Capítulo 27
L a batalla fue un completo desastre. Era obvio que no podíamos enfrentarnos a naves occidentales, pues solo tres de ellas podían hacer frente a más de doscientos de nuestros juncos.
El número apenas importaba, porque la realidad era que no podíamos acercarnos bajo el fuego enemigo para intentar un abordaje, y nuestra artillería se revelaba inútil.
¿De qué sirve tener hombres dispuestos a luchar si no tienen opción de sacar sus armas?
Perdimos varios barcos y muchos otros, incluidos el Dragón Celestial y el Estrella Plateada , sufrieron daños de distinta gravedad.
Nos retiramos a la isla que usábamos para las reparaciones.
Hubiéramos necesitado acudir a nuestros pueblos aliados para abastecernos, pero en ese momento no me fiaba de que intentasen un nuevo ataque y nos encontraran en aquellas condiciones.
Así que nos escondimos y nos dedicamos a reparar los daños para poder hacerles frente de nuevo cuando fuera necesario.
También mandé emisarios para reunir nuestras fuerzas, aunque era posible que las banderas negra, morada y de la serpiente tardaran semanas en llegar; estaban muy lejos de nuestra posición y ni siquiera en una localización concreta.
Los mensajeros tendrían que patrullar una gran superficie hasta encontrarlas y, además, todavía estábamos en temporada de tifones: si alguno de esos juncos se enfrentaba a uno y no lo superaba, la flota de destino ni siquiera se enteraría de nuestra necesidad.
Por eso los envié en pequeños grupos, para intentar garantizar que al menos uno llegara a su objetivo.
De momento aguantaríamos con la roja, la verde y la amarilla, que sumaban un gran número de activos, aunque, como ya había visto, no sería suficiente en aquellas condiciones.
Tardamos en recuperarnos más de un mes. Supimos, por los informes enviados por nuestros espías, que el emperador Jiaqing había enviado emisarios a Macao al enterarse del ataque.
Nuestro informante estaba bien posicionado en el Leal Senado de Macao y no se perdió ni una negociación.
El emperador propuso una operación conjunta para acabar con la flota.
—Qué ganas tiene de librarse de nosotros —dijo Pao Tsai.
Él y yo estábamos en cubierta, bajo el palio del puente de mando, tomando té y valorando nuestras opciones.
Hacía una semana que habíamos recibido una propuesta de indulto del emperador, que prefería evitar el enfrentamiento, pero la rechazamos porque, aunque a nosotros dos y a parte de la flota nos ofrecía el indulto total, al resto de nuestros hombres les tocaría entregar su botín y enfrentar un juicio del que sabíamos que no saldrían bien librados.
Si castigábamos con la muerte a los desertores, no íbamos a ser nosotros quienes desertáramos al final.
—Si llega a un acuerdo con los portugueses las cosas se nos pueden poner muy difíciles —dije—. Confío en que no vuelvan a por nosotros, pero si el emperador los convence… Sus barcos son muy destructivos, pueden hacernos frente en un número casi de cien a uno.
—Su artillería es mucho mejor. Tal vez deberíamos aprender algo de ellos.
Asentí.
—Lo haremos, si salimos de esta.
Los informes llegaban casi a diario. Así fue como nos enteramos, a mediados de noviembre, de que finalmente sí habían llegado a un acuerdo y de que el gobernador de Macao había ordenado al juez principal, el ouvidor Miguel José de Arriaga, que organizara la partida para luchar contra la piratería.
A los dos bergantines de dos mástiles que nos atacaron en septiembre, el ouvidor añadió cuatro naves más, una de ellas una fragata comandada por el capitán José Pinto Alcoforado de Azevedo e Sousa.
—Apenas puedo leer su nombre —le dije a Pao Tsai cuando le transmitía las noticias que me llegaron en una misiva.
Él se rio a carcajadas.
—Es uno de sus principales capitanes. Al que sí conozco es al ouvidor . Tiene fama de ser justo y un buen hombre.
—Pues ese buen hombre ha armado seis barcos que pueden acabar con nosotros —dije yo en tono seco.
—¿Y el emperador?
—Jiaqing ha prometido sesenta naves, pero él no me preocupa. Sus juncos son como los nuestros y ahí nuestra superioridad numérica sí nos servirá.
—¿Dónde tendrá lugar la ofensiva? —preguntó Pao Tsai.
Seguí leyendo la misiva.
—Se unirán en el estrecho de Humen. La Boca del Tigre, como lo llaman ellos.
—¿Cuándo?
—Planean hacerlo dentro de una semana, pero nos enviarán un aviso cuando estén preparándose para partir.
En esta ocasión las banderas roja, verde y amarilla estábamos al completo.
Decidí dejar la verde en la retaguardia para cubrirnos las espaldas cuando apareciesen las naves del emperador y acudir con las otras dos al encuentro de los portugueses tan pronto recibiéramos el aviso para sorprenderlos recién salidos del puerto.
El factor sorpresa era nuestro mayor aliado.
Y así lo hicimos. Cinco días después llegó una carta.
La recibimos al anochecer. En ella se avisaba de que la flota partiría al amanecer de Macao en dirección al estrecho de Humen, donde pretendían unirse con las fuerzas del emperador y presentarnos batalla.
La única opción que teníamos era ir en su busca y atacar primero.
Además, irían rápidos, ya que, si no cambiaba nada, navegarían con el viento a favor.
Era un riesgo añadido para nosotros, pero no teníamos alternativa.
Así que nos pusimos en marcha y los interceptamos cuando apenas hacía dos horas que habían salido de Macao.
Esta vez no se valoró que el Dragón Celestial se quedara atrás.
Con el alcance de la artillería portuguesa, la única forma de estar a salvo era no hallarse en la zona de combate, y esa sí que no era una opción.
Así que, aun sabiendo el riesgo que corríamos, les esperamos en bloque y fuimos los primeros en disparar.
Durante horas estuvimos batallando o, tal vez sería más adecuado decir, resistiendo sus embates.
Perdimos muchos barcos, aunque por fortuna el Dragón Celestial no fue uno de ellos.
Aguantamos con daños más o menos severos, pero ninguna vía de agua fue lo suficientemente grande como para tenernos que retirar.
Los proyectiles europeos hacían destrozos allí donde caían.
Muchos eran explosivos y reventaban la zona donde impactaban, causaban incendios e incluso otras explosiones, aunque tras la última batalla habíamos hecho reforzar los almacenes de munición.
Yo miraba hacia la retaguardia, preocupada por si aparecían las naves del emperador, la bandera verde no acudía en nuestro auxilio y nos veíamos atrapados entre dos frentes. Eso hubiera acabado con nosotros.
Una esquirla perdida de madera se me clavó en el hombro. Estaba sangrando y algo se debió desgarrar cuando me la quité, porque el dolor se hacía cada vez más intenso y la quemazón se extendía por todo el brazo. Chang Pao Tsai se acercó preocupado.
—Baja a que te atienda el médico.
Yo negué con la cabeza, apreté los dientes y usé un trozo de mi camisa para vendarme.
—Tiene trabajo con heridos más graves. Lo mío puede esperar.
—Por favor. —Pao Tsai me cogió de la mano, apretando—. Ponte a cubierto. Esto es muy peligroso.
—Es mi gente tanto como la tuya —dije, tozuda—. No me moveré de mi puesto.
Pao Tsai lo aceptó y no insistió. Los portugueses seguían descargando andanadas sin cesar.
Hacían un frente unido, una nave al lado de la otra, disparando toda su artillería con una fuerza y una precisión que asustaba.
Nuestros barcos, por su parte, estaban cada vez más disgregados.
Unos al frente, otros detrás, los que tenían daños graves se retiraban y trataban de recoger a los supervivientes de los juncos que se habían hundido, algunos poco a poco, otros partidos por la mitad y engullidos por las olas en cuestión de minutos.
Éramos una mancha multicolor esparcida sobre el azul del mar y lo peor era que, incluso si nos hubiéramos podido reunir de nuevo, no hubiéramos sido rivales para ellos.
—Esto es una masacre —le dije a Pao Tsai—. Debemos retirarnos y reagruparnos.
Él asintió y dio la orden.
—¡Retirada!
Los gongs sonaron y todos viramos y nos alejamos de allí con rapidez.
No nos persiguieron, tal vez porque, a pesar de su fuerza, nosotros conocíamos mejor estos mares y fuimos directos a unos islotes en los que, si no sabías lo que hacías, podías encallar y naufragar con facilidad.
Nos reagrupamos fuera del alcance de sus cañones.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté. Miré a mi alrededor y comprobé que aún teníamos bastantes juncos en buen estado—. ¿Volvemos a atacar?
—Somos todavía muchos y ellos no se han movido. Aún quedan algunas horas de luz. —Chang Pao Tsai miró al cielo y a su alrededor—. Sí, yo intentaría otro ataque. La armada imperial no aparece y siempre podemos retirarnos si no conseguimos llegar al abordaje.
Así que volvimos a dar instrucciones a la flota y avanzamos de nuevo.
Nos estaban esperando, por supuesto, y en cuanto nos pusimos a tiro, comenzó la lluvia de proyectiles.
Algunos de los barcos más pequeños y maniobrables de nuestra armada, que además ofrecían menos blanco que nuestros grandes juncos de guerra, trataron de acercarse hasta ellos a remo para entablar una lucha a corta distancia, donde teníamos más posibilidades, pero era imposible avanzar bajo aquella lluvia de fuego.
Lo intentamos dos, tres veces, hasta que vimos que era imposible y decidimos retirarnos por segunda vez aquel día.
No podíamos asumir más pérdidas en una jornada.
Esta vez temí en verdad que nos persiguieran. Estábamos en malas condiciones y muchos de nuestros barcos tenían graves daños que les impedían navegar con normalidad. Sin embargo, una vez más, los portugueses se quedaron donde estaban y no iniciaron una cacería.
—Pero ¿qué hacen? —pregunté incrédula.