Loto rojo Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El hombre se incorporó. No se atrevía a mirarme a la cara; casi podía notar cómo temblaba.

—Estábamos faenando cerca del delta —me explicó— cuando vimos un movimiento de naves que me resultó extraño.

Como uno de mis hombres me aseguró que había reconocido el junco de O Po Tae y todo el mundo sabe la enemistad que os enfrenta, decidí seguirlas con discreción.

A la altura de Shenzen apareció por la ensenada que la separa de Hong Kong una flota de barcos imperiales.

No me paré para ver cuántos había, pero eran muchos, Madame Ching —añadió preocupado—.

Si yo sabía que vuestra escuadra estaba cerca de Hainan, ellos también lo sabrán.

Estarán aquí en dos días, tres a lo sumo si se mantiene la dirección del viento, y contando con que la armada entera irá más lenta.

—Está bien —dije manteniendo la calma—. Has corrido un gran riesgo abandonando tus deberes para seguir a O Po Tae y te lo agradezco. Toma estas bolsas de monedas. Repártelas con tus hombres, vuelve a tu aldea y no temas, estamos preparados.

—¡Lo sabía! —grité en cuanto Chang Pao Tsai y yo estuvimos solos—. ¡Sabía que no podía tardar!

—Sí, lo sabías —me contestó con una paciencia infinita—. Lo sabíamos todos. No has estado hablando de otra cosa desde la última batalla.

Giré la cabeza con brusquedad y clavé mis ojos en los suyos. Él levantó las manos en son de paz.

—Solo digo que has estado un poco nerviosa, eso es todo.

—Lo sé —admití—. No he parado de pensar en cuándo tendría lugar el siguiente ataque. Y no esperaba que fuese tan rápido. Creía que tendríamos noticias de nuestros espías con tiempo suficiente para prepararnos.

—Ya has tenido información antes del ataque —dijo él—. Tal vez no tanta como nos hubiera gustado, pero es lo que hay.

—O Po Tae —escupí su nombre con todo el desprecio que pude acumular en mis palabras—. Sucio, rastrero e indigno traidor. Juro que como consiga ponerle una mano encima lamentará el día en que nació.

—Te prometo que te lo traeré atado como un cordero cuando esto termine.

La imagen de mi enemigo cubierto de cadenas y a mis pies me produjo una enorme satisfacción. Me recreé en ello.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Pao Tsai.

—No hay tiempo de elaborar una estrategia —contesté—.

Enviaremos mensajeros a los capitanes de todas las banderas para que acudan preparados para la guerra.

Nos reagruparemos. Muchos estarán aquí antes que O Po Tae y la armada del emperador.

Los que no, espero que lleguen a tiempo aunque la batalla ya haya comenzado.

—Quiero que te retires —dijo Pao Tsai—. Pasa por el estrecho entre Haikou y el continente. Protégete en el golfo de Honkin.

—Ni hablar —me negué—. Si vencen, allí no tendré escapatoria.

—Podrás huir por tierra, disfrazarte y que nadie te encuentre. Está bien. —Pao Tsai vio en mi cara que no me convencería y cambió de táctica—. Entonces bordea Hainan y sal a mar abierto. Nadie te detendrá.

—Pao Tsai. —Levanté la mano. Él se calló—. No voy a irme. Una cosa es no entrar en combate y otra es huir como una cobarde en cuanto sé que vienen a por nosotros. No voy a hacerlo.

—Pero…

—He dicho que no. ¿Qué imagen crees que daremos a nuestros hombres si echamos a correr? ¿Crees que nos respetarán, que nos seguirán de nuevo después de eso? No vale con que tú vayas a la cabeza, yo debo mantenerme en mi puesto también.

Chang Pao Tsai asintió.

—Lo entiendo. Pero prométeme que, al menos, el Dragón Celestial estará cerca de mar abierto, en la retaguardia de la formación, para huir si las cosas se ponen feas.

—De acuerdo —concedí—. Y tú prométeme que, si toco retirada, no tratarás de hacerte el héroe y buscarás la forma de salir del combate.

—Te lo prometo —me dijo con la mano en el corazón.

Enviamos mensajes por medio de juncos pequeños y veloces a toda la flota.

Los gongs sonaron extendiendo su sonido grave y rítmico por la superficie del mar, llamando a mis hombres a la batalla.

Las banderas comenzaron a agitarse transmitiendo órdenes a los barcos cercanos que a su vez las transmitieron a los próximos a ellos, hasta que muy pronto todas las naves de la escuadra supieron que íbamos a ser atacados y que iba a ser una lucha sin cuartel.

Aguardamos en una calma tensa, en un entorno que, al menos en principio, podría sernos favorable, pues con Hainan a nuestras espaldas no podríamos ser rodeados por el enemigo.

Sin embargo, era un arma de doble filo, porque dificultaría la huida del grueso de la flota si nos veíamos en apuros.

No había una estrategia definida; no había dado tiempo ni de desarrollarla ni de transmitirla.

Solo se trataba de luchar y, a ser posible, de vencer.

Las naves enemigas no tardaron mucho en llegar.

Al segundo día, poco después del mediodía, comenzaron a aparecer ante nuestros ojos.

Los estábamos esperando y pronto fue evidente que no nos habían pillado por sorpresa.

En cuanto estuvimos a tiro comenzaron a disparar sus cañones, y nosotros contestamos de igual manera.

El aire pronto se llenó de ese aroma a pólvora y humo que siempre acompaña las batallas navales.

Durante horas nadie cedió, aunque vi, desde mi posición protegida y en retaguardia, cómo los barcos de O Po Tae, a la cabeza de la flota enemiga, nos presionaban haciendo que nuestro espacio para maniobrar fuese cada vez más pequeño.

Busqué la manera de poder salir del cerco y rodearlos, pero no encontré cómo. Rogué por que llegaran en nuestro auxilio las otras naves de nuestra armada, pero no las veía aparecer.

La situación era cada vez más desesperada y algunos proyectiles pasaron incluso cerca del Dragón Celestial . Habíamos perdido y nada de lo que hiciéramos podría darle la vuelta a la situación. Tomé una decisión.

—¡Toca a retirada! —le grité al contramaestre—. ¡Retirada!

El gong comenzó a sonar. En barcos cada vez más alejados, el eco de nuevos gongs se repetía hasta que estuve segura de que la orden había llegado a todas mis naves.

—¡Vámonos de aquí!

Salimos de allí lo más rápido que pudimos.

Los que estábamos en las líneas más atrasadas de la escuadra no tuvimos apenas problemas, porque conseguimos rodear la isla de Hainan hasta un punto en el que no había presencia enemiga y alcanzamos mar abierto con relativa rapidez.

Los que estaban en medio del cruce de fuego lo tuvieron peor.

Sufrimos muchas bajas. Yo trataba de localizar entre los cientos de barcos al Estrella Plateada , pero no lo veía.

Conociendo a Chang Pao Tsai, sabía que estaría en primera línea y recé por que se encontrase a salvo.

Nos dirigimos hacia unas islas cercanas que nos darían relativa cobertura si los enemigos nos perseguían.

Detrás de nosotros, la mayoría de nuestros juncos que aún quedaban a flote consiguieron escapar.

O Po Tae, maldito sea su nombre, decidió seguir acosándonos aprovechando el viento favorable. Creo que nos odiaba tanto como nosotros a él. Yo apretaba los dientes con furia imaginando lo que le haría si conseguía en algún momento tenerlo en mis manos. Grité de rabia.

La persecución prosiguió durante unas horas, mientras el sol iba cayendo, y cuando estábamos a punto de alcanzar las islas, vi aparecer detrás de ellas a una gran cantidad de barcos.

Estaban aún lejos y no podía distinguir quiénes eran; ya no había luz suficiente para ver a través del catalejo.

Di la orden de detenernos. O Po Tae no atacaría durante la noche y no tenía sentido seguir moviéndonos a través de aquellas aguas llenas de islotes, rocas y bancos en los que de repente podíamos encallar.

Tratamos de reagruparnos a la escasa luz del anochecer y nos quedamos allí, quietos, a la espera de ver qué nos deparaba la mañana.

Al amanecer salí a cubierta antes de que la luz hubiera despejado por completo la oscuridad de la noche sin luna que habíamos pasado. Miré a mi alrededor buscando las nuevas naves que había visto acercarse al acabar el día. Me froté los ojos incrédula.

¡Eran los nuestros! Las banderas más alejadas que habían recibido el mensaje y venían en nuestra ayuda.

Aún había esperanza.