Loto rojo Capítulo 25
78%

Capítulo 25

J iaqing, emperador del Gran Qing, el Hijo del Cielo, se encontraba sentado en la sala de la Armonía Completa, muy molesto.

Vestido del amarillo reservado a su persona y con el rojo gorro imperial coronando su cabeza, trataba de mantenerse hierático en el trono mientras escuchaba a cuatro de sus más fieles mandarines discutir.

El que se encontraba frente a él, arrodillado y con la frente aplastada contra el suelo, habló:

—Pero, su majestad imperial, ¡no podemos consentir esta ofensa!

Jiaqing ignoró los murmullos escandalizados del resto y se acarició el mentón.

—Levántate.

Era realmente molesto tratar de escuchar a sus funcionarios murmurando contra el suelo cuando intentaban buscar soluciones a problemas importantes.

El mandarín se incorporó y caminó hacia atrás con la vista gacha hasta sentarse en un pequeño escabel al lado de los otros.

Los escabeles se situaban a los pies de la escalera que ascendía hasta el trono.

Jiaqing miró a sus cuatro consejeros: los más fieles, los más inteligentes, los más cercanos.

A lo largo de los años habían demostrado su lealtad y habían recibido a cambio riquezas, tierras y honores para ellos y sus familias muy por encima de lo que nadie podía imaginar.

Y ahora, el Hijo del Cielo no podía confiar en nadie más.

Se acomodó en el trono e hizo un gesto a los soldados que guardaban la puerta para que salieran, cerraran la sala de la Armonía Completa y la custodiaran desde fuera.

Tras la celosía a espaldas del trono aguardaba su hijo de veintisiete años, Mianning, acompañado de su madre, escuchando y aprendiendo sin ser visto.

—Tenemos un grave problema —habló el emperador—.

La Armada de la Bandera Roja campa a sus anchas y nos ha derrotado ya en tres ocasiones.

¡No queremos aguantar más humillaciones!

—se exaltó—. Y no queremos perder más generales.

—Acarició el largo collar de perlas que llevaba—. Sois nuestros consejeros. Aconsejadnos.

Los mandarines se miraron unos a otros, algo incómodos, y al final uno de ellos, el más joven, tomó la palabra.

—Como su santa majestad sin duda sabe —dijo sin levantar la vista—, los occidentales han rehusado ayudarnos. Y, sin la colaboración de sus buques modernos y fragatas de guerra, el infame Chang Pao Tsai y esa pérfida viuda Ching tienen ventaja numérica.

El silencio se extendió por la sala. Reconocer una debilidad frente al emperador podía significar la muerte si tenía un mal día.

Pero debía de ser verdad que buscaba consejo sincero y profundo, porque no dijo nada y esperó.

Al ver que no hablaba, otro consejero, ya entrado en años, carraspeó y tomó la palabra.

—Diez Mil Años, 6 emperador majestad. Tal vez deberíamos ofrecer un indulto.

—Ya se ofreció —contestó otro—. El Ser Divino de Arriba, el Hijo del Cielo, ya quiso ser clemente y ofreció un indulto. ¿No lo recuerdas? Y esas ratas lo rechazaron.

—Ofreceremos otro indulto —el emperador habló y todos callaron—.

Si conseguimos que al menos parte de la flota acepte y abandone a esos canallas tendremos más fácil la victoria.

Y ahora, ¿cómo hacemos para vencer al resto?

¿Nos estáis diciendo que la flota imperial no puede contra un puñado de piratas?

—Es una coalición como nunca antes se había visto, su majestad imperial. Nunca nos habíamos enfrentado a algo semejante. —El funcionario más joven volvió a hablar para expresar una verdad incómoda.

Jiaqing alzó una ceja, pero nadie observó el gesto dado que nadie osaba mirarlo al rostro.

Esa mueca podía significar que estaba molesto por lo que el mandarín decía, o que admiraba su sinceridad en un entorno donde no era habitual, bien por cobardía, bien por egoísmo.

El mayor comenzó a increpar al joven y pequeñas gotas de saliva salieron de su boca al hablar. Jiaqing lo observó fascinado.

—¡Cómo te atreves a decir eso delante del Hijo del Cielo! —bramó—. ¡Deberían ajusticiarte por osar insinuar que somos débiles! El Abuelo de los Diez Mil Años sabe que su flota es invencible, aunque pueda haber algún tropiezo por el camino.

El emperador levantó la mano y todos callaron y se postraron de nuevo en el suelo.

—¡Silencio! —gritó—. No somos un niño al que haya que engañar para que duerma tranquilo.

Debe de ser verdad que nuestra flota no es tan fuerte como todos vosotros, mis consejeros, aseguráis, o no habríamos perdido ya tres batallas, incluso con ese pirata, O Po Tae, como aliado.

¡Tres batallas! Solo de pensarlo nos dan ganas de salir de la Ciudad Prohibida y combatirlos en persona.

Los consejeros se agitaron, visiblemente inquietos. Jiaqing suspiró agotado.

—Incorporaos, por los dioses. Necesitamos soluciones reales, no seguir como hasta ahora.

Con cada victoria, la Armada de la Bandera Roja se cree más fuerte.

Pronto pueden pensar en combatirnos más al norte y no podemos consentir que salgan de su territorio.

Debemos acabar con ellos, así que decidnos cómo hacerlo.

—Su santa majestad, si se me permite hablar con libertad… —dijo el funcionario joven, el más valiente a la hora de expresarse.

—¿Debemos repetir que queremos que habléis con sinceridad? —dijo el emperador juntando las cejas sobre la nariz.

—No, majestad celestial. Perdón, majestad. Lo que quería decir es que debemos conseguir que los occidentales nos apoyen en esto. Una sola de sus naves equivale a docenas de las nuestras. Si ellos participan, la lucha se decantaría sin duda a nuestro favor.

—¿Estáis de acuerdo? —preguntó Jiaqing a sus consejeros. Estos asintieron—. Bien, y si ya se les ha solicitado ayuda y han rehusado colaborar, ¿qué hacemos?

Siguió un profundo silencio. Tras la celosía se dejó oír una pequeña tos.

Jiaqing esperaba que estas experiencias sirvieran a Mianning cuando ascendiera al trono.

Quería que aprendiera que, a veces, es mejor tener pocos y buenos consejeros que muchos y cobardes.

Nadie quería decirle al Hijo del Cielo lo que este no quería oír, pero, si no sabía cuál era la situación real, ¿cómo podía tomar las decisiones correctas?

Y la dinastía Qing gobernaba, no solo reinaba. Tenían una gran responsabilidad.

Uno de los mandarines carraspeó.

—Su majestad el emperador es un pozo de sabiduría y decisiones correctas. Estoy seguro de que podría conseguir que los occidentales se sintieran lo suficientemente motivados como para decidir participar en esta guerra.

Se calló esperando el permiso para continuar.

—Prosigue —exigió el emperador.

—La excusa que británicos y portugueses han esgrimido para no comprometerse es que no los atacan a ellos directamente.

—Pero sus mercantes deben pagar la tasa o se arriesgan a ser abordados —dijo el mayor de los mandarines.

—Así es, y seguro que no les hace gracia, pero pagando esa tasa, algo que la mayoría de armadores consideran un impuesto ineludible, están a salvo.

Les merece la pena hacerlo y olvidarse. Sin embargo, sus buques de guerra siempre son ignorados.

Ching Shih es una mujer muy lista, aunque sea hija de demonios, y sabe que no debe enfadarlos.

—Pero si tuviera un motivo de suficiente peso… —añadió el cuarto consejero, que aún no había hablado, captando la idea de su compañero.

Este asintió.

—Exacto. Si tuvieran un motivo suficiente, no lo podrían ignorar.

—Un ataque a una fragata de guerra por parte de la Bandera Roja no quedaría impune —dijo el más joven abriendo los ojos con alivio.

—Pero ¿cómo conseguimos que ataquen un buque de guerra? —preguntó el emperador.

—Haciendo que crean que van a conseguir un gran beneficio —continuó el que había tenido la idea.

Jiaqing pasó los dedos por el largo collar de perlas, una costumbre que le ayudaba a pensar.

—¿Y se atreverán si creen que la recompensa merece la pena?

—Sin duda, su santa majestad —afirmó el que más callado había estado, demostrando que había pensado con seriedad en ello—. Llevan tres victorias seguidas, su moral está alta y se sienten invencibles. Es ahora cuando, con el cebo adecuado, no dudarán en lanzar el ataque.

—Sabemos con certeza que deben tener algún informante en la corte, puesto que se adelantan a casi todos nuestros movimientos —dijo el mayor—. Podríamos utilizar eso en beneficio de su imperial majestad para que la información falsa llegue a oídos de los piratas.

El emperador cerró los ojos, meditando. Nadie se atrevió a hablar durante largo rato, tanto que casi pareció que Jiaqing se había quedado dormido. Sin embargo, seguía despierto. Abrió los ojos y una leve, muy leve sonrisa apareció en sus labios. Se incorporó.

—Muy bien. Haced que llegue a oídos de esa chusma que, dado el peligro que suponen en nuestro mar meridional, hemos pedido a una fragata portuguesa, como favor personal, que nos ayude a transportar una carga de oro, joyas y jade a Cantón para la construcción de un nuevo templo.

Informaos de las fragatas que hay ahora mismo en el puerto de Tianjin que vayan a seguir esa ruta en las próximas semanas.

Aseguraos de que se conoce su nombre, pero vigilad a quién dais la información.

Debe llegar a los piratas, pero no a los occidentales: sabemos que ellos también tienen informantes en la corte.

Si se nos piden explicaciones sobre ese ataque, que espero que llegue a producirse, vosotros tendréis que darnos explicaciones a nos.

Levantó la barbilla, bajó las escaleras y pasó entre los consejeros, que se apresuraron a apretar sus frentes contra el suelo, antes de desaparecer de camino a sus aposentos.

Se miraron unos a otros. Había quedado muy claro: si la información llegaba a oídos de quien no debía, ellos y sus familias sufrirían las consecuencias. El mandarín más anciano sonrió:

—No temáis —dijo muy seguro de sí mismo—. Sé quién debe enterarse de esto.