Loto rojo Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Es extraño —dijo Pao Tsai—. Pero también es verdad que el emperador no ha aparecido y ellos tal vez no quieran cargar con todo el peso de la operación. Al fin y al cabo, somos problema de Jiaqing más que de ellos.

Nuestro lugarteniente bajó el catalejo.

—¡Están virando!

Chang Pao Tsai y yo miramos. Tal y como decía el contramaestre, los barcos ponían rumbo a Macao. Suspiré. Mi mano buscó de forma inconsciente la de Pao Tsai y nuestros dedos se entrelazaron. Su pulgar me acarició en círculos.

—Nos hemos librado.

—Por ahora —constaté yo.

Tardamos unos diez días en reparar los daños.

La bandera verde llegó sin haber tenido contacto con los barcos del emperador, y la bandera morada nos encontró y se unió a nosotros.

El viento cambió y se puso a nuestro favor.

Así las cosas, decidimos lanzar un golpe directo contra los portugueses, esperando que en esta ocasión la suerte estuviera de nuestro lado.

Nos unimos las cuatro banderas, a falta de que llegaran las demás, y decidimos dirigirnos a Macao también nosotros.

Queríamos forzar un nuevo enfrentamiento.

Conocíamos bien la zona de islotes que rodeaba el enclave y los canales que entraban y salían de tierra en esa área; confiábamos en nuestras posibilidades.

Lo hablé con Chang Pao Tsai y los capitanes de las otras banderas que acudieron a bordo para un consejo.

—Es una locura —dijo Kuayin Song, capitán de la bandera verde—. Nos meteremos en la boca del lobo.

—Tú no estuviste en la batalla anterior —le dijo Dishi Yun, el capitán del Estrella Plateada —. Seguro que estabas muy cómodo esperando a ver si aparecía el emperador para jugar a la guerra.

Kuayin Song se levantó echando mano al sable.

—¡No consiento que me hables así! —gritó con las cejas juntas y la nariz arrugada—. ¡Es una ofensa por la que exijo una disculpa!

Chang Pao Tsai dio un golpe en la mesa que hizo que volviera a sentarse.

—Kuayin Song y la bandera verde solo hicieron lo que nosotros les mandamos. Tu tono está fuera de lugar, Dishi Yun.

Este hizo un gesto de disculpa al capitán y pidió permiso a Pao Tsai para continuar.

En estos momentos yo le dejaba el protagonismo a él.

A los hombres les gustaba pensar que era otro hombre quien les comandaba en la batalla, aunque supieran que las decisiones importantes las tomaba yo. Dishi Yun siguió hablando:

—Lo que quería decir es que son pocos barcos, pero muy dañinos. Y no creo que se queden allí. Si nos van a atacar de nuevo tal vez no controlemos el terreno ni tengamos la ventaja del viento. Si nosotros somos quienes los forzamos a salir del puerto, tal vez podamos tomar algo de ventaja.

—Volverán a atacar —aseguré sin un resquicio de duda—. Tienen un acuerdo con el emperador y, aunque su flota no haya aparecido, se lo recordará a los portugueses. Dishi Yun tiene razón: si acudimos a su encuentro al menos dominaremos el terreno.

Aunque vi gestos de duda alrededor de la mesa, solo Kuayin Song se atrevió a mostrar su desacuerdo.

Sin embargo, aceptó nuestras órdenes, aunque fuera con reservas.

Así que, cuando no habían pasado ni dos semanas de nuestro último enfrentamiento, trasladamos toda nuestra flota a las inmediaciones de Macao con la esperanza de que esta batalla fuera la última.

Llegamos al anochecer y fondeamos. Sabía que pronto les llegarían las noticias de nuestro desafío y cuando vimos las mismas seis naves a las que ya habíamos hecho frente abandonando el puerto, nos pilló preparados.

Estábamos situados entre Macao y Lantau, con vía libre a mar abierto si las cosas se daban mal.

Ellos no tendrían mucha movilidad porque estábamos justo en la salida del puerto y contábamos con poder extender nuestra flota por toda la zona navegable de forma que, aunque tuviéramos menos potencia de fuego, se aprovechara al máximo.

Trataríamos de acercarnos todo lo posible favorecidos por el viento hasta forzar una batalla cuerpo a cuerpo, en la que tendríamos ventaja.

El plan era bueno, pero de nuevo el fuego luso fue avasallador.

Prácticamente no nos dejaba maniobrar y, aunque se encontraban en el puerto, era evidente que no habían desmantelado nada y tenían la artillería al completo.

Yo había contado con que necesitaran reparaciones y mantenimiento y, al obligarlos a salir para enfrentarse a nosotros, no lo hicieran con todo su potencial, pero ahí me equivoqué.

Aguantamos unas horas. Tras perder casi veinte naves, tanto Pao Tsai como yo decidimos que era mejor retirarse ahora que aún podíamos asumir las pérdidas. Esta vez sí nos persiguieron, pero no durante demasiado tiempo, y pudimos escapar.

Oteaba el horizonte asegurándome de que estábamos lejos de ellos cuando un pequeño bulto en cubierta llamó mi atención y me acerqué.

Era un pajarito que había caído del cielo.

Estaba muerto. Tal vez su corazón había fallado con el estruendo de los cañones.

Sin saber por qué aquello me afectaba tanto, me encontré arrodillada en cubierta, sujetando su cuerpecito entre mis manos, tratando de dominar una angustia que crecía por momentos.

¿Acaso eso era un mal presagio? ¿Acabaríamos nosotros como aquella pobre ave?

Me costaba respirar y comencé a verlo todo borroso.

Solo un absoluto dominio de mí misma consiguió hacer que me levantara y me fuera de allí, aún sin soltar el pequeño cadáver que llevaba en las manos.

Esa noche estábamos Chang Pao Tsai y yo solos en el camarote, mirando los planos y mapas que había extendidos sobre la gran mesa del escritorio.

—Son invencibles —concluyó Pao Tsai moviendo la cabeza con desesperación.

Yo caminaba de un lado a otro, no podía estarme quieta. Por primera vez no sabía cómo actuar. Estaba perdida. Pao me miró sabiendo lo que estaba pasando en mi interior. Se acercó, se plantó frente a mí y me detuvo. Puso sus manos en mis hombros y me miró a los ojos.

—No sé qué hacer —confesé abatida.

—No tienes que saberlo todo, no siempre puedes sacarnos del atolladero —contestó.

Me senté en un extremo de la mesa y oculté la cara entre las manos. Pao Tsai se sentó en el otro extremo, se quedó mirando a la pared a mi espalda y, de pronto, comenzó a sacar papel, pluma y tinta, y me los puso delante.

—¿Qué haces?

—Les vas a ofrecer la paz a los portugueses —dijo como si fuera obvio.

—Pero ¿y el emperador?

Se encogió de hombros.

—El emperador no me preocupa. Es de los occidentales de quienes nos tenemos que librar.

Lo pensé. Tenía sentido. Miré las herramientas de escritura frente a mí.

—No nos costaría tanto renunciar a atacar los buques con pabellón portugués —dije con un pequeño resquicio de esperanza abriéndose paso en mi interior.

—Exacto —asintió—. Y verse a salvo de nuestros ataques, al contrario que los británicos y los demás, les dará ventaja comercial en Europa sobre la Compañía de las Indias Orientales.

Así que eso hicimos: ofrecer la paz a los portugueses y la posibilidad de navegar por nuestro mar sin preocuparse de nosotros.

Pao Tsai leyó lo que iba escribiendo. Aunque cuando lo conocí no sabía leer ni escribir, cuando me casé con él decidí enseñarle.

Si iba a dirigir la flota conmigo tenía que saber leer los informes de nuestros espías, las cartas de los informantes, cualquier cosa que hiciera falta.

Se aplicó y aprendió rápido, aunque no tenía una gran soltura, por eso era siempre yo la que se encargaba de las comunicaciones escritas.

Cuanto más lo pensaba, más segura estaba de que los portugueses lo aceptarían.

Respecto a Jiaqing, le habíamos estado venciendo los últimos años y lo seguiríamos haciendo, sin ninguna duda.

Chang Pao Tsai firmó la carta como almirante en jefe de la Armada de la Bandera Roja.

Ese era su cargo, puesto que no podía serlo una mujer.

—Creo que nos has salvado a todos, esposo —le dije antes de sellar la carta.

Enviamos al mensajero con la esperanza de obtener una pronta respuesta.