Loto rojo Capítulo 30
93%

Capítulo 30

E l barco ascendió por el río Perla remolcado por dos barcas de remos, hasta Cantón.

Los habitantes de la ciudad, que sabían, como sabían todas las poblaciones de ambas orillas del río y aun de más allá, lo que estaba ocurriendo, se agolparon en el puerto.

Las noticias volaban. En aquellos días en que ni siquiera se podía salir a faenar al mar ni transportar mercancías, porque una inmensa flota pirata impedía el paso, las noticias eran la forma de entretenerse.

Así que decenas, cientos de personas abarrotaban el puerto mirando ese junco que se acercaba solitario con una bandera roja en el palo mayor, dejando atrás al resto de la flota, tan atrás que ya no alcanzaba la vista.

Todas esas personas vieron a dos hombres abrir la portezuela y colocar la pasarela.

Todas vieron aparecer a Ching Shih, la legendaria pirata, la líder de la Armada de la Bandera Roja, y la observaron al bajar por la pasarela con parsimonia, como si no hubiera sufrido la más tremenda de las derrotas apenas el día anterior.

Vestía un precioso qipao de seda roja, el color de las celebraciones, bordado con lotos y dragones.

Llevaba unos altos chopines que la hacían caminar imitando el bamboleante paso de las mujeres de pies de loto y, en la cabeza, un elaborado peinado estilo manchú del que colgaban ristras de florecitas y adornos.

Iba maquillada como la mujer de un noble, con polvos de arroz y labios rojos dibujados para asemejarse a un pequeño capullo de flor.

Parecía una emperatriz, y esa era seguramente su intención.

Tras ella comenzaron a bajar a tierra decenas de mujeres y niños vestidos con sus mejores galas.

Caminaron con Ching Shih en el centro, sobresaliendo por encima de las cabezas de todos los demás, en dirección a la delegación imperial de Cantón.

Cuando llegaron no hizo ademán de mandar llamar a nadie. Se limitó a esperar, rodeada de todas aquellas mujeres y todos aquellos niños, hasta que el delegado abrió las puertas y la invitó a pasar. En ningún momento, ni una sola vez, pareció que ella estuviera dispuesta a inclinarse ante nadie.

Lo que hablaron allí dentro no se sabe. El delegado ya tenía noticia de lo que había ocurrido y sabía que no podía tomar una decisión él solo.

Los portugueses, que eran quienes habían hecho posible la derrota de la armada, habían solicitado la presencia como mediador del ouvidor Miguel José de Arriaga, que se reunió en cuanto llegó de Macao, pocos días después, con Ching Shih, un traductor y varios delegados imperiales.

—¿Para qué está aquí? —preguntó el ouvidor dando comienzo a las negociaciones.

Ching Shih, peinada y maquillada como el mismo día en que bajó del barco en Cantón, le miró sin pestañear.

—Para negociar el indulto de todos mis hombres.

—¿Por qué habríamos de negociar ahora que os hemos derrotado, estáis atrapados y con vuestras fuerzas mermadas? —preguntó un delegado imperial levantando el labio con desprecio.

Ching Shih le miró con tanta intensidad en su cara sin expresión que el delegado se calló y pareció hacerse pequeño en su silla. Ella se giró hacia el portugués demostrando que era con él con quien quería tratar.

—¿Tiene potestad para negociar en nombre de toda la armada?

—La tengo —respondió ella sin un ápice de duda.

Miguel José de Arriaga resultó ser un hombre honorable.

Buen amigo del capitán José Pinto Alcoforado, había recibido una extensa carta suya en la que hablaba de la heroica resistencia que los piratas les habían mostrado, del honor que atesoraban y de la dignidad que les correspondía.

En esa misiva le rogaba que velara por los intereses de la armada y que no permitiera una venganza imperial contra ellos.

Así que miró con interés a la mujer que había liderado tan formidable ejército.

—¿De cuántos hombres estamos hablando? —preguntó.

—Más de cincuenta mil hombres me siguen —dijo ella sin pensarlo siquiera. Se giró hacia los delegados—. Cincuenta mil hombres que han dominado estas aguas durante años. Bien sabe el emperador que merecemos un buen pago por abandonar la piratería.

Uno de los delegados abrió la boca para responder, pero otro, más mayor y tal vez más sabio, le puso una mano en el brazo y le hizo callar con un sutil apretón. Asintió con la cabeza en dirección a Ching Shih.

—A su majestad imperial le complacería llegar a un acuerdo con vos, con la amable mediación de nuestros amigos portugueses, aquí presentes. Estamos dispuestos a escuchar, pero no nos doblegaremos, no ahora que los piratas están sin líder e imposibilitados para luchar.

—La Armada de la Bandera Roja no está sin líder —dijo ella levantando el mentón—.

Tal vez Chang Pao Tsai sea ahora un prisionero, pero soy yo quien toma las decisiones.

Yo, a quienes mis hombres siguen. Si no consigo un acuerdo aceptable volveré a sembrar el caos y la destrucción en todos los pueblos de las orillas del río Perla y aún más al interior, hasta que el emperador reconsidere su postura.

—La escuchamos —dijo el portugués.

La reunión se prolongó durante horas. Ching Shih expuso sus términos, los delegados del emperador los rechazaron, y el ouvidor medió para llegar a un acuerdo favorable a ambos. Al final, ya al anochecer, dieron por terminadas las negociaciones.

Ella tuvo que ceder en algo que le resultó muy doloroso: a pesar de sus esfuerzos, algunos integrantes de su flota serían juzgados como símbolo de buena voluntad.

Muy pocos, pero ella hubiera preferido no tener que aceptar eso.

Sin embargo, todos los demás, miles de hombres, mujeres y niños, podrían abandonar la piratería de forma pacífica sin que nadie pudiera acusarles de nada y sin renunciar siquiera al botín que les correspondía.

Los capitanes más importantes y los tenientes de cada una de las flotas recibirían puestos oficiales como funcionarios del gobierno chino.

Respecto a Chang Pao Tsai, sería totalmente rehabilitado, podría conservar una flotilla de treinta barcos como propia y se dedicaría a dar caza a otros piratas como almirante bajo las órdenes del emperador.

Ching Shih nada pidió para sí, excepto libertad total de movimiento y maniobra.

Con la herencia de Cheng Yi y su propia parte del botín era una mujer muy, muy rica.

Su fortuna era incalculable y no pasaría necesidad, ni aunque viviera cien años.

Los portugueses no exigieron nada.

Cuando rubricaron el acuerdo Ching Shih cerró brevemente los ojos antes de estampar su marca en el pliego de papel.

Suspiró y firmó con su delicada caligrafía.

Una copia la llevaría ella misma a la fragata portuguesa en que aguardaba retenido Pao Tsai para que él la firmase como almirante en jefe de la armada.

Al levantarse para abandonar la mesa se detuvo y se giró hacia los delegados imperiales.

—Hay una cosa más.