Capítulo 26
Cuando recibió el informe, el Dragón Celestial, junto a otros treinta barcos de la bandera roja, remontó por el río de la Perla para dejarse ver por los pueblos vasallos, como prevención de posibles insubordinaciones.
Ching Shih y Chang Pao Tsai decidieron además enviar varios juncos para rastrear la costa.
Dieciséis fueron los que se marcharon para recabar noticias sobre los movimientos de los occidentales, mientras que el resto de la bandera roja se quedó cerca de la desembocadura del río, un poco más arriba del delta.
Chang Pao Tsai, al frente del Estrella Plateada , fue quien comandó la expedición.
Al caer la tarde del día quince, muy cerca de Macao, se encontraron frente a frente con los barcos enemigos.
El Princesa Carolina y el Belisario se hallaban más lejos, pero el Leão , una nave híbrida de abastecimiento, un tanto extraña, con casco portugués y aparejos chinos, se encontraba un poco separada de los otros y más cerca de la escuadra de juncos piratas, de modo que Chang Pao Tsai decidió dar la orden de atacar.
—¡Fuego! —gritó, y sus cañones, listos desde el día anterior, dispararon.
Sin embargo, nada podía hacer su artillería contra los buques modernos y, tan pronto se dieron cuenta de que su barco de abastecimiento estaba siendo atacado por piratas, el Princesa Carolina y el Belisario comenzaron una ofensiva en la que a los juncos les llovieron disparos con rifles de largo alcance y cañonazos con proyectiles explosivos.
Pao Tsai gritó de rabia y frustración. Un proyectil cayó al agua justo a su lado.
El barco a su estribor no tuvo tanta suerte y una explosión lanzó por los aires tantos pedazos de madera que algunos llegaron hasta la cubierta del Estrella Plateada .
Con esa cobertura no podían acercarse para intentar el abordaje, y tampoco tenía sentido mantenerse a tiro.
No podían competir contra esos engendros modernos.
Cuando el timonel, que se encontraba justo al lado de Pao Tsai, cayó abatido por un disparo certero, el capitán tocó a retirada entre maldiciones.
Por suerte no les persiguieron y, en cuanto dejaron de estar a su alcance, pudieron reagruparse y valorar los daños.
No habían perdido ninguna nave, aunque sí varios hombres, y los desperfectos eran cuantiosos.
Sin perder de vista al enemigo, Pao Tsai ordenó hacer las reparaciones precisas mientras caía la tarde, y envió tres barcos con noticias: uno directo a Ching Shih y los otros dos al resto de la bandera roja y a las banderas amarilla y verde para que acudieran hacia el estrecho de Humen, el delta del río Perla, que los portugueses conocían como Boca del Tigre, preparados para reunirse y presentar batalla.
—¿Por qué no nos persiguen? —preguntó Dishi Yun, capitán de la nave en ausencia de Pao Tsai.
—Porque van buscando una flota y con nosotros ni siquiera está el Dragón Celestial . Es posible que piensen que somos un pequeño grupo de piratas, pero no que somos los piratas que buscan. Lo que me pregunto es dónde estará esa fragata inglesa de la que hablaban nuestros espías.
Chang Pao Tsai oteó el horizonte sin saber que los británicos, aun con sus promesas de ayuda, al final no habían salido del puerto y habían dejado a los portugueses solos en su lucha frente a los piratas.
Cuando amaneció el día siguiente, los dos grandes buques ya no estaban a la vista, pero el Leão seguía por allí.
—Es absurdo —pensó en voz alta Pao Tsai—. ¿Cómo se les ocurre dejarlo sin protección?
Sea como fuere, tal vez porque pensaban que no volvería a ser objetivo de los piratas, y como no podía seguir el ritmo de los barcos más grandes, el Leão se encontraba solo a pocas millas de su escuadra.
Cuando se aseguró de que no había ninguna otra amenaza por los alrededores, Pao Tsai decidió vengarse y tomar la nave.
Las banderas indicaron sus intenciones a sus juncos y, a un toque del gong, comenzó la cacería.
Pao Tsai sabía que el Leão llevaba apenas treinta hombres a bordo y su artillería no superaba las cinco piezas.
Sería una presa fácil y mandaría a los portugueses un mensaje.
Con los dieciséis juncos que llevaba, Chang Pao Tsai lanzó el ataque provocando el clamor de la tripulación, que tenía ganas de un poco de acción cuerpo a cuerpo.
El barco enemigo era bastante lento y los juncos pronto le dieron alcance.
El cruce de cañonazos apenas hizo mella en las naves de Pao Tsai, aunque dañó de gravedad el Leão , pues era un solo blanco el que recibía todo el fuego del resto de las naves.
Aun así, no se rindieron. Los juncos lo rodearon, pasando de los cañones a los rifles.
En la cubierta del barco portugués había cuerpos tirados por todas partes, pero Pao Tsai, ahora muy cerca del enemigo, veía al capitán con el sable en alto gritando órdenes a pleno pulmón.
Casi chocaron bordas y consiguieron lanzar los ganchos de abordaje, pero los portugueses se deshicieron de ellos.
Otra vez lo intentaron desde la otra borda y de nuevo los defensores consiguieron evitar el asalto.
Los piratas ya ni se escondían tras la borda del junco: enseñaban sus armas, sacaban la lengua y gritaban lo que les harían a los portugueses cuando los capturaran.
También enarbolaron la bandera roja para mostrar quiénes eran.
Entonces, Chang Pao Tsai vio que los hombres que quedaban corrían hasta el capitán y lo desarmaban.
Ocho tripulantes, contó el pirata. Solo ocho quedaban.
Lo desarmaron y lo ataron, y dejaron de atacar, tratando de huir de la presa pirata.
De alguna manera, con el viento en popa, lograron salir de entre los juncos que los acosaban.
Pao Tsai transmitió mediante el gong la orden a sus barcos de dejarles marchar.
No los perseguiría. Aquella era una nave de abastecimiento: no les serviría de mucho en una batalla, pero Pao Tsai sabía que volvería a Macao y el mensaje que podía transmitir, que la Armada de la Bandera Roja estaba preparada para luchar, era más importante que conquistar la nave y hundirla, o añadirla a sus filas.
El Leão regresó a Macao, tal y como Chang Pao Tsai había imaginado.
Los otros dos buques portugueses detuvieron su avance al detectar que habían atacado la tercera nave de su escuadra.
Al fin y al cabo, estaban a pocas horas del puerto de salida y no querían continuar sin su nave de abastecimiento.
Pao Tsai y los suyos los vieron apaciblemente parados en mitad del mar, con las anclas flotantes desplegadas.
No se acercaron: no estaban tan locos y debían reservar fuerzas.
Chang Pao Tsai sabía que reanudarían su marcha más pronto que tarde y se quedó donde pudiera vigilarlos, pero lejos de su alcance.
No tenía sentido mantener a toda su escuadra con él, así que envió al resto de los barcos en busca de Ching Shih para advertirla de que preparara la flota para un ataque al día siguiente o al otro. Él se quedó de vigía.
La noche transcurrió en calma y, al amanecer, los barcos seguían allí.
Pronto apareció un puntito en el horizonte que Pao Tsai identificó como el Leão .
La tripulación del barco, al regresar a puerto, fue castigada por su insurrección.
El capitán recuperó el mando, cambiaron la tripulación y fue de nuevo en busca de los otros dos barcos portugueses.
En cuanto Pao Tsai estuvo seguro de que era él, viró y puso rumbo, a toda la velocidad que le permitía navegar contra el viento, a donde debería estar Ching Shih y el resto de la armada.
No era ni mediodía cuando se topó con ellos.
Ching Shih había decidido, con mucho acierto en opinión de Pao Tsai, ir en busca de los atacantes con todos los barcos que pudo reunir.
Eran una buena flota: doscientos juncos de la bandera roja y algunos de la amarilla escoltaban al Dragón Celestial .
Cuando los encontró, maniobró hasta colocarse a estribor del barco insignia, que había tomado la decisión de comandar el ataque y no mantenerse en la retaguardia, y habló con su esposa a gritos de nave a nave.
—¡No deberías estar ahí!
—¡Lo sé! —dijo ella—. Pero esta vez no pienso quedarme atrás, esposo mío. Iremos juntos a la batalla, te guste o no.
Pao Tsai sintió que, a pesar de la preocupación, el orgullo hinchaba su pecho. Asintió.
—¡De acuerdo! Pero si os alcanzan, ponte a cubierto y retrocede.
—Ya veremos.
No hablaron más. Vieron a lo lejos a los portugueses que se acercaban. Continuaron avanzando y pronto comenzó la contienda.
Eran más de doscientas naves y las enemigas solo tres, una de ellas con una potencia de fuego muy limitada.
De los barcos de la Armada de la Bandera Roja, poco más de la mitad eran grandes juncos de guerra y todos, desde el mayor al más pequeño, con armamento precario.
La forma de estos barcos estaba pensada para la lucha de cercanía y para propiciar el abordaje, no para las batallas a distancia.
Tenían muy poca artillería, unos tres cañones por banda, cinco en el caso de los mayores, con apenas uno en la proa.
Sin embargo, los occidentales contaban con casi veinte piezas de artillería.
Sus armas tenían más alcance y precisión, y sus proyectiles, mejor calidad.
La munición que utilizaban era tan destructiva que uno solo de aquellos buques podía acabar con una flotilla de juncos desde lejos y casi sin pestañear.
Además, las naves occidentales eran más rápidas, así que los juncos chinos tenían que perseguirlas, lo que hacía que en muchas ocasiones solo pudieran usar los cañones de proa.
Tanto Ching Shih como Pao Tsai confiaban en que tener el viento a barlovento y la enorme superioridad numérica fuera suficiente para compensar todas las carencias, pero, al poco tiempo de empezar la lucha, se dieron cuenta de que eso no iba a ser así.
Durante horas intentaron hacerles frente y perdieron muchos barcos.
Pao Tsai trataba de alentar a los suyos, pero era difícil cuando a su alrededor se hundían tantas naves, arrastrando con ellas a tantos compañeros.
Dos juncos más a estribor, un proyectil explosivo penetró directo en el pañol donde guardaban la pólvora y el barco entero voló por los aires creando con sus pedazos una peligrosa lluvia de restos que cayó sobre las cubiertas de los juncos cercanos.
En el Estrella Plateada tuvieron que correr para sofocar el fuego que uno de aquellos pedazos en llamas había provocado al chocar contra el velamen.
—¡No aguantaremos mucho más! —le gritó el capitán a Chang Pao Tsai. El lugarteniente acudió con una manta para ayudar a apagar el conato de incendio—. ¡Debemos retirarnos! En la bodega hay una vía de agua que no sé si podremos controlar.
—¡Todavía no! —respondió Pao Tsai.
Miró a su alrededor y localizó al Dragón Celestial en la retaguardia.
Suspiró aliviado de ver que Ching Shih le había hecho caso y se había protegido.
Pero todo el panorama era desolador. Miró al sol: estaba cada vez más bajo, el atardecer se acercaba veloz y pronto no podrían ver nada. Tomó una decisión.
—¡Toca retirada! —gritó al capitán—. ¡Nos vamos!
El gong comenzó a sonar y el sonido se reprodujo en todos los barcos, uno tras otro.
Las naves de la armada dejaron la persecución, volvieron proas y huyeron.
Se dispersaron en lugar de agruparse para que no los persiguieran, y funcionó.
Los barcos portugueses, una vez se aseguraron de que nadie volvía a atacarlos, viraron y navegaron rumbo a Macao.