Loto rojo Capítulo 23
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Capítulo 23

E l infierno se había desatado sobre la Armada de la Bandera Roja.

Chang Pao Tsai gritaba órdenes e instrucciones, y trataba de protegerse cuando los proyectiles impactaban en el Estrella Plateada esparciendo afiladas astillas, metralla y cuerdas por todas partes.

Hubo momentos en que estuvo seguro de que no sobrevivirían y que acabarían bajo las aguas junto a tantos otros compañeros.

La superficie estaba cubierta de trozos de madera y barriles, balsas improvisadas a las que se agarraban los supervivientes de las naves hundidas, y de los cuerpos de quienes no habían tenido la suerte de encontrar un apoyo o de llegar vivos al agua.

También estaban provocando daños al enemigo, pero no tantos ni tan importantes como al contrario.

Pao Tsai miró alrededor tratando de divisar el Dragón Celestial para asegurarse de que seguía a salvo, pero no pudo verlo en medio de toda la confusión.

Gritó de rabia. O Po Tae recibiría su merecido.

Aquel traidor lamentaría el día que se alió con el emperador a cambio de un indulto, vendiendo a su propia gente.

—¡Seguid disparando! —exclamó intentando dar ánimos a la tripulación.

Se tiró al suelo movido por algún tipo de instinto animal.

El artificiero que tenía a su lado cayó alcanzado en la cabeza por una polea que se soltó de la driza de la mayor por un impacto y que cayó a una velocidad que hizo imposible esquivarla.

La propia driza barrió la cubierta, enganchó a otro de los piratas y lo lanzó por los aires: se precipitó al agua gritando y agitando los brazos.

Cuando el cabo dejó de dar latigazos, Pao Tsai se levantó y tuvo que ponerse él mismo a cargar las culebrinas.

—¡Hay una vía de agua! —gritó Dishi Yun, el capitán de la nave, que se había acercado a la carrera hasta él.

—¿Se puede reparar? —Chang Pao Tsai se retiró el sudor de la frente con la muñeca e hizo caso omiso a la sangre que escurría desde su cuero cabelludo.

—Estamos en ello. He puesto a tres hombres a taponar el agujero. Está en la primera bodega. Si no nos vuelven a alcanzar es posible que podamos contenerla, gracias a los compartimentos estancos. Pero si abren una vía nueva en otra parte del casco…

El hombre sacudió la cabeza desesperado. Pao Tsai le puso una mano en el hombro.

—Haz lo que puedas —dijo, y se volvió para coger un proyectil que introducir en la boca del cañón.

La lucha continuó y cada vez era más desigual.

Los barcos de O Po Tae y del emperador presionaban y ellos poco a poco tenían que retroceder, haciendo que las naves tras ellos dispusieran de menos espacio para maniobrar.

La situación era cada vez más desesperada.

Chang Pao Tsai pensó que, puestos a morir, aquella no era una mala muerte, luchando para salvar aquello que le importaba.

Pero hubiera querido poderse despedir de Ching Shih, haberle dicho todo lo que, aunque lo había sugerido con medias palabras, miradas y gestos, nunca se había atrevido a declararle abiertamente: que llevaba enamorado de ella desde hacía mucho tiempo, desde que su padre todavía vivía y ella se consideraba su madre.

Que sabía que aquello no estaba bien y siempre había tratado de ocultarlo.

Que no se había visto con fuerzas de tomar a otra mujer y alejarse para siempre de ella, tal vez por algún resquicio de esperanza loca y absurda, porque si ella también se hubiera fijado en él, solo hubieran sufrido dos personas en lugar de una.

Que la muerte sería más dulce si hubiera podido probar primero sus labios.

Un beso, no habría pedido más. Algo que llevarse de recuerdo a la otra vida.

Un nuevo impacto le hizo tambalearse y volver a la realidad. Cayó sobre una rodilla y se agarró a la cadena que aseguraba el cañón para mantener la estabilidad.

—¡No dejéis de disparar! —ordenó a los hombres que le quedaban.

Las mujeres de a bordo habían dejado a los niños en la bodega, lo más a salvo posible dadas las circunstancias, y habían salido al exterior.

Algunas estaban también acarreando proyectiles desde el pañol de popa, tratando de ver el camino entre lágrimas al descubrir a sus maridos heridos o muertos.

De pronto, entre toda aquella devastación, entre el humo, la pólvora y la muerte, el claro sonido de los gongs tocando retirada llegó a sus oídos. Escuchó temiendo haber oído mal. La llamada sonó de nuevo, clara y luminosa.

—¡Retirada! —gritó—. ¡Salgamos de aquí, vamos!

Escapar no era fácil. Tenían que pasar por un lateral que los enemigos no habían cubierto y resultaba un proceso lento.

Cubrió el repliegue de sus compañeros primero y se quedó para el final.

Desesperado, vio que los barcos de O Po Tae emprendían la persecución de sus naves.

Eso aligeró la presión del fuego sobre el Estrella Plateada , pero añadió peligro a la retirada de toda la armada.

Cuando llegaron a mar abierto ya era casi de noche y apenas podía distinguir amigos de enemigos.

Antes de que la oscuridad sin luna cayera sobre aquel mar, localizó a lo lejos el Dragón Celestial y quiso acudir a su lado.

Si las cosas se torcían hasta el punto de acabar vencidos sabía que Ching Shih no pediría piedad.

No se rendiría, no ante O Po Tae. Hasta que ella no capitulara, no podría hacerlo el resto de la flota.

Y si ella caía, pensó Chang Pao Tsai, él caería a su lado.

Guiándose por los pequeños faroles que cada junco tenía en su proa, fue esquivando naves, una por una, despacio, sin ninguna luz que pudiera delatar su posición para no ser el objetivo de algún tirador de guardia.

Poco a poco, adelantando a un junco cada vez, en el absoluto silencio que había a bordo, llegó a la zona donde, creía, estaba el Dragón Celestial .

Cuando ordenó parar se tumbó sobre la cubierta; ni siquiera bajó a la bodega o buscó una manta con la que cubrirse, y se durmió mirando las estrellas sin saber si aquella sería la última noche en que podría apreciarlas.

Cuando la primera claridad del alba lo despertó, se incorporó de un salto.

Corrió al puente de mando y miró a su alrededor.

Acarició la cruz que llevaba siempre al cuello y que proclamaba su fe, tan extraña en aquellas tierras: habían sobrepasado todos los juncos enemigos, el Dragón Celestial se encontraba justo a su lado y la figura que en ese momento se hallaba en aquel puente de mando oteando el horizonte…

era Ching Shih. Ella giró la cabeza y le vio.

Se llevó una mano a la boca y luego la posó sobre el corazón, o al menos eso pareció a esa distancia.

Después agitó el catalejo. Chang Pao Tsai creyó que estaba riendo.

Sacó el suyo y enfocó hasta poder verla.

Sí, estaba riendo. Señaló más allá de ella, hacia mar abierto.

Pao Tsai bajó el catalejo, parpadeó incrédulo y volvió a mirar.

Sus carcajadas despertaron al resto de la tripulación, que salió a cubierta o se incorporó, según donde hubiera caído la noche anterior, y lo miró sin entender nada.

—Son los nuestros —dijo.

Señaló al sur y le pasó el catalejo al capitán.

—¡Son los nuestros! ¡Estamos salvados!

Los dos hombres se abrazaron, y luego comenzaron a trabajar.

Vio que Ching Shih le miraba a través de su catalejo y le sonrió tratando de transmitirle toda la esperanza que cabía en su pecho en ese momento, que era mucha.

Las banderas comenzaron a agitarse mandando mensajes.

La Armada de la Bandera Roja se reagrupó, los gongs empezaron a sonar y la batalla se reanudó.

Pero en esta ocasión la ventaja no era de la flota imperial.

O Po Tae había iniciado la persecución movido por el odio y no todos los barcos del emperador le habían seguido.

E incluso aunque hubiera sido así, con los barcos de Ching Shih recién llegados y la armada reunida volvían a ser una fuerza temible y tenían ventaja numérica.

Ahora ya no se trataba solo de destruir a los enemigos: querían capturar sus naves y humillarlos.

Como si los dioses estuvieran de su parte, una suave brisa comenzó a agitar sus velas desde barlovento dándoles una enorme ventaja sobre los contrarios.

Poco a poco fueron ganando terreno y pronto muchos de los juncos de O Po Tae fueron abordados por la horda pirata, enardecida por el cambio de tornas.

Antes del mediodía, la victoria era de la Armada de la Bandera Roja.

O Po Tae había escapado, pero la mayoría de sus naves pasaron a estar bajo el control de Ching Shih.

Los juncos del emperador que no consiguieron escapar corrieron la misma suerte.

El barco insignia, desde donde el almirante transmitía las órdenes, fue capturado.

Ching Shih y Chang Pao Tsai se dirigieron a él en sus respectivas naves.

Se reencontraron en la plataforma de madera que montaron para poder pasar entre los puentes y no tener que subir por la escala.

Ella le abrazó. Él acarició su cara, pero antes de que pudiera hacer algo, como tratar de besarla, ella se apartó.

—Qué feliz me hace encontrarte sano y salvo, Pao Tsai.

—Pensé que no volvería a verte —dijo él, reacio a soltar su mano.

Tras un breve silencio, ella se soltó.

—Vamos —fue todo lo que dijo.

Ching Shih entró a la nave imperial como una conquistadora y los supervivientes se arrodillaron ante ella y suplicaron piedad.

—¿Quién está al mando? —preguntó con voz seca.

—Yo, señora —contestó un hombre con la frente apoyada en el suelo.

—¿Quién es el almirante que ha dirigido esta ofensiva y dónde está?

—Tsuen Mow Sun, señora —respondió—. No ha salido de su camarote desde hace horas.

Ching Shih miró a su alrededor. Sus hombres agacharon la cabeza.

—¿Nadie ha ido a comprobarlo?

—No, Madame Ching —dijo el que había tomado el mando—. Preferí esperar hasta que llegaras.

—Bien.

Chang Pao Tsai se puso a su lado y cuando llegaron a la puerta fueron otros tres piratas quienes la echaron abajo de una patada.

Tsuen Mow Sun estaba en la silla tras su escritorio.

Su cuerpo se encontraba volcado hacia adelante con los brazos extendidos y la cabeza contra la mesa.

Pao Tsai se acercó y, al incorporarlo, vieron que se había cortado el cuello y la sangre, todavía tibia y espesa, se extendía sobre la mesa empapando papeles y mapas.

A nadie le sorprendió: el almirante no tenía muchas más opciones después de haber perdido la batalla tras haberla tenido prácticamente ganada.

El emperador tal vez le hubiera perdonado, pero aquella era la única forma de salvar de la deshonra a su familia y ahorrarles la vergüenza.

Ching Shih movió la cabeza, disgustada, y salió de allí dejando el cuerpo donde lo habían encontrado.