremos de los barcos lusos y volveremos a piratear todas las demás naves.
El dinero de los salvoconductos seguirá llegando a manos llenas y seremos de nuevo poderosos… y muy ricos.
—Muy bien —dijo Lian Pau—. Os seguiré a la batalla.
—Yo también —dijo Ho Woo, del que nunca habían dudado.
—Y yo.
—Yo también.
—Contad conmigo.
Y así, uno por uno, todos los capitanes de la armada renovaron su juramento de lealtad y se comprometieron a seguir a Ching Shih y Chang Pao Tsai a la guerra contra los portugueses.
Dos días después, en la madrugada del 21 de enero de 1810, todas las naves de la armada se pusieron en marcha en un grupo compacto camino a Lantau.
Aún no estaba el sol alto en el cielo cuando la enorme flota de la Bandera Roja alcanzó esa isla.
La flotilla portuguesa, compuesta únicamente por los cinco bergantines y la fragata que ya llevaban un par de meses detrás de los piratas, se encontraba fondeada en el puerto.
No esperaban el ataque y hubo una pequeña confusión entre sus filas al divisar la ingente cantidad de juncos.
Ching Shih y Chang Pao Tsai querían acabar de una vez con los portugueses y no había mejor momento ni lugar que aquel.
Sin embargo, pronto los lusos comenzaron a disparar, incluso antes de que los piratas consiguieran ponerse a la distancia que les permitiría utilizar su artillería contra ellos.
Aun con todo, la flota pirata avanzaba, optimista, sabiendo que perderían naves, pero confiando en su aplastante superioridad numérica.
Su idea era desplegarse frente al enemigo sin darle oportunidad de escapar; disparar desde los juncos de los flancos, que cubrirían con su fuego, hasta donde fuera posible, el avance de muchos de sus compañeros, listos para el abordaje.
Solo eran seis naves, en un combate cuerpo a cuerpo no tenían nada que hacer.
Pero los portugueses, incluso atrapados dentro del puerto y con el viento en contra, contaban con una gran ventaja: no solo tenían una artillería muchísimo mejor, sino que su puntería era excepcional y consiguieron rechazar sucesivas oleadas de juncos dispuestos a todo para llegar hasta ellos.
Además, algunos de los barcos piratas fueron alcanzados por la artillería de su propia flota.
Pao Tsai miraba con desazón el desarrollo del combate desde el Dragón Celestial , en la retaguardia.
—¡Debería estar allí con ellos! —se lamentó hundiendo la cabeza entre sus manos.
—Eres el líder de la armada —le dijo Ching Shih. Apoyó su blanca mano en la espalda de él como si ese gesto pudiera transmitirle fuerza y ánimo—. No les serviría de nada que murieses bajo el fuego portugués.
—Pero ellos caen y yo no puedo hacer nada por evitarlo.
—Así es la guerra. Pao Tsai, eres un luchador, un pirata y un marino excepcional, pero debes aprender a ser un general. Esto es una batalla, no una escaramuza, y aquí mandas a los hombres a la muerte para conseguir la victoria, por mucho que duela.
Chang Pao Tsai se levantó de golpe.
—El Dragón Celestial seguirá en la retaguardia. Tú eres nuestra general; nadie mejor que tú para organizar la estrategia. Pero yo…, yo soy un soldado. Me mata estar aquí detrás sin hacer nada, es peor que lo que pueden hacerme las balas del enemigo.
Ching Shih calló. Sabía que era inútil tratar de convencerle. Pao Tsai hizo señales al Estrella Plateada y, antes de cambiar de nave, se giró hacia Ching Shih, que le observaba en silencio.
—Sé que me entiendes. Si no vuelvo…
—Volverás —le cortó ella.
—Pero si no lo hago, solo quiero que sepas…
Un golpe le hizo callar. Tuvo que agarrarse a la borda y Ching Shih se tambaleó por el impacto.
Estaban tan cerca unos de otros que el Estrella Plateada no había conseguido maniobrar con seguridad y había chocado contra ellos.
Ching Shih se acercó a él y le hizo una leve caricia en la mejilla.
Chang Pao Tsai no dijo nada más. Inclinó la cabeza como despedida y cambió de embarcación.
Pao Tsai ordenó avanzar por los huecos que encontraran para llegar a primera línea.
Las naves se amontonaban; eran tantas que no podían moverse con libertad.
Sacudió la cabeza: lo que debería haber sido una ventaja se estaba convirtiendo en un contratiempo.
La artillería portuguesa los castigaba sin piedad y un proyectil explosivo que impactara en el sitio adecuado podía hacer saltar por los aires un barco que, a su vez, podía provocar daños y fuego en los barcos de alrededor.
Cerró los ojos pensando en las vidas perdidas.
Hacía semanas que habían tratado de evacuar a las mujeres y a los niños, pero muchas no tenían a donde ir y se habían negado a dejar a sus hombres.
Pensaron entonces en protegerlas en distintos juncos que quedaran lejos de la línea de fuego, pero hasta esas naves corrían peligro ahora.
Nadie estaba seguro. Por un breve momento, llegó a pensar si no hubiera sido más inteligente aceptar el indulto.
Desechó la idea enseguida. Lo hecho, hecho estaba.
Se agarró fuerte a un cabo cuando un proyectil impactó en ellos: parte de la proa voló en pedazos y todo el barco zozobró, aunque pudieron seguir navegando.
Cuando llegó a las primeras líneas se le encogió el corazón.
No conseguían avanzar. Cada vez que decenas de juncos trataban de llegar hasta los portugueses, el fuego enemigo se concentraba en los que se adelantaban y, al poco, los que se mantenían a flote tenían que retroceder.
Ellos, sin embargo, apenas eran alcanzados por el fuego pirata, cuyos proyectiles no eran tan dañinos.
Pao Tsai gritó de rabia y entonces vio, en un extremo del puerto, uno de los bergantines, el Conceiçao , que estaba algo apartado de los demás, en posición extraña.
—¡Está encallado! —gritó al capitán—. ¡Ese bergantín está encallado! ¡Vamos a por él!
Comenzó a sonar el gong y el Estrella Plateada avanzó.
Muchos siguieron su llamada y pronto decenas de juncos se dirigieron al extremo del puerto donde el Conceiçao había encallado, sin que hasta entonces nadie se diera cuenta, al tratar de unirse a los otros cuando atacaron los piratas.
Lo rodearon como una manada de lobos rodean a una liebre herida.
Los otros barcos portugueses concentraron en ellos el fuego, pero no podían apuntar bien, se molestaban unos a otros al disparar y se arriesgaban a darle a su bergantín.
—¡No pueden detenernos! —gritó Pao Tsai enardecido—. ¡Avanzad!
El Conceiçao trataba de repeler los ataques usando su artillería y estaba causando severos daños a los piratas, pero seguían llegando juncos que rodeaban la nave.
Se estaban acercando mucho y Chang Pao Tsai sabía que en poco tiempo podrían conseguir el abordaje.
Entonces recibieron el impacto de una andanada que no llegaba desde el puerto.
Al buscar el origen, Pao Tsai vio cómo otro de los bergantines portugueses, el Princesa Carolina , acudía en auxilio de su compañero.
Navegaba ciñendo contra el viento y disparaba solo sus cañones de proa, pero aun así tenía la suficiente potencia como para abrirse camino entre los barcos piratas.
Los juncos que habían acudido con Pao Tsai se dispersaron y parte de ellos trataron de atacar al Princesa Carolina sin demasiado éxito.
Este viró y disparó con su artillería de estribor, inutilizando cinco juncos.
Lanzó otra andanada, volvió a virar y se acercó más al Conceiçao , que, al verse liberado del ataque, pudo concentrarse en maniobrar para desencallar.
Los piratas iban perdiendo ventaja. Dos barcos europeos disparando sus cañones a pleno rendimiento eran más de lo que podían soportar.
Siguieron tratando de rodearlos, pero pronto fue evidente que no podrían abordarlos.
El Conceiçao logró desencallar y se incorporó a la batalla.
Ambos bergantines se agruparon con el resto de la flotilla portuguesa y Chang Pao Tsai hubo de darse por vencido y regresar como pudo al grueso de la acción.
Perdió muchas naves, pues navegar contra el viento era lento y los convertía en blancos fáciles.
Toda la zona de combate era un caos. Los chinos eran tantos que chocaban unos con otros, no solo por el gran número de naves: muchos tenían daños en el velamen, los palos o los timones, cuando no estaban directamente luchando contra vías de agua, y no podían maniobrar con precisión.
Pao Tsai vio con claridad el desastre. Ellos eran una masa descontrolada y caótica, mientras que los portugueses sabían lo que hacían y disparaban con el convencimiento de que sus proyectiles encontrarían un blanco en la mayoría de ocasiones.
Entonces hubo un cambio en las posiciones enemigas: algunos de los barcos viraron, todos apuntaron en la misma dirección y después la artillería tronó.
—¡No!
Pao Tsai gritó cuando vio que intentaban alcanzar el Dragón Celestial . El capitán portugués había localizado el buque insignia y quería hundirlo para minar la moral de la armada. En la primera andanada muchos proyectiles no llegaron a su objetivo, pero en la segunda tuvieron más suerte.
—¡Deberíamos aprovechar para tratar de llegar hasta ellos y abordarlos! —dijo el capitán del Estrella Plateada .
Pao Tsai se giró hacia él y, tras un segundo de duda en que sintió que su corazón se desgarraba, asintió.
—¡Adelante!
De nuevo se lanzaron hacia los portugueses con decenas de juncos tras ellos, pero el capitán José Pinto Alcoforado solo tuvo que ordenar a dos de sus barcos que contuvieran a los piratas y que los otros cuatro siguieran disparando al Dragón Celestial para que el avance fuera detenido en seco.
Pao Tsai miró hacia la retaguardia: su nave insignia, su junco principal, estaba recibiendo impactos que le estaban haciendo mucho daño.
No se le veía destrozado, porque a esa distancia llegaba solo una parte de los proyectiles, pero si seguían así acabarían por abrir una vía y hundirlo.
Y eso sí que no lo pensaba consentir porque eso significaría, no solo la pérdida de Ching Shih, sino la derrota moral de la tropa.
Tomó la decisión de tocar retirada, una vez más. Esta vez los portugueses fueron tras ellos y Pao Tsai respiró aliviado cuando el Dragón Celestial viró y se dirigió, ciñendo, al río Perla.
—Gracias a Dios —murmuró agradecido de que Ching Shih tuviera una visión tan clara de la situación.
Al dirigirse al delta del Humen y adentrarse en el Perla dejarían atrás a sus perseguidores.
El río era poco profundo y los barcos portugueses tenían un calado mucho mayor que los juncos chinos.
Si los seguían, correrían el riesgo de quedar encallados en cualquier momento.
Todas las naves que quedaban de la Armada de la Bandera Roja entraron poco a poco en el delta y subieron por el río, sabiendo que ahí estarían a salvo, de momento.
Pero los occidentales no se retiraron. Esta vez estaba claro que no pensaban dejar la cacería.
Se habían propuesto acabar con los piratas y, acudiese o no el emperador en su ayuda, lo iban a hacer.
El capitán luso comenzó a dar órdenes en cubierta. Movía los brazos y gritaba para hacerse entender, y se pasaba las manos por el pelo castaño y largo, peinado hacia atrás.
Una a una, las naves portuguesas se acercaron todo lo que pudieron a la desembocadura del río y se colocaron formando un cordón, impidiendo la salida de los barcos. La armada estaba atrapada.