Capítulo 28
—¡M adame Ching, se aproxima un barco portugués! ¡Chang Pao Tsai! ¡Venid, rápido!
Ching Shih se acercó apresurada a la borda de estribor y Pao Tsai llegó poco después junto a ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó a Ching Shih.
Ella le pasó el catalejo.
—Un barco portugués con bandera de parlamento.
—Será la respuesta a nuestra carta —dijo él.
Cuando el navío se colocó a la altura del Dragón Celestial , viró y el capitán se asomó por la borda.
—¡Traigo un mensaje del capitán José Pinto Alcoforado!
Nadie pisó el otro barco. Pasaron un cabo y ataron la misiva. El capitán portugués saludó y les gritó que esperaba respuesta. Se quedó allí, en medio de una gigantesca flota pirata china, sin demostrar el más mínimo miedo.
Ching Shih y Chang Pao Tsai entraron a su camarote y se miraron antes de abrirla.
Ahí dentro estaba la clave que haría que volvieran a la situación anterior o que siguieran con esa racha de batallas desiguales y humillantes.
La pirata abrió el sobre. La misiva estaba en portugués y habían adjuntado una traducción al mandarín.
Su cara no dejó traslucir emoción alguna mientras leía.
Luego se la pasó a Chang Pao Tsai. Él frunció el ceño, sacó la lengua por entre los dientes y movió los labios al leer, como hace la gente que debe concentrarse mucho para comprender lo escrito. Levantó la vista.
—Vaya.
—Vaya —repitió ella.
Se sentó en una silla y tendió la mano. Pao Tsai le entregó la carta y ella la leyó de nuevo.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
Chang Pao Tsai miró por el ventanal con fijeza antes de responder.
—Seguir luchando, como hemos hecho hasta ahora.
Se quedaron en silencio tratando de asimilar la noticia y las implicaciones que tenía.
—Nos han rechazado —dijo ella.
—No entiendo esa lealtad al emperador. ¡Ni siquiera les apoyó en la batalla! —respondió Pao Tsai.
—Y no contentos con eso, nos aconsejan aceptar el indulto de Jiaqing.
—Resistimos una vez y lo haremos otra —dijo él.
Ching Shih dudó.
—¿Esa es la decisión más acertada?
Pao Tsai giró la cabeza hacia ella abriendo los ojos.
—¿Lo dudas?
Ella no movió un solo músculo de la cara.
—Al fin y al cabo, nos han ofrecido amnistía plena para todo el que se someta a su autoridad. ¿No es nuestro deber velar por nuestros hombres?
—Sabes que no es tan fácil —respondió él arrodillándose ante ella y apoyando las palmas de las manos en sus rodillas—.
Eso significa renunciar a los botines que hemos conseguido durante años, dejar a nuestros hombres sin el dinero y el pago por sus años de sacrificio.
Muchos tienen familia, Ching Shih, y sabes que, sin trabajo ni dinero, robarán para mantenerla.
Acabarán colgados de una soga en menos de un mes. Para eso, es preferible morir luchando.
—No tenemos muchas posibilidades si los portugueses apoyan al emperador en la lucha.
—Sí que las tenemos —dijo él. Se levantó de nuevo y comenzó a pasear por la estancia—. Los hostigaremos hasta que no les merezca la pena seguir luchando por el emperador y prefieran firmar un tratado con nosotros. Ellos son más fuertes, pero nosotros somos muchos. Una vez conseguido eso…
—La armada imperial no me preocupa lo más mínimo. La hemos vencido antes y la venceremos en el futuro. —Ching Shih apoyó la barbilla en la mano, pensando. Luego levantó la mirada—. Sí, creo que tienes razón. Podemos presionar un poco más.
Tomó la pluma y escribió su respuesta. Cuando la tinta se secó, la metió en un sobre y mandó que la entregaran al capitán portugués. Ellos no salieron a cubierta.
Tres días después, la bandera verde los abandonó.
Ching Shih subió al puente de mando para observar cómo se alejaban. Chang Pao Tsai y el lugarteniente ya estaban allí.
—Se van todos —dijo con tristeza.
—Ya veo.
—¿Han dejado algún mensaje?
Pao Tsai rio con amargura.
—¿Te parece que este es poco mensaje?
El lugarteniente hizo una reverencia y se marchó para dejarles hablar a solas.
—Todo el mundo sabía lo del indulto. Habrán decidido aceptarlo en masa —dijo Pao Tsai.
Su voz no denotaba enfado ni ira, pero Ching Shih lo conocía bien y adivinaba que esa forma de apretar los puños, esa rigidez en los brazos a lo largo del cuerpo, gritaban a los cuatro vientos lo que pasaba en su interior.
—No podemos hacer nada —dijo ella, práctica como siempre—. Trataremos de resistir hasta que lleguen la bandera negra y la de la serpiente. Hace semanas que los mandamos a buscar, no pueden tardar mucho.
Estaban a finales de diciembre y los portugueses celebraban la Navidad por todo lo alto.
Eso les dio unos días de tranquilidad, pero el 3 de enero volvieron a encontrarse en la batalla.
Como en las anteriores ocasiones, la Armada de la Bandera Roja tuvo que retirarse tras sufrir grandes pérdidas.
Sin embargo, los occidentales los persiguieron y al día siguiente los volvieron a atacar.
De nuevo tuvieron que huir, aunque esta vez consiguieron llegar a una zona que conocían bien, entre varias pequeñas islas, y los portugueses no se atrevieron a seguirlos.
Chang Pao Tsai estaba furioso. Se sentía acorralado, acosado como un perro, y quería hacer algo que demostrara que todavía tenían fuerza.
Ching Shih se pasaba las horas oteando el horizonte intentando distinguir al resto de la flota acudiendo en su ayuda.
Por fin, un par de días después del último enfrentamiento, sus plegarias tuvieron respuesta.
—¡Vienen los nuestros!
Corrió hacia la proa, donde Pao Tsai hablaba con un marino sobre la forma de reforzar los pañoles en los que se almacenaba la pólvora para evitar explosiones provocadas por los proyectiles de los portugueses, lo que cada vez les causaba más problemas.
Varios barcos habían volado en pedazos y desaparecido en segundos después de que un proyectil acertara en el depósito de munición y detonara.
—¡Pao Tsai! ¡Pao Tsai!
Él dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia ella.
—¡Los nuestros ya vienen!
Chang Pao Tsai esbozó una amplia sonrisa.
—¡Por fin!
Abrazó a Ching Shih tan fuerte que la levantó en el aire a pesar de ser tan alta como él.
Toda su tripulación y las de los otros barcos salieron a saludar a sus compañeros cuando se acercaron a sus posiciones.
Los dos cabezas de bandera llegaron hasta el Dragón Celestial y subieron a bordo para que los pusieran al tanto de la situación.
—No son buenas noticias —dijo Bao Kang, capitán de la bandera negra, tras escuchar todo lo que se habían perdido en esos meses pirateando otros mares.
—Pero ahora ya estáis aquí. —Chang Pao Tsai dio una palmada y se frotó las manos. Se le notaba en la cara y en el brillo de los ojos que ahora veía la situación de forma más esperanzadora.
—¿Y decís que la bandera verde nos ha abandonado? —preguntó Lian Pau, capitán de la bandera de la serpiente.
—Por completo —respondió Ching Shih—. Se marcharon en bloque en dirección a Cantón, supongo que a aliarse con el emperador.
—Cerdos traidores —murmuró el pirata frunciendo los labios como si quisiera escupir.
—Bien, ¿y qué proponéis ahora? —Ho Woo había acudido a la reunión, al igual que los comandantes del resto de las banderas.
Chang Pao Tsai dio un trago a su cerveza y miró a sus hombres. Todos sus capitanes de confianza estaban ahí, los líderes de bandera, los capitanes de escuadra… La flota estaba ahora tan concentrada que esa era la mejor manera de trasladar la estrategia y debatir el siguiente paso.
—La flotilla portuguesa está anclada en Lantau. Ahora mismo son una presa fácil —dijo.
Los capitanes miraron a Ching Shih. Tras tantos años con ellos, sabían que era la líder de facto y apreciaban su aguda visión y su capacidad estratégica. Ella asintió.
—Chang Pao Tsai tiene razón. Ahora están allí anclados, abasteciéndose. Son solo seis. Peligrosos, pero seis. Además, ya conocéis Lantau: dudo que puedan estar en línea, y si están en paralelo nos beneficia, puesto que no podrán disparar sin arriesgarse a darles a los suyos.
—No creo que los pillemos desprevenidos —dijo Bao Kang.
—Quién sabe —respondió Pao Tsai—. Dudo que conozcan la noticia de vuestro regreso y, por lo que a ellos respecta, presumen que estamos muy mermados. Sería una locura acudir en su búsqueda, así que cuento con que se hayan relajado y no estén esperando un enfrentamiento.
—Si atacamos todos en masa, en un bloque sin fisuras, no podrán detenernos. Seremos imparables y los podremos derrotar —dijo Ching Shih.
—¿Lo crees en serio? —Ho Woo expresó las dudas que pasaban por las cabezas de unos cuantos.
—Sí, lo creo —afirmó ella.
—Y yo también —la apoyó Pao Tsai.
—¿No sería mejor plantearnos aceptar el indulto del emperador?
—Lian Pau alzó las manos a la defensiva cuando vio la mirada que recibió del resto de piratas sentados alrededor de esa mesa—.
No me malinterpretéis, compañeros. Sabéis que nunca os traicionaría.
Es solo que acabo de llegar y me encuentro con todo esto, y, por primera vez, veo que perdemos todas las batallas.
Solo me pregunto si se ha valorado esa opción.
Ching Shih levantó una mano sin mover el resto del cuerpo y con ese simple gesto evitó cualquier reacción que nadie hubiera podido tener hacia Lian Pau.
—Por supuesto que sí —dijo con su voz suave y dulce, que no había cambiado en aquellos años ejerciendo el poder y cuya fuerza estribaba en que todos sabían que, detrás de ese terciopelo, había el más duro acero—.
Todos queremos lo mejor para la armada. Nos lo planteamos, pero aceptar el indulto implicaba jurar lealtad al emperador y renunciar a todo nuestro botín.
¿Eso es lo que queréis, después de haber sido los reyes del mar?
¿Acabar mendigando por las calles un mendrugo de pan?