Capítulo 22
F ue una victoria aplastante. La gran mayoría de los barcos supervivientes se unieron a nosotros, por lo que, al final, acabamos con más hombres y naves de los que teníamos al principio.
El emperador, sin duda, sufrió un duro revés con esa derrota y con la pérdida de tantísimos juncos y hombres, sin hablar de la de uno de sus mejores generales.
Esa noche todos celebramos la victoria y honramos a los muertos con una breve ceremonia.
El Dragón Celestial llegó poco después de la rendición al lugar de la batalla y todos los capitanes de las naves que se pasaron a nuestro bando me juraron lealtad y obediencia.
Hacía mucho tiempo que nadie me cuestionaba.
Ya nadie me miraba raro ni torcía el gesto cuando debía postrarse ante mí.
Mi fama se había extendido hasta los más remotos confines del imperio, y ser vencidos por la Armada de la Bandera Roja no era algo de lo que avergonzarse.
Cuando Chang Pao Tsai subió a bordo de nuestro barco precediendo a los vencidos se paró a un metro de mí.
Noté en sus ojos que estaba valorando si tenía mi permiso para acercarse más.
Me hubiera gustado abrazarle al verle ahí, a salvo pese a alguna herida superficial, pero no lo hice.
Me quedé quieta en mi sitio, aunque alargué la mano y le rocé con suavidad un rasguño que sangraba con lentitud en su frente.
—Me alegro de verte a salvo —susurré.
—Siempre volveré a ti —me dijo como si la batalla le hubiera dado fuerzas a su garganta para expresar lo que pocas veces había dejado traslucir.
Su mano cubrió la mía y yo titubeé. Entonces los demás asomaron por la borda, yo retiré mi mano y volví a ser Madame Ching.
Los vencidos me entregaron sus armas, firmaron su incorporación a la armada y esperaron, dóciles, a que reorganizáramos sus barcos y sus tripulaciones mezclándolas con nuestros hombres para evitar traiciones. También nos contaron todo lo que sabían sobre los planes del emperador para con nosotros.
—No se detendrá —dijo uno de los capitanes, el de más alto rango—. Kwo Lang tenía órdenes de exterminaros y, tras él, vendrán otros.
—Nos encontrará preparados —dijo Chang Pao Tsai—. Ha sufrido grandes pérdidas.
—Su armada es inmensa —le contestó aquel hombre—. Lleva meses construyendo nuevas naves para poder haceros frente. No parará hasta destruiros.
—Destruirnos —dije con una sonrisa apenas esbozada—. Ahora estamos en el mismo bando.
Decidí que nos preocuparíamos por ello más adelante.
Por lo pronto, mis hombres se merecían una fiesta.
Distribuimos alcohol, tabaco y opio entre todos y esa noche la música, los bailes, las risas y la alegría por la victoria lo invadieron todo.
Habíamos adornado el Dragón Celestial con farolillos y los marineros cantaban canciones tradicionales.
Algunas parejas habían salido a bailar y yo las observaba con una sonrisa en los labios cuando noté una mano en mi espalda.
Pao Tsai apareció en mi campo de visión.
Se había vestido de fiesta y los ojos le brillaban por el alcohol y la adrenalina del combate que todavía corría por sus venas.
—Ven, esposa mía —me dijo cogiéndome de la mano—. Bailemos.
Me dejé llevar y danzamos mezclándonos con el resto de la tripulación, al compás de las palmas y las voces de aquella gente que era mi familia.
Poco a poco, el agotamiento y la tensión acumulada fueron haciendo efecto y todos fueron cayendo.
La mayoría se dirigía a sus jergones haciendo eses, agarrados ellos de la cintura de sus mujeres, los que tenían, o de otros compañeros, los que no.
Pao Tsai no era una excepción. Había bebido más que de costumbre y hasta yo sentía que la cabeza me daba vueltas de una manera en cierta forma agradable.
Fui a meterme tras el biombo que usaba como parapeto para cambiarme, pero Pao Tsai me cogió del brazo y negó con la cabeza.
—Yo te ayudaré —dijo, y no opuse resistencia.
Me quitó el abrigo abierto y después, con cuidado para darme tiempo a rechazarlo, hizo lo mismo con el hanfu 5 rojo que llevaba.
Soltó el nudo del cinto y lo abrió, deslizándolo por mis brazos.
Me quedé frente a él con la camisa interior, del mismo rojo fuego que el vestido, rogando por que no se oyesen los latidos de mi corazón.
Él, entonces, sin dejar de mirarme, se quitó el chaleco y la camisa.
Tenía más rasguños por el pecho y, cuando le hice girar, los vi también por la espalda.
Deslice mi mano por ellos hasta que él capturó esa mano y se la llevó a los labios.
Besó las yemas de mis dedos, una por una, y luego besó la palma.
Cerré la mano con delicadeza y la retiré de su presa. Me miró con ojos tristes al entenderme.
Ignoré la urgencia que me consumía, el nudo en mi garganta que me suplicaba que lo besara, y me dirigí a mi cama. Pao Tsai agachó la cabeza y se volvió hacia su jergón.
—Espera —le dije cuando me senté en el lecho. Me miró con los ojos muy abiertos. Me tumbé—. No me dejes sola. Esta noche no. Duerme conmigo, por favor.
Chang Pao Tsai se acercó como si quisiera evitar espantar a un cervatillo.
Se tumbó a mi lado y pasó su brazo por encima de mi cuerpo apretándome contra él.
Me sentí reconfortada por su presencia y suspiré.
Hundió su cara en el hueco de mi cuello y así, pegados el uno al otro, pecho contra espalda, deseando más, pero sin sentirnos merecedores de ello, nos dormimos.
A la mañana siguiente desperté entre sus brazos. Nos habíamos movido durante la noche y ahora tenía la cabeza apoyada en su pecho. Durante un extraño momento, no supe con quién estaba.
—¿Yi? —susurré.
Entonces recordé y levanté la cabeza asustada.
No sé si él me oyó llamarle con el nombre de su padre, mi marido fallecido, pero si lo hizo no dijo nada.
Lo que sí hizo fue abrir los ojos al notar mi movimiento, y sonrió.
Me dio un beso en la frente y me apretó hacia él, pero al notar mi envaramiento me soltó.
—Lo siento —le dije tratando de ignorar las señales que me enviaba mi cerebro. Me incorporé y salí de la cama—. No puedo hacerlo.
No dijo nada. No había nada que decir.
Poco después el emperador envió una nueva expedición, al mando del general Lin Fa.
No sé en qué estaba pensando el celestial Jiaqing para poner a ese pusilánime al frente de su flota.
Según supimos, nunca había entrado en batalla ni tenía experiencia alguna en el mar.
Vino capitaneando unas exiguas cincuenta naves, pero, de nuevo, gracias a nuestros contactos en la corte, supimos de su avance y nos pilló preparados.
Pudimos elegir dónde colocar las banderas roja y verde, no habíamos convocado a ninguna más.
Cuando aparecieron, el viento cambió. Entonces, no sé por qué, los atacantes viraron y comenzaron a huir.
Creo que Lin Fa tuvo miedo al ver la armada a la que se iba a enfrentar y trató de retirarse sin luchar, pero mis hombres estaban enardecidos, así que, aprovechando el barlovento, decidimos perseguirlos.
Pronto estuvimos tan cerca de ellos que se dieron cuenta de que la batalla iba a tener lugar tanto si querían como si no.
Mostraron sus costados, mientras que nosotros decidimos arriesgarnos a sufrir sus andanadas deseando llegar al abordaje cuanto antes.
Y, justo cuando estábamos a punto de alcanzarlos, el viento cesó.
Todo quedó sumido en una total y absoluta calma y las velas, inútiles, dejaron de impulsarnos.
Sonó su primera andanada. Nos encogimos, pero estábamos tan cerca que no les dio tiempo a apuntar bien y sus proyectiles pasaron de largo.
Entonces, a mi alrededor comencé a oír gritos, consignas y jaleo.
Mis hombres se estaban lanzando por la borda y los piratas del resto de barcos los imitaban.
Nadaron el trecho que los separaba de los barcos imperiales, desde donde trataban desesperados de frenar su avance disparando todas las armas que tenían.
Pero no sirvió de nada. Pronto mis hombres trepaban por los costados de las naves llevando las dagas entre los dientes, con tantas ganas de pelea que nadie hubiera podido frenarlos.
Se extendieron como demonios por las cubiertas y muy pronto todos los juncos del emperador pasaron a ser propiedad de la Armada de la Bandera Roja. El general Lin Fa pereció bajo el cuchillo de uno de mis capitanes y todos los soldados que no depusieron las armas corrieron la misma suerte.
Fue una victoria magnífica, pero yo sabía que, tras dos derrotas así, el emperador no se olvidaría de nosotros.
Los meses siguientes fueron hasta cierto punto tranquilos.
Supongo que Jiaqing se estaba lamiendo sus heridas y organizando el contraataque; no tuvimos noticias suyas a través de ninguno de nuestros informantes.
No me atrevía a disgregar la flota por si nos atacaban de forma imprevista y mantenía a todos nuestros espías, a los campesinos de las poblaciones aliadas y hasta a los pescadores de las islas con los ojos bien abiertos y la promesa de una generosa recompensa para quien nos trajera información fiable de los movimientos de la flota de Jiaqing.
Sabía que aquello no había terminado, lo sentía en los huesos.
Mi carácter se resintió. Siempre había sido inflexible, pero ahora hasta Pao Tsai tenía miedo de acercarse a mí.
Lo notaba, me daba cuenta de aquello, pero no era capaz de controlarme.
Vivía en un estado de constante alerta que me acabó pasando factura. Cambiamos de año y entramos en 1809.
Cuando al final se produjo el ataque, casi me sentí aliviada.
—O Po Tae ha reunido su flotilla y se ha unido a la del emperador. Vienen hacia aquí —dijo el pescador que se encontraba arrodillado frente a mí con la frente en el suelo.
—Levanta —le dije tendiéndole la mano—. Cuéntame con exactitud qué has visto.